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martes, 19 de mayo de 2026

Laudato si’… once años después.

Laudato si’… once años después

No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los debates políticos internacionales, imponiéndose como uno de los muy pocos análisis realmente capaces de conciliar la fragilidad del planeta y el dolor de los pobres.

 

No es solo un texto religioso: se ha convertido en una brújula imprescindible para cualquiera que intente orientarse en la tormenta de la crisis global. Esta es precisamente la prueba de su naturaleza profética: no ha envejecido porque no se ha limitado a seguir la actualidad, sino que ha dado en el meollo del problema.

 

Cuanto más pasan los años, más se encarga la realidad (por desgracia, hay que decirlo) de dar la razón al Papa Francisco.

 

La encíclica no es un tratado de botánica ni un simple llamamiento al buen corazón de los ciudadanos para que separen los residuos: es un manifiesto político, social y espiritual que sacude los cimientos de la modernidad.

 

Su carga revolucionaria reside en una palabra que actúa como eje central de todo el texto: interconexión. El Papa Francisco derriba la visión sectorial del mundo, típica de la cultura tecnocrática, para afirmar que «todo está conectado». En este esquema, la crisis medioambiental no es un tropiezo del progreso, sino el síntoma de una crisis más profunda que afecta a la idea misma del hombre y de la sociedad.


La primera ruptura real con el pasado es la introducción del concepto de ecología integral. El Papa Francisco acaba con la ecología «de fachada», aquella que se ocupa de salvar (legítimamente) a las ballenas de la extinción ignorando el destino de las poblaciones indígenas o de los trabajadores explotados.

 

Con gran fuerza comunicativa, el Papa declara que no existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y compleja crisis socioambiental. Esto significa que no se puede estar sinceramente preocupado por la naturaleza si en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos.

 

De hecho es una revolución de perspectiva: la defensa del ecosistema se convierte en una lucha por la justicia global. La Tierra, nuestra casa común, se encuentra entre los pobres más abandonados y maltratados, y su grito se une inevitablemente al grito de los oprimidos.

 

Un segundo elemento disruptivo es la crítica radical al paradigma tecnocrático. El Papa pone en tela de juicio la idea de que el crecimiento económico infinito sea la solución a todos los males y que la tecnología, por sí sola, pueda reparar los daños que ella misma contribuye a crear.

 

El Papa Francisco denuncia una «cultura del descarte» que ha transformado el mundo en un inmenso vertedero, donde los objetos están diseñados para convertirse en residuos y las personas —desde los no nacidos hasta los ancianos, desde los migrantes hasta los pobres— son consideradas excedentes de un sistema productivo despiadado.

 

Esto no es solo una crítica al capitalismo salvaje, es un desafío antropológico: el hombre se ha ilusionado creyéndose el dominador absoluto de la naturaleza, transformando el mandato bíblico de «someter la tierra» en una licencia para saquearla. La encíclica restablece una verdad teológica y filosófica incómoda: el hombre no es el dueño, sino el custodio de la creación.



Audaz es también el pasaje sobre la deuda ecológica. El Papa Francisco invierte las relaciones de poder mundiales al hablar explícitamente de una deuda que el Norte del mundo ha contraído con el Sur.
 

Durante siglos, las naciones industrializadas han alimentado su propio bienestar explotando los recursos naturales de otros países y dejando tras de sí contaminación, deforestación y desertificación.

 

La carga revolucionaria se convierte aquí en política internacional: el Papa pide reparaciones, exige que las naciones más ricas asuman los costes de la transición energética global, porque la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que está subordinada al destino común de los bienes.

 

Hay además una revolución del lenguaje y de los sentidos. El Papa Francisco en el texto no habla en abstracto; cita el aire que respiramos, el agua que escasea, la belleza de un paisaje destruido. Ataca la «aceleración», ese ritmo frenético de vida y de consumo que nos impide detenernos a contemplar el valor de lo que tenemos.

 

Propone una sobriedad feliz, no como una forma de privación o de vuelta a la Edad de Piedra, sino como una liberación de la obsesión por el consumo. Es una invitación a pasar del consumo al sacrificio, de la codicia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir.


Por último, Laudato si’ es revolucionaria porque es un documento ecuménico y universal. No se dirige solo a los católicos, sino a «toda persona que habita este planeta».

 

El Papa Francisco invita a un diálogo global que supere los egoísmos nacionales y los intereses partidistas. Nos recuerda que somos una única familia humana, que viaja en un barco que está haciendo agua, y que nadie puede salvarse por sí solo.

 

La suya es una llamada a la «conversión ecológica»: un cambio del corazón, antes incluso que de las leyes. En una época dominada por el cinismo y la resignación, la encíclica es un acto de esperanza militante, un llamamiento a rebelarse contra la injusticia para construir un mundo donde la belleza y la dignidad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos de todos.

 

Hoy la fuerza de ese texto permanece inalterada; es más, actúa como un reactivo químico que pone al descubierto las contradicciones de nuestro tiempo. La esperanza es que esa misma radicalidad, capaz de sacudir a las naciones y a las conciencias, pueda seguir provocando para que, en este mundo confuso marcado por el desorden global, el latido indomable de una justicia necesaria y de una paz molesta para los poderosos siga siendo la única fuerza capaz de devolver la esperanza a las mujeres y a los hombres de esta tierra herida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

¿Y quién recuerda, por ejemplo, Laudato Si’?

