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domingo, 13 de septiembre de 2026

La deuda de la gracia es im-pagable - San Mateo 18, 21-35 -.

La deuda de la gracia es im-pagable - San Mateo 18, 21-35 -

Cuántas preguntas suscita este Evangelio.

 

Pedro quiere saber cuántas veces hay que perdonar. Jesús responde con una parábola.

 

Pero, incluso antes de la respuesta, surge una pregunta más radical: ¿es realmente posible saldar cuentas entre los seres humanos?

 

Si escuchamos bien el Evangelio, descubrimos que Jesús no habla, ante todo, del perdón. Habla de la deuda. Y quizá todo empiece precisamente aquí.

 

Cuántas veces decimos: «Ya estamos en paz». Pero, ¿consiste realmente la justicia en saldar cuentas?

 

Cuando una madre pasa noches en vela junto a su hijo, cuando un hijo acompaña a sus padres en la vejez, cuando un amigo nos salva del precipicio, ¿quién podría hacer cuentas?

 

El amor siempre excede. Y el mal también.

 

Pedro sigue razonando con la lógica del recuento: ¿siete veces? Jesús rompe incluso el número: setenta veces siete. No significa cuatrocientos noventa. Significa: sal de la contabilidad. El perdón no borra el mal. Interrumpe su propagación.

 

Las cuentas no cuadran desde el principio.

 

Ninguno de nosotros se ha dado la vida a sí mismo. Antes incluso de respirar, ya éramos destinatarios de un don. Cada nacimiento establece una deuda. No una deuda que saldar, sino la deuda originaria de la vida recibida.

 

Por eso, el primer lenguaje de la existencia no es la posesión, sino la gratitud.


A la luz de esto, comprendemos el «Padre nuestro»: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores».

 

Jesús nos enseña a rezar hablando de deudas. Como si toda la vida estuviera marcada por la conciencia de haber recibido infinitamente más de lo que jamás podremos devolver.

 

De este recuerdo del don nace el perdón.

 

El santo, tal vez, es simplemente esto: un hombre deudor que nunca deja de vivir en la gratitud. El pecador cree que debe saldar la deuda. El santo sabe que nunca podrá saldarla y, por eso, convierte toda su vida en acción de gracias.

 

La gracia no se paga. Se honra. Es el corazón de la parábola de Jesús. Solo podemos dejar que ese don siga fluyendo a través de nosotros. La gracia no cierra las cuentas. Las abre.

 

El siervo de la parábola ha recibido una condonación inmensa, pero se muestra inflexible ante la pequeña deuda de su compañero. El problema no es la deuda del otro. El problema es haber olvidado la propia. El siervo no es condenado por la justicia. Se condena a sí mismo porque olvida la gracia.

 

En ello se revela como un hombre ingrato y malvado. Su verdadero pecado no es la dureza. Es el olvido. Ha olvidado que se le había perdonado. Quien olvida el don se revela también incapaz de perdonar. Quien conserva el recuerdo de la misericordia recibida genera misericordia.

 

El perdón no nace del olvido de la ofensa. Nace del recuerdo del don.

 

El lugar más difícil para aprender a perdonar es la familia.

 

Hacerse adulto significa también dejar de pretender que los padres sean perfectos. Significa reconocer que incluso quienes nos han dado la vida llevan consigo heridas, miedos e inconclusiones.

 

Uno de los pasos decisivos de la madurez es precisamente este: perdonar a los propios padres. No para negar el mal recibido, sino para que ese mal no se convierta en nuestro destino.

 

Hacerse adulto significa aprender poco a poco a vivir con esta deuda sin convertirla en resentimiento.

 

El Eclesiástico afirma que «El rencor y la ira son un abominación».

 

Hay una deuda generacional: es la que hemos contraído con los padres desde el nacimiento; y para los padres, honrar la promesa que nos hicieron al traernos al mundo. La generación une a padres e hijos en una deuda recíproca.


La vida se entrega en el marco de una reciprocidad que nunca podrá saldar. Por eso las cuentas no cuadran. Y es bueno que no cuadren. El amor no se nutre de cálculos ni de balances.

 

Jesús, al hablar de la corrección fraterna, había señalado con claridad su objetivo: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». El objetivo de la corrección no es ganar una disputa, humillar a quien se ha equivocado o expulsarlo de la comunidad. Es recuperar al hermano.

