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martes, 1 de septiembre de 2026

¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -.

¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -

No debió de ser fácil para los primeros discípulos y discípulas seguir a aquel hombre de Nazaret.

 

A menudo imaginamos su «» como un camino lineal, pero la realidad consistía en un enorme esfuerzo psicológico y espiritual.

 

Seguían a Jesús, habían abandonado las redes y las seguridades, y, sin embargo, la distancia entre la propuesta del Maestro y su realidad era abismal.

 

No se trataba solo de una cuestión de comprensión intelectual; se trataba de desmontar todo un universo simbólico construido a lo largo de siglos de historia.

 

En la mente de los contemporáneos de Jesús pesaba el legado de un paradigma cultual rígido.

 

La fe se entendía como un sistema de sacrificios, prescripciones y deberes.

 

En el centro se asentaba la imagen de un Dios exigente, un soberano que no perdonaba a los transgresores y que amenazaba con castigos eternos.

 

En este contexto, la religión se había convertido en un instrumento de control social.

 

Los líderes religiosos habían erigido un muro entre lo sagrado (relegado al Templo) y lo profano (la vida cotidiana del pueblo).

 

Este Dios deformado era, de hecho, un antagonista del hombre, una entidad que servía para justificar las lógicas de poder de los señores del Templo.

 

El riesgo de reducir a Dios a un juez severo es una tentación constante en la historia de las religiones.


Jesús irrumpe en este escenario con una fuerza subversiva.

 

Define la forma de entender la religión de los fariseos como una levadura mala, un fermento negativo capaz de contaminar toda la masa.

 

Su respuesta no es una nueva ley, sino una revelación: Dios es Padre y es misericordia infinita.

 

Mientras el Templo imponía preceptos, Jesús abría caminos de liberación.

 

Con Él, la separación entre lo sagrado y lo profano se derrumba definitivamente.

 

En Jesús, lo sagrado entra en el tiempo y en la carne: todo se sacraliza y ya nada debe ser sacrificado. Es la victoria de la vida sobre la muerte y del amor sobre el odio.


¿Por qué les costaba tanto entenderlo a los discípulos?

 

La respuesta reside en lo que podríamos definir como una colonización del imaginario.

 

Durante demasiado tiempo habían asimilado el mensaje de los líderes religiosos, llegando a confundir las tradiciones humanas con la Palabra de Dios.

 

Desenmascarar esta mistificación fue el acto más valiente de Jesús, pero también el que desató el odio del poder establecido.

 

Un Dios que lo perdona todo y a todos no conviene a quienes quieren someter al pueblo a través del miedo.

 

La misericordia no es un «buenismo» barato, sino la fuerza que destruye las lógicas del poder.

 

Entrar en el camino del Evangelio significa hoy aceptar el mismo sufrimiento de los discípulos: el esfuerzo por despojarse de la vieja religión hecha de miedo y negociación con lo divino.

 

El cambio es radical: pasar del Dios-tirano al Dios-amor.

 

Solo aceptando este despojo podemos revestirnos de la luz del Misterio de la misericordia, transformando la fe de una lista de obligaciones en una experiencia de auténtica libertad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 31 de agosto de 2026

Mientras vamos de camino…

Mientras vamos de camino…

Es en el atardecer, o tal vez en la noche, cuando ciertas palabras cobran peso.

 

Cuando el ruido del día se desvanece y las cosas parecen volver a su verdad más desnuda, entonces también el corazón de los discípulos y las discípulas puede reconocer lo que ha sucedido.

 

No se trata de un entusiasmo superficial, fruto de una emoción pasajera, sino de una alegría profunda, casi silenciosa, que arde en su interior como una lámpara encendida en la oscuridad.

 

Se han encontrado con el Resucitado. Y, a partir de ese encuentro, ya no pueden dar marcha atrás.

 

El Evangelio nos ofrece un dato decisivo: tras la resurrección, Jesús se manifiesta a los discípulos y a las discípulas.

 

No aparece como un espectáculo ofrecido indistintamente a todos, no se impone como una evidencia clamorosa ante el mundo. Se deja encontrar por aquellos que han aceptado seguirle, por quienes han caminado con Él, por quienes han escuchado su palabra, por quienes han dejado que esa palabra calara lentamente en su vida.


Al Resucitado no lo reconoce cualquier mirada, sino una mirada educada por el seguimiento.

 

Solo quien se ha puesto en camino puede percibir la presencia de Aquel que sigue caminando. Solo quien ha renunciado a otras voces, a otras promesas, a otras seducciones, puede distinguir en la noche la voz del Señor.

