Cosechadores de Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -
La mies es mucha.
Yo, en cambio, creía que los campos de la vida eran
áridos y que los tiempos eran malos. Yo habría dicho: hay mucho que arar y
trabajar; para cosechar, al final, vale cualquiera. Hay demasiado sudor que
mezclar con la semilla, una red que echar durante toda la noche, y tal vez sin
pescar nada, como Pedro en el lago.
En cambio, Jesús nos sorprende: la cosecha es abundante.
Y nos hace comprender que el campo es suyo, que Él
siembra, que Él hace crecer el mundo. Hay mucho que recoger porque la tierra es
buena; la historia asciende, positiva, hacia un verano perfumado de frutos y no
hacia un desierto sangriento.
Desde lo alto, Alguien mira y ve que el mundo sigue
siendo algo bueno, como en el
principio; sigue teniendo fe en la bondad del hombre, incluso en la mía. Cada
corazón es un terrón de tierra sembrado de gérmenes divinos: un misterio pasa
entre el corazón del individuo y Dios, en el que yo, recolector y pastor, no
intervengo, sino que admiro y doy gracias.
El Señor busca cosechadores, porque el esfuerzo mayor
ya lo ha hecho Otro, Aquel que aún sale a sembrar entre espinos y piedras, en
caminos y en buena tierra, con las manos llenas, con el corazón lleno.
Pero ¿quién amontonará las cosechas de la paz, de la
justicia, de la confianza, de la alegría? Son los discípulos que se convierten
en apóstoles.
También tú estás llamado a añadir tu nombre a la lista
de los doce; cada uno es el decimotercer apóstol, cada uno escribe su quinto evangelio,
recibe la misma misión que los doce: anunciad que el reino de Dios está cerca. Decid:
Dios está cerca; Dios está con vosotros, con amor.
No existe ninguna escuela que enseñe a convertirse en
apóstol, porque no son las palabras, por muy bellas que sean, las que cuentan,
sino cuánta convicción, cuánta pasión y asombro contienen. ¿Cómo vas a dar
testimonio de que Dios está cerca, si tú mismo no lo sientes?
Dios no se demuestra, se muestra: con gestos de piedad
y compasión: curan, resucitan, sanan,
dan... El enviado es pobre: un bastón para apoyar el cansancio,
sandalias para ir y seguir yendo. No tiene bolsa ni dinero, pero tiene la paz
que ilumina los ojos y la fuerza que sostiene las manos; tiene alas de águila; un par de alas
más, un camino hacia el cielo y una palabra capaz de cautivar el corazón.
Cada uno, como Jesús, es encrucijada de lo finito y lo infinito, de pies polvorientos y alas de águila. La doble misión del discípulo es: existir para Dios, para sanar la vida. O al menos para cuidar, si no somos capaces de sanar, de rebaños y cosechas, de dolores y alas, de un mundo bárbaro y magnífico.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario