martes, 7 de enero de 2025

¿Y quién recuerda, por ejemplo, Laudato Si’?

¿Y quién recuerda, por ejemplo, Laudato Si’? 

Probablemente ha sido un efecto de «gota fría», una masa de aire que se ha separado del flujo global de corrientes que se desplazan de oeste a este y, esta vez, aterrizó en España. La próxima vez podría impactar en donde sea. 

Lo que es seguro es que se trata de una perturbación meteorológica extremadamente enérgica, como las que debemos esperar en un futuro próximo, marcado como estamos por una crisis climática sin precedentes. 

El mayor contenido enérgico en comparación con perturbaciones pasadas explica que en Valencia cayera en sólo ocho horas la misma cantidad de agua que normalmente caía en doce meses. Pero es el adverbio «normalmente» el que hay que abandonar ahora, en un contexto en el que ya no hay nada normal, si se entiende como la regularidad de un cierto tipo de clima en determinadas latitudes, la alternancia regular de las estaciones tal y como las conocíamos antaño. 

Por eso tiene muy poco sentido seguir comparándonos con el pasado más lejano y debemos, en cambio, tomar como referencia lo que ha sucedido en los últimos veinte o treinta años. La recurrencia secular de la energía de ciertos acontecimientos queda barrida por lo que ha venido sucediendo en los últimos años, una aceleración sin precedentes del calentamiento global. 

Ya no estamos ante ríos crecidos que se desbordan en muy poco tiempo (riadas), con los que nos hemos familiarizado, sino ante una impresionante extensión de lodo en movimiento, envolviendo cada parcela de terreno y desatándose allí donde encuentra obstáculos o infraestructuras claramente acordes con otras épocas para otros climas. En España también se ha construido mucho, y a menudo en zonas de riesgo, pero las imágenes desde arriba en Andalucía, sobre todo si se comparan con las de Baleares este pasado verano, dejan claro que aquí poco tienen que ver las arquetas y los desagües pluviales, la limpieza de los ríos; aquí, el único territorio que tiene algo que ver es el territorio inexplorado en el que nos estamos adentrando desde el punto de vista climático. Como confirma lo que está ocurriendo en el extremo norte del Sáhara y en la Península Arábiga: inundaciones por doquier, con picos de 200 mm de lluvia en 48 horas en lugares que antes apenas registraban dos en meses. 

Decenas de muertos, daños que ya podemos comenzar a estimar, globalmente, en miles de millones de euros que tienen un único culpable, las actividades económicas de los ‘sapiens’ que han conducido al récord de concentración de CO2 en la atmósfera y al récord negativo de cobertura glaciar en el planeta Tierra. Las terribles noticias que nos llegan del violento cambio climático deberían empujar a la humanidad a una acción inmediata y decidida. En lugar de ello, se le sigue adormeciendo con la ilusión de que será el libre mercado el que propondrá soluciones, cuando está claro que él es el problema. 

El clima no tiene fronteras, independientemente de quién haya contribuido más (y, con el tiempo, los europeos ocupamos sin duda el primer lugar), y requiere acuerdos internacionales obligatorios, no libres, con organismos de control de terceros, no basados en la mera confianza. No hay lugar para las viejas soluciones de adaptación, porque el clima cambia tan rápido que corren el riesgo de quedarse obsoletas antes de ser aplicadas. Hay que actuar sobre las causas, hay que reducir a cero las emisiones que alteran el clima, pero hoy, no en 2050, porque no sabemos cómo llegaremos a ese punto ni cómo llegaremos. 

Y en esta situación catastrófica todavía tenemos que perder el tiempo con economistas sin escrúpulos, expertos de la peor calaña, bandidos y malhechores, mercaderes de dudas a precio de saldo, que nos dicen que las cosas van bien y que todo depende del sol o de los ciclos y que, por tanto, los ‘sapiens’ no podemos hacer gran cosa. 

Mientras tanto, un muestrario de acusaciones recíprocas, de obviedades, de tonterías desacreditadas por toda la comunidad científica de especialistas del clima. Sobre las causas de la actual crisis climática, el debate entre los científicos se cerró hace tiempo con la atribución de la responsabilidad al hombre, y sólo se reabrirá con nuevos datos. Que de momento no hay ninguno. 

Pero quedan siempre los negacionistas, aquellos cuyo único objetivo es estancarse para obtener más beneficios (es la única razón). Cuando no son ignorantes, son de mala fe, pero en cualquier caso todos son culpables, y a ellos hay que añadir las enormes pérdidas de tiempo, las vacilaciones, las incertidumbres, las débiles o inexistentes políticas de contraste, así como los daños y las víctimas. No sé si han tenido ni si tendrán, ahora, la decencia de callarse. 

No he leído/oído por el momento ninguna referencia en nuestros Obispos de la Conferencia Episcopal Española a la Carta Encíclica Laudato Si’ a este respecto. Parece que todavía no es el momento. Seguiremos abundando, mientras tantos, entre discursos buenistas y obviedades. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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