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domingo, 6 de septiembre de 2026

Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo 

Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan. 

Se despiden con respeto, y el Sultán ofrece a Francisco unos regalos. 

Entre ellos, un cuerno de marfil, un instrumento creado para la caza o para llamar a la oración, convertido en símbolo de una tregua real. 

Recordar esta historia en tiempos como estos es un acto de resistencia civil y espiritual. 

De hecho, de forma latente, crece un desprecio hacia el otro y hacia su fe que se alimenta de algoritmos, ignorancia, cinismo, miedo, fobia...  

Vivimos en la era de la polarización exacerbada, donde la identidad se construye por sustracción: yo existo en la medida en que te destruyo, te menosprecio o te demonizo. 

El diferente ya no es un misterio por descubrir ni alguien con quien confrontarse, sino un blanco cómodo sobre el que proyectar nuestros miedos colectivos. 

Sino una amenaza de la que hay que protegerse con alambradas, reales o mentales. 

En un escenario alimentado, lamentablemente, también por muchos que se profesan cristianos, lo que ocurrió en Damieta en 1219 deja de ser un capítulo desvanecido de la historia medieval y se convierte en un manifiesto geopolítico de gran actualidad. 

Alrededor de aquella tienda se oía el estruendo de la Quinta Cruzada, convocada por el Papa Inocencio III para golpear el poder musulmán en Egipto y utilizarlo como moneda de cambio para recuperar Jerusalén: la sangre, el fanatismo ideológico, los cálculos de poder, el derecho de la fuerza. 

Afuera se clamaba por la «guerra santa» desde ambas orillas del Mediterráneo. 

Pero dentro de esa tienda, Francisco y Al-Malik al-Kamil llevaron a cabo el único milagro verdadero posible en tiempos de guerra: se miraron a los ojos sin que el prejuicio se interpusiera entre ellos. 

Ninguno de los dos cedió ni un milímetro en su fe. 

No hubo lugar para un sincretismo débil o de fachada. 

Francisco siguió siendo el loco de Dios, el cristiano radical; el Sultán siguió siendo el firme defensor del Islam. 

Y, sin embargo, descubrieron que la fidelidad a las propias raíces no tiene por qué cavar trincheras, sino que puede tender puentes. 

Hablaron no a pesar de su fe, sino a través de ella, reconociendo en el otro el mismo deseo de lo Absoluto. 

El cuerno de marfil es el vestigio arqueológico de una paz olvidada. Ese regalo nos dice que el encuentro siempre deja huella, influye en el futuro y desarma las manos. 

Hoy, mientras el desprecio insidioso amenaza con adormecer nuestras conciencias, necesitamos desesperadamente recuperar el valor de Damieta. 

El valor de cruzar las líneas enemigas, no para conquistar o convertir por la fuerza, sino para dar cabida a la escucha. 

Porque la alternativa al diálogo no es la victoria de una civilización sobre otra, sino la ruina común y definitiva de nuestra humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata:

Lo dejo como un último apunte de mi reflexión. El vértigo de acontecimientos y de documentos me asusta. Y en medio de todo ello, y como dice un hermano mío, la memoria es una facultad que olvida. 

Quisiera traer a colación otro encuentro y diálogo. Uno que tuvo lugar en este siglo XXI: el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi. También, entonces, dos líderes religiosos cristiano y musulmán, se dieron un abrazo. Eran el Papa Francisco y Ahmed-el Tayeb (Gran Imán de Al-Azhar de El Cairo). 

Tengo para mí que es un documento quizá hasta ya olvidado (en este vértigo de documentos y acontecimientos) pero de una grande actualidad en el presente y de una gran inspiración para lo que quisiéramos esperar y promover en el futuro.

Te invito a refrescar su lectura y reflexión: https://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html

domingo, 30 de agosto de 2026

La dichosa normalidad.

La dichosa normalidad

Doy tantas vueltas al concepto de «normalidad».

 

De hecho, conocidos políticos califican de «normales» a los ciudadanos de piel blanca frente a los de piel oscura, que serían, por tanto, «anormales», es decir, «fuera de la norma», y constituirían una minoría estadística.

 

Hay quien califica de «normales» a las personas sin discapacidad frente a las personas con discapacidad, quienes, precisamente por ser «anormales», deberían asistir, desde pequeños, a colegios «especiales».