 

El discipulado es esta larga educación del oído y del corazón: aprender a escuchar, interiorizar, custodiar, vivir.

 

No basta con haber oído una palabra; hay que dejarse habitar por ella. No basta con haber seguido a Jesús durante un trecho; hay que permitir que su manera de amar se convierta en criterio, aliento, forma de existencia.

 

Por eso, el Resucitado se manifiesta en el seno de una historia de relación.

 

Él no es una idea que consuela, ni el recuerdo conmovedor de un maestro desaparecido. Es el Viviente que se da a conocer a quien ha aprendido a amarlo.

 

Así nace la fe pascual: no como una posesión, sino como un reconocimiento; no como una conquista, sino como un don que sorprende a quien ya se había dejado guiar.


En el rostro del Resucitado, los discípulos vuelven a encontrar la verdad de todo lo que habían escuchado, pero ahora esa verdad resplandece con una luz nueva, más fuerte que el miedo, más profunda que la muerte.

 

Detrás de la sencilla e inmensa expresión: «¡Hemos visto al Señor!», se esconde toda la alegría de quienes han atravesado la noche y han descubierto que la noche no ha tenido la última palabra.

 

Hay el asombro de quienes aún llevan consigo el recuerdo de la pérdida, de la huida, de la fragilidad, pero ahora sienten cómo se abre una herida luminosa en la oscuridad.

 

La resurrección no borra la historia vivida, no elimina los miedos, no olvida las lágrimas; las atraviesa y las transfigura. Es precisamente de ahí, de esa zona herida de la existencia, de donde nace un testimonio verdadero.

 

La alegría de los discípulos y las discípulas no es una euforia superficial.

 

Es la alegría austera y ardiente de quienes han experimentado el Misterio revelado en Jesús. Es una alegría que no necesita gritar para ser fuerte, porque nace de la verdad de un encuentro. Precisamente por eso se convierte en anuncio.


Quien ha visto al Señor no puede guardar esa luz para sí mismo. El testimonio no nace de un deber externo, sino de una plenitud que busca la comunión, de una vida que ha recibido sentido y desea compartirlo.

 

Y de todo ello surge otro rasgo valioso: el anuncio de la alegría tiene lugar en el seno de relaciones de amistad.

 

Son discípulos y discípulas que se buscan, se hablan, se cuentan lo que han vivido. Antes incluso de convertirse en predicación pública, el Evangelio pasa a través de la confianza de rostros conocidos, a través de la confianza de quienes comparten el mismo camino.

 

Hay un primer anuncio que nace entre amigos y amigas, en el seno discreto de relaciones marcadas por la escucha, por la memoria común, por la esperanza guardada juntos.

 

En este compartir, la fe cobra vigor. La alegría de uno sostiene la debilidad del otro; la palabra recibida de una discípula reaviva la espera de un discípulo; la experiencia narrada por un amigo impide que la noche se cierre definitivamente.


Así, el Evangelio vuelve a circular, no como teoría, sino como vida que pasa de corazón a corazón.

 

El anuncio pascual refuerza las decisiones tomadas, confirma el camino emprendido, devuelve sentido al seguimiento que la cruz parecía haber desmentido.

 

Quizá este sea precisamente el secreto de la noche pascual: en la oscuridad no todo está perdido.

 

Hay palabras que esperan ser comprendidas, promesas que parecían enterradas y, sin embargo, aún respiran, amistades que se convierten en lugar de revelación.

 

El Resucitado sigue manifestándose a quienes siguen siendo discípulos, a quienes no dejan de escuchar, a quienes aceptan dejarse convertir por la palabra del Señor.

 

Y así, también nosotros, en la noche de nuestras incertidumbres, podemos aprender a reconocer su presencia y a decir, con alegría humilde y verdadera: hemos visto al Señor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 16 de mayo de 2026

Hacerse compañero de camino.

Hacerse compañero de camino

Me imagino que quienes se encuentran fuera o al margen de la Iglesia observan el mensaje cristiano y emiten un veredicto de indiferencia, a veces de rechazo, ante una forma de estar en el mundo que perciben como arqueología del pasado, algo irrelevante, algo autorreferencial...

 

Imagino que para la Iglesia hasta se trata más de un tema de relación que un tema de lenguaje o de contenidos, es decir, de cómo acercarse al otro, de qué lugar se le reconoce, de si se le considera sujeto u objeto…

 

El Evangelio, si se toma en serio, ofrece algo mucho más radical que cualquier estrategia comunicativa.

 

La escena de Emaús es un paradigma completo y vale la pena releerla con atención.

 

El Resucitado alcanza a los dos discípulos mientras caminan; no los espera en el Templo, no les pide que regresen al cenáculo, ni pronuncia un sermón moral sobre su huida de Jerusalén.

 

Les pregunta: «¿De qué habláis?»

 

Y escucha.

 

Se adentra en su dolor y en su interpretación de los acontecimientos antes de ofrecer su respuesta.

 

Solo después, cuando hay un espacio de confianza mutua, abre paulatinamente el corazón y la mente a las Escrituras.

 

No impone nada: se dispone a marcharse y ellos lo retienen. La maduración de la fe tiene lugar en ellos, no les viene impuesta desde fuera.



Esta secuencia —llegar al otro donde está, escuchar sin condiciones previas, compartir la propia visión sin exigirla, celebrar juntos y dejar libre la maduración— no es una técnica pastoral.

 

Es una estructura relacional muy precisa en la que el otro es un sujeto, no un destinatario, es decir, alguien que ya posee su propia interpretación de la existencia que merece ser escuchada antes incluso de ser corregida o completada.

 

Sobre todo es el Espíritu el que siempre nos precede, independientemente de que frecuente o no una comunidad cristiana, de se practique o no, de…

 

Y aquí entra una cuestión estructural.

 

La Iglesia sigue siendo, en la inmensa mayoría de sus formas concretas de existir, una Iglesia organizada por funciones: el párroco que celebra, el catequista que instruye, el asesor que orienta, el Obispo que decide, y así sucesivamente.

 

Cada rol tiene su título, su grado, su competencia reconocida por la institución.

 

El laico, en este esquema, es el destinatario final de una cadena de servicios eclesiásticos, más que el sujeto principal de la misión.

 

Mientras la estructura siga siendo esta, el paradigma de Emaús se convierte inevitablemente en otra técnica pastoral: el sacerdote más empático, el grupo más acogedor, la liturgia más participativa…

 

Formas nuevas, tal vez solamente recalentadas, para un esquema viejo.


Llegados a este punto, uno hasta imaginaría que el cambio que se necesitaría fuera de otro orden: pasar de una Iglesia organizada por funciones a una Iglesia organizada por servicios, donde el término «servicio» pudiera entenderse en sentido evangélico, no burocrático.

 

No una suma de prestaciones dispensadas por especialistas en lo sagrado, sino una comunidad en la que cada uno contribuye según el carisma recibido en el bautismo y en la que la autoridad sigue a la competencia efectiva y al servicio real, no al grado jerárquico.

 

En esta Iglesia, el presbítero, ni es considerado ni se considera a sí mismo el centro del que todo parte sino que desempeña uno de los servicios que la comunidad expresa y de los que necesita: el centro es la comunidad cristiana.

 

Esto lo cambia todo en la relación con quien está fuera de la comunidad cristiana.

 

No porque se encuentre un lenguaje más eficaz o un contenido más creíble, sino porque cambia el sujeto que se encuentra con el otro.

 

La institución que extiende sus servicios hacia el exterior desaparece para dar paso a una comunidad de bautizados que vive en el mundo, lo habita, comparte sus preguntas, asume sus respuestas y entra en diálogo, y lleva a esa vida común una fe que no pide ser importada, sino reconocida allí donde ésta, vive, trabaja,…

 

Emaús, en el fondo, no es una historia de evangelización exitosa. Es una historia de reconocimiento: dos personas que, al caminar junto a un desconocido, encuentran al Resucitado re-conociéndolo de una manera nueva y sorprendente.

 

El Resucitado no lleva la fe a los discípulos de Emaús sino que la despierta. Puede hacerlo porque no se presenta como autoridad, sino como compañero de camino.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de abril de 2026

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -.

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -

Estaban convencidos de que, para encontrar la paz, bastaba con dejar atrás Jerusalén y a la pandilla de ilusos como ellos.

 

En realidad, a medida que avanzaban hacia Emaús, descubrían que las cosas no eran exactamente así.

 

Es más: a veces ocurre que, incluso con el paso del tiempo, resurge un mundo que creíamos muerto y enterrado.

 

De hecho, justo cuando habían emprendido el camino de vuelta a casa, ahí estaban, incapaces de dejar de pensar en lo que les había sucedido apenas dos días antes.

