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lunes, 17 de agosto de 2026

En un mundo de ignorantes.

En un mundo de ignorantes 

Casandra lo sabe. Sabe que Troya caerá. Sabe que el caballo de madera esconde la ruina de la ciudad. Sabe que la catástrofe ya ha traspasado las murallas que los habitantes creen haber defendido. Y, sin embargo, nadie le cree. 

Desde hace siglos interpretamos esta historia como la de una profecía ignorada. Pero quizá Casandra habla de algo más inquietante. 

No de la ignorancia de quien no sabe, sino de la ignorancia de quien sabe y sigue creyendo lo contrario. 

Su tragedia, como tantas veces la nuestra, no nace de la falta de información. 

Todo se ha dicho, todo se ha mostrado, nada está oculto. 

Lo que falta es la capacidad de reconocer como cierto lo que se sabe. 

Es una situación que me resulta sorprendentemente familiar. 

A nuestra época le encanta considerarse como aquella que finalmente ha declarado la guerra a la ignorancia. 

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido acceso a una cantidad tan vasta de información: cada pregunta parece encontrar una respuesta inmediata, cada incertidumbre, una laguna temporal que subsanar. 

Y, sin embargo, algo no cuadra. 

Nunca hemos sabido tanto y nunca nos hemos sentido tan a menudo incapaces de comprender el mundo en el que vivimos. 

La pandemia, las guerras, la crisis climática y la inteligencia artificial han puesto de manifiesto una paradoja inesperada: la acumulación de conocimiento no coincide con un aumento de la comprensión. 

Cuanto más sabemos, más crece lo que ignoramos. 

Tal vez ni seamos capaces de definir con exactitud qué es conocer… aunque tampoco la ignorancia se deja delimitar. 

Quizá porque la ignorancia no coincide con la ausencia de información: el problema nunca ha sido solo lo que sabemos, sino la relación con lo que sabemos. 

La cultura occidental ha concebido el saber como una frontera en avance —lo desconocido que retrocede, la razón que conquista—: una de las imágenes más poderosas de la Ilustración. 

Pero otras voces - la filosofía, la literatura,… - dicen otra cosa: el saber no avanza contra la ignorancia, nace de ella y se encuentra con ella como su propio límite. 

La ignorancia no coincide con la falta de información, sino con su gestión. 

En un mundo que pretende que todo sea calculable, el saber se reduce a una función administrativa: se recogen datos, se elaboran previsiones, se construyen modelos… 

Pero esta proliferación genera nuevas formas de ceguera ignorante. La ignorancia no se elimina: se incorpora a los dispositivos que pretenden gobernarla. 

Es verdad. Ojalá la nuestra fuera la ignorancia que hiciera posible el pensamiento, aquella que abriera un espacio para la investigación, para el deseo, para la invención... Ojalá ésta fuera nuestra ignorancia. 

En nuestra cultura occidental Sócrates es quizás el primero en comprenderlo: el «sólo sé que no sé nada» no es modestia, sino el descubrimiento de que el pensamiento nace de una carencia. 

No se busca lo que ya se posee; la pregunta solo es posible allí donde una certeza se desvanece. 

Ojalá la nuestra fuera aquella ignorancia docta de un tal Nicolás de Cusa. 

Pero me temo que, salvo honradas excepciones (y yo no soy una de ellas), no es así. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 25 de julio de 2026

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

La vida avanza como un río kárstico. Fluye bajo la tierra incluso cuando todo parece estar quieto. Crece en silencio, mientras nosotros solo vemos lo poco, el fragmento, el esfuerzo. 

Así es el Reino de Dios. Jesús habla del Reino como de un descubrimiento. «Es como un tesoro». Cuando lo encuentras en ti, cambia para siempre tu forma de ver la vida. 

Hay un hombre que tropieza con un tesoro. Hay un comerciante que por fin encuentra la perla preciosa. Y ambos, a partir de ese momento, ya no son los mismos. La vida los atrapa. La belleza los conquista. Una pasión los guía. Y todo lo que antes parecía importante se relativiza, se pone en su sitio y así recupera su valor. 

Podemos comprender la parábola del tesoro y de la perla a través de la experiencia más elemental del amor humano. 

Cuando dos personas descubren que se aman, se dan cuenta de que entre ellas ha ocurrido algo que ninguna de las dos puede darse a sí misma. Ha aparecido una Presencia, un Tercero, que transforma su relación y las abre a ambas a una vida más grande. Un sentimiento de sorpresa las invade: «Hay algo entre nosotros». 