 

Hay quien considera «normales» a las personas con orientación heterosexual —mayoritaria— y «anormales» a las personas homosexuales —minoritarias—, a las que, por lo tanto, no se les deberían conceder demasiados derechos.

 

No soy quién para profundizar en el concepto de «normalidad» que subyace a ciertas afirmaciones… pero una posible reflexión podría ser la siguiente.


Normal, tal y como recogen los principales diccionarios, es un término derivado del latín que, sobre todo en su acepción moderna, indica efectivamente cualquier característica que se presente de forma mayoritaria, en relación con un aspecto específico (color de la piel, funcionamiento psicofísico, orientación sexual, etc.), en una población determinada.

 

En algunas afirmaciones con las que he comenzado, por lo tanto, el concepto de «normalidad» se utiliza de manera adecuada.

 

Pero me parece que dichas proposiciones van más allá del uso correcto del término.

 

De hecho, lo utilizan de manera indebida, no tanto para constatar situaciones mayoritarias, sino para hacer pasar, de forma subrepticia, estas condiciones como «naturales» y las minoritarias como «antinaturales», con el efecto de reforzar muchos prejuicios.

 

Pero el error de esta operación radica en el hecho de que de la «normalidad» no se puede deducir en modo alguno la «naturalidad».

 

La «normalidad», que describe cómo son las cosas empíricamente en un determinado contexto, no puede, de hecho, indicar cómo deberían ser idealmente.

 

En términos más generales, ninguna proposición descriptiva (por ejemplo: «la mayoría de los ciudadanos tiene la piel blanca», «no tiene discapacidad», «es heterosexual», etc.) puede legitimar indicaciones prescriptivas de carácter ético-político, sean cuales sean.

 

El paso del género descriptivo al prescriptivo, al igual que cualquier paso deductivo entre géneros diferentes —caracterizados como tales por principios distintos—, constituye, de hecho, tal y como demostró Aristóteles, una forma falaz de argumentar.

 

El significado de «normalidad» puede ser correcto pero no siempre lo es el uso que se hace de él.

 

Y a mí me parece importante señalar esta distinción.


La utilidad del concepto de «normalidad», en el plano descriptivo, es, de hecho, difícilmente refutable. Esto queda demostrado indirectamente por el hecho de que incluso quienes no lo utilizan recurren, para indicar los comportamientos más frecuentes, en esencia a sinónimos como «tipicidad», «ordinariedad» o «regularidad», cuyos respectivos contrarios suenan simplemente menos discriminatorios que «anormalidad».

 

Por este motivo no creo que haya que centrarse tanto en el concepto de «normalidad» sino en su uso capcioso.

 

«Normalidad» y «naturalidad» no son sinónimos, ni de la primera pueden extraerse disposiciones relativas a la segunda. La evidencia empírica «normal», por ejemplo, muestra que los gatos tienen, «por naturaleza», cuatro patas. Esto, sin embargo, no es un buen motivo para considerar «contranatural», y por lo tanto motivo de discriminación, a los gatitos nacidos con tres patas, para los que, en todo caso, se requiere un mayor cuidado.

 

La naturaleza tiene sus propias reglas, pero las reglas admiten excepciones que, aunque sean minoritarias, siguen perteneciendo al ámbito natural.

 

Se trata de un ejemplo naturalista, pero el lector inteligente podrá extenderlo a todos los posibles casos de discriminación social de condiciones minoritarias, sobre todo aquellos más ventajosos en el plano electoral: el color de la piel, el funcionamiento psicofísico, la orientación sexual; no es casualidad, precisamente, que estos sean los temas más utilizados a veces…


La tesis filosófica central que subyace a ciertos comentarios es, por tanto, hacer pasar lo «anormal» —en el sentido de minoritario— como «antinatural», aprovechando la caracterización semántica negativa de estos términos.

 

A este respecto, aunque se está de acuerdo en que, en la realidad, a menudo la «normalidad» y la «naturalidad» se solapan —es decir, que, por lo general, la situación más «normal» es también la más «natural»—, hay que señalar, no obstante, que las cosas no siempre son así, ya que la naturaleza admite a la vez reglas («normalidad») y excepciones («anormalidad»).

 

Lo que es «natural», de hecho, como por ejemplo un eclipse, puede no ser «normal», ya que se produce de forma excepcional, del mismo modo que lo que es «normal» puede no ser «natural», como por ejemplo la vida que llevan millones de animales criados, con fines lucrativos, en naves industriales.


