¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -
La fraternidad no surge porque seamos buenos.
Surge porque nadie se salva por sí solo.
Imaginarnos como una comunidad de «puros»
y «perfectos»
es una tentación antigua de la que, incluso hoy, la Iglesia debe guardarse y no
dejarse seducir.
El Evangelio, en cambio, la presenta como el lugar de
los sanados que siguen necesitando sanación.
No somos el trigo bueno separado de la cizaña. Somos
trigo que crece en medio de la cizaña.
Somos hombres y mujeres hechos de luz y de sombra.
Cuerpos antes incluso que ideas.
Cuerpos que se rozan, se chocan y, a veces, se hieren.
Tantas veces hemos descubierto… descubrimos… y
descubriremos que la fragilidad es nuestro lenguaje común.
La fraternidad no consiste en no caer nunca.
Consiste en seguir levantándonos juntos.
Jesús no dice: «Si un hombre te hiere». Dice: «Si tu hermano...»
Antes de la herida y de la culpa está la relación.
Antes del error está el vínculo.
El Evangelio nunca identifica a una persona con su
pecado. Aunque se equivoque, sigue siendo tu hermano.
Y quizá esta sea la conversión más difícil: seguir viendo a alguien como hermano precisamente cuando se ha vuelto difícil reconocerlo como tal.
«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».
Jesús no habla de ganar una discusión. No dice que
haya que demostrar quién tiene razón. No invita a defender la propia imagen.
La única
victoria del Evangelio es no perder a nadie.
El hermano no es un adversario al que convencer y
mucho menos al que derrotar.
Es una vida que hay que cuidar.
Por eso Jesús sugiere un camino paciente.
Encontrarse. Hablar. Escuchar. Volver a empezar.
Involucrar a otros. Intentarlo de nuevo. Hacer todo lo posible por no
resignarse a la distancia, por no buscar la exclusión. Hacer todo lo posible
por «ganarse
al hermano».
Toda comunidad sufre heridas. La pregunta es sencilla:
¿qué hacemos con el dolor que recibimos? ¿Lo devolvemos? ¿O
lo transformamos?
Es el corazón mismo del Evangelio. Jesús rompe la
cadena del mal. No devuelve el golpe. Absorbe la violencia. La transforma en
perdón. Toda fraternidad nace aquí.
Al final, Jesús vuelve a sorprendernos. No promete su
presencia donde todo funciona, donde todos están de acuerdo o donde no hay
heridas. La promete donde dos o tres siguen obstinadamente reuniéndose en su
nombre.
La comunión no es la ausencia de conflictos. Es la
decisión de no permitir que el conflicto tenga la última palabra.
La paz nace cada vez que alguien elige reanudar un
diálogo, recomponer una ruptura, cuidar un vínculo en lugar de romperlo.
Así comprendemos la última promesa: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Jesús no dice: donde son perfectos. No dice: donde
siempre tienen razón. Dice: donde siguen reuniéndose.
Jesús no habita en una comunidad perfecta. Habita en
una comunión que se renueva continuamente.
Quizá el mayor milagro de la Iglesia no sea el de
estar libre de heridas.
Sino que, en sus heridas, siga reuniéndose en torno al
Señor y siga creyendo y llamándose a la fraternidad.
Allí, el Reino de Dios ya se hace presente.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Posdata:
¿Recuerdas aquella expresión del hijo mayor al padre de la misericordia: "ese hijo tuyo"? La respuesta de aquel padre comienza con una declaración de principio: "ese hermano tuyo".



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