Es quizás el descubrimiento más sorprendente del amor. Pero ese «algo» no es simplemente una emoción, ni la suma de dos vidas que se encuentran. Es la presencia de un «Tercero». Un misterio que ninguno de los dos produce y que ninguno de los dos posee. Es el tesoro escondido, la perla preciosa: una Presencia que, precisamente al unirlos, los abre más allá de sí mismos. 

El amor auténtico no encierra a los dos en un círculo, sino que los abre a un Tercero. Es este «algo más» lo que, en la atracción entre ambos, se manifiesta con vistas a su enriquecimiento. Donde cada uno de los dos crece porque recibe continuamente vida «del otro del Otro».

Es exactamente la lógica evangélica del Reino: el tesoro no es simplemente el otro, «tú eres un tesoro», sino Aquel que se manifiesta en la relación entre mí y el otro y la hace fecunda. El Reino de Dios que anuncia Jesús no es un bien que se suma a los demás, sino la Presencia que transfigura todos los bienes. 

Quien encuentra el tesoro no pierde la vida: la recupera. La alegría precede a toda renuncia, porque nadie lo deja todo por el vacío, sino por una plenitud mayor. El Evangelio no estrecha el corazón: lo ensancha. No resta: aumenta. La vida crece por atracción, no por coacción. Como la semilla. Como la levadura. Como un manantial que, al dar agua, ensancha su curso. 

El Reino introduce una dinámica de crecimiento sin fin: lo que recibes se convierte en don, lo que das vuelve fecundo. El amor no se agota en quien ama, sino que se multiplica abriéndose al Tercero que lo habita. 

Jesús no ocupa un lugar en la vida: se convierte en su centro gravitatorio, generador. Todo permanece —los afectos, el trabajo, los bienes, los deseos—, pero todo recupera su justo orden según la justicia. 

Para comprender el alcance de la parábola evangélica, podemos ahora medirnos con la oración de Salomón de 1 Reyes 3, 5. 7-12: 

«Pues bien, yo no soy más que un muchacho; no sé cómo actuar. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y distinga el bien del mal; pues, ¿quién puede gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?». 

Salomón podría haber pedido riqueza, éxito o poder. En cambio, pide un corazón capaz de discernir el bien del mal. Y ese es precisamente el propósito de las parábolas. 

También aquí la sabiduría que Salomón pide no es un don que se suma a los demás, sino más bien aquello que permite al rey gobernar bien todo lo demás: la riqueza, la responsabilidad y el poder. Pide un corazón que sepa reconocer lo que realmente vale. El discernimiento es la forma más elevada de sabiduría. 

Por eso la tradición cristiana habla de discernimiento. Discernir no significa simplemente analizar. Significa escuchar los movimientos del corazón, reconocer lo que conduce a la vida y lo que la limita, distinguir lo que ensancha lo humano de lo que lo empobrece. 

Discernir es un acto que involucra a la vez la inteligencia, los afectos, la libertad y la conciencia. Discernir es un don del Espíritu. Lo que denominamos discernimiento es algo que no se puede reducir a ninguna forma innovadora de cálculo o recuento. 

Hoy en día, este don se vuelve aún más valioso. Vivimos en la era de la inteligencia artificial. 

Las máquinas procesan, calculan, predicen. Pero ningún algoritmo puede discernir. Puede reconocer patrones. Pero no puede reconocer el bien. Puede procesar probabilidades. Pero no puede asumir una responsabilidad. Puede clasificar un rostro. Pero no puede mirarlo ni admirarlo. 

La conciencia no es un algoritmo más refinado. Es el lugar donde la libertad, la verdad, los afectos y la responsabilidad se encuentran ante el bien. 

Por eso, el Papa León XIV insiste con fuerza en la necesidad de educar el discernimiento, reservando momentos de silencio, estudio, diálogo e incluso un saludable «ayuno de inteligencia artificial», para que el corazón humano no sea sustituido por la eficiencia del cálculo (Magnifica Humanitas, 140). El futuro de una persona nunca es calculable. Cada hombre habita siempre la posibilidad. 

Porque ningún sistema de cálculo puede sustituir a una conciencia que discierne. El riesgo no es solo tecnológico: es creer que todo puede medirse. Así, la sabiduría es sustituida por la eficiencia, la relación por el rendimiento, el juicio por la puntuación (Magnifica Humanitas 140). 

Pero el futuro de una persona nunca es calculable. Allí donde un algoritmo ve una probabilidad, Dios sigue viendo una posibilidad. Una herida puede convertirse en manantial. Un error puede dar lugar a una conversión. 

Por eso necesitamos silencio, oración, momentos en los que madure el corazón. El discernimiento crece lentamente, como la semilla en el campo (Magnifica Humanitas 140). 

