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sábado, 5 de septiembre de 2026

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -

La fraternidad no surge porque seamos buenos.

 

Surge porque nadie se salva por sí solo.

 

Imaginarnos como una comunidad de «puros» y «perfectos» es una tentación antigua de la que, incluso hoy, la Iglesia debe guardarse y no dejarse seducir.

 

El Evangelio, en cambio, la presenta como el lugar de los sanados que siguen necesitando sanación.

 

No somos el trigo bueno separado de la cizaña. Somos trigo que crece en medio de la cizaña.

 

Somos hombres y mujeres hechos de luz y de sombra.

 

Cuerpos antes incluso que ideas.

 

Cuerpos que se rozan, se chocan y, a veces, se hieren.

 

Tantas veces hemos descubierto… descubrimos… y descubriremos que la fragilidad es nuestro lenguaje común.

 

La fraternidad no consiste en no caer nunca.

 

Consiste en seguir levantándonos juntos.


Jesús no dice: «Si un hombre te hiere». Dice: «Si tu hermano...»

 

Antes de la herida y de la culpa está la relación. Antes del error está el vínculo.

 

El Evangelio nunca identifica a una persona con su pecado. Aunque se equivoque, sigue siendo tu hermano.

 

Y quizá esta sea la conversión más difícil: seguir viendo a alguien como hermano precisamente cuando se ha vuelto difícil reconocerlo como tal.


«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

 

Jesús no habla de ganar una discusión. No dice que haya que demostrar quién tiene razón. No invita a defender la propia imagen.

 

La única victoria del Evangelio es no perder a nadie.

 

El hermano no es un adversario al que convencer y mucho menos al que derrotar.


Es una vida que hay que cuidar.

 

Por eso Jesús sugiere un camino paciente.

 

Encontrarse. Hablar. Escuchar. Volver a empezar. Involucrar a otros. Intentarlo de nuevo. Hacer todo lo posible por no resignarse a la distancia, por no buscar la exclusión. Hacer todo lo posible por «ganarse al hermano».



Toda comunidad sufre heridas. La pregunta es sencilla: ¿qué hacemos con el dolor que recibimos? ¿Lo devolvemos? ¿O lo transformamos?

 

Es el corazón mismo del Evangelio. Jesús rompe la cadena del mal. No devuelve el golpe. Absorbe la violencia. La transforma en perdón. Toda fraternidad nace aquí.

 

Al final, Jesús vuelve a sorprendernos. No promete su presencia donde todo funciona, donde todos están de acuerdo o donde no hay heridas. La promete donde dos o tres siguen obstinadamente reuniéndose en su nombre.

 

La comunión no es la ausencia de conflictos. Es la decisión de no permitir que el conflicto tenga la última palabra.

 

La paz nace cada vez que alguien elige reanudar un diálogo, recomponer una ruptura, cuidar un vínculo en lugar de romperlo.


Así comprendemos la última promesa: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 

Jesús no dice: donde son perfectos. No dice: donde siempre tienen razón. Dice: donde siguen reuniéndose.

 

Jesús no habita en una comunidad perfecta. Habita en una comunión que se renueva continuamente.

 

Quizá el mayor milagro de la Iglesia no sea el de estar libre de heridas.

 

Sino que, en sus heridas, siga reuniéndose en torno al Señor y siga creyendo y llamándose a la fraternidad.

 

Allí, el Reino de Dios ya se hace presente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata:


¿Recuerdas aquella expresión del hijo mayor al padre de la misericordia: "ese hijo tuyo"? La respuesta de aquel padre comienza con una declaración de principio: "ese hermano tuyo".

viernes, 4 de septiembre de 2026

Su nombres es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -.

Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -

Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.

 

Juzgar al otro basándonos en lo que ha hecho, en cómo se ha comportado con nosotros, en el bien o el mal que nos ha hecho.

 

Por eso les hace a los suyos una invitación muy precisa: que nunca perdamos la palabra «hermano».

 

Y si me traicionara, sigue siendo hermano. Si me tratara mal, si estuviera equivocado, si se equivocara, sigue siendo «hermano». En el momento en que elimino esta palabra, algo del otro ya empieza a morir dentro de mí.

 

Puedo llevar una herida real en la piel, pero la primera forma de impedir que el mal eche raíces es no permitirle cambiar el nombre del otro: «hermano». Sigue siendo hermano, hermana, esposa, marido, amigo, hijo.