 

Habían soñado despiertos mientras seguían a Jesús, que hablaba como nadie lo había hecho antes, que realizaba prodigios y señales, que era buscado y rodeado por una humanidad tan variada como el camino de cada hombre.

 

Habían creído y se habían comprometido con aquel hombre al que no tardaron en reconocer como el Mesías esperado. ¿Pero y después? «Nosotros esperábamos…», confesarán con amargura poco después.

 

De repente se dan cuenta de que alguien acelera el paso para alcanzarlos.

 

Es uno como ellos, pero desconoce cuál es el motivo de la tristeza que se lee en su mirada antes que en sus palabras.

 

Y, según el estilo propio de Dios, se acerca a ellos partiendo precisamente de su condición: en este caso, en la hora de la aflicción, Tomás en la hora de la duda, María Magdalena en el momento del llanto, los Once mientras están presa del miedo.

 

Siempre así: se pone en nuestra piel, sea cual sea nuestra situación.

 

El tema que anima la discusión es sin duda algo candente. Los tonos resultan bastante acalorados. No podía ser de otra manera.

 

¿Acaso no es cierto que solemos hablar de lo que más nos importa? ¿Y que nos importa lo que para nosotros es el sentido de la vida, y el sentido de la vida es aquello o aquel a quien amamos?

 

Efectivamente: están hablando de él, del Señor, de aquel que se ha puesto a su nivel.


Y justo cuando la conversación se vuelve más acalorada, ahí está él, interviniendo no con un discurso, sino con una pregunta que capta, aquí y ahora, qué ha sucedido para perturbar su estado de ánimo. «¿De qué habláis? ¿Qué os preocupa?»

 

¡Qué delicadeza pedagógica!

 

La pregunta que plantea Jesús se inscribe en la escucha de lo que preocupa a sus interlocutores.

 

No da discursos, sino que les deja hablar.

 

Si hubiéramos estado en su lugar, sabiendo cómo habían ido realmente las cosas, no habríamos dudado en poner los puntos sobre las íes. Nada de eso.

 

La pregunta, ante todo.

 

Hay momentos, de hecho, en los que más que una respuesta necesitamos a alguien capaz de llevar nuestro peso, de compartir nuestro dolor.

 

Y, así, precisamente el interés por ellos comienza a encender el corazón. Habla de manera que enciende algo que suena como una forma diferente de leer las cosas.

 

El maestro es aquel que sabe reavivar las brasas encendidas bajo la ceniza que se ha depositado sobre ellas.

 

El dolor que llevan en el corazón aún no ha apagado del todo la mecha humeante de la fe. Esto se deduce de la descripción tan detallada de cómo habían ido las cosas.

 

Jesús, por otra parte, percibe que los dos, como todos nosotros, no necesitan condena sino atención, no una sentencia, sino compañía, no prescripción sino consuelo, no una palabra gritada sino una susurrada al corazón: necesitaban una caricia, no un palo.

 

Solo son un poco lentos a la hora de confiar, pero esta confianza no se ha apagado en absoluto en su interior, como tampoco en el nuestro.

 

La gracia, aquella tarde camino de la noche, la gracia en nuestras noches, es encontrar a alguien que no apague, sino que haga que la llama apagada recupere su vigor.

 

Había dado a entender que la experiencia del Gólgota no debía interpretarse ante todo como un fracaso, sino como una revelación: allí se había revelado la forma en que cada hombre es querido por Dios.

 

La cruz revela siempre quién es Dios y quién es el hombre. Es la prueba la que mide lo que cada uno lleva en su corazón (cf. Dt 8,2).

 

Hablamos un poco precipitadamente de resurrección, pero olvidamos que se trata de una Pascua, de una laceración, de algo que se rompe, se parte, se abre para que suceda otra cosa.

 

No hay ninguna petición en las palabras de Jesús.


 

Y es aquí donde surge espontáneo el impulso del corazón: «Quédate, quédate con nosotros porque ya es tarde».

 

Parece un gesto de atención hacia él, que solo querría continuar en la noche, pero en realidad están confesando todo lo contrario: «Una presencia como la tuya es la que necesitamos cuando el sol se pone, incluso antes de que se ponga sobre nuestros días, en nuestros corazones».

 

No podía ser de otra manera: las suyas no eran palabras vacías, sino que, mientras habla, calientan; mientras articula sonidos, no solo acarician los oídos, sino que encienden el corazón.

 

No tuvieron tiempo de abrir los ojos mientras lo reconocían en su gesto más característico, el de partir el pan, cuando él ya había desaparecido.

