martes, 7 de enero de 2025

Polvo será… más polvo enamorado.

Polvo será… más polvo enamorado 

La muerte no es nada. Sólo me escondo en la habitación de al lado. Yo sigo siendo yo y tú sigues siendo tú. Lo que antes éramos el uno para el otro, lo seguimos siendo. Llámame por mi antiguo y familiar nombre; háblame del mismo modo afectuoso que siempre lo has hecho. No cambies tu tono de voz, no asumas un aire de tristeza. Ríete como siempre de las bromitas que nos gastábamos cuando estábamos juntos. Reza, sonríe, piensa en mí... Que mi nombre sea siempre la misma palabra familiar de antes: pronúnciala sin rastro de tristeza. La vida conserva todo el sentido que siempre tuvo. Es igual que antes, hay una continuidad que no se rompe. ¿Por qué debería estar fuera de tu mente, sólo porque estoy fuera de tu vista? Te estoy esperando, sólo un momento, en algún lugar cercano, a la vuelta de la esquina. Tu sonrisa es mi paz. (Henry Scott Holland). 

Hay temas delicados que, sin embargo, deben abordarse con adolescentes y jóvenes en diversos contextos educativos, como el tema de la muerte. Las pistas son muchas, los libros y la web están llenos de ellas, pero pasar de las páginas de papel o digitales a las páginas de la vida acorta distancias, rememora experiencias personales y rompe barreras. Cuando hablamos en clase o en grupos de formación sobre la Fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de los difuntos en relación con Halloween, surgen preguntas como éstas: «¿Cómo se habla de la vida y la esperanza cuando muere un ser querido?». ¿Qué puede decir un adulto? Muy poco, pero seguro que al principio puede escuchar en silencio, hasta que alguien dice: «Sé que para esto hay que sufrir y llamar a la muerte por su nombre, pero la vida también tiene un nombre hermoso que hay que gritar con valentía». Mientras busca las palabras adecuadas, palabras que no encontrará fácilmente, otro dice: «No debemos tener miedo de llorar o de preguntar a Dios por qué ha muerto un ser querido, esto también es rezar, es más, es creer con más fuerza». 

He conocido a personas en las que la aparición del dolor y luego la muerte no han hecho sino fortalecer el amor. He visto en ellos la entrega completa y total del uno al otro sin dejarse vencer por la desesperación y la ira ni siquiera en la enfermedad. He conocido a quienes han convertido el «lamento en danza», cediendo sí a la muerte, pero abrazados por el amor y la amistad. Uno llora y se aflige, es inevitable; uno se pregunta por qué, uno clama a Dios, ¡es justo! Esto también es rezar. Echamos de menos un trozo de vida, de cotidianidad, de futuro, una parte de nosotros se va con los que ya no están. Pero experimentar esto, ¿no es amor, no es también «para siempre»? 

Al final, yo también morí. He pensado en este momento muchas veces en mi vida. A menudo me he enfrentado a la muerte, creía haber llegado a la conclusión final. Ahora no, se ha acabado de verdad. Mi cuerpo yace inerte, sin aliento, sin energía. Mis ojos se han apagado. Pronto me convertiré en polvo. Todo es relativo. Claro que antes conjugaba el verbo “poder”. Quién sabe cuántas cosas más podría haber pensado, esperado, concebido, realizado. Poder, poder: siempre este verbo. En la muerte ya no podemos. Debemos confiar. ¿En quién? En Dios. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. (Joseba Kamiruaga Mieza). 

Ésta es la despedida más deseada, la despedida más hermosa que nos pueden dar, que nos podemos desear. Encomendarnos a Dios. Y entregar pacíficamente, y ya sin resistencia, nuestra carne a la tierra. No creo que haya un alma que permanezca en el abrazo de Dios y un cuerpo destinado a desaparecer. Todo termina con la muerte. Pero no es un precipitarse en la nada, porque el núcleo de nuestra existencia, sin embargo, sobrevive, salvado por la misericordia de Dios, firme en la alianza con el Dios vivo. Por eso, musitamos y susurramos “el día de mi muerte, llámame y mándame ir hacia Ti, Señor”. 

A veces eliminamos la muerte de la vista y del pensamiento. Otras veces, tratamos, aunque trabajosamente, de integrar la muerte en la vida, como su acto supremo y necesario. Personalmente, creo que la pastoral, la predicación, la catequesis,…, sobre el tema del morir también puede mostrar esta tensión y lucha. Creo que solemos cometer un error en particular. El error de tener prisa por hablar de la resurrección. 

La resurrección es ciertamente el centro de nuestra fe y de nuestra esperanza, pero no hay resurrección sin el momento dramático de morir. Debemos evitar la tentación de precipitarnos hacia la Pascua saltándonos por completo el Viernes Santo. No puede ser, lo falsea todo. La muerte está ahí, es dramática para quien la vive dándose cuenta y para quien la presencia y sigue viviendo con el vacío de la ausencia. La muerte duele, lacera, destruye. Sin embargo, es precisamente en el espacio de la laceración y de la herida donde se abre el espacio de la luz, la luz de la Pascua, la luz del Resucitado que nos hace vivir para siempre con Él. 

Queremos luchar hasta el último aliento para no morir porque la muerte no pacifica nada, la muerte anula toda esperanza. Pero justo cuando todo parece perdido, entonces Dios vendrá a nuestro encuentro. Ese será el momento. Invocar la fuerza de Dios. Esperar la resurrección de la carne. Por eso es necesario rezar por los muertos. En Dios reencontraremos entonces el rostro, manso y misericordioso, de Cristo vivo junto al de nuestros seres queridos difuntos. No, no creemos en la muerte. Sí nos atrevemos a creer en la resurrección de la carne y en la vida eterna. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El Oboe de Gabriel.

El Oboe de Gabriel ¿Cuál es el sentido de la vida? Tal vez una pregunta sencilla, pero que se me ha vuelto apremiante con el paso de los año...