martes, 2 de junio de 2026

Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural.

Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural

En la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, se entiende por «magnifica» tanto a la humanidad en su conjunto como al hecho de ser humano.

 

«Humanitas» es el término latino que corresponde a aquello que el ser humano necesita para realizarse plenamente, de donde deriva el término «humanismo».

 

La encíclica señala en la IA la causa del «cambio de época» que estamos viviendo, porque condiciona nuestra relación con la realidad como nunca antes había ocurrido.

 

La cuestión no es tanto tecnológica cuanto espiritual: ¿qué nos hace humanos y crea una civilización más justa y libre?

 

De un tiempo a esta parte prolifera aquella religión que anima los proyectos y los objetos de las grandes tecnológicas. Pero una cosa es potenciar al individuo en el dios-Amor. Y otra en el dios-Máquina.

 

En esta última forma no es el Amor lo que lo mueve todo, sino el Poder: tener el dominio total sobre la vida, a través de la mente y el cuerpo artificiales.

 

En este sentido, la IA es el dios con el que unirse, confiándole el juicio, los cuerpos, las elecciones, las fragilidades, las relaciones...

 

Para no cargar con estos pesos, el ser humano tiende desde antiguo a confiar en quien le dice quién ser y qué hacer.

 

Somos animales conscientes, es decir, capaces de infinito en un mundo de cosas finitas; somos animales simbólicos, es decir, capaces de dar sentido a la realidad, de fijarnos metas, de encontrar vida en la vida.

 

Somos magníficos. Pero esta magnificencia no es apreciada, incluso es despreciada, por quienes piensan que lo magnífico no es el hombre, sino la máquina.


El Papa lo llama «síndrome de Babel»: «Hagámonos una ciudad y una torre, dicen los constructores de la torre en el capítulo 11 del Génesis. Fuera de la metáfora, «no recibimos la vida de otro, sino que nos la damos a nosotros mismos».

 

El proyecto de la torre - la altura es símbolo de lo divino - es alternativo al del jardín (Génesis 2), que había sido confiado al hombre para que «lo custodiara y lo cultivara».

 

Cuando el ser humano quiere convertirse en la fuente de la vida, siempre acaba quitándosela a los demás, eliminándolos o dominándolos, porque al no tenerla en sí mismo solo puede extraerla de quienes la tienen (cosas y personas).

 

Al síndrome de Babel se opone el juego del Edén: «cuidar y cultivar», es decir, co-crear el jardín de la vida.

 

Los diseñadores de la IA apuntan al monopolio del conocimiento y la experiencia, para poder venderlos y guiarnos: un dios que da sentido y fines ahorrándonos el esfuerzo de la duda, de la búsqueda, de la libertad, de las relaciones...

 

Pero la historia ya ha demostrado lo que el relato bíblico narra de manera supra-histórica: cuando el ser humano se convierte en Creador, se vuelve Controlador y Explotador, y comienza la guerra (la incomprensión de las lenguas y la dispersión de los pueblos), ámbito en el que la IA se utiliza al máximo de su potencia.

 

Todo dios genera seres a su imagen y semejanza; un dios artificial crea seres humanos artificiales, liberados del esfuerzo que suponen el sentido de la existencia y la libertad.

 

El ser humano busca a Dios porque no posee el secreto de la vida; la encuentra como un don, pero con fecha de caducidad, y entonces quiere más, pero, al ser limitado, no sabe cómo conseguirlo.


Si esta «carencia» no lo abre a la relación con un Dios-Vida, entonces busca sustitutos: ídolos, palabra que significa «pequeña imagen», un dios todo mío.

 

A diferencia del Dios bíblico del que no se puede hacer imagen, precisamente porque significaría querer poseerlo y controlarlo, el ídolo es «la parte» que el hombre decide ver, vivir y adorar como «el todo».

 

No pocos seres humanos sacrifican su propia vida y la de los demás a ídolos de Poder (dinero, éxito, posesión, ideologías...), porque un ser dotado de un deseo infinito quiere el infinito.

 

Pero luego llega el amargo despertar: he sido esclavo, no he amado,... El poder da la embriaguez del control sobre la vida, la ilusión de tener la vida en sí mismo.

 

Estas son estructuras existenciales perennes que los mitos, y también la Biblia, destilan con sabiduría simbólica.

 

El ídolo es el artefacto en cuyo interior se intenta “encerrar”, hacer que “resida” Dios, disponiendo de alguna manera de toda la existencia. El ídolo es el antídoto que todos buscamos para calmar el miedo a vivir y a morir.

 

Al condenar la idolatría, el Dios bíblico, más que defenderse a sí mismo como Creador, defiende la justicia misma de la creación llamando al ser humano a su responsabilidad, a su dignidad de único: no te confundas, no te consumas, no poseas para no ser poseído por nada ni por nadie, salvaguarda tu diferencia y, a través de ella y con ella, cultiva y custodia todas las diferencias de la creación.

 

El Dios de la Vida no «sacrifica» sino que «magnifica», es decir, «hace grandes»; nos quiere, a todos y a cada uno, hijos maduros y hermanos unidos: «En verdad os digo: quien cree en mí hará las obras que yo hago y las hará aún mayores», dice Jesús (Jn 14, 12).


De hecho, el humanismo cristiano tiene su centro en el Dios que se hace hombre y revela que lo humano es magnífico incluso en sus límites (el Hijo nace, crece, llora, trabaja, suda, come, duerme, muere), y resucita con todas sus heridas: el límite no se elimina, sino que es camino de salvación.

 

La IA es el artefacto que, gracias a su potencia, nos ayudará a resolver muchísimos problemas, pero que puede engañarnos haciéndonos creer que no tenemos límites, que nos salvará sin heridas, como explica la encíclica: 

«Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que ‘la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios’» (n. 118). 

En esta línea, te invito a que leas en la encíclica las no pocas, ni poco importantes, alusiones que el Papa León XIV hace al concepto y realidad del “límite” (por ejemplo los números 12, 116-117, 119-122,127).

 

Uno puede explorar el límite como lugar de la magnificencia del ser humano: una paradoja que transforma la carencia en apertura y que no ve en el límite una privación ni una culpa, como ocurre tantas veces hoy en día. Porque la carencia es apertura a la búsqueda (descubrimiento), a la invención (creatividad) y al amor (relaciones).

 

Eliminar el límite significa perder nuestra magnificencia. Si no fuéramos frágiles no buscaríamos el sentido de esta misteriosa y magnífica existencia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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