 

¿Y si no te escucha? Jesús concluye: «Que sea para ti como el pagano y el publicano».

 

Durante siglos hemos interpretado estas palabras como una invitación a la exclusión. Pero el Evangelio cuenta exactamente lo contrario. En este punto, nos vemos remitidos al estilo, a la forma de actuar de Jesús.

 

¿Cómo trataba Jesús a los publicanos? Los buscaba. Entraba en sus casas. Se sentaba a la mesa con ellos. Los llamaba por su nombre. Los convertía de nuevo en hermanos. Ser discípulos de Jesús significa acercarse aún más precisamente cuando el otro se ha alejado.


Esta es también la clave de la parábola de este Evangelio.

 

El rey pregunta al siervo: «¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?»

 

El problema no es la deuda del compañero, sino el olvido de la gracia recibida. Quien no reconoce que vive de la misericordia de Dios acaba inevitablemente por convertir toda relación en un tribunal.

 

Si no reconoces a quien te ha concedido la gracia, entonces te condenas a ti mismo a devolver todo lo que debes. Al rechazar la lógica de la gracia, uno se encierra por sí mismo en la lógica de la deuda.

 

Por eso Jesús concluye con palabras severas: «Así también hará mi Padre celestial con vosotros, si no perdonáis de corazón, cada uno a su hermano».

 

No es Dios quien deja de ser misericordioso. Es el corazón del hombre el que, al negarse a dejar circular la gracia, se sustrae por sí mismo a su dinamismo. El perdón de Dios no es un bien que se deba retener: es una gracia que solo puede vivir pasando a través de nosotros.

 

Al final, comprendemos que Jesús no nos enseña a borrar las deudas. Nos enseña a vivir la deuda de la gracia.

 

Al tejer relaciones y resolver conflictos, ¿estamos seguros de que hacer justicia significa saldar cuentas? Quizá nuestra esperanza sea precisamente esta: que las cuentas no cuadren. Porque, si todo se rigiera por la justicia del cálculo, nadie podría salvarse.

 

El Evangelio no suprime la justicia. La lleva a su plenitud mostrando que el amor es siempre un exceso. Dios no nos ama como un contable. Nos ama como Padre.

 

Hagamos memoria de esta buena noticia: el Evangelio no nos pide que ajustemos cuentas. Nos pide que hagamos circular la gracia. 


La gracia no se devuelve. Se transmite. 


La conciencia de la deuda original es la fuente del perdón. Y el perdón es la forma madura de asumir la deuda de la generación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 12 de septiembre de 2026

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable.

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable

Somos esa humanidad que está acostumbrada a hacer cuentas y, sobre todo, que intenta que las cuentas cuadren.

 

Y entonces, ante la petición de Pedro y la respuesta de Jesús pensamos precisamente en la contabilidad.

 

Pedro pregunta si basta con perdonar siete veces y Jesús responde: «setenta veces siete». Siguiendo la lógica de la contabilidad, Pedro busca una cifra que le dé seguridad: siete veces nos parece un número razonable; a partir de ahí, nos sentimos tranquilo.

 

Pero si seguimos con la lógica de la contabilidad, también la respuesta de Jesús entra en esta dinámica: setenta veces siete equivale a 490 veces y aquí, siempre desde la perspectiva de la contabilidad, la cosa se complica.

 

Está claro que debemos salir de esta mentalidad y entrar en la lógica del don, del perdón.

 

Y es en esta dirección donde intentamos leer estas palabras de Jesús, con la parábola que se convierte en su explicación.

 

En la comunidad y en el mundo, el camino del perdón es importante, aunque complejo.

 

Conocemos un tipo de perdón que, al perdonar, quiere olvidar la injusticia sufrida.

 

También otro tipo de perdón. Es aquel perdón que, en el momento en que se ofrece y se recibe, se convierte en una nueva oportunidad para una nueva relación.

 

Es de este tipo de perdón del que nos habla el texto del Evangelio.

 

En el momento en que el rey hace cuentas con sus siervos y condona esa enorme deuda a su siervo que se la suplicaba, le ofrece una nueva oportunidad de reconstruir su vida.