 

La suerte de los dos de Emaús fue precisamente haberse dejado interrogar por un desconocido sin encerrarse en su decepción.

 

Necios, pero no tanto como para rechazar un diálogo; tardos de corazón, pero no hasta el punto de quedarse sentados al borde del camino.

 

No, nos centremos tanto en qué ven los discípulos, qué oyen, qué dicen; sino en el cómo: cómo se muestran dispuestos a acoger un encuentro inesperado, cómo se presentan ansiosos de una palabra que tenga sentido, cómo se dejan acompañar, cómo se conceden la libertad de que se les explique lo que creen saber ya, y que en realidad no saben.

 

Porque reconocer a Jesús, en el fondo, y según la lección de Emaús, significa recordar que su lugar está en otra parte. En otra parte, no donde pretendemos que esté.

 

Y esto nos empuja siempre a buscarlo para que Él se haga el encontradizo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 11 de abril de 2026

Un Extraño que enciende la Vida - San Lucas 24, 13-35 -.

Un Extraño que enciende la Vida - San Lucas 24, 13-35 -

A los corazones tibios, a quienes fingen enamorarse, a quienes hablan del Señor con jerga de burócrata clerical y religiosa, a quienes guardan en el corazón la sed de poder, a quienes no saben llorar, a quienes no saben alegrarse, a quienes no se enfadan, a quienes siempre tienen el control, a quienes lo explican todo, a quienes no se conmueven, a quienes quieren enseñarme cómo debo responder al dolor, a todos vosotros, de corazón apagado,…, por favor, no me habléis de Dios.

 

«Era necesario que Cristo pasara por estos sufrimientos para entrar en su gloria», ¿quién puede soportar el peso de esta frase?

 

«Corazones lentos», dice Jesús a los dos discípulos. Corazones lentos, de esa lentitud que nos envuelve y nos oprime la garganta cuando el dolor decide clavarse en nuestra carne. Y, sin embargo, en ese sufrimiento está Su presencia. En todo sufrimiento. Hay que pasar por ahí. Y no una vez para siempre. No como un incidente de camino.

 

Por favor, dejemos  de decir que nos olvidaremos de este dolor. Porque yo no quiero olvidarlo. Al contrario, quiero convertirlo en memoria. ¿Pero entendemos que lo único que podemos decir de Él es su presencia en el corazón del dolor?


Haced esto en memoria mía. Y no está hablando del paraíso, sino de carne y pan y vino y sangre. Memoria de la cruz, memoria del amor. Memoria de una Última Cena en la que el amor y la muerte nunca estuvieron tan cerca. Memoria de cuando Él estaba con nosotros y no lo reconocimos. Memoria de cuando Él está con nosotros, conmigo, ahora, y yo quiero huir.

 

Los dos de Emaús no lo reconocen en Emaús, lo reconocen en la memoria de la Última Cena. Donde solamente quien ama de verdad entiende.

 

Y luego un relato, al principio de todo un gran relato. Uno de esos que dan ganas de escuchar millones de veces. Es uno de los tres de mis relatos preferidos de los Evangelios.

 

Todo empieza siempre con una historia que contar, con una historia que me cuenta. Es más, si leemos bien este relato, todo empieza con alguien que escucha. Porque, ante todo, Jesús, como siempre, pregunta y escucha. «¿De qué habláis entre vosotros por el camino?».


No sé muy bien qué nos deparará el futuro, ni siquiera me apasiona demasiado el destino de la Iglesia, de la Congregación,…, ya ha comenzado hace tiempo a no interesarme lo más mínimo…

 

Creo, en cambio, que el Resucitado camina con nosotros habitando las preguntas de las personas que tienen ganas de escuchar, de escuchar de verdad. Es decir, de dejarse fecundar por las palabras del otro, de aquellos que tienen ganas de confiar en el otro y de cambiar de punto de vista gracias al otro.

 

Habrá una buena parte de la Iglesia que seguirá queriendo explicar a cada persona cómo debe comportarse para heredar el Reino, y habrá alguien que simplemente escuchará con interés las dificultades de la gente.

 

No sé cómo será el futuro, pero me gustaría pensar en una comunidad como un espacio en el que, juntos, sentados unos junto a otros, intentaremos, en silencio, escuchar…

 

¿Qué son estas conversaciones que estáis teniendo? Somos nosotros. Y estamos confundidos mientras seguimos caminando... con este Extraño que habla encendiendo Vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Emaús como parábola - San Lucas 24, 13-35 -.

