Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -
Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.
Juzgar al otro basándonos en lo que ha hecho, en cómo
se ha comportado con nosotros, en el bien o el mal que nos ha hecho.
Por eso les hace a los suyos una invitación muy
precisa: que nunca perdamos la palabra «hermano».
Y si me traicionara, sigue siendo hermano. Si me
tratara mal, si estuviera equivocado, si se equivocara, sigue siendo «hermano».
En el momento en que elimino esta palabra, algo del otro ya empieza a morir
dentro de mí.
Puedo llevar una herida real en la piel, pero la primera
forma de impedir que el mal eche raíces es no permitirle cambiar el nombre del
otro: «hermano». Sigue siendo hermano, hermana, esposa, marido, amigo,
hijo.
El mal puede romper un vínculo, pero no debe tener el
poder de decidir quién es el otro para mí: «hermano».
Las Escrituras relatan desde las primeras páginas lo frágil que es la relación.
El hombre se aleja de la confianza de los orígenes y,
de inmediato, se resquebraja la relación con Dios, con la tierra, entre hombre
y mujer, entre hermanos.
Caín ya no es capaz de ver a Abel como a un hermano.
Cuando Dios le pregunta: «¿Dónde está tu hermano Abel?», Él
responde: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»
Es una pregunta que atraviesa toda la historia de la
humanidad.
Sí, somos guardianes, vidas que hay que custodiar. Eso
es lo que somos a los ojos de Dios.
Cada uno de nosotros, sin excepción, es una existencia
confiada al cuidado de alguien desde el principio hasta el final.
Cuidar significa atención, presencia, esmero.
Significa velar para que no se pierda en el otro aquello
que aún puede vivir.
Dios mismo se presenta como aquel que cuida.
Cuando Adán y Eva, tras el pecado, se descubren
desnudos e intentan cubrirse con hojas de higuera, Dios no los expone a la vergüenza,
sino que les prepara túnicas.
El pecado no se niega, pero el pecador no es entregado
a su propia desnudez.
Dios no avergüenza, sino que cuida.
Dios no acusa, perdona.
Precisamente porque tu hermano es una vida que hay que
proteger.
Si tu hermano peca contra ti, levántate... sal de ti mismo..., ponte en camino... y ve.
Ve, la invitación se dirige ante todo a quien ha
sufrido la ofensa. Esto es lo que hace que la palabra Jesús tan exigente.
El sentido común diría: «Pero si él se ha equivocado, que
venga él; si de verdad le importa la relación, que dé él el primer paso».
El Evangelio, en cambio, pone en marcha precisamente a
quien ha sido herido, no porque deba fingir que no ha pasado nada.
Jesús dice con claridad: «Si tu hermano peca, el mal es real, la herida no se minimiza».
Pero precisamente porque la sientes en tu propia piel,
no dejes que se convierta en inmovilidad, distancia, orgullo.
Una relación puede morir incluso sin grandes gestos; a
veces muere solo porque ya nadie se mueve.
Y cuando vayas, hazlo a solas con él.
¡Qué delicadeza hay en estas palabras!
Jesús no envía al hermano herido a la plaza, no le
entrega un público ante el que demostrar que tiene razón.
Le confía el lugar de la discreción.
Antes de contarle a todo el mundo lo que ha hecho el
otro, habla con él. Antes
de convertir una culpa en una reputación, reúnete con él.
No todo lo que es verdad hay que decírselo a todo el
mundo. Hay verdades que, expuestas sin cuidado, se convierten en otra forma de
violencia.
Incluso la corrección debe ser manejada con cuidado.
No se corrige a alguien cuando la ira se ha apoderado
de las palabras.
Se corrige cuando se vuelve a ser capaz de ver en el
otro no a alguien a quien poner en su sitio, sino a alguien a quien no queremos
perder.
Los Padres del desierto hablaban de la corrección hecha con dulzura, no porque el mal sea poca cosa, sino porque precisamente cuando el mal es grave, hay que impedir que genere más mal.
El otro se ha equivocado, pero no es su error.
Ha mentido, pero no es su mentira.
Ha traicionado, pero su vida no coincide con la
traición que ha cometido.
Sigue siendo arcilla en las manos de Dios, igual que
yo.
Jesús propone entonces un camino.
Primero, a solas entre tú y él; luego, si no te
escucha, lleva contigo a una o dos personas más. Por último involucra a la
comunidad.
No se trata de una exposición progresiva del otro,
sino de una ampliación progresiva del cuidado.
Si mi amor no basta, lo intento con el de otro. Si aún
así no basta, recurrimos a la comunidad, para que nadie se quede solo en su
error.
Cuando un hermano se pierde, a todos nos falta algo.
Jesús no se limita a decir que somos hermanos, sino que lleva hasta el final todo lo que esta palabra implica.
Y es significativo que, en el Evangelio de San Juan,
llame «hermanos» a los discípulos justo después de la Pascua. «Ve y
diles a mis hermanos» (Jn 20, 17). Los llama hermanos después de que
huyeran, hermanos después de que Pedro lo negara, hermanos después de que lo
dejaran solo. La Pascua no borra lo que han hecho, sino que muestra que su
pecado no ha logrado borrar el nombre con el que Jesús sigue llamándome. Hay un
«hermanos»
que no se rompe.
Cuidar es precisamente esto: no permitir que el mal
tenga la última palabra sobre la vida de alguien y seguir viendo en el otro lo
que su error no logra borrar, seguir llamándole por su nombre más verdadero: «hermano».
Cuando nos convertimos en guardianes de la vida de los
demás, algo del cielo ya ha encontrado su lugar en la tierra.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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