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jueves, 23 de abril de 2026

¿Qué espiritualidad cristiana? - tocar la carne crucificada de Jesús resucitado -.

¿Qué espiritualidad cristiana? - tocar la carne crucificada de Jesús resucitado -

Un amigo más perspicaz que yo me suele recordar un riesgo que ve circular por nuestras comunidades cristianas: la reducción de la fe a una única dimensión, predominantemente espiritual. 

Un fenómeno que evoca, por analogía, antiguas controversias cristológicas, en particular aquella que la tradición ha identificado como monofisismo, la doctrina según la cual en Jesucristo está presente una sola naturaleza, la divina, que absorbería o anularía la humana. 

Dos de mis profesores de Cristología - Francisco Javier Vitoria y Jacques Dupuis - tanto y tanto nos insistían en la permanente actualidad e importancia de Calcedonia. 

Y esa referencia no es puramente académica. 

El meollo de la cuestión afecta, de hecho, a la comprensión misma de la fe cristiana y de la figura de Jesucristo, así como a la postura que los creyentes están llamados a adoptar en la historia. 

Mi amigo, ese que es más perspicaz que yo, añade además una constatación inquietante que respalda su convicción: el creciente y obstinado silencio de no pocos Obispos, y de no pocas comunidades cristianas, respecto a los grandes temas de nuestro tiempo —la guerra y la paz, la cuestión medioambiental, las migraciones—, como si tales dimensiones pertenecieran a un ámbito ajeno a la vida de fe, y no fueran, por el contrario, parte integrante de su aliento en el mundo. 

El Concilio de Calcedonia (451 d. C.) representa uno de los momentos decisivos de la cristología cristiana. 

Su definición afirma que en Jesucristo subsisten plenamente dos naturalezas, la divina y la humana, «sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación». 

Esta fórmula encierra un principio fundamental: el cristianismo no puede reducirse a una sola dimensión de la experiencia. Si se elimina lo humano, la fe se espiritualiza hasta convertirse en evasión; si se elimina lo divino, se reduce a simple consuelo interior. 

En ambos casos, se compromete el núcleo mismo de la encarnación. 

No lo sé a ciencia cierta. Yo no soy perspicaz. Pero me temo - es solamente una sospecha - que hoy en día, y en las comunidades cristianas, hasta se podría detectar con creciente evidencia una forma de reduccionismo «espiritualista» de la fe. 

Y digo esto porque, me temo, la vida cristiana se interpreta a menudo casi exclusivamente como cuidado de la interioridad, búsqueda de equilibrio personal, espacio de consuelo y tranquilidad. 

En este contexto, el Evangelio corre el riesgo de transformarse en una especie de «fitness del espíritu»: una práctica útil para el bienestar interior, pero progresivamente despojada de su fuerza transformadora. 

El silencio sobre temas sociales o políticos se justifica así en nombre de una supuesta neutralidad, que, sin embargo, acaba empobreciendo la dimensión pública de la fe. 

Y, sin embargo, el cristianismo nace de un acontecimiento que no se deja confinar en la interioridad. 

La encarnación implica que la historia es un lugar teológico: no un simple telón de fondo, sino un espacio real en el que Dios se ha revelado y sigue encontrándose con la humanidad. 

El cuerpo, las relaciones, la fragilidad y las circunstancias concretas no son elementos marginales, sino lugares en los que la fe toma forma. 

Separar la fe de la historia significa, en última instancia, debilitar la propia comprensión de la encarnación. 

La tradición de Calcedonia señala un camino diferente: no la reducción, sino la coexistencia. Lo humano y lo divino no se excluyen, sino que se entrelazan sin confundirse. 

Y esto implica una espiritualidad que no se repliega sobre lo privado, sino que está atravesada por la vida concreta; una fe que no se reduce a consuelo, sino que se convierte en relación viva; una visión de la existencia en la que lo cotidiano no está separado de Dios. 

No se trata de un equilibrio ya dado, sino de una tensión permanente. 

El reto hoy para las comunidades cristianas y para los Obispos no es hacer la fe más «manejable», sino custodiar su complejidad originaria. Y, en este sentido, la llamada de Calcedonia no pertenece al pasado sino que sigue interpelando al presente. 

Porque recuerda que la fe cristiana, si quiere permanecer fiel a sí misma, no puede reducir el misterio de la encarnación a una sola dimensión de la experiencia humana. 

Quizá la verdadera tentación no sea perder la fe, sino domesticarla: hacerla más suave, más ordenada, más compatible con nuestros hábitos interiores. Una fe que consuela sin perturbar, que tranquiliza sin exponerse, que habla de Dios pero evita el peso de la carne. 

Me temo - es solamente una sospecha - que para algunos el cristianismo es como un sistema de pensamiento o un equilibrio psicológico. 

Y, en cambio, el cristianismo nace en una carne y en un cuerpo. Y una carne y un cuerpo, cuando son reales, no se dejan reducir. Ocupan espacio, hieren, curan, exponen, exigen respuesta, toman partido... 

Por eso Calcedonia no es un recuerdo doctrinal, sino un umbral siempre abierto: o se mantiene unido lo que se ha unido en Jesucristo, o se acaba perdiendo precisamente lo que se quería salvar. 

