Una misericordia decisiva y necesaria - San Mateo 18, 15-20 -
En el capítulo 18 del Evangelio según San Mateo se leen varias
enseñanzas de Jesús sobre la vida de su comunidad, la comunidad cristiana. El Evangelista
las recopila y las reúne aquí para ofrecer a los cristianos unas orientaciones
en un momento ya marcado por las dificultades de la vida eclesial entre
hermanos y hermanas en conflicto, por las rivalidades y las disfunciones en las
relaciones entre las autoridades y los creyentes.
El mensaje central de este pasaje señala que la
misericordia es decisiva, absolutamente necesaria en las relaciones entre
hermanos y hermanas.
Estos pocos versículos pretenden señalar la necesidad de
la reconciliación tanto en la vida cotidiana como en la oración dirigida al
Señor vivo.
He aquí, pues, la primera palabra de Jesús: «Si tu
hermano peca (contra ti), ve y repréndelo a solas; si te escucha, habrás ganado
a tu hermano».
En realidad, esta sentencia de Jesús aparece atestiguada
en los manuscritos en dos formas: la breve, que habla de un hermano que peca
(es decir, que comete un pecado contra las exigencias cristianas), y la larga,
que especifica «contra ti», suponiendo una ofensa personal.
En el primer caso, la directriz sería eclesial y, por lo
tanto, se trataría de un comportamiento concreto que debe vivirse como Iglesia;
en el segundo caso, Jesús se referiría a la reconciliación fraterna en caso de
desacuerdo u ofensa.
La traducción oficial se decanta por esta segunda
interpretación, pero tanto una como la otra versión son matices distintos de
una única verdad, ya que el pecado al que se alude es, en cualquier caso, un
pecado grave que impide la comunión fraterna.
Jesús pide la corrección y la reconciliación entre
quienes están en conflicto, entre el ofendido y el ofensor, pero también las
exige a nivel comunitario, cuando un miembro de la comunidad, a través de su
pecado, contamina a todo el cuerpo, se convierte en motivo de escándalo, en un
obstáculo para la vida cristiana, que es y debe ser siempre comunión entre
diversidades reconciliadas y, por tanto, sinfónicas.
La comunión exige un compromiso serio, incluso un
esfuerzo, y es cuestión de ser responsables y guardianes también del otro.
¡Hay que tener cuidado de no interpretar estas palabras
de Jesús como un procedimiento jurídico cristiano, que deba observarse como una
ley!
Ciertamente, Jesús se inspira en lo que se lee en
Levítico: «No albergarás en tu corazón odio contra tu hermano; reprende abiertamente
a tu prójimo, para que no cargues con su pecado» (Lv 19,17; cf. también
Sir 19,13-17).
Pero no establece una nueva ley capaz de resolver los
conflictos y eliminar los pecados, sino que pide que, en medio de las
tensiones, los conflictos, las disputas y las ofensas que inevitablemente
surgen en toda comunidad, persista el deseo de comunión, la voluntad de
edificación común y la responsabilidad inteligente de cada uno hacia todos.
Cuando se comete un pecado grave y manifiesto, en la comunidad cristiana hay
que actuar con creatividad, sabiduría, paciencia y, sobre todo, misericordia.
¿Qué debe hacer, pues, el cristiano maduro? Amonestar al
pecador, sin duda, pero con mucha caridad. Que lo amoneste en el momento
oportuno, que lo amoneste con humildad y claridad, que lo amoneste cubriendo su
vergüenza, sin revelarla a los demás, es decir, a solas.
Quien lleva a cabo la corrección debe tener el corazón de
Jesús, que perdona, no desprecia y no se alimenta de prejuicios.
Debe hacerlo con el espíritu del buen pastor que, en la
parábola que Jesús acaba de contar, va en busca de la oveja que se ha perdido
(cf. Mt 18,12-14).
Debe hacerlo no porque se haya infringido la ley, sino
porque quien ha pecado se ha hecho daño a sí mismo, ha elegido el camino de la
muerte y no el de la vida.
En cualquier caso, quien corrige no puede pensar que debe
arrancar la cizaña y salvar el buen trigo (cf. Mt 13,24-30).
Por tanto, hay que intentar todo lo posible para que
quien se ha extraviado recupere el camino de la vida y quien ha ofendido a su
hermano encuentre el camino de la reconciliación.
Jesús pide simplemente esto, y sin embargo constatamos lo
difícil que resulta en las comunidades cristianas este sencillo paso hacia la
comunión. Parece que el arte de amonestar y corregir al otro —arte sin duda
delicado y difícil— no es posible y, en su lugar, da paso a la indiferencia por
parte de quien está demasiado preocupado por sí mismo y por su propia salvación
como para pensar en los demás.