 

El mal puede romper un vínculo, pero no debe tener el poder de decidir quién es el otro para mí: «hermano».


Las Escrituras relatan desde las primeras páginas lo frágil que es la relación.

 

El hombre se aleja de la confianza de los orígenes y, de inmediato, se resquebraja la relación con Dios, con la tierra, entre hombre y mujer, entre hermanos.

 

Caín ya no es capaz de ver a Abel como a un hermano. Cuando Dios le pregunta: «¿Dónde está tu hermano Abel?», Él responde: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

 

Es una pregunta que atraviesa toda la historia de la humanidad.

 

Sí, somos guardianes, vidas que hay que custodiar. Eso es lo que somos a los ojos de Dios.

 

Cada uno de nosotros, sin excepción, es una existencia confiada al cuidado de alguien desde el principio hasta el final.

 

Cuidar significa atención, presencia, esmero.

 

Significa velar para que no se pierda en el otro aquello que aún puede vivir.


Dios mismo se presenta como aquel que cuida.

 

Cuando Adán y Eva, tras el pecado, se descubren desnudos e intentan cubrirse con hojas de higuera, Dios no los expone a la vergüenza, sino que les prepara túnicas.

 

El pecado no se niega, pero el pecador no es entregado a su propia desnudez.

 

Dios no avergüenza, sino que cuida.

 

Dios no acusa, perdona.

 

Precisamente porque tu hermano es una vida que hay que proteger.

 

Si tu hermano peca contra ti, levántate... sal de ti mismo..., ponte en camino... y ve.

 

Ve, la invitación se dirige ante todo a quien ha sufrido la ofensa. Esto es lo que hace que la palabra Jesús tan exigente.

 

El sentido común diría: «Pero si él se ha equivocado, que venga él; si de verdad le importa la relación, que dé él el primer paso».

 

El Evangelio, en cambio, pone en marcha precisamente a quien ha sido herido, no porque deba fingir que no ha pasado nada.


Jesús dice con claridad: «Si tu hermano peca, el mal es real, la herida no se minimiza».

 

Pero precisamente porque la sientes en tu propia piel, no dejes que se convierta en inmovilidad, distancia, orgullo.

 

Una relación puede morir incluso sin grandes gestos; a veces muere solo porque ya nadie se mueve.

 

Y cuando vayas, hazlo a solas con él.

 

¡Qué delicadeza hay en estas palabras!

 

Jesús no envía al hermano herido a la plaza, no le entrega un público ante el que demostrar que tiene razón.

 

Le confía el lugar de la discreción.

 

Antes de contarle a todo el mundo lo que ha hecho el otro, habla con él. Antes de convertir una culpa en una reputación, reúnete con él.

 

No todo lo que es verdad hay que decírselo a todo el mundo. Hay verdades que, expuestas sin cuidado, se convierten en otra forma de violencia.

 

Incluso la corrección debe ser manejada con cuidado.

 

No se corrige a alguien cuando la ira se ha apoderado de las palabras.

 

Se corrige cuando se vuelve a ser capaz de ver en el otro no a alguien a quien poner en su sitio, sino a alguien a quien no queremos perder.


Los Padres del desierto hablaban de la corrección hecha con dulzura, no porque el mal sea poca cosa, sino porque precisamente cuando el mal es grave, hay que impedir que genere más mal.

 

El otro se ha equivocado, pero no es su error.

 

Ha mentido, pero no es su mentira.

 

Ha traicionado, pero su vida no coincide con la traición que ha cometido.

 

Sigue siendo arcilla en las manos de Dios, igual que yo.

 

Jesús propone entonces un camino.

 

Primero, a solas entre tú y él; luego, si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más. Por último involucra a la comunidad.

 

No se trata de una exposición progresiva del otro, sino de una ampliación progresiva del cuidado.

 

Si mi amor no basta, lo intento con el de otro. Si aún así no basta, recurrimos a la comunidad, para que nadie se quede solo en su error.

 

Cuando un hermano se pierde, a todos nos falta algo.


Jesús no se limita a decir que somos hermanos, sino que lleva hasta el final todo lo que esta palabra implica.