Y entonces vuelve la pregunta, simple y radical: no si creemos en Dios sino en qué Dios creemos. Es decir, si seguimos dispuestos a encontrarnos con Él donde ha elegido estar, en la complejidad irreducible de carne de la historia y del cuerpo de todo lo humano. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 25 de noviembre de 2025

Carta Apostólica "In unitate fidei": retorno a lo esencial.

Carta Apostólica "In unitate fidei": retorno a lo esencial 

En la solemnidad de Cristo Rey, y en vísperas de su primer viaje apostólico a Turquía, el Papa León XIV ha firmado la Carta Apostólica “In unitate fidei” (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html), en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Un documento que, en cierto modo, también esboza algunos elementos de la orientación teológica y pastoral de su pontificado. 

El primer viaje apostólico del Papa León XIV, programado del 27 de noviembre al 2 de diciembre, tendrá precisamente una etapa particularmente significativa: Iznik, la antigua Nicea, lugar del Concilio de 325, donde se formuló el Credo que aún hoy une a la comunidad cristiana. 

La intención es «custodiar y transmitir con amor y con alegría el don recibido», retomando el lenguaje del Credo niceno: Jesucristo, Hijo único de Dios, «que bajó del cielo para nuestra salvación». 

El Papa no propone una relectura histórica de Nicea, sino que reconecta el dogma cristológico vinculado a ella con los retos actuales, insistiendo en que la teología no es una conservación pasiva, sino un ejercicio continuo de discernimiento a la luz de la Tradición. 

La fe, recuerda el Papa, no es un proyecto humano que se modela según las modas culturales, sino un don que hay que acoger, custodiar y transmitir. 

Refiriéndose a los Evangelios y a las cartas paulinas, el Papa León XIV identifica en la filiación divina de Cristo el centro de la Revelación. Por eso, el Credo niceno no representa un vestigio histórico, sino un baluarte que protege la verdad de los errores de cada época. 

Al igual que en el siglo IV Arrio intentó hacer «más comprensible» el misterio reduciendo la divinidad del Hijo, hoy —advierte el Papa— sigue existiendo la tentación de moldear el cristianismo según los criterios de la cultura dominante. 

Los Padres, recuerda el Papa León XIV, utilizaron categorías filosóficas como ‘ousia’ y ‘homoousios’ no para complicar la fe, sino para protegerla. La misma tarea le espera hoy a la teología: no negociar la verdad, sino expresarla con fidelidad. 

Uno de los pasajes particularmente autorizados de la Carta publicada se refiere a la divinización, la gran intuición de los Padres griegos. 

Citando a San Atanasio, Cristo se hizo hombre «para poder divinizarnos». El Papa León XIV recuerda que la vocación última de la humanidad es la participación en la vida divina, como afirma también la Segunda Carta de Pedro. No se trata de una fusión mística ni de una exaltación individual: es participación en la vida divina. 

De ahí deriva también la dimensión ética de la fe. Profesar «un solo Dios, Padre todopoderoso» implica una nueva mirada sobre la creación, no como un bien para consumir, sino como un don para custodiar. 

Del mismo modo, reconocer a Jesús como «Señor y Dios» implica una existencia modelada a su imagen. Y la caridad, explica el Papa, no es un añadido moral, sino una consecuencia ontológica de la Encarnación: «lo hicisteis a mí». 

La Carta dedica una amplia reflexión al valor ecuménico del primer Concilio. Para el Papa León XIV, lo que une a los cristianos —el Credo niceno— es más grande que las diferencias que aún persisten. Sin embargo, no propone un ecumenismo irénico o superficial: la unidad nace de la verdad recibida, no del aplanamiento de las identidades. 

La Trinidad, modelo de comunión en la diversidad, es el paradigma de la unidad cristiana. Y solo el Espíritu Santo, concluye el Papa, puede «unir los corazones y las mentes de los creyentes». 

Volviendo al lenguaje del Concilio de Nicea, el Papa León XIV sostiene que la Iglesia solo puede renovarse reconectándose con la verdad que la generó. Confesar a Jesús como «Dios verdadero de Dios verdadero» no es una herencia del pasado, sino la respuesta más concreta a las crisis espirituales, culturales y antropológicas del presente. 

El Concilio de Nicea no es un monumento: es el punto en el que se encuentran la revelación cristiana y la vocación del ser humano, llamado a entrar en la vida de Dios a través de su Hijo eterno, que se ha hecho nuestro hermano. 

En la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del próximo año 2026 (https://www.christianunity.va/content/dam/unitacristiani/Settimana%20di%20preghiera%20per%20unit%C3%A0/2026/ES%202026%20SOUC.pdf) éste será el lema “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu,  como una es la esperanza  a la que habéis sido llamados” - Efesios 4,4 -. 

La Carta del Papa León XIV nos recuerda que en este ámbito ecuménico, «¡realmente lo que nos une es mucho más de lo que nos divide! De este modo, en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz». 

Así lo afirma el Papa León en la conclusión de la Carta. «El Concilio de Nicea», escribe, «es actual por su altísimo valor ecuménico». 

El logro de la unidad de todos los cristianos fue uno de los principales objetivos del último Concilio, el Concilio Vaticano II, ahora que estamos a las puertas del día 8 de diciembre y, por lo tanto, a los 60 años de su conclusión en el año 1965. 