Es precisamente este entrelazamiento de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas lo que mantiene viva la esperanza. La humanidad, magnífica y herida, no debe ser sustituida ni superada. Puede acoger las innovaciones que alivian los sufrimientos y abren nuevas posibilidades, siempre que no renuncie a lo que la hace ser ella misma: la capacidad de relacionarse y de amar (Magnifica Humanitas 126). 

La belleza de Dios es el tesoro de la vida. Y es una belleza que no humilla al hombre, sino que lo hace florecer. 

El tesoro en el que hay que invertir es la vida humana en su totalidad, es cada persona en su condición de imagen del Único y en relación con los demás, sus semejantes. Se compra el campo. Se encuentra el tesoro. Pero nunca se compra al hombre. Ninguna persona puede convertirse en mercancía. Cada vez que un ser humano es vendido, explotado, reducido a un instrumento, se vulnera la dignidad del hombre y se traiciona el Evangelio. 

El Papa León XIV recuerda que la lucha contra toda forma de trata y de esclavitud moderna pertenece al corazón mismo de la fe (Magnifica Humanitas 177). Jesús nos enseña a contemplar en el rostro de cada hombre una «magnífica humanidad» (Magnifica Humanitas 233), llamada a la plenitud de la vida (Magnifica Humanitas 1). 

La técnica puede aliviar muchos sufrimientos. Pero no puede sustituir al corazón. La humanidad no debe ser superada, sino custodiada, porque solo el hombre sabe amar, perdonar y entablar relaciones (Magnifica Humanitas 126). 

Allí donde se reconoce detrás de cada rostro a una persona a la que amar y no a un dato que procesar, allí está el tesoro del Reino. La fe en Jesús custodia un tesoro que ninguna economía ni ningún poder pueden medir: la dignidad inviolable de cada persona. 

El futuro de una persona nunca es completamente predecible. Dios mismo sigue sorprendiendo a la historia a través de lo que parece improbable. El discernimiento crece con el tiempo, como la semilla en el campo. No nace de la rapidez de la respuesta, sino de la paciencia de la maduración (Magnifica Humanitas 140). 

Así retrata Jesús el rostro del escriba convertido en discípulo del Reino. El escriba del Reino «saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Son las cosas nuevas las que permiten no solo custodiar, sino también transmitir la Tradición, generando vida y dejando que la Escritura siga haciéndose carne en el seno de la historia. 

Muchas veces sabemos repetir bien las palabras antiguas. Más difícil resulta encontrar palabras nuevas que devuelvan la vida al Evangelio para los hombres de nuestro tiempo. El discípulo no es el guardián de un archivo. Es el servidor de una fuente. 

Este tesoro lo tenemos en vasijas de barro. Frágiles somos nosotros. Frágil es la Iglesia. Frágil es el corazón humano. Y, sin embargo, Dios sigue depositando en este barro su oro vivo. Mucho permanece oculto. Mucho germina en el silencio. Ningún acto de amor se pierde. Ninguna fidelidad es inútil. Cada gesto de bondad sigue circulando por el mundo como una fuerza secreta de resurrección. 

El tesoro, más que un cofre, es un seno. Como María, guardamos este tesoro en el corazón, para que el Evangelio siga mostrando al mundo la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios (Magnifica Humanitas 245). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 17 de junio de 2026

La “Rerum novarum” de nuestro tiempo.

La “Rerum novarum” de nuestro tiempo

Una encíclica, y ¿por qué ahora?

 

Una encíclica es una carta circular, la forma más solemne del magisterio ordinario de un Papa y —desde el Papa Juan XXIII en adelante— dirigida no solo a los católicos, sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

 

Cuando el tema es la vida social, económica y política, se habla de encíclica «social»: un género que nace en 1891 con la Rerum novarum, con la que el Papa León XIII abordó la cuestión obrera.

 

El Papa León XIV ha firmado la suya el 15 de mayo de 2026, en el 135.º aniversario de aquel texto y en el mismo día: el nombre y la fecha conforman una declaración de legado. No es un tratado sobre tecnología, sino la Rerum novarum de nuestro tiempo.

 

Por eso el porqué del «ahora».

 

El Papa escribe en un mundo que ha dejado de creer en la paz como horizonte: una «guerra mundial a pedazos» librada también en el terreno económico e informático, una carrera de rearme que rehabilita la fuerza como instrumento habitual, un multilateralismo vaciado de autoridad.

 

En el fondo, una transformación comparable a la industrial, pero incomparablemente más rápida, en la que la IA ya no es una herramienta, sino que se ha convertido en un entorno: moldea las decisiones, da forma al imaginario e incluso cambia la gramática de los conflictos.


La pregunta que recorre toda la encíclica es una sola: ¿qué estamos dejando crecer?