Lo que es «anormal» no por ello es «antinatural».

 

Las personas de color que residen en un país occidental, las personas con discapacidad que intentan integrarse en un contexto que discrimina a las personas con discapacidad, las personas homosexuales que desean vivir con su pareja en una sociedad predominantemente heterosexual, pueden ser una minoría, pero su comportamiento no es en absoluto «contrario a la naturaleza».

 

De hecho, constituye una de las posibilidades que la propia naturaleza pone a nuestra disposición, que no perjudica a nadie y que, por lo tanto, debe respetarse.


Digo esto para reafirmar que el uso del concepto descriptivo de «normalidad» con fines prescriptivos —es decir, para imponer, por ejemplo, políticas de repatriación para las personas de color indeseadas, o políticas segregadoras para las personas con discapacidad, o incluso políticas injustas para las personas homosexuales— resulta contrario, además de a muchos mandatos constitucionales, a la propia esencia del concepto en el que se basan estas mismas tesis.

 

De hecho, cuando se emplea para prescribir, el concepto de «normalidad» se utiliza de forma indebida, es decir, para respaldar de manera arbitraria actitudes prejuiciosas, discriminando a millones de personas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 19 de agosto de 2026

La magia existe de verdad - in memoriam de Juan Tamariz -.

La magia existe de verdad - in memoriam de Juan Tamariz -

Los juegos de magia, como las preguntas de la filosofía, nos obligan a replantearnos lo que damos por sentado. 

Ambas, filosofía y magia, nos permiten redescubrir muchos aspectos nuevos de las mismas cosas que, de este modo, acaban cambiando de aspecto y adquiriendo significados que sorprenden. 

El juego de la filosofía y el del mago ayudan a ver el mundo con otros ojos. 

La magia pretende despertar en nosotros la sorpresa ante algo que no comprendemos del todo, o nos empuja a descubrir una posibilidad que no habíamos tenido en cuenta. 

Y despertando nuestra incredulidad, nos hace sentir mágicamente felices y nos entretiene divirtiéndonos. 

Cuando asistimos a un espectáculo de magia, sabemos bien que nada es lo que parece, pero es más bonito convencernos de que todo es verdad. 

Porque en esa ilusión está la felicidad. 

Es verdad que la palabra «ilusión» siempre, o casi, se asocia a algo negativo. 

Cuántas veces nos hemos encontrado diciendo «Me he hecho ilusiones». 

Pero todas las experiencias que de alguna manera nos han engañado, antes de ser un engaño, han sido felicidad. 

Por otra parte, esta palabra solo se puede usar realmente a posteriori, es decir, cuando ya estamos decepcionados. 

Cualquier cosa que nos haga disfrutar, de hecho, nunca nace como un engaño, o no sabemos que lo es. Les atribuimos este término en el momento en que nos damos cuenta. 

Así pues, el ser humano ha inventado la palabra «ilusión» para identificar aquellas cosas que, antes de decepcionarnos, constituían una especie de felicidad. 

Sí. Y quizá la felicidad sea una ilusión en estado embrionario. Quizá sea un poco como la oruga que se convierte en mariposa. La oruga es la felicidad. Luego se convierte en mariposa, en ilusión, y se va volando. 

El arte de la magia de las manos ha sido fascinante incluso después de muchos siglos y de que se hayan desvelado numerosos trucos. 

Ahora, gracias a Internet y a algunos libros que se pueden encontrar en Amazon… cualquiera puede intentar improvisar como mago… 

Pero la magia de Juan Tamariz era capaz de crear un vínculo con el público y de conseguir involucrarlo. Y eso era también lo que determinaba el éxito de su espectáculo junto con su destreza. 

Porque no se trata de sacar un conejo del sombrero ni de sacar pañuelos infinitos de la manga: con Juan Tamariz queríamos sorprendernos y emocionarnos, poder volver a ser niños al menos durante unos minutos, en los que mirábamos absortos al mago, y creer que la magia, en el fondo, existe de verdad. 

Es verdad que la magia es una forma de entretenimiento que, con efectos visuales que parecen desafiar las leyes de la naturaleza, fascina con la capacidad de manipular la apariencia de las cosas y crear situaciones que parecen imposibles. 

Pero es una forma de aquel arte que resulta emocionante y fascinante. 