«Finalmente, el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio, el Vaticano II. Treinta años atrás exactamente, San Juan Pablo II prosiguió y promovió el mensaje conciliar en la Encíclica ‘Ut unum sint’ (25 de mayo de 1995). Así, con la gran conmemoración del primer Concilio de Nicea, celebramos también el aniversario de la primera encíclica ecuménica. Ella puede considerarse como un manifiesto que ha actualizado aquellas mismas bases ecuménicas puestas por el Concilio de Nicea». 

«El movimiento ecuménico», continúa, «ha alcanzado bastantes resultados en los últimos sesenta años. Aunque la plena unidad visible con las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales y con las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma aún no nos ha sido dada, el diálogo ecuménico nos ha llevado» a «reconocer a nuestros hermanos y hermanas en Jesucristo en los hermanos y hermanas de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales y a redescubrir la única y universal Comunidad de los discípulos de Cristo en todo el mundo. Compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio». 

«Para poder ejercer este ministerio de modo creíble» el Papa invoca que «debemos caminar juntos para alcanzar la unidad y la reconciliación entre todos los cristianos. El Credo de Nicea puede ser la base y el criterio de referencia de este camino. Nos propone, de hecho, un modelo de verdadera unidad en la legítima diversidad». 

«Debemos dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser para adquirir un pensamiento común y, más aún, una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor». 

«Esto no significa un ecumenismo de retorno al estado anterior a las divisiones», aclara, «ni un reconocimiento recíproco del actual statu quo de la diversidad de las Iglesias y Comunidades eclesiales, sino más bien un ecumenismo orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, de intercambio de nuestros dones y patrimonios espirituales. El restablecimiento de la unidad entre los cristianos no nos empobrece, al contrario, nos enriquece». 

Acabo ya esta reflexión con un apunte de mi impresión personal. Al leer esta Carta Apostólica “In unitate fidei” del Papa León XIV, he tenido una sensación: como que el Papa Leñon XIV hubiera pretendido no limitarse a recordar un Concilio del pasado, sino indicar y proponer un criterio de discernimiento para el presente: ir a la raíz del Concilio de Nicea. 

Y entiendo que esta elección puede decir mucho más que muchas declaraciones. Porque es un gesto de una actitud espiritual que no se impone con fuerza y, precisamente por eso, se vuelve más profundo. 

La Iglesia no se reencuentra a sí misma partiendo de sus dinámicas internas, sino volviendo a la verdad que la sustenta. A su manera, el Papa León XIV nos recuerda que la unidad nace de Jesucristo. 

La Carta relanza de manera clara la pregunta que lo decide todo: ¿quién es Jesús? La Iglesia cristiana es aquella que se centra y se concentra en esta pregunta. Y el Papa León XIV responde como los Padres de Nicea: Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Aquí está la Buena Nueva que salva al mundo. 

El Papa no aborda las tensiones eclesiales de manera directa, porque lo hace de una manera más radical. Reenfoca la fe, reenfoca la revelación, reenfoca la cristología. Es una llamada silenciosa y muy elocuente. Y dice a las Iglesias cristianas que ninguna reforma será fructífera si no nace de aquí. Ningún camino ecuménico dará fruto si no permanece arraigado en esta verdad. 

Y precisamente también por eso, esta Carta Apostólica del Papa León XIV es valiosa. No se trata de buscar la unidad en el consenso mutuo sino que indica que la unidad está en el Símbolo de la fe, no en las soluciones diplomáticas. Nos dice que la unidad no se improvisa. La unidad nace de la adoración del Hijo de Dios que descendió por nosotros, cuyo amor en la cruz es creíble precisamente porque es amor divino. 

De esta verdad deriva también nuestra mayor esperanza: la divinización. Si Cristo es «de la misma sustancia que el Padre», entonces su descenso a nuestra carne nos abre el camino para ser hechos «hijos en el Hijo». La fe en el Dios verdadero no es una doctrina pesada, sino la promesa de nuestra verdadera y plena humanización. La caridad, por lo tanto, no es una actividad paralela a la teología, sino su consecuencia natural y luminosa. 

Esta Carta ofrece la Iglesia cristiana una brújula sencilla y seria. Caminar juntos solo puede ser un don si permanecemos unidos en la verdad sobre Jesucristo. Se trata de discernir a la luz del Concilio de Nicea. Aquel Símbolo de la fe no es un texto del pasado sino que quiere ser una raíz viva. 

En este discernimiento, esta Carta nos recuerda también que escuchemos la sabiduría humilde, recordando la provocación de San Hilario: «Los oídos del pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes». 

El Papa nos invita a reconocer la clara intuición de la verdad que a menudo reside en la fe sencilla y no adulterada del Pueblo de Dios. El camino ecuménico es fecundo cuando escucha la verdad que el Espíritu guarda en cada bautizado acudiendo al Credo como criterio para distinguir lo que centra y concentra de lo que dispersa. 

El Papa no pide volver a las formas antiguas. Pide volver al fuego vivo que lo generó todo. Invita a una fe que se convierta en vida. A una unidad que no sea frágil, porque no depende de los equilibrios humanos, sino de la verdad del Hijo de Dios. 

