Mi camino de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -
11 kilómetros. Esa es la distancia de mis huidas. El camino, quizá, más transitado de mi vida. Me lo sé de memoria, de tanto recorrerlo, a veces incluso varias veces al día: de Jerusalén a Emaús. Solo de ida. Sin vuelta atrás. Más bien al contrario. Desde Emaús, hogar de la huida, hacia otro hogar de la huida, y luego otro más, y otro más. Mis huidas son imparables.
11 kilómetros. No son muchos, pero cuando el corazón
se encuentra midiendo vacíos y ninguna luz, ni siquiera la del día, viene a
aliviar tu camino, se vuelven interminables, pesados. ¿Pero cuándo se llega?
¿Nunca se llega al fondo? ¿Hay entonces un fondo, si es cierto, como es cierto,
que a veces, justo cuando parece que respiras aliviado, ahí estás de nuevo en
la calle?
11 kilómetros. Cuando el trauma que llevas dentro es
el de un sueño roto, arrebatado, la decepción y la insistencia de los recuerdos
no pueden hacer otra cosa que mantenerte prisionero, inmóvil.
11 kilómetros. Poco más de dos horas de camino… aunque
parecen años. Y hablas, como en un monólogo, de lo que fue, de lo que pudo
haber sido, de lo que debía haber sido. Por eso los 11 kilómetros de los dos de
Emaús atraviesan con tanta fuerza el mapa de nuestras inquietudes.
11 kilómetros. Todo ha terminado. Los proyectos, las
esperanzas, los sueños tejidos pacientemente a lo largo de años de seguimiento
se desvanecen en el giro de unas pocas horas en las que ha pasado de todo. A
ese Jesús y también a nosotros.
11 kilómetros. Todas las cosas que hemos construido, por las que nos hemos gastado, por las que hemos sudado, luchado y llorado, por las que incluso hemos arriesgado, nos hemos expuesto, están definitivamente selladas y oscurecidas tras esa gran piedra rodada contra la entrada de ese sepulcro nuevo, excavado en la roca. Nunca lo hubiéramos esperado. Increíble, precisamente. Mejor dejarlo estar: cada uno a lo suyo.
11 kilómetros. Por suerte, o mejor dicho, «por gracia», el Evangelio, el de
Jesús, inspirado por su Espíritu, cuenta también esos 11 kilómetros, al igual
que cuenta las resistencias de Tomás, el llanto de María, el grito de abandono
de Jesús. Y me siento aliviado. Sí.
Porque esos 11 interminables kilómetros son los mismos
que recorre Dios. Y no en dirección opuesta. Los recorre en la de la huida, Él
también. No es Él quien marca el paso o la dirección. Un Dios mezclado con mi
búsqueda a tientas, a ciegas, ya que los ojos están impedidos.
He aquí el Evangelio, la Buena Nueva para mí. Hay
alguien que, mientras tú tomas el camino de la huida, no te dice: «apáñatelas»
o «¿te
das cuenta de adónde vas?», sino «Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos».
11 kilómetros y un Dios compañero de huida. En mi
mismo camino. Y no pretende ningún discurso totalizador, se conforma con que se
siga hablando de Él, incluso a contracorriente. Las conversaciones del camino
no le impiden compartir el trayecto.
No un enfrentamiento frontal, sino caminar al lado
escuchando las razones del otro, abre una lectura diferente de la historia.
Sabiendo que nadie es tan presuntuoso o agresivo, todos estamos simplemente
decepcionados y desorientados, incluso cuando ostentamos seguridad. Lo que nos
salva es escuchar las preguntas y compartir un tramo de camino, aunque sea el
de la huida.
Y acepta ser un desconocido no reconocido. Dios entra en nuestra vida nunca a través de lo ya conocido, sino siempre a través del «extraño», aquello o aquel que no es homologable a nosotros. Cuando, de hecho, se le reconoce, desaparece de la vista. Y así, la historia de las apariciones es en realidad una historia de desapariciones. No muestra ningún signo evidente, ninguna ostentación, salvo ponerse a su nivel y mantener viva la pregunta. ¡Y quién lo hubiera esperado jamás!
¡Incluso una vía de huida, la oportunidad para el
encuentro con el Dios vivo!
La vía de escape se convierte en el lugar del Evangelio
de un Dios que establece conexiones, que vuelve a poner en contacto con una
historia de la que uno querría distanciarse. El problema, de hecho, es quedarse
en una lectura superficial, fenoménica, incapaces de leer en el interior, de
leer más allá, incapaces de dejarse iluminar por la Palabra de Dios.
Y así, antes de abrirles los ojos, Jesús les abre la mente
explicándoles esos acontecimientos a la luz de las Escrituras: su propia
historia debe leerse a la luz de la historia de Jesús. Incluso la experiencia
del fracaso o del límite debe leerse bajo otra luz.
Y sin embargo —algo realmente interesante— los dos no
creen en la resurrección porque finalmente Jesús les haya explicado cómo
estaban realmente las cosas, sino por una hospitalidad compartida.
Él se revela en el gesto cotidiano de la cena. Es el
gesto del pan compartido el único criterio de reconocimiento del discípulo del
Señor. Han reconocido el gesto de partir el pan, signo inconfundible de cómo
Dios está presente en la vida del hombre: partiéndose y ofreciéndose a sí
mismo.
Lo suficiente para volver a ponerse en camino, el
mismo de la huida retomada desde el fondo, afrontando también la noche. No se
necesita nada más. ¿Pero me basta a mí?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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