 

La metáfora es acertada, porque la IA está «más cultivada que construida» —ha crecido sobre una arquitectura cuyo funcionamiento interno ni siquiera quienes la entrenan conocen realmente—.

 

Pero lo que crece, y lo que el Papa señala como el verdadero peligro, es una sensación generalizada de deshumanización: desde la Realpolitik que hace pasar el cinismo por sabiduría, pasando por la reducción de las personas a datos y perfiles, hasta la idea de que la eficiencia es la medida última del valor.

 

La IA es la ocasión y la lente; el objeto es la protección de la persona humana. Muchos la han presentado como «la encíclica contra la IA»: no lo es.


Todo el documento se sustenta en dos imágenes bíblicas contrapuestas.

 

Por un lado, Babel (Génesis 11): la ciudad y la torre «cuya cima alcance el cielo», una única lengua, una única tecnología, una única dirección, erigida para «hacerse un nombre» sin Dios. Babel no fracasa por debilidad, sino por exceso: la homologación que confunde la uniformidad con la unidad y que dispersa precisamente mientras pretende unir.

 

Por otro lado, Nehemías (Nehemías 2-6): las murallas de Jerusalén reconstruidas tras el exilio, no por un decreto de arriba. Nehemías primero reza y guarda silencio, luego camina en silencio entre las ruinas y, por último, confía a cada familia un tramo de muralla: la ciudad renace gracias a la responsabilidad compartida, reconstruyendo los lazos antes que las piedras.

 

La primera elección, pues, no es un «sí o no» a la tecnología —una pregunta mal planteada—, sino «Babel o Jerusalén»: un poder que pretende dominar el cielo, o bien un pueblo que, en presencia de Dios, levanta pieza a pieza los muros de la convivencia.

 

Y esta cuestión es decisiva porque desplaza el juicio del instrumento a la intención que lo anima. La pluralidad de lenguas ya no es solo la maldición de Babel: puede convertirse en la comunión de Jerusalén, donde la diversidad es un recurso y no un desorden.

 

Y San Agustín cierra el círculo: dos amores han creado dos ciudades, el amor propio hasta el desprecio de Dios y el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo.


Uno de los puntos más agudos del diagnóstico se refiere a la naturaleza del poder tecnológico.

 

Antes eran sobre todo los Estados los que orientaban la innovación; hoy en día, los motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Son ellos quienes controlan las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo, y quienes establecen las condiciones de acceso y las propias posibilidades de participación.

 

El poder adquiere así un rostro inédito, predominantemente «privado», y por ello más difícil de discernir y orientar hacia el bien común: cuando se concentra en pocas manos, tiende a volverse opaco, generando nuevas dependencias, exclusiones y manipulaciones.

 

La encíclica sitúa esta concentración dentro del paradigma tecnocrático de Laudato si’: la lógica de la eficiencia, el control y el beneficio, dejada a su libre albedrío, que reduce la creación a mera explotación y a las personas a engranajes que deben rendir al máximo.

 

Por eso la conclusión formulada sin ambigüedades: la IA no es moralmente neutra. 

 

Todo artefacto técnico conlleva elecciones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza, la forma en que clasifica a las personas y las situaciones.

 

Tampoco la propiedad de los datos, fruto de la contribución de muchos, puede dejarse en manos del sector privado: debe regularse como bien común, con verificación independiente, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo e instrumentos de recurso. No se puede permitir que unos pocos dirijan por sí solos procesos que afectan a la vida de todos.


El núcleo antropológico se encuentra en el tercer capítulo, y aquí el texto se juega su credibilidad ante un lector informado.

 

Lo hace con dos afirmaciones que destacan por su sobriedad: que cualquier cosa que se diga sobre la IA corre el riesgo de quedar obsoleta rápidamente, y que sabemos (incluso los que diseñan la IA) poco sobre su funcionamiento real.

 

Sobre esta humildad epistémica —poco común en un campo que oscila entre el apocalipsis y la publicidad— el documento traza la línea divisoria.

 

Estos sistemas imitan algunas funciones de la inteligencia humana, a menudo superándola en velocidad y alcance, pero su potencia sigue ligada al tratamiento de datos: no viven una experiencia, no tienen cuerpo, no maduran en la relación, no poseen conciencia moral. Pueden simular empatía, pero —y esta es la frase decisiva— no comprenden lo que producen.

 

El peligro no es metafísico. No se trata de que alguien confunda la máquina con una persona, sino de «que pierda el deseo mismo de buscar verdaderamente al otro». La imitación del cuidado, cuando se insinúa en un contexto ya pobre en afectos reales, no construye un vínculo, sino una apariencia del mismo, y atrofia la búsqueda del verdadero.

