viernes, 24 de julio de 2026

¡Jo, es que me aburro…!

¡Jo, es que me aburro…! 

«¿Vienes a jugar?». La llamada desde la ventana hacía que miráramos a mamá, que normalmente fingía no haber oído nada. Así que teníamos que ir a preguntarle. 

Mamá, ¿has oído? Dice que si podemos ir a jugar…

¿Habéis terminado los deberes?

Sí.

¿Seguro?

Sí.

¿Adónde pensáis ir?

A la calle… 

Y así, tras mil peticiones y respuestas, idas y venidas y negociaciones, normalmente (si nos lo habíamos ganado, claro está) llegaba una especie de «». 

Una especie de «sí» porque tenía no pocas condiciones… 

Podéis ir a la calle pero tened cuidado… En casa a las 7 y no os hagáis daño… Y que nadie venga a decirme que os habéis portado mal, que os habéis peleado o que habéis dicho palabrotas, porque si no… 

Escuchábamos cada una de sus palabras (que nos sabíamos de memoria, porque siempre eran esas las condiciones) concentrados, tranquilos, asintiendo con convicción a cada condición. La lógica de las madres de antaño era inquebrantable y, por desgracia, todas la compartían. 

Nuestras madres se apoyaban unas a otras, y tenías un poco la impresión de ser hijo de todo el barrio. Y si te pasabas de la raya con alguna —cualquiera de ellas—, te lo hacía saber de forma muy clara; y cuando volvías a casa, tu madre ya estaba al corriente de todo... 

Y lo juegos eran diversos… a muñecas y soldaditos… a los cromos… a la cuerda o a la goma… al escondite… a campo quemado y a fútbol… a la peonza (o trompa)… a las canicas… al “chorro, morro, pico, tallo, qué”… a los juegos reunidos geyper”… al monopoly… a los madelman o geyperman… a la rayuela… a las chapas y tabas… a la gallinita ciega… al hinque…al pañuelo… a... 

Prefiero pasar por alto el tema de los timbres, porque si bien es cierto que nos lo pasábamos en grande tocándolos para luego salir corriendo, también lo es que las señoras a las que pertenecían esos timbres se enfadaban muchísimo… y ocurría que las más rápidas nos perseguían... 

¿Y los niños de hoy? 

Esta vez no voy a hacer una comparación entre nuestros barrios de ayer y los de hoy, o al menos no solo eso. 

Si la comparación es entre nuestros juegos y los de los niños de hoy, tal vez el contraste sea lo siguiente a abrumador. 

Porque mientras los niños son pequeños, se dejan encantar por la forma de jugar de los mayores (padres/madres, abuelos,…), por sus juegos de antaño o por los más modernos. 

Luego, poco a poco, los pequeños se transforman en seres digitales que saben usar cada uno de los dispositivos mejor que nosotros, sin que nadie se lo haya enseñado. Son los llamados «nativos digitales», que me inquietan bastante, quizá porque paso de los 60 años... 

Una vez terminados los deberes, llega el «me aburro, ¿qué hago?», y el adulto se vuelve loco inventando cosas que hacer, cosas que construir juntos, cosas para colorear o retos que superar. 

Se juega un rato y luego vuelve el «me aburro», y es horrible oír a los niños decir que se aburren… ¿pero cómo es posible? ¡Niño y aburrimiento no pueden aparecer en la misma frase! 

Y entonces llega la propuesta: «¿Puedo jugar un rato con la Play (Station, claro)?». Se negocia el tiempo permitido, se pone la alarma (perdón, se dice Alexa, temporizador de veinte minutos) y se asiste a la transformación del pequeño, que de niño alegre y vivaz se convierte en un ser alejado de la realidad, que no oye si le llaman, concentrado como está en construir no se sabe muy bien qué o en ganar o perder vidas en no se sabe qué más. 

Los niños ya no juegan en la calle... porque ya no calles en las que poder jugar… o porque mil y un peligros acechan… O porque mil y una extraescolares lo impiden...

Y así, como mucho, se reúnen dos o tres en casa para jugar juntos, normalmente a la PlayStation. 

¿Pesimismo? ¿Tristeza? ¿Nostalgia? 

Las tres cosas juntas, creo. 

¿Hay algún consuelo por pequeño que sea? Quizá dentro de esos genios de lo digital todavía haya niños capaces de dejarse encantar… ¿Queda esa esperanza?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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