Un buen mago debe tener destreza manual, agudeza mental, creatividad y saber actuar bien. Pero Juan Tamariz tenía también esa capacidad de convertir un truco en un espectáculo cautivador e interesante involucrando la vista y el oído, y creando un escenario inesperado y sorprendente, es decir, mágico. 

El mago dice lo que no hace, y hace lo que no dice, y piensa en cosas distintas de lo que hace y dice. Seguramente esa es la mayor dificultad de un mago… 

Y uno se reconcilia con esa parte de la vida que es bella y hermosamente amena, festiva, gratuita, lúdica... en medio de tanto discurso chabacano y ramplón.

Muchas gracias, Juan Tamariz, por la calidad de tu persona y el genio de tu arte porque siempre me has sorprendido con el encanto de tu palabra, con tu aspecto y con el lenguaje de tu cuerpo, incluso antes que con tus trucos de mágica ilusión. 

Sí, tú me has ayudado a pensar, como decía en el título de esta reflexión, que la magia existe de verdad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de agosto de 2026

En un mundo de ignorantes.

En un mundo de ignorantes 

Casandra lo sabe. Sabe que Troya caerá. Sabe que el caballo de madera esconde la ruina de la ciudad. Sabe que la catástrofe ya ha traspasado las murallas que los habitantes creen haber defendido. Y, sin embargo, nadie le cree. 

Desde hace siglos interpretamos esta historia como la de una profecía ignorada. Pero quizá Casandra habla de algo más inquietante. 

No de la ignorancia de quien no sabe, sino de la ignorancia de quien sabe y sigue creyendo lo contrario. 

Su tragedia, como tantas veces la nuestra, no nace de la falta de información. 

Todo se ha dicho, todo se ha mostrado, nada está oculto. 

Lo que falta es la capacidad de reconocer como cierto lo que se sabe. 

Es una situación que me resulta sorprendentemente familiar. 

A nuestra época le encanta considerarse como aquella que finalmente ha declarado la guerra a la ignorancia. 

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido acceso a una cantidad tan vasta de información: cada pregunta parece encontrar una respuesta inmediata, cada incertidumbre, una laguna temporal que subsanar. 

Y, sin embargo, algo no cuadra. 

Nunca hemos sabido tanto y nunca nos hemos sentido tan a menudo incapaces de comprender el mundo en el que vivimos. 

La pandemia, las guerras, la crisis climática y la inteligencia artificial han puesto de manifiesto una paradoja inesperada: la acumulación de conocimiento no coincide con un aumento de la comprensión. 

Cuanto más sabemos, más crece lo que ignoramos. 

Tal vez ni seamos capaces de definir con exactitud qué es conocer… aunque tampoco la ignorancia se deja delimitar. 

Quizá porque la ignorancia no coincide con la ausencia de información: el problema nunca ha sido solo lo que sabemos, sino la relación con lo que sabemos. 

La cultura occidental ha concebido el saber como una frontera en avance —lo desconocido que retrocede, la razón que conquista—: una de las imágenes más poderosas de la Ilustración. 

Pero otras voces - la filosofía, la literatura,… - dicen otra cosa: el saber no avanza contra la ignorancia, nace de ella y se encuentra con ella como su propio límite. 

La ignorancia no coincide con la falta de información, sino con su gestión. 

En un mundo que pretende que todo sea calculable, el saber se reduce a una función administrativa: se recogen datos, se elaboran previsiones, se construyen modelos… 

Pero esta proliferación genera nuevas formas de ceguera ignorante. La ignorancia no se elimina: se incorpora a los dispositivos que pretenden gobernarla. 

Es verdad. Ojalá la nuestra fuera la ignorancia que hiciera posible el pensamiento, aquella que abriera un espacio para la investigación, para el deseo, para la invención... Ojalá ésta fuera nuestra ignorancia. 

En nuestra cultura occidental Sócrates es quizás el primero en comprenderlo: el «sólo sé que no sé nada» no es modestia, sino el descubrimiento de que el pensamiento nace de una carencia. 

No se busca lo que ya se posee; la pregunta solo es posible allí donde una certeza se desvanece. 

Ojalá la nuestra fuera aquella ignorancia docta de un tal Nicolás de Cusa. 

Pero me temo que, salvo honradas excepciones (y yo no soy una de ellas), no es así. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Jo, es que me aburro…!