 

Es una observación aguda, porque desplaza la alarma de la sustitución técnica a la erosión del deseo. Y se vincula a una rehabilitación del límite: la incapacidad, la enfermedad, la vejez y la vulnerabilidad no son defectos que haya que corregir, sino el lugar en el que el ser humano madura y se abre a la relación.


Aquí es donde se sitúa lo que más asusta al Papa León XIV, más que la propia IA: el transhumanismo y el poshumanismo, el trasfondo ideológico que habita en algunos centros del poder tecnológico y coloniza el imaginario.

 

El transhumanismo imagina un potenciamiento ilimitado del ser humano; el poshumanismo, en sus versiones más radicales, plantea una hibridación entre el hombre, la máquina y el entorno hasta alcanzar una nueva etapa en la que la humanidad se supera a sí misma y a su propio cuerpo.

 

El punto crítico no es el uso de la tecnología, sino la visión que subyace a ella: si el ser humano es materia prima que hay que perfeccionar o superar, resulta más fácil considerar a algunos menos útiles, menos dignos, hasta el punto de imaginar «sacrificios necesarios» y seres humanos «de segunda clase», al servicio de unas élites que se perciben a sí mismas como superiores.

 

Este es el verdadero reto de la deshumanización: no una máquina que se rebela, sino una idea del hombre que se rinde al sueño de superarse a sí mismo y deja de reconocer la dignidad de quienes se quedan o al margen o atrás.



Una fuerza del documento radica en el rechazo de la ética genérica: «no basta con invocar la ética de forma genérica», se necesitan marcos jurídicos, supervisión independiente, educación y una política que no renuncie a sus responsabilidades.

 

Y es al adentrarse en todos los ámbitos en los que el mundo ha cambiado donde el texto da lo mejor de sí mismo.

 

Sobre la verdad, ante todo. La desinformación no surge con la IA, pero encuentra en ella «un potente multiplicador»: manipular contenidos, imágenes y vídeos difumina la frontera entre lo verdadero y lo falso.

 

La cuestión no es solo técnica, sino democrática: la verdad de los hechos exige verificación y responsabilidad argumentativa, pero también se sustenta en vínculos de confianza, y una democracia que pierde interés por lo que es verdadero se desliza —se cita a Hannah Arendt— hacia el totalitarismo, cuyos súbditos ideales son aquellos para quienes ya no existe la distinción entre realidad y ficción.

 

La respuesta es una «ecología de la comunicación»: transparencia sobre los criterios con los que se seleccionan y difunden los contenidos, protección de datos, periodismo serio, espacios en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata.

 

Y todo ello con una autocrítica que no es obvia: también las comunidades cristianas deben buscar lealmente los hechos, y el Papa agradece a los periodistas que han sacado a la luz los abusos y las injusticias en la Iglesia.


De aquí a la educación hay un paso muy corto. La encíclica señala tres retos.

 

El primero es sociopolítico: persisten fuertes desigualdades en el acceso a la educación, y cuando se confía demasiado al sector privado, la escuela acaba dependiendo de las posibilidades económicas de las familias.

 

El segundo es pedagógico: los programas diseñados para otra época pronto resultan inadecuados, y es necesario formar continuamente a los docentes para que ayuden a los alumnos a utilizar las tecnologías de forma crítica, no a sufrirlas.

 

El tercero es de carácter sapiencial: el riesgo de un sistema sin amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituye a la investigación y al discernimiento, debilitando el pensamiento crítico.

 

De ahí la invitación más contracorriente —«educarnos para ayunar de la IA»— y el llamamiento, citando a Platón, a redescubrir que las cosas más profundas solo se aprenden tras mucho tiempo y mucho esfuerzo.

 

Hay, además, una atención explícita a los menores: la exposición precoz y sin mediación a dispositivos y redes sociales afecta al sueño, la atención y las relaciones, y los expone a la captación, el ciberacoso y la explotación sexual, que se vuelven más insidiosos debido a las herramientas capaces de manipular imágenes, e impone límites de edad y responsabilidad a los proveedores, sin descargar la carga sobre las familias.


En cuanto al trabajo —que para el Papa no es solo una fuente de ingresos, sino un lugar donde se forja la identidad—, la encíclica es tajante, se apoya en Antiqua et nova y en Laborem exercens y da la vuelta al discurso dominante: las «nuevas formas» de trabajar no son necesariamente mejores.

 

Si bien la IA promete liberar al ser humano de las tareas rutinarias, a menudo ocurre lo contrario: los trabajadores se ven obligados a adaptarse al ritmo de las máquinas, lo que conlleva la descalificación profesional, la vigilancia automatizada y la reducción a funciones repetitivas.