 

Y es significativo que, en el Evangelio de San Juan, llame «hermanos» a los discípulos justo después de la Pascua. «Ve y diles a mis hermanos» (Jn 20, 17). Los llama hermanos después de que huyeran, hermanos después de que Pedro lo negara, hermanos después de que lo dejaran solo. La Pascua no borra lo que han hecho, sino que muestra que su pecado no ha logrado borrar el nombre con el que Jesús sigue llamándome. Hay un «hermanos» que no se rompe.

 

Cuidar es precisamente esto: no permitir que el mal tenga la última palabra sobre la vida de alguien y seguir viendo en el otro lo que su error no logra borrar, seguir llamándole por su nombre más verdadero: «hermano».

 

Cuando nos convertimos en guardianes de la vida de los demás, algo del cielo ya ha encontrado su lugar en la tierra.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 31 de agosto de 2026

También el otro me ayuda a crecer.

También el otro me ayuda a crecer

Hay pensamientos que solo surgen por la noche, cuando el ruido del día se va apagando poco a poco y las cosas, sumidas en el silencio, parecen revelar su verdadero rostro.

 

Es entonces cuando comprendemos, quizá con mayor lucidez, que vivir no significa simplemente dejar pasar las horas, realizar gestos o defender nuestro espacio, sino asumir cada día la responsabilidad hacia quienes caminan a nuestro lado.

 

No somos islas perdidas en el oscuro mar de la existencia.

 

Incluso cuando nos parece que nos bastamos a nosotros mismos, incluso cuando nos encerramos en nuestras habitaciones interiores y bajamos las luces para que no nos molesten, la vida sigue recordándonos que estamos vinculados a los demás.

 

Vivimos juntos, respiramos en el seno de un entramado de relaciones, y esta pertenencia conlleva una llamada silenciosa pero exigente: cuidarnos mutuamente.

 

Caminamos en la misma noche, a menudo con pasos vacilantes. A veces uno ve mejor, otras veces es el otro quien percibe un peligro, un desvío, una herida que por nosotros mismos no logramos reconocer.

 

Por eso, cuando alguien se equivoca, es importante hacérselo notar. No para juzgar, no para humillar, no para sentirnos más justos, sino porque el amor auténtico no permanece indiferente ante lo que puede herir, apagar o alejar de la verdad.



Pero llamar la atención a un hermano o una hermana no es un gesto sencillo. Requiere una delicadeza similar a la de quien entra en una habitación a oscuras con una pequeña lámpara en las manos: hay que tener cuidado de no deslumbrar, de no dañar los ojos de quien lleva tiempo acostumbrado a la penumbra.

 

Se necesita paciencia, saber escuchar y respetar los tiempos propios de cada uno.

 

No todos están preparados para acoger una palabra de corrección; no todos logran reconocer de inmediato en la mirada del otro una oportunidad de crecimiento.

 

Por eso, incluso cuando se tiene razón, a veces es más sensato esperar el momento oportuno, la rendija adecuada, ese instante en el que el corazón del otro pueda abrirse sin sentirse asaltado.

 

Las relaciones humanas, de hecho, no se improvisan. Hay que cultivarlas cada día, como luces encendidas a lo largo de un camino que, de otro modo, se volvería intransitable.

 

Solo en el seno de relaciones cuidadas con atención, sinceridad y ternura es posible recibir una palabra difícil sin sentirla como una condena. Solo allí donde hay confianza, la llamada puede convertirse en un regalo, y no en una herida; en una orientación, y no en una imposición.

 

Es la dimensión comunitaria de la vida la que nos ayuda a descubrir quiénes somos.



Nuestra identidad no nace solo en el secreto de nuestros pensamientos, sino también en la mirada de los hermanos y hermanas que se cruzan con nosotros, nos observan, nos hablan, nos interrogan.

 

Necesitamos la mirada del otro y de la otra para crecer humanamente, porque nadie se ve a sí mismo por completo. Hay aspectos luminosos que ignoramos y que los demás nos ayudan a reconocer; pero también hay zonas de sombra, puntos oscuros, pliegues ocultos que piden ser iluminados.

 

Aprender a vivir con serenidad la llamada de atención y la corrección significa haber comprendido que la vida es relación y que la relación exige humildad.

 

Significa aceptar que el otro pueda ver en nosotros algo que no queremos mirar. Significa no huir cuando una palabra nos alcanza en nuestro punto más frágil, sino quedarnos, respirar, dejar que la agitación se asiente, preguntándonos si en esa palabra no hay una pequeña verdad capaz de abrir una brecha.

 

En el camino de la vida con los demás aprendemos a no encerrarnos en nosotros mismos, a no pensar que podemos resolverlo todo solos, a no convertir la soledad en una fortaleza.

 

Descubrimos, en cambio, que lo bello de la vida nos llega precisamente a través de las personas con las que nos cruzamos por el camino: a través de quienes nos sostienen cuando vacilamos, de quienes nos contradicen cuando nos perdemos, de quienes nos aman lo suficiente como para no dejarnos prisioneros de nuestras ilusiones.



Quizá rechazamos los comentarios negativos de quienes nos rodean porque, en el fondo, tenemos miedo de nosotros mismos.

 

Nos asusta lo que podríamos descubrir si realmente aceptáramos mirarnos por dentro. Nos da miedo el trabajo interior que tendríamos que emprender, también porque no estamos acostumbrados a la vida interior. A menudo nos quedamos en el umbral, prefiriendo la luz artificial de las distracciones a la oscuridad fecunda del silencio.

 

Sin embargo, si al menos una vez en la vida tuviéramos el valor de adentrarnos en nuestro interior, con determinación y confianza, superando el miedo inicial a encontrarnos con la oscuridad de nuestras profundidades, descubriríamos que esa oscuridad no es solo una amenaza.

 

Es también un lugar de espera, un seno de transformación, un espacio en el que algo puede nacer.

 

Tras la oscuridad, si no huimos, aparece una luz diferente: no una luz violenta, sino discreta; no una respuesta inmediata, sino un Misterio que nos envuelve y nos llama.

 

Quizá esta sea la luz más verdadera: aquella que nace cuando aceptamos ser mirados, corregidos, amados y acompañados.

 

Una luz que no borra las sombras, sino que nos enseña a atravesarlas. Una luz que nos hace más auténticos, más humanos, más capaces de caminar juntos.

 

Porque nadie se salva por sí solo, nadie crece por sí solo, nadie llega a ser plenamente sí mismo sin el rostro, la palabra y la presencia de los demás.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 25 de agosto de 2026

Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 -.

Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 - 

Me gustaría aprender a vivir como el centinela de Ezequiel: atento, siempre. 

Pero no vigilante contra los enemigos. No como una de esas centinelas que mantienen a raya los peligros aguzando la vista y dando la voz de alarma. No, me gustaría aprender a ser un hombre atento, ante todo, al sonido de Sus labios: «cuando oigas de mi boca una palabra». Un hombre valiente, capaz de perderlo todo con tal de no perder la verdad: «tú deberás advertirles de mi parte». 

Cómo me gustaría ser como el centinela de Ezequiel, que no es un centinela asustado ante la vida, ni uno que mira al horizonte para encerrarse a la defensiva y no permitir invasiones… sino un hombre valiente ante todo consigo mismo: para quien incluso el destino del malvado forma parte de su historia: «de su muerte yo le pediré cuentas a mí mismo». 

Un versículo terrible y valiente, verdadero retrato del profeta: no solo un portador de advertencias divinas, sino un ser que asume el riesgo de entrar en relación con el mal, porque la vida no se cambia condenándola, sino asumiéndola. Un centinela atento y dispuesto a comprometerse. 

No me preocupa la falta de gente entre los muros de la iglesia —eso, en el fondo, es también una buena señal—; me preocupa la dura vida en ausencia de centinelas; me preocupa no ser capaz de caminar hasta lo más profundo del corazón de la Palabra, porque no bastan los maestros: se necesita alguien que cuide de mí y que esté dispuesto a compartir mi destino. 

Me preocupa que, si no encuentro verdaderos profetas, gente que se deje involucrar por mi miseria, el Evangelio siempre me resultará algo lejano, un vago aroma tranquilizador. 

Cómo desearía que ahora solo quedara el amor, solo la caridad. Solo la fuerza que fecunda la vida. Sueños del paraíso que vendrá. Pero quizá, al menos, mientras tanto se pueda repetir, sin añadir nada. Que nuestro único derecho es ser amados, y lo mismo ocurre con los deberes. 

Cómo desearía que todo el andamiaje se revelara tal y como debe ser: un gran e inmenso pretexto. Todo es un pretexto: cada aliento, cada reverencia, cada lágrima, cada camino. Cada objeto de esta habitación, cada libro, cada pesadilla, cada dolor. Cada cosa de mi escritorio, cada página del Evangelio, cada calle de esta ciudad que pide ser contemplada más allá del horizonte de mi ordenador, cada gota de esta lluvia y cada preocupación que no deja de atormentar el corazón.

Y también la Ley, sí, incluso la Ley, que por fin se despoje del manto del mandamiento y se revele tal y como es: un pretexto para amar, para sentirse responsable de la felicidad de cada persona. 

Y si la Ley no conduce a gestos concretos de atención, de cuidado, de protección de todo ser vivo, que sea la propia Ley la que cambie, por amor, porque solo el amor implica compromiso. 

Una Iglesia que se convierta a la caridad, que cambie para amar, para no tener otra deuda más que «el amor mutuo». 

Cómo me gustaría aprender a llamar hermano, a sentir como hermano a toda persona que cometa una falta contra mí. Porque la primera forma de desenmascarar el mal e impedir que invente nuevos nombres —los nombres matan como cuchillas afiladas— es que la falta no nos convierta en enemigos. 

El primer gesto profético de la centinela es sentir como hermano, sobre todo, a quien comete el mal; es sentirse parte del gran universo, sentirse un solo cuerpo con los hombres, los animales, las plantas y el aire. Y si el mal golpea a cualquier nivel, sentirse heridos. Como hermanos. Estar inmersos en una especie de compasión cósmica. 

Y entonces, callar, aprender a llorar si el rostro de la vida está desfigurado, evitar asumir, con orgullo enmascarado de dolor, el papel de víctima, sentirse, si no culpable, al menos responsable de formar parte de un mundo que olvida que no es más que el pretexto para mostrar el rostro del amor. 

Y no aprovechar nunca la ocasión para la venganza, nunca. Si alguien me hace daño, soy doblemente culpable si utilizo ese mismo odio para avivar las llamas de la venganza. Aunque sea víctima, lo correcto será no hablar de ello con nadie para mantener a raya la ola de resentimiento. O hablar de ello directamente solo con quien me ha hecho daño. 

Pero hablaré de ello solo si en mi corazón aún lo considero de verdad un hermano. Que cesen los sermones de quienes no sufren junto al verdugo. Si no amo al otro, si no me siento centinela compasivo de su historia, debo permanecer en silencio, para siempre. Cada palabra me convertiría en verdugo. 

Y si, por el contrario, le hablo y él sigue sin escucharme, ahí está la primera tarea a la que estoy llamado, porque yo, la parte agraviada, soy el sujeto de este movimiento de reconciliación (¡qué magnífico es el Evangelio, que no dice nada del culpable!), tendré que buscar dos o tres testigos. Testigos del amor. Profetas compasivos. 

Y estoy seguro de que, si tuviera que encontrarlos, si lograra encontrar a dos o tres personas que sepan dar testimonio del amor verdadero, tres personas capaces de escuchar mi drama y el de quien me ha hecho daño con sincera compasión, estoy seguro de que mi vida ya habría cambiado. Y daría las gracias a quien me ha hecho daño por la oportunidad que me ha dado de conocer a tres personas capaces de bailar el amor. 

Y si tres testigos no bastaran, he aquí la utopía de Jesús: acudir a la comunidad. Pero una Comunidad, una Iglesia capaz de verdad y compasión, que no juzga, que se siente responsable del dolor, que no finge, que no tiene miedo de decir la verdad y de mostrarse cómplice del mal, que no tiene miedo de quedar en evidencia, que se hace cargo de la felicidad de sus hijos, que ya no cosecha víctimas, que se siente responsable también de mí. 

He aquí que, si encontrara una comunidad así, aunque solo fuera por un instante, se me desbordaría el corazón de alegría, habría conocido el Evangelio y correría a abrazar al hermano que, al hacerme daño, me ha llevado a vivir la posibilidad concreta del Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una misericordia decisiva y necesaria - San Mateo 18, 15-20 -.

Una misericordia decisiva y necesaria - San Mateo 18, 15-20 - 

En el capítulo 18 del Evangelio según San Mateo se leen varias enseñanzas de Jesús sobre la vida de su comunidad, la comunidad cristiana. El Evangelista las recopila y las reúne aquí para ofrecer a los cristianos unas orientaciones en un momento ya marcado por las dificultades de la vida eclesial entre hermanos y hermanas en conflicto, por las rivalidades y las disfunciones en las relaciones entre las autoridades y los creyentes. 

El mensaje central de este pasaje señala que la misericordia es decisiva, absolutamente necesaria en las relaciones entre hermanos y hermanas. 

Estos pocos versículos pretenden señalar la necesidad de la reconciliación tanto en la vida cotidiana como en la oración dirigida al Señor vivo. 

He aquí, pues, la primera palabra de Jesús: «Si tu hermano peca (contra ti), ve y repréndelo a solas; si te escucha, habrás ganado a tu hermano». 

En realidad, esta sentencia de Jesús aparece atestiguada en los manuscritos en dos formas: la breve, que habla de un hermano que peca (es decir, que comete un pecado contra las exigencias cristianas), y la larga, que especifica «contra ti», suponiendo una ofensa personal. 

En el primer caso, la directriz sería eclesial y, por lo tanto, se trataría de un comportamiento concreto que debe vivirse como Iglesia; en el segundo caso, Jesús se referiría a la reconciliación fraterna en caso de desacuerdo u ofensa. 

La traducción oficial se decanta por esta segunda interpretación, pero tanto una como la otra versión son matices distintos de una única verdad, ya que el pecado al que se alude es, en cualquier caso, un pecado grave que impide la comunión fraterna. 

Jesús pide la corrección y la reconciliación entre quienes están en conflicto, entre el ofendido y el ofensor, pero también las exige a nivel comunitario, cuando un miembro de la comunidad, a través de su pecado, contamina a todo el cuerpo, se convierte en motivo de escándalo, en un obstáculo para la vida cristiana, que es y debe ser siempre comunión entre diversidades reconciliadas y, por tanto, sinfónicas. 

La comunión exige un compromiso serio, incluso un esfuerzo, y es cuestión de ser responsables y guardianes también del otro. 

¡Hay que tener cuidado de no interpretar estas palabras de Jesús como un procedimiento jurídico cristiano, que deba observarse como una ley! 

Ciertamente, Jesús se inspira en lo que se lee en Levítico: «No albergarás en tu corazón odio contra tu hermano; reprende abiertamente a tu prójimo, para que no cargues con su pecado» (Lv 19,17; cf. también Sir 19,13-17). 

Pero no establece una nueva ley capaz de resolver los conflictos y eliminar los pecados, sino que pide que, en medio de las tensiones, los conflictos, las disputas y las ofensas que inevitablemente surgen en toda comunidad, persista el deseo de comunión, la voluntad de edificación común y la responsabilidad inteligente de cada uno hacia todos. Cuando se comete un pecado grave y manifiesto, en la comunidad cristiana hay que actuar con creatividad, sabiduría, paciencia y, sobre todo, misericordia. 

¿Qué debe hacer, pues, el cristiano maduro? Amonestar al pecador, sin duda, pero con mucha caridad. Que lo amoneste en el momento oportuno, que lo amoneste con humildad y claridad, que lo amoneste cubriendo su vergüenza, sin revelarla a los demás, es decir, a solas. 

Quien lleva a cabo la corrección debe tener el corazón de Jesús, que perdona, no desprecia y no se alimenta de prejuicios. 

Debe hacerlo con el espíritu del buen pastor que, en la parábola que Jesús acaba de contar, va en busca de la oveja que se ha perdido (cf. Mt 18,12-14). 

Debe hacerlo no porque se haya infringido la ley, sino porque quien ha pecado se ha hecho daño a sí mismo, ha elegido el camino de la muerte y no el de la vida. 

En cualquier caso, quien corrige no puede pensar que debe arrancar la cizaña y salvar el buen trigo (cf. Mt 13,24-30). 

Por tanto, hay que intentar todo lo posible para que quien se ha extraviado recupere el camino de la vida y quien ha ofendido a su hermano encuentre el camino de la reconciliación. 

Jesús pide simplemente esto, y sin embargo constatamos lo difícil que resulta en las comunidades cristianas este sencillo paso hacia la comunión. Parece que el arte de amonestar y corregir al otro —arte sin duda delicado y difícil— no es posible y, en su lugar, da paso a la indiferencia por parte de quien está demasiado preocupado por sí mismo y por su propia salvación como para pensar en los demás. 

Pero en el Evangelio también se da testimonio de la posibilidad de que la corrección fraterna tenga un resultado negativo: el hermano que ha pecado puede no querer ser corregido ni, mucho menos, cambiar de actitud, apartándose del camino emprendido en contradicción con el Evangelio. ¿Qué hacer en este caso? 