Por eso, en un momento en el que la Iglesia se pregunta muchas cosas, “In unitate fidei” ofrece una contribución decisiva. No responde a los problemas uno por uno. Los ilumina. Indica dónde mirar. Indica por dónde empezar de nuevo. Indica lo que no pasa. 

Y mientras el Papa León XIV se dirige a Iznik, lugar del primer Concilio ecuménico, se comprende que el camino hacia el futuro requiere tanto de la fidelidad a una confesión de fe que nace de la revelación de una persona en la historia, como de la inspiración del Espíritu Santo que acompañe, sostenga y guíe a profundizar y a regresar a lo esencial del itinerario y relato de aquella persona. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 23 de octubre de 2025

El paso del yo a nosotros.

El paso del yo a nosotros 

El Papa Francisco recordaba que durante el Año Jubilar se cumplirían «1700 desde la celebración del primer gran concilio ecuménico, el de Nicea», y subrayaba que «Nicea representa una invitación a todas las Iglesias y comunidades eclesiales a avanzar en el camino hacia la unidad visible» (Spes non confundit 17). 

En particular, destacaba la importancia de reunirse, de la sinodalidad, que desde el Nuevo Testamento es la práctica eclesial de la comunión: «El Año Jubilar puede ser una oportunidad importante para dar concreción a la forma sinodal». 

Y el documento final del Sínodo de la Sinodalidad reitera que «el diálogo ecuménico es fundamental para desarrollar la comprensión de la sinodalidad y la unidad de la Iglesia» (Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión 138). 

Una primera lección «ecuménica» que nos llega de Nicea se refiere, por tanto, a la sinodalidad, tanto en el sentido generalmente aceptado de «camino recorrido juntos», derivado de ‘synodía’, «grupo de personas que caminan juntas», como en el sentido de «cruzar el mismo umbral» y, por tanto, «reunirse», derivado de ‘syn-ὀdos’, con ‘ὀdos’ que, en griego clásico, indica el umbral de la casa. 

En las Iglesias y entre las Iglesias existen diferencias en el plano doctrinal y disciplinario, litúrgico y espiritual, se producen tensiones, conflictos, a veces rupturas y laceraciones. Reunirse para debatir las diferentes posiciones, para conocerse, para limar las divergencias, para recomponer las rupturas, es el camino eclesial para perseguir, construir y sanar la comunión. Y, sobre todo, para crear relaciones y pasar de la desconfianza a la confianza. 

En Nicea - por convocatoria del Emperador, claro está - se produjo la convergencia en una única asamblea de líderes eclesiásticos procedentes de todo el Imperio, aunque los Obispos occidentales eran pocos en comparación con los orientales. Allí se encontraron tradiciones diferentes que antes rara vez habían tenido ocasión de interactuar. 

Más que por los resultados obtenidos - significativos pero no definitivos -, Nicea es importante por la modalidad del evento en sí, que abre el camino a la experiencia de los concilios llamados ecuménicos. 

El conflicto sobre una cuestión doctrinal que, en la iglesia de Alejandría, dividía al Obispo Alejandro del presbítero Arrio, se llevó a Nicea para llegar a una solución. Es decir, es mejor encontrarse hablando que dejar que las cosas se precipiten: las diferencias que dividen a los cristianos deben abordarse reuniéndose, escuchándose, exponiendo sus posiciones, debatiendo para llegar a una decisión. 

Escucha común, discusión común, consulta común, deliberación común: este es el método sinodal. Santo Tomás de Aquino dirá que el Espíritu actúa «en las asambleas»: el diálogo es el camino espiritual para buscar el consenso entre los cristianos. 

Pero la sinodalidad es también caminar y no cansarse de retomar el camino. 

El fin del Concilio de Nicea no significó el fin de los problemas: la condena de la posición de Arrio no puso fin a la crisis arriana y el arrianismo siguió difundiéndose durante todo el siglo V. El Símbolo de Nicea fue retomado y completado en el Concilio de Constantinopla del año 381; la fecha de la Pascua decidida en Nicea no puso fin a la querella que aún hoy es una cuestión ecuménica abierta. 

Es decir, el final de un Concilio es el comienzo de la fase de su recepción. El camino sinodal no termina con la clausura de los trabajos de la asamblea y la redacción de un documento. Incluso las decisiones tomadas se ponen en tela de juicio por los acontecimientos y, mientras tanto, los cambios históricos pueden requerir adaptaciones y correcciones de las mismas. 

Además, reunirse y caminar juntos exige la construcción del sujeto plural «nosotros». La formulación del Símbolo de Nicea se abre con la confesión de fe en plural: Creemos. 

Dentro de cada Iglesia y entre las Iglesias, siempre hay que pasar del yo al nosotros, y aprender a pensar con la otra Iglesia, no sin ella, ni contra ella, ni por delante de ella, ni por encima de ella, ni antes que ella. 

Como Símbolo universal suscrito por todos (o casi todos) los Obispos, el Símbolo niceno de fe es una novedad. Incluso un Símbolo de fe es obra humana, es deudor de un período histórico, de una cultura y de una lengua particulares, está necesariamente fechado. Y la expresión lingüística del misterio nunca es el misterio mismo: Dios no es su definición lingüística. 