¿Y quién recuerda, por ejemplo, Laudato Si’? 

Probablemente ha sido un efecto de «gota fría», una masa de aire que se ha separado del flujo global de corrientes que se desplazan de oeste a este y, esta vez, aterrizó en España. La próxima vez podría impactar en donde sea. 

Lo que es seguro es que se trata de una perturbación meteorológica extremadamente enérgica, como las que debemos esperar en un futuro próximo, marcado como estamos por una crisis climática sin precedentes. 

El mayor contenido enérgico en comparación con perturbaciones pasadas explica que en Valencia cayera en sólo ocho horas la misma cantidad de agua que normalmente caía en doce meses. Pero es el adverbio «normalmente» el que hay que abandonar ahora, en un contexto en el que ya no hay nada normal, si se entiende como la regularidad de un cierto tipo de clima en determinadas latitudes, la alternancia regular de las estaciones tal y como las conocíamos antaño. 

Por eso tiene muy poco sentido seguir comparándonos con el pasado más lejano y debemos, en cambio, tomar como referencia lo que ha sucedido en los últimos veinte o treinta años. La recurrencia secular de la energía de ciertos acontecimientos queda barrida por lo que ha venido sucediendo en los últimos años, una aceleración sin precedentes del calentamiento global. 

Ya no estamos ante ríos crecidos que se desbordan en muy poco tiempo (riadas), con los que nos hemos familiarizado, sino ante una impresionante extensión de lodo en movimiento, envolviendo cada parcela de terreno y desatándose allí donde encuentra obstáculos o infraestructuras claramente acordes con otras épocas para otros climas. En España también se ha construido mucho, y a menudo en zonas de riesgo, pero las imágenes desde arriba en Andalucía, sobre todo si se comparan con las de Baleares este pasado verano, dejan claro que aquí poco tienen que ver las arquetas y los desagües pluviales, la limpieza de los ríos; aquí, el único territorio que tiene algo que ver es el territorio inexplorado en el que nos estamos adentrando desde el punto de vista climático. Como confirma lo que está ocurriendo en el extremo norte del Sáhara y en la Península Arábiga: inundaciones por doquier, con picos de 200 mm de lluvia en 48 horas en lugares que antes apenas registraban dos en meses. 

Decenas de muertos, daños que ya podemos comenzar a estimar, globalmente, en miles de millones de euros que tienen un único culpable, las actividades económicas de los ‘sapiens’ que han conducido al récord de concentración de CO2 en la atmósfera y al récord negativo de cobertura glaciar en el planeta Tierra. Las terribles noticias que nos llegan del violento cambio climático deberían empujar a la humanidad a una acción inmediata y decidida. En lugar de ello, se le sigue adormeciendo con la ilusión de que será el libre mercado el que propondrá soluciones, cuando está claro que él es el problema. 

El clima no tiene fronteras, independientemente de quién haya contribuido más (y, con el tiempo, los europeos ocupamos sin duda el primer lugar), y requiere acuerdos internacionales obligatorios, no libres, con organismos de control de terceros, no basados en la mera confianza. No hay lugar para las viejas soluciones de adaptación, porque el clima cambia tan rápido que corren el riesgo de quedarse obsoletas antes de ser aplicadas. Hay que actuar sobre las causas, hay que reducir a cero las emisiones que alteran el clima, pero hoy, no en 2050, porque no sabemos cómo llegaremos a ese punto ni cómo llegaremos. 

Y en esta situación catastrófica todavía tenemos que perder el tiempo con economistas sin escrúpulos, expertos de la peor calaña, bandidos y malhechores, mercaderes de dudas a precio de saldo, que nos dicen que las cosas van bien y que todo depende del sol o de los ciclos y que, por tanto, los ‘sapiens’ no podemos hacer gran cosa. 

Mientras tanto, un muestrario de acusaciones recíprocas, de obviedades, de tonterías desacreditadas por toda la comunidad científica de especialistas del clima. Sobre las causas de la actual crisis climática, el debate entre los científicos se cerró hace tiempo con la atribución de la responsabilidad al hombre, y sólo se reabrirá con nuevos datos. Que de momento no hay ninguno. 

Pero quedan siempre los negacionistas, aquellos cuyo único objetivo es estancarse para obtener más beneficios (es la única razón). Cuando no son ignorantes, son de mala fe, pero en cualquier caso todos son culpables, y a ellos hay que añadir las enormes pérdidas de tiempo, las vacilaciones, las incertidumbres, las débiles o inexistentes políticas de contraste, así como los daños y las víctimas. No sé si han tenido ni si tendrán, ahora, la decencia de callarse. 

No he leído/oído por el momento ninguna referencia en nuestros Obispos de la Conferencia Episcopal Española a la Carta Encíclica Laudato Si’ a este respecto. Parece que todavía no es el momento. Seguiremos abundando, mientras tantos, entre discursos buenistas y obviedades. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...