Necios, tardos de mente y tristes de corazón - San Lucas 24, 13-35 -
Ni que decir tiene que no conocen las Escrituras, ni mucho menos. Las escuchan devotamente y luego las guardan en el cajón de las devociones. La vida es otra cosa.
Si aprendiéramos, en cambio, a dejar que la Palabra dé
un vuelco a nuestras vidas ¡Si dejáramos que la Palabra las reavivara. Y las moviera.
Y las hiciera añicos, si fuera necesario. ¡Si dejáramos que Dios volcara las
mesas de nuestros Templos!
¡Si nos dejáramos que la Palabra nos sacudiera,
irrumpiera, agitara, trastocara!
Las piedras han rodado, pero los corazones de los
discípulos no.
Sin embargo, sus corazones comienzan a arder. Sus
palabras consiguen apartar la mirada de su ombligo. Ya era hora.
Quédate
con nosotros, Señor.
Quédate. Se detiene.
El Señor no se va, si apenas insinuamos el cambio.
Quédate, sí. Porque la Palabra ha agrietado su desesperación granítica, su
fecunda autocompasión.
Y sucede.
La señal del pan. La conocen bien
Queda el pan, Él ya no está, ahora.
Vuelven a Jerusalén.
A los otros tardos de corazón. A los otros carentes de
perspectiva, a los otros necios.
¿Cuántas veces tendrá que aparecer el Señor para
convertirlos?
Cuentan y todos están alborotados. Nos enteramos de
que el Resucitado se le ha aparecido también a Simón, ya no a Pedro. Esa
aparición no debió de salir muy bien, nadie habla de ella.
Y mientras hablan, se les aparece también a ellos.
Cuando contamos cómo hemos encontrado al Resucitado,
el Resucitado viene.
Aquí estamos nosotros. Otra vez.
Necios, tardos de mente y tristes de corazón.
El Señor sigue siendo paciente, acompaña, cuenta,
explica, despierta, se queda, parte el pan.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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