La aventura de nuestra fe
«Al mito de Ulises regresando a Ítaca,
querríamos contraponer la historia de Abraham
que abandona para siempre su patria
en busca de una tierra aún desconocida».
(Emmanuel Lévinas)
Ulises lo tiene más fácil que Abraham. Sus
dificultades y sus riesgos serán enormes, pero Ulises sabe adónde va: le espera
un hogar, una patria. Viajar es peligroso, pero la imagen de Ítaca lo endulza
todo: Escila y Caribdis, la maga Circe, el cíclope, las columnas de Hércules;
todo se puede soportar y superar si se sabe hacia dónde se dirige uno. La
distribución de la casa, los muebles, los rostros alegran incluso las noches
más oscuras y los sueños más aterradores.
Abraham no sabe adónde irá, solo sabe lo que deja
atrás. Sus noches están llenas de recuerdos de casas, cosas y rostros que ya no
volverá a ver. Delante de él no hay un regreso, sino una partida continua. Se
sufre sin hogar y sin patria. El éxodo, el exilio son terribles si el billete
es de ida y para siempre.
Por eso, la aventura judeocristiana de Abraham es muy
diferente de la grecoclásica de Ulises, y es mucho más dura.
Por eso, la tendencia a la aventura de Ulises ha
prevalecido también en la tradición cristiana.
Al viaje de Ulises se le han dado a menudo los
contornos de un viaje, lleno, sí, de riesgos, pero reconfortado por el regreso
a casa.
La virtud de la esperanza se ha transformado con
demasiada frecuencia en una garantía del billete de vuelta, en un seguro de un
sitio preparado en la mesa, con los cubiertos y las flores.
Es verdad, me dirás, que también el cristiano tiene su Ítaca: un hermoso paraíso que le espera más allá de las columnas de Hércules de la muerte, más allá de todas las sirenas, de todas las luchas con los pretendientes. Tarde o temprano.
Incluso le recibirán sus seres queridos,
rostros, tal vez, apenas marcados por el paso del tiempo. Una hermosa Ítaca
segura, bien defendida, Penélope toda para ti, de la que ya no tendrás que
volver a partir. Merece la pena navegar… para llegar regresando a la casa del
padre y al banquete del Reino.
Así, durante varias décadas, imaginamos nuestro paraíso.
Todas las penurias, entonces, tienen sentido: la muerte es un batir de alas,
triste, sí, pero un momento pasajero. Como el parto, que es mucho más vida que
muerte.
Y los cristianos solemos pensar más en términos de Ulises, que en los de Abraham. Somos más griegos que bíblicos. Nos gustan los términos consoladores que no son, sin más, términos de fe y esperanza.
Y nos cuesta mucho darnos cuenta de ello.
Ítaca está bien delimitada y definida, aunque con
algún que otro rincón en sombra; nuestro paraíso es cierto, bien conocido,
garantizado, asegurado. Es nuestro hogar.
No hemos acabado de cortar el cordón umbilical. El
paraíso es nuestra tierra madre, a la que tarde o temprano volveremos.
En cambio para Abraham un día llegó el corte del
cordón umbilical, una partida sin retorno, una noche sin crepúsculo.
Un itinerario errante en el desierto, tras haber
levado anclas y sin saber dónde echarlas. Ninguna certeza sobre el mañana. La
conciencia, sin embargo, de que la salvación no está «en casa», sino «en otra
parte», no está en un regreso, sino en una salida.
La tentación de mirar atrás, como Lot, es constante.
También la nostalgia de Egipto, con la seguridad de sus ajos y la certeza de
sus cebollas.
Pero Abraham no sabía adónde iba, solo sabía que tenía
que levantarse, ponerse en marcha y salir.
Los judíos solo conocen la aspereza monótona del
desierto, no el mapa de la tierra prometida.
Jesús en la cruz grita desesperado porque todos,
incluso el Padre, le han abandonado.
La aventura de la fe no se inscribe en el círculo de
un eterno retorno, sino en la línea recta de un camino sin puntos de apoyo, sin
certezas.
Creo, Señor: ¡ayuda a mi incredulidad!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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