Emaús como parábola - San Lucas 24, 13-35 -

Reconocer. No «creer» ni «ver». La fe es un acto de «reconocimiento».

 

No es fácil.

 

No puedes mostrar nada más que el pasado. Heridas incluidas. Jesús no abre ventanas al paraíso, Jesús deja que la luz ilumine el pasado a través de las heridas.

 

En el fondo, habría sido más sencillo creer en un Resucitado al que buscar en otra parte. «Todo irá bien», nos repetimos, pero la fe no funciona así; la fe es reconocer su presencia, su paso por el camino de los hombres. Un camino casi siempre arduo. Y, sin embargo, recorrido. Él es Aquel que ha atravesado y sigue atravesando mi historia. Sin resolverla.

 

La fe no es lanzar el corazón más allá del obstáculo, esperar en el paraíso. La fe es un acto de valentía. Y de memoria. Volver a empezar, reincorporarse a la vida y descubrir que Él ha pasado por ahí.


Aunque no lo imagináramos así. Aunque no lo queramos así, aunque sintamos que ese rostro de Jesús sufriente y apasionado por los hombres no nos llevará lejos. Aunque sea hacer memoria de un fracaso. Aunque, cuando Él estaba allí, nosotros huimos.

 

Porque lo divino no es en absoluto consolador. Y soportar Su rostro es también terrible. Por favor, dejemos de hablarme del amor como de algo que hace la vida fácil. Todos sabemos que a menudo huimos del amor, porque el amor nos expone y da miedo.

 

«Entonces se les abrieron los ojos», me vienen a la mente Adán y Eva, se les abrieron los ojos y descubrieron que estaban desnudos. Y el paraíso se cierra. He aquí, creo que la fe es exactamente esto. Descubrir que estamos desnudos. Y que Dios también está desnudo.


Dejemos de cubrir ese cuerpo expuesto en la cruz con vestimentas de todo tipo para ocultar el escándalo. Dejemos que sean los soldados quienes pongan el manto a Jesús, para burlarse de Él. Quien lo reduce a ser un rey poderoso según nuestra lógica, quien usa la religión para el poder, se burla de Jesús y se burla de sí mismo.

 

La fe son ojos que se abren al drama de la desnudez. Creer es como hacer el amor, hay que estar desnudo y expuesto. Y estar dispuesto al dolor. De la entrega. Total.

 

Reconocerlo en ese gesto del pan partido y en esa bendición derramada sobre corazones asustados y traidores. Reconocerlo gracias a un corazón que vuelve a latir, que «arde en el pecho», un fuego, único gesto digno de confianza.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi personal Emaús - San Lucas 24, 13-35 -.

Mi personal Emaús - San Lucas 24, 13-35 -

Me preguntas adónde voy; estoy quieto, estoy a punto de responder, pero no es cierto, me digo que no es cierto, siento que no es cierto, el movimiento es inexorable, ahora es incluso más dulce, voy hacia mí mismo, le digo, y mientras camino, el Viviente camina a mi lado, camina dentro de mí, delante, encima, debajo… por todas partes. Y relato la compañía de su presencia; este es mi Emaús que no pasa.

 

Incluso cuando estoy quieto todo se mueve, estoy volviendo a casa, digo, y por fin estamos juntos, y por fin soy fiel a la vida que me fue puesta en las manos hace tantos años.

 

Creía que huía de la cruz y simplemente estaba empezando a volver a casa, siempre he confundido el manantial con la desembocadura, ahora solo soy una desembocadura entre sus brazos. Siempre estoy en Emaús.

 

No, no estoy solo, nunca estoy solo, la amiga llora de cariño por un pedazo de vida, la madre ha perdido a su hijo, el amigo decide por sí mismo y comunica el cambio, alguien busca que le escuchen, yo no siempre puedo, no siempre lo consigo,…, pero nunca estoy solo, y todo habla de Él, siempre hablamos de Él incluso cuando parece que el encuentro se llena de otra cosa. Ya lo he dicho muchas veces, me parece siempre visible Su rostro.

 

A veces los ojos me duelen al menos tanto como los pies, hinchados, rotos y cortados, cerrados por demasiados pasos en falso o por simple costumbre, ojos miopes y con vista cansada.


Para verlo tengo que esperar a que haya pasado, a veces, como si necesitara la sombra, o quisiera volver a atrapar un destello de belleza que, captado en el presente, sin duda me habría incinerado de asombro.