 

De ahí se derivan criterios precisos: toda automatización debería ir acompañada de medidas verificables de protección del empleo, recualificación y participación; las decisiones algorítmicas sobre crédito, trabajo y servicios deben ser comprensibles, impugnables y controlables, «para que la persona no quede reducida a un perfil».

 

El texto llega a pedir que se supere el PIB como único indicador del desarrollo, a defender la función social del crédito frente a las «finanzas por las finanzas», y a considerar el desempleo masivo como una calamidad social que interpela al Estado. No es una encíclica tímida en el ámbito económico.

 

Hay, además, una dimensión que la retórica de lo inmaterial tiende a omitir: el impacto medioambiental.

 

Nada, en el mundo de la IA, es realmente inmaterial. Los sistemas actuales requieren grandes cantidades de energía y agua, influyen en las emisiones de dióxido de carbono y consumen recursos de forma intensiva; y, a medida que aumenta la complejidad, crecen las necesidades de cálculo y almacenamiento, que se basan en máquinas, cables, centros de datos e infraestructuras que consumen mucha energía. La «nube» tiene un peso físico medible, y cuidar de la Casa Común exige soluciones más sostenibles en lugar de fingir que el cálculo no cuesta nada.

 

Esta materialidad nos lleva a un paso realmente complejo, por no decir, difícil: las «nuevas formas de esclavitud».

 

Gran parte de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de personas en actividades poco visibles pero esenciales —etiquetado de datos, moderación de contenidos atroces, entrenamiento de modelos—, realizadas en su mayor parte por jóvenes y mujeres, a cambio de remuneraciones mínimas.

 

A este esfuerzo se suma la extracción: en algunas regiones, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas para la obtención de tierras raras, «cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de la computación no se interrumpa».

 

Y un colonialismo con un rostro inédito, que ya no domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos —las verdaderas «tierras raras» del poder—: quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras tiene una ventaja estructural sobre el futuro.


Aquí se encuentra uno de los gestos más sorprendentes del texto: tras reconocer el retraso con el que la Iglesia condenó la esclavitud —incluidas las bulas del siglo XV que la regularon—, el Papa León XIV pide «sinceramente perdón» y lo convierte en una advertencia para el presente, a lo largo de las cadenas de suministro invisibles del mundo digital.

 

De ahí la exigencia de transparencia en las cadenas de suministro y de una verificación ética preventiva por parte de las empresas y los inversores.

 

Hasta aquí el diagnóstico: un poder que se desplaza hacia el sector privado, una máquina que imita sin comprender, una idea del ser humano que corre el riesgo de rendirse.

 

Pero un diagnóstico aún no es un programa. Bajo cada terreno subyace una única pregunta: cuando una decisión que excluye o selecciona se confía a una máquina, ¿quién responde de ella?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 14 de junio de 2026

La nueva idolatría: Inteligencia Artificial.

La nueva idolatría: Inteligencia Artificial

En su excelencia y novedad estructural a la hora de recopilar y procesar información con vistas a la toma de decisiones, la IA plantea problemas antiguos: la relación entre ciencia y moral; entre determinismo y libertad; entre el intelecto y la totalidad de lo humano. Y un sinfín más.

 

Por ejemplo, ante su cúmulo de conocimientos, cabe invocar a Immanuel Kant, para quien «Toda la ciencia del mundo no puede producir ni un gramo de ética». Se han señalado además las ausencias de la relacionalidad y la afectividad, la falta de sabiduría o de sabiduría práctica: es decir, la parcialidad de la IA. La propia lógica binaria es en sí misma parcial y engañosa, porque no tiene en cuenta las polaridades que atraviesan las alternativas binarias acercándolas.


Hay quien compara la IA con la gnosis que, ya desde los siglos II-III, había construido un mecanismo típicamente binario de cognición que configuraba un marco ético de contraposición entre cuerpo y espíritu; que menospreciaba la corporeidad, ya fuera absteniéndose de ella (gnosis continente) o abusando de ella (gnosis libertina), por no ser determinante del valor ético del ser humano.

 

Ahora la corporeidad ha asumido un papel decisivo para la ética, y a quien se adentra en estos mecanismos comparativos, le diríamos que la artificialidad de ese mecanismo binario reduccionista ya se había enfrentado entonces a la mayor complejidad - holismo - de lo real y había fracasado en el ataque frontal. Pero el enemigo no ha sido aniquilado.

 

Entonces, la gnosis no tenía el poder político del que ahora disfruta la IA: y eso marca una diferencia en cuanto a peligrosidad. ¿Cómo controlar esta peligrosidad y asignar a la IA el lugar que le corresponde como instrumento en manos del hombre, para ser utilizado dentro del perímetro de la magnifica humanitas?