¡Jo, es que me aburro…! 

«¿Vienes a jugar?». La llamada desde la ventana hacía que miráramos a mamá, que normalmente fingía no haber oído nada. Así que teníamos que ir a preguntarle. 

Mamá, ¿has oído? Dice que si podemos ir a jugar…

¿Habéis terminado los deberes?

Sí.

¿Seguro?

Sí.

¿Adónde pensáis ir?

A la calle… 

Y así, tras mil peticiones y respuestas, idas y venidas y negociaciones, normalmente (si nos lo habíamos ganado, claro está) llegaba una especie de «». 

Una especie de «sí» porque tenía no pocas condiciones… 

Podéis ir a la calle pero tened cuidado… En casa a las 7 y no os hagáis daño… Y que nadie venga a decirme que os habéis portado mal, que os habéis peleado o que habéis dicho palabrotas, porque si no… 

Escuchábamos cada una de sus palabras (que nos sabíamos de memoria, porque siempre eran esas las condiciones) concentrados, tranquilos, asintiendo con convicción a cada condición. La lógica de las madres de antaño era inquebrantable y, por desgracia, todas la compartían. 

Nuestras madres se apoyaban unas a otras, y tenías un poco la impresión de ser hijo de todo el barrio. Y si te pasabas de la raya con alguna —cualquiera de ellas—, te lo hacía saber de forma muy clara; y cuando volvías a casa, tu madre ya estaba al corriente de todo... 

Y lo juegos eran diversos… a muñecas y soldaditos… a los cromos… a la cuerda o a la goma… al escondite… a campo quemado y a fútbol… a la peonza (o trompa)… a las canicas… al “chorro, morro, pico, tallo, qué”… a los juegos reunidos geyper”… al monopoly… a los madelman o geyperman… a la rayuela… a las chapas y tabas… a la gallinita ciega… al hinque…al pañuelo… a... 

Prefiero pasar por alto el tema de los timbres, porque si bien es cierto que nos lo pasábamos en grande tocándolos para luego salir corriendo, también lo es que las señoras a las que pertenecían esos timbres se enfadaban muchísimo… y ocurría que las más rápidas nos perseguían... 

¿Y los niños de hoy? 

Esta vez no voy a hacer una comparación entre nuestros barrios de ayer y los de hoy, o al menos no solo eso. 

Si la comparación es entre nuestros juegos y los de los niños de hoy, tal vez el contraste sea lo siguiente a abrumador. 

Porque mientras los niños son pequeños, se dejan encantar por la forma de jugar de los mayores (padres/madres, abuelos,…), por sus juegos de antaño o por los más modernos. 

Luego, poco a poco, los pequeños se transforman en seres digitales que saben usar cada uno de los dispositivos mejor que nosotros, sin que nadie se lo haya enseñado. Son los llamados «nativos digitales», que me inquietan bastante, quizá porque paso de los 60 años... 

Una vez terminados los deberes, llega el «me aburro, ¿qué hago?», y el adulto se vuelve loco inventando cosas que hacer, cosas que construir juntos, cosas para colorear o retos que superar. 

Se juega un rato y luego vuelve el «me aburro», y es horrible oír a los niños decir que se aburren… ¿pero cómo es posible? ¡Niño y aburrimiento no pueden aparecer en la misma frase! 

Y entonces llega la propuesta: «¿Puedo jugar un rato con la Play (Station, claro)?». Se negocia el tiempo permitido, se pone la alarma (perdón, se dice Alexa, temporizador de veinte minutos) y se asiste a la transformación del pequeño, que de niño alegre y vivaz se convierte en un ser alejado de la realidad, que no oye si le llaman, concentrado como está en construir no se sabe muy bien qué o en ganar o perder vidas en no se sabe qué más. 

Los niños ya no juegan en la calle... porque ya no hay calles en las que poder jugar… o porque mil y un peligros acechan… O porque mil y una extraescolares lo impiden...

Y así, como mucho, se reúnen dos o tres en casa para jugar juntos, normalmente a la PlayStation. 

¿Pesimismo? ¿Tristeza? ¿Nostalgia? 

Las tres cosas juntas, creo. 

¿Hay algún consuelo por pequeño que sea? Quizá dentro de esos genios de lo digital todavía haya niños capaces de dejarse encantar… ¿Queda esa esperanza?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...