 

Siguiendo la misma lógica de un perdón que ofrece una nueva oportunidad, ese siervo no es capaz, a su vez, de condonar una pequeña deuda a un siervo como él. El siervo perdonado no hace más que condenar al otro siervo. No había entendido bien el perdón del rey.

 

Cuántas veces pedimos justicia y no ofrecemos otras posibilidades.

 

Quizás la comunidad de creyentes necesite aprender el arte de quien, al reconocer con sinceridad las injusticias cometidas y sufridas, se vuelve también capaz de un perdón que ofrece nuevas posibilidades de vida allí donde ha habido un error.

 

Esto, un perdón que abre las puertas al futuro, es una de esas cuestiones sobre las que debemos reflexionar y actuar juntos.

 

Quien cree en esta forma de perdón no lleva la cuenta de cuántas veces, ni razona del tipo «quién tiene la culpa», ni mide agravios y razones, sino que cree en una sola cosa: en la relación, una relación que se convierte en novedad de vida en cada ocasión.

 

Sin este perdón que mira hacia el futuro, no hay futuro allí donde las relaciones, a cualquier nivel, se han roto.


¿Cómo aprender el arte del perdón que siempre mira hacia el futuro?

 

Me parece que el perdón es un arte. Y lo primero que hay que tener en cuenta para aprender este arte es el entrenamiento.

 

Entrenarnos no en elegir una y otra vez al culpable, sino en comprender la verdad y la autenticidad de la vida y de la historia, y luego encontrar, como si fueran huellas, relaciones, palabras y gestos simbólicos y concretos que nos proyecten hacia el futuro.

 

Si bien este entrenamiento es importante, existe también otro elemento que ocupa el centro de este camino del perdón que se proyecta hacia el futuro.

 

Quizás debamos aprender a ver - ¿no será más bien a saborear? - cómo Dios ejerce sobre cada uno de nosotros este arte del perdón que siempre da un nuevo impulso a nuestra vida, incluso allí donde ya no nos sentimos capaces de hacerlo.

 

Dios es el gran rey de la parábola que perdona en un acto de caridad que siempre da un nuevo impulso a mi vida. Si conseguimos saborear cómo Dios perdona de esta manera, quizá al salir de esa habitación interior, que es nuestro íntimo, donde hemos recibido el perdón de Dios, Padre de misericordia, entonces podremos perdonar de corazón a quien tenga una pequeña deuda con nosotros.

 

Este camino del perdón que da un nuevo impulso al futuro es un camino que cuesta caro y requiere mucho tiempo y mucha voluntad.

 

El perdón no se encuentra en las estanterías del centro comercial, tal vez allí donde hay ofertas, sino que se construye día tras día en nuestro corazón, acogiéndolo como un don de Dios para luego volver a regalárselo a nuestro hermano en la vida cotidiana.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 10 de septiembre de 2026

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -.

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -

La palabra «perdón» está muy manida. Al igual que la palabra «amor».

 

«¿Perdona usted?», pregunta sin reparos el periodista a quien, tal vez, ha sido víctima de un abuso o de una violencia. .

 

«Perdono, pero no olvido», reconocemos, a veces, con franqueza.

 

«Perdono, pero no olvido», afirmamos cuando el bálsamo del olvido no forma parte de nosotros.

 

El camino hacia la madurez está marcado por no pocas situaciones conflictivas, a veces incluso por motivos muy tontos.

 

La historia de Caín y Abel, que tiene su origen en la envidia por un trato diferente, está ahí como recuerdo perenne para todas las generaciones venideras.



A menudo pensamos en nuestra propia vida como esa realidad a la que tantos le deben algo: casi como si el partido se jugara solo en el terreno de lo que se recibe.

 

De hecho, no son pocas las veces en que nuestras vidas están amargadas porque nos parece que no hemos recibido lo que, según nuestras legítimas expectativas, nos correspondía.

 

Pero el Evangelio va más allá al ayudarnos a comprender que nuestra vocación es convertirnos en constructores de la humanidad. Por eso no basta con preguntarse «¿quién cuida de mí?»

 

De hecho, uno se hace adulto no cuando se pasa la vida quejándose por no haber tenido un padre sino cuando se toma conciencia de que a nosotros, en primer lugar, se nos han confiado otros para que los cuidemos.