Según se dice, el mercado está recorriendo un camino, a su manera. Este, en la lucha competitiva, le quita a la IA el pasto del que se alimenta, como se hace con los virus en las epidemias: es decir, quitándole cierta información, dándole otra o incluso falsificándola. Así, engañada, no puede sino tomar decisiones determinadas. Y pone de manifiesto su falta de fiabilidad. Creada para la lógica del tener y del poder, la IA se convierte en víctima de su propia lógica. Pero este camino del engaño arruina la bondad de la herramienta y pone en crisis también su buen uso.

 

El verdadero camino del uso bueno y controlado pasa por recuperar la primacía de la política sobre las actividades éticas y, con mayor razón, sobre las herramientas.

 

Para domar la IA, parecen estar mejor equipados los regímenes dictatoriales que la utilizan con fines ideológicos bajo un férreo control político. Como se hace en China. Y no es casualidad que la IA favorezca el surgimiento de tales regímenes. Pero así el peligro se desplaza de la independencia de la herramienta a la autocracia de quien la utiliza. No es lo ideal. Aunque estemos más acostumbrados a lidiar con la imprevisibilidad, siempre humana, de los dictadores que con la dictadura inédita de una herramienta anónima e irresponsable.


Pero el verdadero camino hacia la primacía de la política asume el control y la mejora de la IA, dotándola de datos cada vez más completos (y esta es tarea de la ciencia), pero previendo, por así decirlo, el desfase constitutivo y, por tanto, perenne de precariedad, parcialidad e imprecisión, así como la falsabilidad de la ciencia, en la que deben intervenir siempre, en el momento ejecutivo, la presencia personal y la decisión política.

 

El Papa León XIV tiene razón en una cosa: en el instar al máximo compromiso de la humanidad con la IA, al igual que —y quizá incluso más que— con las cuestiones éticas más delicadas.

 

Porque con la IA, la ética, que hoy tanto quiere sustraerse a una ley moral heterónoma corre el riesgo de entregar su autonomía no al sujeto humano, sino a una obra irresponsable de sus propias manos. Y en ello reside la esencia de la idolatría (Salmos, 115, 4-8).


El reto es mantener alto el umbral de la atención ética. Como debería ser para todas aquellas cuestiones que, aunque bien presentes en la encíclica Magnifica Humanitas, el énfasis en la IA tiende a borrar: la paz, el bien común, la destinación universal de los bienes, la justicia social, la ecología, la política y la economía…

 

Sin embargo, para restablecer la primacía de la política, es decir, del hombre integral, incluso sobre la IA, no habrá que perder de vista la mencionada encíclica también en estas partes, que seguramente serán descuidadas por los medios de comunicación, a los que, en una época de liberalismo imperante, les parece de maravilla descartarlas como “res veteres”, es decir, cosas viejas. Y acabando así por no tener ningún criterio de juicio ni siquiera sobre la “res nova”.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 2 de junio de 2026

Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural.

Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural

En la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, se entiende por «magnifica» tanto a la humanidad en su conjunto como al hecho de ser humano.

 

«Humanitas» es el término latino que corresponde a aquello que el ser humano necesita para realizarse plenamente, de donde deriva el término «humanismo».

 

La encíclica señala en la IA la causa del «cambio de época» que estamos viviendo, porque condiciona nuestra relación con la realidad como nunca antes había ocurrido.

 

La cuestión no es tanto tecnológica cuanto espiritual: ¿qué nos hace humanos y crea una civilización más justa y libre?

 

De un tiempo a esta parte prolifera aquella religión que anima los proyectos y los objetos de las grandes tecnológicas. Pero una cosa es potenciar al individuo en el dios-Amor. Y otra en el dios-Máquina.

 

En esta última forma no es el Amor lo que lo mueve todo, sino el Poder: tener el dominio total sobre la vida, a través de la mente y el cuerpo artificiales.

 

En este sentido, la IA es el dios con el que unirse, confiándole el juicio, los cuerpos, las elecciones, las fragilidades, las relaciones...

 

Para no cargar con estos pesos, el ser humano tiende desde antiguo a confiar en quien le dice quién ser y qué hacer.

 

Somos animales conscientes, es decir, capaces de infinito en un mundo de cosas finitas; somos animales simbólicos, es decir, capaces de dar sentido a la realidad, de fijarnos metas, de encontrar vida en la vida.

 

Somos magníficos. Pero esta magnificencia no es apreciada, incluso es despreciada, por quienes piensan que lo magnífico no es el hombre, sino la máquina.


El Papa lo llama «síndrome de Babel»: «Hagámonos una ciudad y una torre, dicen los constructores de la torre en el capítulo 11 del Génesis. Fuera de la metáfora, «no recibimos la vida de otro, sino que nos la damos a nosotros mismos».