En Nicea se resolvió la cuestión planteada por Arrio sobre la naturaleza del Hijo recurriendo al término no bíblico ‘homoousios’ - «de la misma sustancia» -, es decir, con una obra de inculturación. 

Y esta tarea de inculturación sigue interpelando hoy a todas las iglesias llamadas a discernir los signos de los tiempos y a anunciar a Jesucristo a los hombres y mujeres del siglo XXI. 

Porque el criterio auténtico de la Tradición no está en el pasado, sino en el futuro, es escatológico, es el Reino de Dios hacia el que todas las Iglesias están caminando. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de octubre de 2025

El Credo de Nicea permanece después de diecisiete siglos.

El Credo de Nicea permanece después de diecisiete siglos

Ha sido un aniversario de lo más normal. Muchas intervenciones, opiniones diversas, celebraciones moderadas. Para la Iglesia —y también para los teólogos— no ha habido una gran diferencia conmemorativa con otros Concilios menos o poco conocidos: aunque en el año 325 d. C. reunirse para «caminar juntos» entre comunidades diferentes era una práctica habitual.

 

El Concilio de Nicea fue el primero realmente normativo. Retomo la palabra, como de costumbre sin competencias específicas —pero no hace falta ser académico de la teología para expresar una opinión como bautizado (rey, sacerdote y profeta)— para volver sobre un acontecimiento que parece una ocasión perdida para comprender mejor la fe de nuestra Iglesia.

 

Sobre todo en una época en la que se siente todo el peso del envejecimiento, que también se nota en esa misa dominical que repite el Credo de Nicea, monótono porque se considera exhaustivo incluso después del paso de los siglos. Diecisiete para ser más exactos.

 

Alguien habló del texto del Credo como de un texto en el que se habla de fe sin mencionar siquiera el amor.

 

Ahora ya estamos en otoño de 2025 y parece que ya no hay mucho que decir sobre el Concilio de Nicea; incluso el Sínodo de la Sinodalidad queda un poco eclipsado por el Jubileo de la Esperanza.

 

Sin embargo, no faltan los problemas y la Iglesia se ve envuelta en cuestiones que no pueden descargarse en un juicio moral anodino o en la laicidad política. Todos estamos involucrados en las guerras que han vuelto a penetrar directamente en la sociedad europea, mientras que las armas reclaman el prestigio de la seguridad y chantajean una vida digna a los ciudadanos.

 

Con el regreso de las guerras, las religiones han vuelto a ocupar un primer plano - inquietante la coincidencia causal -.

 

Los católicos creen que pueden mantenerse al margen porque el Concilio Vaticano II ha recompuesto aquella lacerante persecución contra los judíos, pero el antisemitismo siempre vuelve a ser motivo de preocupación porque nos damos cuenta de que, aunque pasan los tiempos, las diferencias que se han producido nunca quedan claras y vuelven los prejuicios peligrosos porque se unen el judaísmo, en cuyo seno se encuentra el rigor de la ortodoxia, el sionismo y el nacionalismo de los gobiernos, hoy en manos de la derecha, incluso extremista, para mantener el poder mayoritario de Benjamin Netanyahu. Ahora, además, también está involucrado el Islam.

 

Como cristianos que se proponen la práctica del ecumenismo nos damos cuenta de que la inter-confesionalidad debería servir de puente para el diálogo entre las religiones.

En esencia, debemos replantearnos nuestra buena voluntad como fieles cristianos, acostumbrados a relacionarnos más o menos con las otras variantes cristianas de nuestro tiempo, sin dar por sentada la historia de su irreversible distancia entre sí.

 

La laicidad es aún tan inmadura que mantiene la reciprocidad de las relaciones entre Iglesias que ya no se denominan «separadas», pero que aún temen aceptar, si se les invita, el acceso a la comunión en una cena sagrada en casa de otros, lo que demuestra la persistencia en mantener las distancias con «los demás» dentro de los límites de la buena educación, ignorando la necesidad ya madura de extender el derecho a la igualdad en la fe común que la historia ha declinado en formas diferentes ahora definitivas.

 

Porque podemos culpar a la secularización y al secularismo pero son las «religiones» las que corren el riesgo o de volver a determinadas formas sacrales o de proyectarse en un futuro por inventar, ya que será inédito.

 

El pasado reciente no ha tenido el valor de afrontar los nuevos problemas —tecnologías, crisis climática, inmigración, prevención de conflictos— y el presente se ha precipitado en la violencia y las guerras.

 

Las religiones tienen la obligación de sostener la esperanza entre los seres humanos. Que, como enseñaba el Papa Francisco, es una virtud activa y corresponde a las Iglesias no valorar los aspectos consoladores del culto, ni privilegiar la tradición, sino impedir la resignación y el miedo, reacciones comunes a todos.

 

Precisamente la necesidad de salvación a niveles de mayor conciencia y crítica induce a declinar la verdad cristiana en un contexto abierto al futuro. No solo está en juego la libertad de los hijos de Dios sino la libertad civil.

 

Vuelvo a lo que me intriga. Sí, me intriga aquella constatación sobre la ausencia de la palabra «amor» en un documento considerado fundacional que cada Domingo implica la confesión de fe individual en una comunidad cristiana.

