viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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