Aceptando sin rencor el rechazo del hermano, habrá que buscar un camino más allá del ya recorrido, quizá recurriendo a la ayuda de otros hermanos y hermanas de la comunidad: «Si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más, para que “todo se resuelva por el testimonio de dos o tres testigos” (Dt 19,15)». 

¡Que tampoco en esta opción se interprete un procedimiento jurídico rígido por parte de Jesús! 

Hay que captar, en cambio, el espíritu de tales instrucciones, que pretenden salvar al hermano o a la hermana, no «purificar» la comunidad recurriendo a vías de exclusión. 

Pedir la ayuda de otros hermanos significa buscar a un tercero que facilite la reconciliación cuando no hay posibilidad de acuerdo en el cara a cara; significa buscar la palabra autorizada de otros, que ayude a discernir mejor cuál es el camino de la conversión. 

Si, además, este camino resulta insuficiente, entonces —dice Jesús— se puede pedir a la asamblea, a la Iglesia que intervenga para que se resuelva el conflicto y se exprese la llamada a la conversión con la máxima autoridad. 

Pero incluso este último intento puede fracasar, ¿y entonces qué? 

No hay que olvidar que, en cualquier caso, la asamblea no es un tribunal de última instancia, sino una ocasión para escuchar la voz de los hermanos y hermanas en el cuerpo de Cristo, la Iglesia: «Si tampoco te escucha la comunidad, la Iglesia, considéralo como a un pagano y a un publicano». 

Esta actitud, adoptada por quien ha sido ofendido o ha visto el pecado, ha corregido y no ha sido escuchado, no es la excomunión, palabra utilizada con acepciones o interpretaciones fantasiosas. 

Jesús dice que, si se agotan todos los intentos de corrección fraterna y de reconciliación, entonces hay que distanciarse para preservar la paz y no endurecer el corazón del hermano; hay que considerarlo como si fuera uno de los gentiles (un pagano) o un publicano. Es decir, alguien a quien Jesús amaba y con quien estaba dispuesto a encontrarse (cf. Mt 9,11; 11,19), un enfermo que necesita ser sanado, un pecador que necesita perdón. 

En este punto, el cristiano asume dos responsabilidades: la de perdonar el pecado o la de no perdonarlo: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». 

El poder de atar y desatar, conferido por Jesús a Pedro (cf. Mt 16,19), se concede también a cada cristiano para que ejerza el ministerio de la reconciliación, siempre y con autoridad. Este poder se concede a los discípulos tal y como lo tuvo el propio Jesús, «no para juzgar, sino para salvar al mundo» (cf. Jn 3,17). 

La «salvación» de un hermano o una hermana es una labor delicada y ardua, que requiere paciencia y debe estar inspirada únicamente por la misericordia. Porque todos somos débiles, todos caemos y necesitamos que nos ayuden y nos perdonen: ¡en la comunidad cristiana no hay puros que ayuden a los impuros ni sanos que cuiden a los enfermos! 

Tarde o temprano conocemos el pecado y necesitamos una ayuda inteligente y verdaderamente misericordiosa, la ayuda que vendría de Dios. De hecho, es necesario salvarnos juntos. Nadie se salva por sí solo: ¿qué salvación sería aquella que solo me concerniera a mí, sin los demás? ¿Qué reino de Dios sería aquel al que se entrara solos, mientras los demás se quedaran fuera? ¡Qué soledad, qué tristeza…! 

Precisamente por eso Jesús pide a sus discípulos que, cuando recen, estén en comunión. No basta con rezar unos junto a otros, yuxtapuestos; no basta con rezar con las mismas fórmulas o realizar los mismos gestos. 

Para que la oración sea auténtica y la liturgia agrada a Dios, es necesario sobre todo ponerse de acuerdo sinfónicamente en la caridad, ser comunión. Entonces la oración es escuchada, porque donde hay sinfonía de corazones, allí está el Espíritu Santo, el don de los dones, que siempre se concede a quien lo invoca (cf. Lc 11,13). 

Y bastan unos pocos, dos o tres que recen con fe en Cristo Señor, para que Cristo mismo esté presente. Cuando tan solo dos o tres hermanos o hermanas se reúnen en su Nombre, en la caridad mutua, entonces Él está presente. Sí, Jesús está presente allí donde se vive el amor, la caridad entre hermanos y hermanas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Desahuciados en vida!

¡Desahuciados en vida! Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “ ¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo de...