 

A veces, en cambio, necesito agarrarlo enseguida, conozco el riesgo de unos ojos demasiado abiertos ante el misterio, lo deseo y lo busco, solo que ahora a menudo los ojos lloran, se derriten, el corazón no aguanta el impacto de una vida multiplicada. ¿Se puede morir por exceso de amor?

 

Como geógrafos, los ojos cartografían nuevos territorios; me habría conformado con menos vida; así, el corazón corre el riesgo de romperse, el amor de embriagarme; tengo miedo de enamorarme demasiado del presente, de lo que veo, de cómo Él se asoma y aparece.

 

El ciento por uno se me ha dado con creces. De su abundancia yo también he recibido gracia tras gracia. Me habría conformado con menos, mientras mi Emaús graba la Escritura en la gramática de los sucesos de la cotidianidad.

 

Algunos días aún me veo reflejado en los rostros tristes de quienes creían creer, trazo sincera comprensión entre las arrugas de quienes deambulan perdidos y con esfuerzo intentan coser los desgarros de acontecimientos dolorosos y tristes.



En el fondo amo los pies firmes y los rostros tristes que saben contar sus propios extravíos, sin protegerse; amo los rostros tristes porque ahora sé que Él ya está ahí caminando al lado y escuchando. Y yo no tengo más que creerlo. Y ahora lo creo incluso antes de entenderlo.

 

Él ya está; antes de que lo notemos, Él está. He aquí que, en mi Emaús, he aprendido a apartarme; con curiosidad me pregunto dónde estará sentado mientras el dolor se exprime en las noticias, dónde, inmóvil y conmovido, desde qué lado de la mesa está acariciando este dolor inconsolable, desde qué rincón del mundo está llorando de compasión.

 

Y así, mientras florecen preguntas, oraciones o quejas… trato de respirar su presencia. Y doy gracias, solo doy gracias, incluso por cada sueño roto y por las lágrimas y por la vida que viene tal y como quiere venir.

 

En mi Emaús sucede que aún me sorprende cómo es posible sentirlo ya presente… cuando me dejo abrazar y cedo. Sé que la cabeza se empeña en explicar y opone todo tipo de resistencia, sé bien que alguien todavía se engaña creyendo que creer es comprender como si la fe fuera un don solo para algunos. Para los locos, para quienes pierden la cabeza o la rompen, o la olvidan.


En mi Emaús, la Escritura siempre se encarna y revela y muestra, despliega los corazones, sopla en las nubes de los acontecimientos; en mi siempre presente Emaús, la Escritura me devuelve a mí mismo, ya no hay lugar para interpretaciones ideológicas.

 

En mi Emaús, la Palabra siempre habla a un solo corazón, de uno en uno, y lo besa con los besos de Su boca. Señor, bésalo, le digo; aunque mi corazón no entienda, bésalo; aunque tiene miedo, bésalo; mi corazón, tantas veces necio, al final se desatará.

 

En mi Emaús, las cosas serias suceden a la mesa, allí donde el deseo implora y las manos finalmente aprenden a recibir.

 

En mi Emaús suele ser de noche, para que nadie vea, y lo invisible siempre tiene derecho de asilo; en mi Emaús uno puede sumergirse entre las estrellas y seguir volviendo a casa, junto a quien ama, y mirándole a los ojos sentir que Él está ahí, discreto y misterioso, siempre sorprendente, que ya está ahí con nosotros.

 

Y dar gracias por este amor resucitado multiplicado por cien.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi camino de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -.

Mi camino de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -

11 kilómetros. Esa es la distancia de mis huidas. El camino, quizá, más transitado de mi vida. Me lo sé de memoria, de tanto recorrerlo, a veces incluso varias veces al día: de Jerusalén a Emaús. Solo de ida. Sin vuelta atrás. Más bien al contrario. Desde Emaús, hogar de la huida, hacia otro hogar de la huida, y luego otro más, y otro más. Mis huidas son imparables.

 

11 kilómetros. No son muchos, pero cuando el corazón se encuentra midiendo vacíos y ninguna luz, ni siquiera la del día, viene a aliviar tu camino, se vuelven interminables, pesados. ¿Pero cuándo se llega? ¿Nunca se llega al fondo? ¿Hay entonces un fondo, si es cierto, como es cierto, que a veces, justo cuando parece que respiras aliviado, ahí estás de nuevo en la calle?

 

11 kilómetros. Cuando el trauma que llevas dentro es el de un sueño roto, arrebatado, la decepción y la insistencia de los recuerdos no pueden hacer otra cosa que mantenerte prisionero, inmóvil.

 

11 kilómetros. Poco más de dos horas de camino… aunque parecen años. Y hablas, como en un monólogo, de lo que fue, de lo que pudo haber sido, de lo que debía haber sido. Por eso los 11 kilómetros de los dos de Emaús atraviesan con tanta fuerza el mapa de nuestras inquietudes.

 

11 kilómetros. Todo ha terminado. Los proyectos, las esperanzas, los sueños tejidos pacientemente a lo largo de años de seguimiento se desvanecen en el giro de unas pocas horas en las que ha pasado de todo. A ese Jesús y también a nosotros.


11 kilómetros. Todas las cosas que hemos construido, por las que nos hemos gastado, por las que hemos sudado, luchado y llorado, por las que incluso hemos arriesgado, nos hemos expuesto, están definitivamente selladas y oscurecidas tras esa gran piedra rodada contra la entrada de ese sepulcro nuevo, excavado en la roca. Nunca lo hubiéramos esperado. Increíble, precisamente. Mejor dejarlo estar: cada uno a lo suyo.

 

11 kilómetros. Por suerte, o mejor dicho, «por gracia», el Evangelio, el de Jesús, inspirado por su Espíritu, cuenta también esos 11 kilómetros, al igual que cuenta las resistencias de Tomás, el llanto de María, el grito de abandono de Jesús. Y me siento aliviado. Sí.

 

Porque esos 11 interminables kilómetros son los mismos que recorre Dios. Y no en dirección opuesta. Los recorre en la de la huida, Él también. No es Él quien marca el paso o la dirección. Un Dios mezclado con mi búsqueda a tientas, a ciegas, ya que los ojos están impedidos.


He aquí el Evangelio, la Buena Nueva para mí. Hay alguien que, mientras tú tomas el camino de la huida, no te dice: «apáñatelas» o «¿te das cuenta de adónde vas?», sino «Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos».

 

11 kilómetros y un Dios compañero de huida. En mi mismo camino. Y no pretende ningún discurso totalizador, se conforma con que se siga hablando de Él, incluso a contracorriente. Las conversaciones del camino no le impiden compartir el trayecto.

 

No un enfrentamiento frontal, sino caminar al lado escuchando las razones del otro, abre una lectura diferente de la historia. Sabiendo que nadie es tan presuntuoso o agresivo, todos estamos simplemente decepcionados y desorientados, incluso cuando ostentamos seguridad. Lo que nos salva es escuchar las preguntas y compartir un tramo de camino, aunque sea el de la huida.


Y acepta ser un desconocido no reconocido. Dios entra en nuestra vida nunca a través de lo ya conocido, sino siempre a través del «extraño», aquello o aquel que no es homologable a nosotros. Cuando, de hecho, se le reconoce, desaparece de la vista. Y así, la historia de las apariciones es en realidad una historia de desapariciones. No muestra ningún signo evidente, ninguna ostentación, salvo ponerse a su nivel y mantener viva la pregunta. ¡Y quién lo hubiera esperado jamás!

 

¡Incluso una vía de huida, la oportunidad para el encuentro con el Dios vivo!

 

La vía de escape se convierte en el lugar del Evangelio de un Dios que establece conexiones, que vuelve a poner en contacto con una historia de la que uno querría distanciarse. El problema, de hecho, es quedarse en una lectura superficial, fenoménica, incapaces de leer en el interior, de leer más allá, incapaces de dejarse iluminar por la Palabra de Dios.

 

Y así, antes de abrirles los ojos, Jesús les abre la mente explicándoles esos acontecimientos a la luz de las Escrituras: su propia historia debe leerse a la luz de la historia de Jesús. Incluso la experiencia del fracaso o del límite debe leerse bajo otra luz.

 

Y sin embargo —algo realmente interesante— los dos no creen en la resurrección porque finalmente Jesús les haya explicado cómo estaban realmente las cosas, sino por una hospitalidad compartida.

 

Él se revela en el gesto cotidiano de la cena. Es el gesto del pan compartido el único criterio de reconocimiento del discípulo del Señor. Han reconocido el gesto de partir el pan, signo inconfundible de cómo Dios está presente en la vida del hombre: partiéndose y ofreciéndose a sí mismo.

 

Lo suficiente para volver a ponerse en camino, el mismo de la huida retomada desde el fondo, afrontando también la noche. No se necesita nada más. ¿Pero me basta a mí?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...