Contemplando el relato de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -
Jesús está en nuestra vida, es cierto.
Lo hemos conocido, lo escuchamos, lo amamos y, de
alguna manera, lo seguimos. Sí: somos discípulos, o quisiéramos serlo. Incluso
en estos tiempos de discernimiento y de prueba para nuestra Iglesia europea,
incluso en este mundo que nos aturde con su violencia.
Jesús está ahí, sin duda. Y sabemos que ha resucitado,
lo creemos, yo lo creo.
Y, sin embargo, a pesar de su presencia, a pesar de
los mil signos y consuelos, hay épocas y momentos en los que nos parece que nos
ahogamos, abrumados por tantas contradicciones, por tantas cosas que hacer, por
los problemas que se suceden uno tras otro, con la experiencia y la conciencia
de nuestras limitaciones.
Entonces prevalecen la tristeza y el desánimo, a pesar
de todo. Entonces caemos en el victimismo y tenemos mil y mil razones para
decirnos que estamos insatisfechos.
Siempre encontramos a alguien como nosotros y hablar
de nuestras desgracias, quién sabe por qué, parece una buena idea. Como para
tener la confirmación de que no hay salida. Y la vida es una cruz que hay que
llevar, y de qué manera.
Se necesita tiempo para convertirse a la alegría del
Nazareno, seamos sinceros.
Nos resulta más natural el llanto, el lamento, el
desánimo. Todos tenemos miles de razones para sentirnos perseguidos, incomprendidos,
con una deuda con Dios y con el mundo.
Entonces, claro, sentimos cierta afinidad con la cruz.
Nos gusta, a fin de cuentas.
Porque, en el fondo, proyectamos nuestra frustración
sobre Dios.
Como diciendo: no soy el único que sufre, también lo
hizo Jesús, también lo hizo Dios.
Y ahí vamos, regodeándonos en nuestra desgracia, diciendo además que debemos llevar la cruz, sintiéndonos autorizados a compadecernos de nosotros mismos por los siglos de los siglos. Desgraciados y benditos.
Entonces el Resucitado se arremanga y viene a
sacudirnos uno por uno.
Y nos sacude, nos despierta, nos acompaña fuera del
sepulcro.
Él ha abandonado el sepulcro.
Nosotros no.
Por eso el Resucitado se toma la molestia de ir tras
nosotros por los caminos del mundo.
Mejor salir de Jerusalén, se respira un aire muy malo.
Los discípulos han huido todos o se han refugiado en
el sepulcro.
Dos de ellos han tomado el camino de vuelta a casa. Es
allí donde se les acerca un desconocido, un caminante como ellos. Entabla conversación
preguntándoles a qué se deben sus conversaciones.
Los discípulos se detienen, casi ofendidos: ¿no se ve
lo suficiente que están mal? ¿Que están tristes? ¿Que son dignos de compasión?
¿Pero de dónde viene este patán, este grosero, este insensible? ¿Pero dónde
vive? ¿No sabe las cosas espantosas que han pasado en Jerusalén?
Jesús sonríe: ¿qué?
Hablan de su muerte, de su agonía, de su cruz. Ni
siquiera lo recuerda.
Están tristes, los discípulos, y pronuncian la madre
de todas las frases tristes del Evangelio: esperábamos
que fuera él. En cambio. Claro: algunas mujeres, de las nuestras, nos han hablado
de la tumba vacía, y también han hablado de ángeles, pero ya sabes, las
mujeres… Están tan absortos en su dolor que no creen en el testimonio de sus
hermanas.
Teníamos
la esperanza.
La esperanza en pasado. Una esperanza muerta y
enterrada. Una esperanza acabada.
Jesús no, él ya está más allá. En otra parte.
Su presente está repleto de futuro.
Jesús deja que hablen. Luego pasa al contraataque.
Vuelan sonoras bofetadas (no siempre quien te acaricia
te quiere y quien te sacude te quiere mal, al contrario).
Necios. Retrasados en sincronizar su corazón con el
tiempo de Dios. Deficientes, es decir, carentes de perspectiva. Como nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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