 

Ni qué decir tiene que la ausencia del «Reino de Dios», y que fue la pasión de la vida de Jesús de Nazaret, en ese documento considerado identitario de la comunidad cristiana es una ausencia no menos intrigante.

 

Si leemos las crónicas de lo que se está convirtiendo en la democracia estadounidense, nos damos cuenta de que hemos llegado a la degeneración de las teologías políticas.

 

La Iglesia católica tomó cierta prudente distancia de Medjugorie y a muchos católicos no nos gustó el «santo inmediatamente» tras la muerte del Papa Juan Pablo II, pero hoy los fanáticos del Maga, incluido el Vicepresidente de los Estados Unidos de América, están a favor de la «santidad inmediata» para Charle Kirk, con portacruces móvil y todo, y es aún más alarmante que el Presidente Donald Trump siga refiriéndose a Dios para lo que considera su política.

 

El fanatismo y la instrumentalización siempre han existido, pero en 2025 no es posible que la gente no tenga los medios para defenderse. No corresponde a las religiones hacer política, sino mantener en los fieles el deber de responsabilizarse de las decisiones que es justo llamar políticas.

 

Ciertamente hay que tener cuidado de que las religiones se pierdan en el fundamentalismo. Todos, partiendo de nuestra fe, sabemos que Dios es grande y misericordioso pero nos salvamos si, por ejemplo, defendemos la paz evitando la violencia, o damos de comer al hambriento, o vestimos al desnudo…

 

También será necesario reconsiderar el significado del Concilio de Nicea, nacido de una situación que se había caldeado y a la que el Emperador Constantino quiso poner remedio imponiendo un acto formal de recomposición de las divergencias entre las comunidades cristianas que, en los primeros siglos, se tomaban muy en serio la búsqueda de la autenticidad de su identidad teológica.

 

De hecho, las diferentes opiniones las hacían responsables de los disturbios civiles: los arrianos eran obstinados y, cuando fueron declarados herejes, no se rindieron.

 

La Tierra Santa había dado muchos quebraderos de cabeza a la política tolerante de los romanos (a quienes les bastaba con que los pueblos pagaran impuestos y se adaptaran a la política exterior) con la primera guerra judía (y la destrucción del Templo) causada por el principio monoteísta que prohibía honrar al Emperador como a un dios.

 

Cuando los nuevos cristianos comenzaban a entrar en conflicto en nombre de Jesucristo —crucificado bajo un Emperador de nombre Tiberio— y del Dios único, el Emperador Constantino, entre varias guerras en el norte, convocó a los Obispos de las diferentes tendencias para que se pronunciaran sobre una verdad definitiva.

 

Los problemas de los cristianos se referían a la complejidad de la naturaleza humana y/o divina de Jesucristo y su relación de «Hijo de Dios» con el Padre. Una controversia teológica resuelta por un Emperador que supo obligar a los Obispos a alcanzar un acuerdo metodológicamente anticipador de las resoluciones dogmáticas de las Iglesias ya preparadas para la (relativa) complementariedad entre el Oriente constantinopolitano y el Occidente romano.

 

Somos algunos los que recitamos el «Credo Apostólico», citado por San Cipriano como de uso habitual en los bautismos, y no el niceno. Se trata de una elección individual, generalmente no discutida, probablemente percibida como más atractiva para todos los bautizados, pero en cualquier caso fuera de lo común... que suele ser la rutina habitual del «Credo Niceno».

 

Mientras tanto, hemos perdido la oportunidad de replantearnos «tradiciones» que se han convertido en hábitos y se han alejado de la búsqueda de la verdad de los orígenes de aquellos lugares de Belén, de Nazaret... y de aquella Galilea... Por el momento, tampoco parece que se haya elaborado un nuevo credo más evangélico.

 

La verdad, por definición, también (y sobre todo) para la dogmática, es una búsqueda: nos espera en un punto remoto del futuro. Por el momento, esperemos otro siglo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 12 de septiembre de 2025

La formulación de la fe cristiana de ayer a mañana.

La formulación de la fe cristiana de ayer a mañana

El Concilio de Nicea (325 d. C.), 1700 años después de su convocatoria, marca un punto de inflexión teológico: la fe cristiana proclama la unidad sustancial entre Jesús y Dios, sancionando así una distinción irreversible del judaísmo y las tradiciones religiosas del mundo antiguo.

 

Y ésta es una cuestión aún actual que hoy interroga a las Iglesias sobre el lenguaje de la fe y su relación con la historia.

 

Según una célebre formulación del teólogo judío Shalom Ben-Chorin, la fe de Jesús une a judíos y cristianos, la fe en Jesús los divide.

 

La fe de Jesús es, naturalmente, la del pueblo de Israel; la fe en Jesús es la que ve en el hombre de Nazaret la revelación definitiva del rostro de Dios y de su proyecto con respecto a la creación y, en ella, a la humanidad.

 

El Concilio ecuménico de Nicea de 325, cuyo XVII centenario se celebra este año de 2025, puede considerarse quizás el paso decisivo mediante el cual la comunidad cristiana define el carácter único, sin analogías, de la relación entre Jesús y el Dios de Israel.

