martes, 2 de junio de 2026

Cosechadores de Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Cosechadores de Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

La mies es mucha.

 

Yo, en cambio, creía que los campos de la vida eran áridos y que los tiempos eran malos. Yo habría dicho: hay mucho que arar y trabajar; para cosechar, al final, vale cualquiera. Hay demasiado sudor que mezclar con la semilla, una red que echar durante toda la noche, y tal vez sin pescar nada, como Pedro en el lago.

 

En cambio, Jesús nos sorprende: la cosecha es abundante.

 

Y nos hace comprender que el campo es suyo, que Él siembra, que Él hace crecer el mundo. Hay mucho que recoger porque la tierra es buena; la historia asciende, positiva, hacia un verano perfumado de frutos y no hacia un desierto sangriento.

 

Desde lo alto, Alguien mira y ve que el mundo sigue siendo algo bueno, como en el principio; sigue teniendo fe en la bondad del hombre, incluso en la mía. Cada corazón es un terrón de tierra sembrado de gérmenes divinos: un misterio pasa entre el corazón del individuo y Dios, en el que yo, recolector y pastor, no intervengo, sino que admiro y doy gracias.

 

El Señor busca cosechadores, porque el esfuerzo mayor ya lo ha hecho Otro, Aquel que aún sale a sembrar entre espinos y piedras, en caminos y en buena tierra, con las manos llenas, con el corazón lleno.

 

Pero ¿quién amontonará las cosechas de la paz, de la justicia, de la confianza, de la alegría? Son los discípulos que se convierten en apóstoles.

 

También tú estás llamado a añadir tu nombre a la lista de los doce; cada uno es el decimotercer apóstol, cada uno escribe su quinto evangelio, recibe la misma misión que los doce: anunciad que el reino de Dios está cerca. Decid: Dios está cerca; Dios está con vosotros, con amor.

 

No existe ninguna escuela que enseñe a convertirse en apóstol, porque no son las palabras, por muy bellas que sean, las que cuentan, sino cuánta convicción, cuánta pasión y asombro contienen. ¿Cómo vas a dar testimonio de que Dios está cerca, si tú mismo no lo sientes?

 

Dios no se demuestra, se muestra: con gestos de piedad y compasión: curan, resucitan, sanan, dan... El enviado es pobre: un bastón para apoyar el cansancio, sandalias para ir y seguir yendo. No tiene bolsa ni dinero, pero tiene la paz que ilumina los ojos y la fuerza que sostiene las manos; tiene alas de águila; un par de alas más, un camino hacia el cielo y una palabra capaz de cautivar el corazón.

 

Cada uno, como Jesús, es encrucijada de lo finito y lo infinito, de pies polvorientos y alas de águila. La doble misión del discípulo es: existir para Dios, para sanar la vida. O al menos para cuidar, si no somos capaces de sanar, de rebaños y cosechas, de dolores y alas, de un mundo bárbaro y magnífico. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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