 

¿Y hasta cuándo estoy obligado a cuidar del otro?, pregunta el Pedro de turno. ¿Hasta siete veces, creyendo ya que he sido lo suficientemente generoso?



Porque —parece decir Pedro— sin duda es hermoso ser capaz de perdonar, pero la verdadera naturaleza del hombre es poner un límite y volver por fin a mostrar su carácter.

 

Desde que el mundo es mundo, no se vive la vida siguiendo una lógica perdedora y dejando que el otro se imponga. Hay un límite para todo, sugiere de nuevo Pedro: ir más allá sería una capitulación, una imprudencia e, incluso, una injusticia.

 

Y, sin embargo, según lo que cuenta Jesús con la parábola del siervo malvado, nosotros, antes incluso de ser hijos de una culpa original que, en mayor o menor medida, exige una reparación, somos hijos de un perdón original.

 

Somos hijos, es decir, no de un acto debido, sino de la pura gratuidad del amor del Padre.

 

Por eso, nuestra identidad constitutiva no consiste en tener la última palabra sobre el otro, sino en no dejar nunca de cuidarlo, pase lo que pase, porque así lo ha hecho Dios con nosotros.

 

El mal, de hecho, no se repara infligiendo más mal.

 

Si respondo a la ofensa con otra ofensa igual, no hago más que elevar el nivel de violencia.

 

Las heridas no se curan hiriendo a nuestra vez.

 

Por eso, la propuesta del perdón se dirige a quien ha sufrido el mal, porque está llamado a ser grande de corazón. Las simetrías del odio, de hecho, deben romperse.



¿No debías tú también tener piedad?

 

He aquí el quid de la cuestión: hacer lo que hace Dios, quien siempre tiene el valor de adelantarse a los acontecimientos porque, incluso antes de pasar página sobre lo que ha sido, nos permite proyectar lo que tenemos por delante.

 

El perdón es la defensa obstinada del bien.

 

El perdón es permanecer fieles al proyecto de Dios sobre la humanidad sin dejar que la mente y el corazón se vean intoxicados por el engaño presuntuoso de la violencia.

 

Setenta veces siete, es decir, de forma ilimitada e incondicional.

 

El perdón es más un estilo de vida que un acto ligado a la transgresión; es una forma de comportarse ante el otro y ante su debilidad, que no surge exclusivamente a raíz de la caída, sino que, más bien, a veces puede impedirla, porque es un estilo de bondad, comprensión y magnanimidad, el estilo de quien no se fija en lo que el otro merece, ni se escandaliza ante su miseria.

 

¿Por qué? Porque la persona misericordiosa no puede olvidar que ella misma ha caído tantas veces sin ser condenada.

 

Preguntarse si, en un mundo de venganzas crueles, de represalias directas o indirectas, de lenguaje violento, de odios que se arrastran durante años, tiene sentido el perdón, sería como preguntarse si, en un periodo de gran sequía, tiene sentido la lluvia.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -.

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -

El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo tiene como tema la Iglesia. Desde un punto de vista general, lo interesante es que, cuando Jesús habla de la Iglesia, no piensa en la jerarquía ni en la institución, sino en la relación entre hermanos dentro de la comunidad.

 

Por lo demás, sabemos bien cuánta atención prestaba Jesús al diálogo cotidiano con sus discípulos, hasta el punto de que, tras cada parábola, les dedicaba tiempo para explicarles los pasajes, de modo que pudieran comprenderla.

 

Es desde esta perspectiva, pues, desde la que hay que leer este pasaje del Evangelio, porque su contenido revela un aspecto que, para Jesús, es fundamental que esté presente en la comunidad: el perdón.

 

El reino de los cielos se asemeja a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

 

La parábola que cuenta Jesús sirve para explicar el misterio de la misericordia.

 

Son dos episodios que se superponen y provocan un contraste estridente. Dos episodios con un contenido y una dinámica similares, pero con un desenlace opuesto. Mientras que en el primer caso el hombre que suplica al señor obtiene el perdón, en el segundo no. Conclusiones diferentes, pero relacionadas entre sí.

 

De hecho, en la parábola se encuentra la explicación a la pregunta de Pedro que aparece al principio del pasaje: Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

 

No solo está en juego el problema del perdón, que de por sí no es sencillo, sino también la repetitividad del gesto: setenta veces siete, es decir, siempre.

 

¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?

