Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural
En la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, se entiende por «magnifica» tanto a la humanidad en su conjunto como al hecho de ser humano.
«Humanitas» es el término latino que
corresponde a aquello que el ser humano necesita para realizarse plenamente, de
donde deriva el término «humanismo».
La encíclica señala en la IA la causa del «cambio
de época» que estamos viviendo, porque condiciona nuestra relación con
la realidad como nunca antes había ocurrido.
La cuestión no es tanto tecnológica cuanto espiritual:
¿qué
nos hace humanos y crea una civilización más justa y libre?
De un tiempo a esta parte prolifera aquella religión
que anima los proyectos y los objetos de las grandes tecnológicas. Pero una
cosa es potenciar al individuo en el dios-Amor. Y otra en el dios-Máquina.
En esta última forma no es el Amor lo que lo mueve
todo, sino el Poder: tener el dominio total sobre la vida, a través de la mente
y el cuerpo artificiales.
En este sentido, la IA es el dios con el que unirse,
confiándole el juicio, los cuerpos, las elecciones, las fragilidades, las
relaciones...
Para no cargar con estos pesos, el ser humano tiende desde
antiguo a confiar en quien le dice quién ser y qué hacer.
Somos animales conscientes, es decir, capaces de
infinito en un mundo de cosas finitas; somos animales simbólicos, es decir,
capaces de dar sentido a la realidad, de fijarnos metas, de encontrar vida en
la vida.
Somos magníficos. Pero esta magnificencia no es
apreciada, incluso es despreciada, por quienes piensan que lo magnífico no es
el hombre, sino la máquina.
El Papa lo llama «síndrome de Babel»: «Hagámonos una ciudad y una torre, dicen los constructores de la torre en el capítulo 11 del Génesis. Fuera de la metáfora, «no recibimos la vida de otro, sino que nos la damos a nosotros mismos».
El proyecto de la torre - la altura es símbolo de lo
divino - es alternativo al del jardín (Génesis 2), que había sido confiado al
hombre para que «lo custodiara y lo cultivara».
Cuando el ser humano quiere convertirse en la fuente
de la vida, siempre acaba quitándosela a los demás, eliminándolos o
dominándolos, porque al no tenerla en sí mismo solo puede extraerla de quienes
la tienen (cosas y personas).
Al síndrome de Babel se opone el juego del Edén: «cuidar
y cultivar», es decir, co-crear el jardín de la vida.
Los diseñadores de la IA apuntan al monopolio del
conocimiento y la experiencia, para poder venderlos y guiarnos: un dios que da
sentido y fines ahorrándonos el esfuerzo de la duda, de la búsqueda, de la
libertad, de las relaciones...
Pero la historia ya ha demostrado lo que el relato
bíblico narra de manera supra-histórica: cuando el ser humano se convierte en
Creador, se vuelve Controlador y Explotador, y comienza la guerra (la
incomprensión de las lenguas y la dispersión de los pueblos), ámbito en el que
la IA se utiliza al máximo de su potencia.
Todo dios genera seres a su imagen y semejanza; un
dios artificial crea seres humanos artificiales, liberados del esfuerzo que
suponen el sentido de la existencia y la libertad.
El ser humano busca a Dios porque no posee el secreto
de la vida; la encuentra como un don, pero con fecha de caducidad, y entonces
quiere más, pero, al ser limitado, no sabe cómo conseguirlo.
Si esta «carencia» no lo abre a la relación con un Dios-Vida, entonces busca sustitutos: ídolos, palabra que significa «pequeña imagen», un dios todo mío.
A diferencia del Dios bíblico del que no se puede
hacer imagen, precisamente porque significaría querer poseerlo y controlarlo,
el ídolo es «la parte» que el hombre decide ver, vivir y adorar como «el
todo».
No pocos seres humanos sacrifican su propia vida y la
de los demás a ídolos de Poder (dinero, éxito, posesión, ideologías...), porque
un ser dotado de un deseo infinito quiere el infinito.
Pero luego llega el amargo despertar: he sido esclavo,
no he amado,... El poder da la embriaguez del control sobre la vida, la ilusión
de tener la vida en sí mismo.
Estas son estructuras existenciales perennes que los
mitos, y también la Biblia, destilan con sabiduría simbólica.
El ídolo es el artefacto en cuyo interior se intenta “encerrar”,
hacer que “resida” Dios, disponiendo de alguna manera de toda la
existencia. El ídolo es el antídoto que todos buscamos para calmar el miedo a
vivir y a morir.
Al condenar la idolatría, el Dios bíblico, más que
defenderse a sí mismo como Creador, defiende la justicia misma de la creación
llamando al ser humano a su responsabilidad, a su dignidad de único: no te
confundas, no te consumas, no poseas para no ser poseído por nada ni por nadie,
salvaguarda tu diferencia y, a través de ella y con ella, cultiva y custodia
todas las diferencias de la creación.
El Dios de la Vida no «sacrifica» sino que «magnifica»,
es decir, «hace grandes»; nos quiere, a todos y a cada uno, hijos maduros
y hermanos unidos: «En verdad os digo: quien cree en mí hará las obras que yo hago y las
hará aún mayores», dice Jesús (Jn 14, 12).
De hecho, el humanismo cristiano tiene su centro en el Dios que se hace hombre y revela que lo humano es magnífico incluso en sus límites (el Hijo nace, crece, llora, trabaja, suda, come, duerme, muere), y resucita con todas sus heridas: el límite no se elimina, sino que es camino de salvación.
La IA es el artefacto que, gracias a su potencia, nos ayudará a resolver muchísimos problemas, pero que puede engañarnos haciéndonos creer que no tenemos límites, que nos salvará sin heridas, como explica la encíclica:
«Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que ‘la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios’» (n. 118).
En esta línea, te invito a que leas en la encíclica
las no pocas, ni poco importantes, alusiones que el Papa León XIV hace al
concepto y realidad del “límite” (por ejemplo los números 12,
116-117, 119-122,127).
Uno puede explorar el límite como lugar de la magnificencia
del ser humano: una paradoja que transforma la carencia en apertura y que no ve
en el límite una privación ni una culpa, como ocurre tantas veces hoy en día. Porque
la carencia es apertura a la búsqueda (descubrimiento), a la invención
(creatividad) y al amor (relaciones).
Eliminar el límite significa perder nuestra
magnificencia. Si no fuéramos frágiles no buscaríamos el sentido de esta misteriosa
y magnífica existencia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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