 

En realidad, la relación entre la Iglesia e Israel no ocupa en absoluto un lugar destacado en la problemática abordada en el Concilio de Nicea: o mejor dicho, no lo ocupa de forma directa y explícita. La Iglesia del siglo IV se entiende, desde hace tiempo, como una realidad religiosa distinta del judaísmo, y como tal es percibida por este último.

 

El problema fundamental de aquel Concilio, en cambio, es totalmente interno al universo simbólico cristiano y puede resumirse así: una vez establecido, con todo el Nuevo Testamento, que la relación con Dios pasa a través de la persona de Jesús, en quien (por usar las palabras del cuarto evangelista) se encarna la «Palabra» de Dios, ¿cómo debemos pensar en esta última?

 

La propuesta del presbítero Arrio tiene el mérito de la claridad: el Verbo debe considerarse como la primera de las criaturas, una realidad llamada a la existencia por el único Dios, antes de que existiera el mundo, y que constituye el proyecto de toda la creación.

 

De este modo, el monoteísmo riguroso, compartido con Israel, parece confirmarse, al igual que la trascendencia radical de Dios, que entra en relación con la realidad solo a través de la mediación del «Verbo».



 

Sin embargo, la tesis que sale victoriosa del Concilio de Nicea es muy diferente.

 

Entre las palabras clave de la posición nicena, la más famosa es probablemente un término que se puede traducir como «consustancial»: el Verbo es de la misma «sustancia» que Aquél a quien los cristianos llaman el Padre, es decir, en términos más cercanos a los nuestros, es Dios en el mismo sentido en que lo es el Padre.

 

La objeción es obvia: si el Padre es Dios y también lo es el Verbo, hay dos «Dioses» - como mínimo: la situación, como es sabido, se complicará aún más -. Se necesitará mucho tiempo para que la teología, mediante equilibrios terminológicos bastante audaces, elabore lo que se convertirá en la doctrina trinitaria, es decir, una comprensión de Dios como unidad diferenciada y no como mónada.

 

Las Iglesias de nuestros días, sin embargo, viven en una sociedad totalmente ajena ya a las narraciones bíblicas, por no hablar de las elucubraciones de la teología de los primeros siglos.

 

Las liturgias utilizan con bastante tranquilidad las antiguas formulaciones, como signo de la continuidad de la Iglesia a lo largo del tiempo; pero es más que dudoso que quienes las recitamos comprendamos su significado.

 

No pocos nos preguntamos si no sería conveniente que las comunidades de hoy expresaran su fe con palabras que sienten y comprenden.

 

Personalmente, lo considero una exigencia legítima: como decía no un relativista posmoderno sino el 'doctor angelicus' santo Tomás de Aquino: la fe se dirige a Dios y no a las formulaciones sobre Dios. 


Lo cual autoriza a las diferentes generaciones a la misma audacia expresiva utilizada por nuestros padres en la fe.

 

En el Concilio de Nicea no se indicó un punto de llegada - como demuestra la historia posterior -, sino un punto de no retorno: según la Iglesia cristiana, el nombre del Dios tres veces santo, del Dios de Israel, no puede separarse en modo alguno de la historia de Jesús.

 

La afirmación de que una historia humana es decisiva para la relación con el que es Eterno es paradójica para las tradiciones religiosas del mundo antiguo. Y no solamente antiguo. Mientras que el Concilio de Nicea la afirma de manera irreversible.

 

Por esta razón, la afirmación de Shalom Ben-Chorin con la que he comenzado esta reflexión mantiene su validez.

 

Las formas en que la Iglesia puede, en primer lugar, vivir y, después, expresar la relación entre Dios y Jesús no pueden quedar confinadas por la Iglesia en su pasado, sino que constituyen su presente y su futuro.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 20 de mayo de 2025

Pensar y decir hoy la fe de Nicea.

Pensar y decir hoy la fe de Nicea 

1700 años desde el Concilio de Nicea. Un aniversario que ya ha saturado las agendas con conferencias, artículos, contribuciones, libros, desplazado quizás solo recientemente por la muerte del Papa Francisco y la elección del Papa León XIV. 

Sin embargo, no es tarea fácil intentar explicar a quienes permanecen al «margen» de la vida eclesial por qué es tan importante (si es que lo es) recordar este Concilio, yendo quizás un paso más allá de la simple respuesta de que se trata del «primer concilio ecuménico» (con todas las precisiones que conlleva esta definición, empezando por el significado de «ecuménico»). 

Hay al menos dos puntos quizás fundamentales, uno más formal y otro más de contenido, en torno a los cuales se puede reconstruir el sentido y la importancia de ese acontecimiento y, por tanto, de la celebración de su aniversario. 

En primer lugar, recordar el Concilio de Nicea significa celebrar el Símbolo de la Fe nacido de ese Concilio, que coincide en gran parte con el que todavía hoy se recita durante la celebración eucarística. Por otra parte, lo más importante no son las palabras en sí mismas que nos han sido entregadas, sino el hecho mismo de haber compuesto un Símbolo. 

De este modo, la comunidad eclesial quiso encontrar nuevas palabras para decir de forma sintética lo que ya se decía en las Escrituras (Antiguo y Nuevo Testamento) y que, sin embargo, resultaba fácilmente mal interpretable o incluso incomprensible. En definitiva, el primer mérito del Concilio de Nicea fue haber traducido con palabras nuevas el sentido salvífico del acontecimiento de Jesús, reescribiendo a la luz de este la imagen misma de Dios. 

Podemos preguntarnos a este punto: ¿no es este el sentido y el propósito aún hoy de la teología y, tal vez, incluso de la tarea evangelizadora y misionera de todos los que pertenecen a la Iglesia? ¿Intentar encontrar siempre palabras nuevas, vivir dentro de la propia época y la propia cultura para declinar en la actualidad la verdad eterna y salvífica de Cristo? 

Recordar el Concilio de Nicea significa, pues, ante todo recordar la raíz profunda de la vocación eclesial, como Iglesia que vive en la historia y debe aprender siempre de nuevo a hablar a la humanidad de hoy. 

Por otra parte, es el propio Símbolo de la Fe el que exige esta tarea. Si el «símbolo» (como nos recuerda la etimología) es un objeto partido entre dos aliados para que puedan reconocerse siempre como tales, el Símbolo de la Fe reúne en torno a un texto y, por lo tanto, tiene un carácter lingüístico y, como tal, sigue el carácter histórico de cada lengua, que muta, cambia e incluso puede morir. 

No es un objeto siempre igual a sí mismo, sino que requiere una actualización constante, pide ser siempre redicho para que la unión simbólica (en sentido fuerte) que quiere generar sea siempre verdadera y consciente. 

Así, recordar el Concilio de Nicea se convierte en realidad en un repartir desde el Concilio de Nicea para leer y decir la fe dentro de nuevos horizontes. 

Un segundo punto está relacionado con la imagen de Jesús que emerge del Símbolo. Los Padres del Concilio de Nicea no tuvieron miedo de decir que Jesús era Hijo de Dios y que esta definición no debe entenderse como una «metáfora» o una forma de decir cualquier cosa, a falta de algo mejor. 

Como todo hijo comparte el ser de su madre y de su padre, así también el Hijo comparte el ser del Padre. Este es el sentido del tan debatido término homousios, que significa precisamente «de la misma sustancia». 

Este término, por un lado, confirma que es un término extrabíblico el que ayuda a interpretar el dictado bíblico, un intruso helenístico (por así decirlo) al que se le confía la responsabilidad de reinterpretar la salvación judía. 

Por otro lado, el término indica una igualdad absoluta entre el Padre y el Hijo (el Espíritu permanece entre bastidores por el momento). Esto significa que aquel que se hizo carne no era un «ángel» o un «semidiós», sino «Dios verdadero de Dios verdadero». 

Lo que ocurre en la historia de Jesús es, por tanto, la revelación misma de Dios. Solo a partir de Él podemos conocer la auténtica imagen de Dios. Esta conciencia, plasmada en negro sobre blanco en el Concilio de Nicea trastoca por completo (o al menos debería hacerlo) nuestra forma de pensar a Dios. 

Todo lo que podemos decir de Dios, de hecho, debería partir precisamente de la historia de Jesús. El Concilio de Nicea, por paradójico que pueda parecer, nos recuerda que no son las categorías filosóficas las que definen al Dios revelado en Jesús (omnipotente, omnipresente, omnisciente, inmortal...), sino que es Jesús quien define quién es Dios, que así se ha revelado; por lo tanto, esas categorías no definen, sino que, en todo caso, son definidas por Jesús, por el Crucificado resucitado. 

¿Podemos imaginar vagamente lo que esto debería suponer en el imaginario común con el que se piensa en Dios?… 

«Celebrar Nicea en su 1700º aniversario significa ante todo maravillarse del Símbolo que el concilio nos ha dejado y de la belleza del don ofrecido en Jesucristo, del que es como el icono en palabras». Así lo encontramos escrito en el n. 7 del documento de la Comisión Teológica Internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador, dedicado al Concilio de Nicea. 

Me parece muy acertada la imagen del icono. No se trata, en efecto, de una imagen o de una expresión, sino de un icono: quien pinta iconos sabe que lo que transparece en ellas es solo el vago reflejo de una divinidad inaprensible y, en cierto modo, inefable. 

La misma conciencia se tiene al leer el Símbolo de Fe del Concilio de Nicea, ya que ninguno de sus términos «puede por sí solo agotar la sobreabundante plenitud de la Revelación» (n. 17). Y, sin embargo, este es precisamente el desafío que nos entrega hoy en el siglo XXI el Concilio de Nicea: el valor de decir lo indecible, aquel que primero quiso decirse y darse a conocer. 

La carne que el Hijo decidió asumir nos autoriza y, tal vez, nos interpela a que nosotros mismos tomemos siempre de nuevo la palabra para decir la Palabra. Porque la fe vive de la Escritura, pero se desarrolla en la historia; hay un exceso, una sobreabundancia -como dice el mencionado documento de la Comisión- que pide constantemente ser redescubierta y resonar en el hoy de la Iglesia. 

El Concilio de Nicea fue el primer esfuerzo (seguido de muchos otros) por poner en práctica (o mejor, en palabras) esta dinámica, que está en el corazón de la fe precisamente porque es la que Dios mismo siguió para darnos su salvación en su Hijo Jesús. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...