 

Este versículo es el núcleo de toda la parábola: debemos perdonar a nuestros hermanos porque nosotros mismos hemos sido perdonados. Nuestra vida de fe nace de una elección de misericordia de Dios hacia la humanidad.

 

La propia creación es un acto de amor que manifiesta el sentido de la vida como una salida de uno mismo hacia los demás. Perdonar significa, desde esta perspectiva, colaborar en el proyecto creador de Dios, que desea la vida para todos y todas.

 

Cada vez que no perdonamos a nuestro hermano o hermana, no permitimos la posibilidad de un nuevo comienzo y provocamos caminos de desesperación. Por el contrario, el perdón permite a la persona afectada levantarse para retomar el camino. La misericordia es vida.


Si es cierto, además, que estamos llamados a perdonar porque primero hemos sido perdonados, la falta de perdón hacia nuestros hermanos pone en tela de juicio la autenticidad de nuestro camino de fe.

 

Quien no perdona está lejos del Evangelio porque no está permitiendo que el Espíritu Santo entre y actúe. De hecho, uno de los aspectos más significativos del Espíritu Santo es que, en todos aquellos que lo acogen con fe, reproduce en nosotros los mismos rasgos de la humanidad de Jesús.

 

En otras palabras, el Espíritu Santo nos cristifica, como dice San Pablo cuando, en la Carta a los Gálatas, afirma: «¡Hijos míos, a quienes vuelvo a dar a luz entre dolores hasta que Cristo se forme en vosotros! (Gálatas 4,19). Y entre los rasgos de la humanidad de Jesús que el Espíritu forma en nosotros se encuentra, sin duda, el perdón y la misericordia. Por eso podemos afirmar con toda seguridad que quien no perdona a su hermano y a su hermana de la comunidad está muy lejos de Cristo.

 

El rencor y la ira son cosas horribles, y el pecador las lleva dentro. Quien se venga sufrirá la venganza del Señor, que siempre tiene presentes sus pecados. (Eclo 27,33s).

 

El tema del perdón lo encontramos en una forma avanzada, es decir, muy similar a los argumentos del Evangelio, también en algunos pasajes del Antiguo Testamento.

 

Sabemos que el tema de la venganza y la lógica del «ojo por ojo y diente por diente» fue uno de los ejes de la ley mosaica; sin embargo, poco a poco, también a través de la predicación profética, la reflexión bíblica llega a percibir la importancia del perdón como manifestación de la misericordia de Dios.

 

Los versículos del libro del Eclesiástico, que, por cierto, es muy reciente y casi contemporáneo a Jesús, demuestran este camino espiritual. Perdona la ofensa a tu prójimo y, por tu oración, te serán perdonados los pecados.

 

Existe la percepción de que el perdón de los pecados influye en la vida espiritual: ¿por qué? Cada vez que perdonamos colaboramos en el proyecto creador de Dios y no interrumpimos el deseo de vida que brota de Él, deseo que queda bloqueado cuando la persona se endurece en sus posiciones y no perdona.

 

La verdadera espiritualidad, por tanto, aquella que nace del encuentro con Jesús, conduce al perdón y a la misericordia y, cuando esta se pone en práctica, regenera a la comunidad.

 

Él perdona todas tus culpas, sana todas tus enfermedades, salva tu vida de la fosa, te rodea de bondad y misericordia (Sal 102).

 

Incluso las palabras del Salmo nos recuerdan la acción del Señor en nuestra vida, que nos perdona y nos salva de la fosa para que tengamos vida en abundancia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 5 de septiembre de 2026

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -

La fraternidad no surge porque seamos buenos.

 

Surge porque nadie se salva por sí solo.

 

Imaginarnos como una comunidad de «puros» y «perfectos» es una tentación antigua de la que, incluso hoy, la Iglesia debe guardarse y no dejarse seducir.

 

El Evangelio, en cambio, la presenta como el lugar de los sanados que siguen necesitando sanación.

 

No somos el trigo bueno separado de la cizaña. Somos trigo que crece en medio de la cizaña.

 

Somos hombres y mujeres hechos de luz y de sombra.

 

Cuerpos antes incluso que ideas.

 

Cuerpos que se rozan, se chocan y, a veces, se hieren.

 

Tantas veces hemos descubierto… descubrimos… y descubriremos que la fragilidad es nuestro lenguaje común.