Pero en el Evangelio también se da testimonio de la
posibilidad de que la corrección fraterna tenga un resultado negativo: el
hermano que ha pecado puede no querer ser corregido ni, mucho menos, cambiar de
actitud, apartándose del camino emprendido en contradicción con el Evangelio.
¿Qué hacer en este caso?
Aceptando sin rencor el rechazo del hermano, habrá que
buscar un camino más allá del ya recorrido, quizá recurriendo a la ayuda de
otros hermanos y hermanas de la comunidad: «Si no te escucha, lleva contigo a
una o dos personas más, para que “todo se resuelva por el testimonio de dos o
tres testigos” (Dt 19,15)».
¡Que tampoco en esta opción se interprete un
procedimiento jurídico rígido por parte de Jesús!
Hay que captar, en cambio, el espíritu de tales
instrucciones, que pretenden salvar al hermano o a la hermana, no «purificar»
la comunidad recurriendo a vías de exclusión.
Pedir la ayuda de otros hermanos significa buscar a un
tercero que facilite la reconciliación cuando no hay posibilidad de acuerdo en
el cara a cara; significa buscar la palabra autorizada de otros, que ayude a
discernir mejor cuál es el camino de la conversión.
Si, además, este camino resulta insuficiente, entonces
—dice Jesús— se puede pedir a la asamblea, a la Iglesia que intervenga para que
se resuelva el conflicto y se exprese la llamada a la conversión con la máxima
autoridad.
Pero incluso este último intento puede fracasar, ¿y
entonces qué?
No hay que olvidar que, en cualquier caso, la asamblea no
es un tribunal de última instancia, sino una ocasión para escuchar la voz de
los hermanos y hermanas en el cuerpo de Cristo, la Iglesia: «Si
tampoco te escucha la comunidad, la Iglesia, considéralo como a un pagano y a
un publicano».
Esta actitud, adoptada por quien ha sido ofendido o ha
visto el pecado, ha corregido y no ha sido escuchado, no es la excomunión,
palabra utilizada con acepciones o interpretaciones fantasiosas.
Jesús dice que, si se agotan todos los intentos de
corrección fraterna y de reconciliación, entonces hay que distanciarse para
preservar la paz y no endurecer el corazón del hermano; hay que considerarlo
como si fuera uno de los gentiles (un pagano) o un publicano. Es decir, alguien
a quien Jesús amaba y con quien estaba dispuesto a encontrarse (cf. Mt 9,11;
11,19), un enfermo que necesita ser sanado, un pecador que necesita perdón.
En este punto, el cristiano asume dos responsabilidades:
la de perdonar el pecado o la de no perdonarlo: «Todo lo que atéis en la tierra
quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado
en el cielo».
El poder de atar y desatar, conferido por Jesús a Pedro
(cf. Mt 16,19), se concede también a cada cristiano para que ejerza el
ministerio de la reconciliación, siempre y con autoridad. Este poder se concede
a los discípulos tal y como lo tuvo el propio Jesús, «no para juzgar, sino para salvar
al mundo» (cf. Jn 3,17).
La «salvación» de un hermano o una hermana es una labor
delicada y ardua, que requiere paciencia y debe estar inspirada únicamente por
la misericordia. Porque todos somos débiles, todos caemos y necesitamos que nos
ayuden y nos perdonen: ¡en la comunidad cristiana no hay puros que ayuden a los
impuros ni sanos que cuiden a los enfermos!
Tarde o temprano conocemos el pecado y necesitamos una
ayuda inteligente y verdaderamente misericordiosa, la ayuda que vendría de
Dios. De hecho, es necesario salvarnos juntos. Nadie se salva por sí solo: ¿qué
salvación sería aquella que solo me concerniera a mí, sin los demás? ¿Qué reino
de Dios sería aquel al que se entrara solos, mientras los demás se quedaran
fuera? ¡Qué soledad, qué tristeza…!
Precisamente por eso Jesús pide a sus discípulos que,
cuando recen, estén en comunión. No basta con rezar unos junto a otros,
yuxtapuestos; no basta con rezar con las mismas fórmulas o realizar los mismos
gestos.
Para que la oración sea auténtica y la liturgia agrada a
Dios, es necesario sobre todo ponerse de acuerdo sinfónicamente en la caridad,
ser comunión. Entonces la oración es escuchada, porque donde hay sinfonía de
corazones, allí está el Espíritu Santo, el don de los dones, que siempre se
concede a quien lo invoca (cf. Lc 11,13).
Y bastan unos pocos, dos o tres que recen con fe en
Cristo Señor, para que Cristo mismo esté presente. Cuando tan solo dos o tres
hermanos o hermanas se reúnen en su Nombre, en la caridad mutua, entonces Él
está presente. Sí, Jesús está presente allí donde se vive el amor, la caridad
entre hermanos y hermanas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF