jueves, 23 de abril de 2026

¿Qué espiritualidad cristiana? - tocar la carne crucificada de Jesús resucitado -.

¿Qué espiritualidad cristiana? - tocar la carne crucificada de Jesús resucitado -

Un amigo más perspicaz que yo me suele recordar un riesgo que ve circular por nuestras comunidades cristianas: la reducción de la fe a una única dimensión, predominantemente espiritual. 

Un fenómeno que evoca, por analogía, antiguas controversias cristológicas, en particular aquella que la tradición ha identificado como monofisismo, la doctrina según la cual en Jesucristo está presente una sola naturaleza, la divina, que absorbería o anularía la humana. 

Dos de mis profesores de Cristología - Francisco Javier Vitoria y Jacques Dupuis - tanto y tanto nos insistían en la permanente actualidad e importancia de Calcedonia. 

Y esa referencia no es puramente académica. 

El meollo de la cuestión afecta, de hecho, a la comprensión misma de la fe cristiana y de la figura de Jesucristo, así como a la postura que los creyentes están llamados a adoptar en la historia. 

Mi amigo, ese que es más perspicaz que yo, añade además una constatación inquietante que respalda su convicción: el creciente y obstinado silencio de no pocos Obispos, y de no pocas comunidades cristianas, respecto a los grandes temas de nuestro tiempo —la guerra y la paz, la cuestión medioambiental, las migraciones—, como si tales dimensiones pertenecieran a un ámbito ajeno a la vida de fe, y no fueran, por el contrario, parte integrante de su aliento en el mundo. 

El Concilio de Calcedonia (451 d. C.) representa uno de los momentos decisivos de la cristología cristiana. 

Su definición afirma que en Jesucristo subsisten plenamente dos naturalezas, la divina y la humana, «sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación». 

Esta fórmula encierra un principio fundamental: el cristianismo no puede reducirse a una sola dimensión de la experiencia. Si se elimina lo humano, la fe se espiritualiza hasta convertirse en evasión; si se elimina lo divino, se reduce a simple consuelo interior. 

En ambos casos, se compromete el núcleo mismo de la encarnación. 

No lo sé a ciencia cierta. Yo no soy perspicaz. Pero me temo - es solamente una sospecha - que hoy en día, y en las comunidades cristianas, hasta se podría detectar con creciente evidencia una forma de reduccionismo «espiritualista» de la fe. 

Y digo esto porque, me temo, la vida cristiana se interpreta a menudo casi exclusivamente como cuidado de la interioridad, búsqueda de equilibrio personal, espacio de consuelo y tranquilidad. 

En este contexto, el Evangelio corre el riesgo de transformarse en una especie de «fitness del espíritu»: una práctica útil para el bienestar interior, pero progresivamente despojada de su fuerza transformadora. 

El silencio sobre temas sociales o políticos se justifica así en nombre de una supuesta neutralidad, que, sin embargo, acaba empobreciendo la dimensión pública de la fe. 

Y, sin embargo, el cristianismo nace de un acontecimiento que no se deja confinar en la interioridad. 

La encarnación implica que la historia es un lugar teológico: no un simple telón de fondo, sino un espacio real en el que Dios se ha revelado y sigue encontrándose con la humanidad. 

El cuerpo, las relaciones, la fragilidad y las circunstancias concretas no son elementos marginales, sino lugares en los que la fe toma forma. 

Separar la fe de la historia significa, en última instancia, debilitar la propia comprensión de la encarnación. 

La tradición de Calcedonia señala un camino diferente: no la reducción, sino la coexistencia. Lo humano y lo divino no se excluyen, sino que se entrelazan sin confundirse. 

Y esto implica una espiritualidad que no se repliega sobre lo privado, sino que está atravesada por la vida concreta; una fe que no se reduce a consuelo, sino que se convierte en relación viva; una visión de la existencia en la que lo cotidiano no está separado de Dios. 

No se trata de un equilibrio ya dado, sino de una tensión permanente. 

El reto hoy para las comunidades cristianas y para los Obispos no es hacer la fe más «manejable», sino custodiar su complejidad originaria. Y, en este sentido, la llamada de Calcedonia no pertenece al pasado sino que sigue interpelando al presente. 

Porque recuerda que la fe cristiana, si quiere permanecer fiel a sí misma, no puede reducir el misterio de la encarnación a una sola dimensión de la experiencia humana. 

Quizá la verdadera tentación no sea perder la fe, sino domesticarla: hacerla más suave, más ordenada, más compatible con nuestros hábitos interiores. Una fe que consuela sin perturbar, que tranquiliza sin exponerse, que habla de Dios pero evita el peso de la carne. 

Me temo - es solamente una sospecha - que para algunos el cristianismo es como un sistema de pensamiento o un equilibrio psicológico. 

Y, en cambio, el cristianismo nace en una carne y en un cuerpo. Y una carne y un cuerpo, cuando son reales, no se dejan reducir. Ocupan espacio, hieren, curan, exponen, exigen respuesta, toman partido... 

Por eso Calcedonia no es un recuerdo doctrinal, sino un umbral siempre abierto: o se mantiene unido lo que se ha unido en Jesucristo, o se acaba perdiendo precisamente lo que se quería salvar. 

Y entonces vuelve la pregunta, simple y radical: no si creemos en Dios sino en qué Dios creemos. Es decir, si seguimos dispuestos a encontrarnos con Él donde ha elegido estar, en la complejidad irreducible de carne de la historia y del cuerpo de todo lo humano. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Qué espiritualidad cristiana? - tocar la carne crucificada de Jesús resucitado -.

¿Qué espiritualidad cristiana? - tocar la carne crucificada de Jesús resucitado - Un amigo más perspicaz que yo me suele recordar un riesgo ...