 

La fraternidad no consiste en no caer nunca.

 

Consiste en seguir levantándonos juntos.


Jesús no dice: «Si un hombre te hiere». Dice: «Si tu hermano...»

 

Antes de la herida y de la culpa está la relación. Antes del error está el vínculo.

 

El Evangelio nunca identifica a una persona con su pecado. Aunque se equivoque, sigue siendo tu hermano.

 

Y quizá esta sea la conversión más difícil: seguir viendo a alguien como hermano precisamente cuando se ha vuelto difícil reconocerlo como tal.


«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

 

Jesús no habla de ganar una discusión. No dice que haya que demostrar quién tiene razón. No invita a defender la propia imagen.

 

La única victoria del Evangelio es no perder a nadie.

 

El hermano no es un adversario al que convencer y mucho menos al que derrotar.


Es una vida que hay que cuidar.

 

Por eso Jesús sugiere un camino paciente.

 

Encontrarse. Hablar. Escuchar. Volver a empezar. Involucrar a otros. Intentarlo de nuevo. Hacer todo lo posible por no resignarse a la distancia, por no buscar la exclusión. Hacer todo lo posible por «ganarse al hermano».



Toda comunidad sufre heridas. La pregunta es sencilla: ¿qué hacemos con el dolor que recibimos? ¿Lo devolvemos? ¿O lo transformamos?

 

Es el corazón mismo del Evangelio. Jesús rompe la cadena del mal. No devuelve el golpe. Absorbe la violencia. La transforma en perdón. Toda fraternidad nace aquí.

 

Al final, Jesús vuelve a sorprendernos. No promete su presencia donde todo funciona, donde todos están de acuerdo o donde no hay heridas. La promete donde dos o tres siguen obstinadamente reuniéndose en su nombre.

 

La comunión no es la ausencia de conflictos. Es la decisión de no permitir que el conflicto tenga la última palabra.

 

La paz nace cada vez que alguien elige reanudar un diálogo, recomponer una ruptura, cuidar un vínculo en lugar de romperlo.


Así comprendemos la última promesa: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 

Jesús no dice: donde son perfectos. No dice: donde siempre tienen razón. Dice: donde siguen reuniéndose.

 

Jesús no habita en una comunidad perfecta. Habita en una comunión que se renueva continuamente.

 

Quizá el mayor milagro de la Iglesia no sea el de estar libre de heridas.

 

Sino que, en sus heridas, siga reuniéndose en torno al Señor y siga creyendo y llamándose a la fraternidad.

 

Allí, el Reino de Dios ya se hace presente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata:


¿Recuerdas aquella expresión del hijo mayor al padre de la misericordia: "ese hijo tuyo"? La respuesta de aquel padre comienza con una declaración de principio: "ese hermano tuyo".

viernes, 4 de septiembre de 2026

Su nombres es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -.

Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -

Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.

 

Juzgar al otro basándonos en lo que ha hecho, en cómo se ha comportado con nosotros, en el bien o el mal que nos ha hecho.

 

Por eso les hace a los suyos una invitación muy precisa: que nunca perdamos la palabra «hermano».

 

Y si me traicionara, sigue siendo hermano. Si me tratara mal, si estuviera equivocado, si se equivocara, sigue siendo «hermano». En el momento en que elimino esta palabra, algo del otro ya empieza a morir dentro de mí.

 

Puedo llevar una herida real en la piel, pero la primera forma de impedir que el mal eche raíces es no permitirle cambiar el nombre del otro: «hermano». Sigue siendo hermano, hermana, esposa, marido, amigo, hijo.

 

El mal puede romper un vínculo, pero no debe tener el poder de decidir quién es el otro para mí: «hermano».


Las Escrituras relatan desde las primeras páginas lo frágil que es la relación.

 

El hombre se aleja de la confianza de los orígenes y, de inmediato, se resquebraja la relación con Dios, con la tierra, entre hombre y mujer, entre hermanos.

 

Caín ya no es capaz de ver a Abel como a un hermano. Cuando Dios le pregunta: «¿Dónde está tu hermano Abel?», Él responde: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

 

Es una pregunta que atraviesa toda la historia de la humanidad.

 

Sí, somos guardianes, vidas que hay que custodiar. Eso es lo que somos a los ojos de Dios.

 

Cada uno de nosotros, sin excepción, es una existencia confiada al cuidado de alguien desde el principio hasta el final.

 

Cuidar significa atención, presencia, esmero.

 

Significa velar para que no se pierda en el otro aquello que aún puede vivir.


Dios mismo se presenta como aquel que cuida.

 

Cuando Adán y Eva, tras el pecado, se descubren desnudos e intentan cubrirse con hojas de higuera, Dios no los expone a la vergüenza, sino que les prepara túnicas.

 

El pecado no se niega, pero el pecador no es entregado a su propia desnudez.

 

Dios no avergüenza, sino que cuida.

 

Dios no acusa, perdona.

 

Precisamente porque tu hermano es una vida que hay que proteger.

 

Si tu hermano peca contra ti, levántate... sal de ti mismo..., ponte en camino... y ve.

 

Ve, la invitación se dirige ante todo a quien ha sufrido la ofensa. Esto es lo que hace que la palabra Jesús tan exigente.

 

El sentido común diría: «Pero si él se ha equivocado, que venga él; si de verdad le importa la relación, que dé él el primer paso».

 

El Evangelio, en cambio, pone en marcha precisamente a quien ha sido herido, no porque deba fingir que no ha pasado nada.


Jesús dice con claridad: «Si tu hermano peca, el mal es real, la herida no se minimiza».

 

Pero precisamente porque la sientes en tu propia piel, no dejes que se convierta en inmovilidad, distancia, orgullo.

 

Una relación puede morir incluso sin grandes gestos; a veces muere solo porque ya nadie se mueve.

 

Y cuando vayas, hazlo a solas con él.

 

¡Qué delicadeza hay en estas palabras!

 

Jesús no envía al hermano herido a la plaza, no le entrega un público ante el que demostrar que tiene razón.

 

Le confía el lugar de la discreción.

 

Antes de contarle a todo el mundo lo que ha hecho el otro, habla con él. Antes de convertir una culpa en una reputación, reúnete con él.

 

No todo lo que es verdad hay que decírselo a todo el mundo. Hay verdades que, expuestas sin cuidado, se convierten en otra forma de violencia.

 

Incluso la corrección debe ser manejada con cuidado.

 

No se corrige a alguien cuando la ira se ha apoderado de las palabras.

 

Se corrige cuando se vuelve a ser capaz de ver en el otro no a alguien a quien poner en su sitio, sino a alguien a quien no queremos perder.


Los Padres del desierto hablaban de la corrección hecha con dulzura, no porque el mal sea poca cosa, sino porque precisamente cuando el mal es grave, hay que impedir que genere más mal.

 

El otro se ha equivocado, pero no es su error.

 

Ha mentido, pero no es su mentira.

 

Ha traicionado, pero su vida no coincide con la traición que ha cometido.

 

Sigue siendo arcilla en las manos de Dios, igual que yo.

 

Jesús propone entonces un camino.

 

Primero, a solas entre tú y él; luego, si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más. Por último involucra a la comunidad.

 

No se trata de una exposición progresiva del otro, sino de una ampliación progresiva del cuidado.

 

Si mi amor no basta, lo intento con el de otro. Si aún así no basta, recurrimos a la comunidad, para que nadie se quede solo en su error.

 

Cuando un hermano se pierde, a todos nos falta algo.


Jesús no se limita a decir que somos hermanos, sino que lleva hasta el final todo lo que esta palabra implica.

 

Y es significativo que, en el Evangelio de San Juan, llame «hermanos» a los discípulos justo después de la Pascua. «Ve y diles a mis hermanos» (Jn 20, 17). Los llama hermanos después de que huyeran, hermanos después de que Pedro lo negara, hermanos después de que lo dejaran solo. La Pascua no borra lo que han hecho, sino que muestra que su pecado no ha logrado borrar el nombre con el que Jesús sigue llamándome. Hay un «hermanos» que no se rompe.

 

Cuidar es precisamente esto: no permitir que el mal tenga la última palabra sobre la vida de alguien y seguir viendo en el otro lo que su error no logra borrar, seguir llamándole por su nombre más verdadero: «hermano».

 

Cuando nos convertimos en guardianes de la vida de los demás, algo del cielo ya ha encontrado su lugar en la tierra.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...