 

El proyecto de la torre - la altura es símbolo de lo divino - es alternativo al del jardín (Génesis 2), que había sido confiado al hombre para que «lo custodiara y lo cultivara».

 

Cuando el ser humano quiere convertirse en la fuente de la vida, siempre acaba quitándosela a los demás, eliminándolos o dominándolos, porque al no tenerla en sí mismo solo puede extraerla de quienes la tienen (cosas y personas).

 

Al síndrome de Babel se opone el juego del Edén: «cuidar y cultivar», es decir, co-crear el jardín de la vida.

 

Los diseñadores de la IA apuntan al monopolio del conocimiento y la experiencia, para poder venderlos y guiarnos: un dios que da sentido y fines ahorrándonos el esfuerzo de la duda, de la búsqueda, de la libertad, de las relaciones...

 

Pero la historia ya ha demostrado lo que el relato bíblico narra de manera supra-histórica: cuando el ser humano se convierte en Creador, se vuelve Controlador y Explotador, y comienza la guerra (la incomprensión de las lenguas y la dispersión de los pueblos), ámbito en el que la IA se utiliza al máximo de su potencia.

 

Todo dios genera seres a su imagen y semejanza; un dios artificial crea seres humanos artificiales, liberados del esfuerzo que suponen el sentido de la existencia y la libertad.

 

El ser humano busca a Dios porque no posee el secreto de la vida; la encuentra como un don, pero con fecha de caducidad, y entonces quiere más, pero, al ser limitado, no sabe cómo conseguirlo.


Si esta «carencia» no lo abre a la relación con un Dios-Vida, entonces busca sustitutos: ídolos, palabra que significa «pequeña imagen», un dios todo mío.

 

A diferencia del Dios bíblico del que no se puede hacer imagen, precisamente porque significaría querer poseerlo y controlarlo, el ídolo es «la parte» que el hombre decide ver, vivir y adorar como «el todo».

 

No pocos seres humanos sacrifican su propia vida y la de los demás a ídolos de Poder (dinero, éxito, posesión, ideologías...), porque un ser dotado de un deseo infinito quiere el infinito.

 

Pero luego llega el amargo despertar: he sido esclavo, no he amado,... El poder da la embriaguez del control sobre la vida, la ilusión de tener la vida en sí mismo.

 

Estas son estructuras existenciales perennes que los mitos, y también la Biblia, destilan con sabiduría simbólica.

 

El ídolo es el artefacto en cuyo interior se intenta “encerrar”, hacer que “resida” Dios, disponiendo de alguna manera de toda la existencia. El ídolo es el antídoto que todos buscamos para calmar el miedo a vivir y a morir.

 

Al condenar la idolatría, el Dios bíblico, más que defenderse a sí mismo como Creador, defiende la justicia misma de la creación llamando al ser humano a su responsabilidad, a su dignidad de único: no te confundas, no te consumas, no poseas para no ser poseído por nada ni por nadie, salvaguarda tu diferencia y, a través de ella y con ella, cultiva y custodia todas las diferencias de la creación.

 

El Dios de la Vida no «sacrifica» sino que «magnifica», es decir, «hace grandes»; nos quiere, a todos y a cada uno, hijos maduros y hermanos unidos: «En verdad os digo: quien cree en mí hará las obras que yo hago y las hará aún mayores», dice Jesús (Jn 14, 12).


De hecho, el humanismo cristiano tiene su centro en el Dios que se hace hombre y revela que lo humano es magnífico incluso en sus límites (el Hijo nace, crece, llora, trabaja, suda, come, duerme, muere), y resucita con todas sus heridas: el límite no se elimina, sino que es camino de salvación.

 

La IA es el artefacto que, gracias a su potencia, nos ayudará a resolver muchísimos problemas, pero que puede engañarnos haciéndonos creer que no tenemos límites, que nos salvará sin heridas, como explica la encíclica: 

«Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que ‘la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios’» (n. 118). 

En esta línea, te invito a que leas en la encíclica las no pocas, ni poco importantes, alusiones que el Papa León XIV hace al concepto y realidad del “límite” (por ejemplo los números 12, 116-117, 119-122,127).

 

Uno puede explorar el límite como lugar de la magnificencia del ser humano: una paradoja que transforma la carencia en apertura y que no ve en el límite una privación ni una culpa, como ocurre tantas veces hoy en día. Porque la carencia es apertura a la búsqueda (descubrimiento), a la invención (creatividad) y al amor (relaciones).

 

Eliminar el límite significa perder nuestra magnificencia. Si no fuéramos frágiles no buscaríamos el sentido de esta misteriosa y magnífica existencia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...