Aprender de
las catástrofes
Por supuesto que ante una catástrofe se puede pensar y decir, como ha dicho
el Cardenal Omella ante la tragedia de la Dana: "Nos recuerda la fragilidad de la condición humana" (https://www.religiondigital.org/diocesis/Omella-Comunidad-Valenciana-Castilla-Mancha_0_2720427945.html).
Y me parece una afirmación obvia, demasiado obvia, si obvio es lo que se encuentra o pone delante de los ojos o lo que es muy claro o que no tiene dificultad. Así es como lo define la Real
Academia de la Lengua Española.
Obvio, demasiado obvio, Cardenal Omella.
En realidad, su aserto en esta ocasión vale para cualquier centro hospitalario,
cualquier unidad de cuidados intensivos o de enfermos terminales…, incluso ante
las víctimas de un feminicidio, de un atentado terrorista o de un conflicto
armado. Obvia, demasiado obvia, la afirmación de la fragilidad de la
condiciones humana tan vulnerable.
Pero, también creo, se pueden decir más cosas, y otras, menos obvias, menos
políticamente correctas, menos equidistantes, prudentes y sensatas, desde
diferentes puntos de vista: desde el clima, las finanzas, las estructuras, los
recursos, etc.
Desde hace algún tiempo observo cómo en el ámbito del cambio climático el
tono se vuelve cada vez más preocupante. Incluso en los artículos científicos,
en los que el lenguaje es por naturaleza frío, racional y aséptico, a menudo se
desprende que los científicos están realmente preocupados. En algunas
conferencias he escuchado discursos ante la crudeza de los análisis que la
ciencia climática puede ofrecer sobre los peligros que nos esperan en las
próximas décadas.
Aquellos
que prefieren no escuchar las tonterías sobre las supuestas predicciones pero
quieren reflexionar más profundamente sobre el futuro y sobre el tema de la
catástrofe, también tienen otras opciones científicas. Y, sin embargo, también
necesitamos la catástrofe o el desastre, el cataclismo impredecible, que
reordena las cartas, reabre los juegos, devuelve la esperanza a quienes estaban
al margen de la historia, trastoca el equilibrio de poder, rompe la lógica anterior
que parecía invencible. Se completa un ciclo y comienza un nuevo tiempo.
Catástrofe,
apocalipsis, colapso, alarma, abismo, peligro, conmoción, desastre,…, son
palabras que aparecen ahora a diario en los periódicos y en la televisión. ¿Son
sólo una estrategia editorial, alarmismo para captar la atención porque nada
vende mejor que la ansiedad, o hay algo que empieza a no cuadrar en el relato
de las fortunas magníficas y progresistas, en la narrativa del libre mercado
que asegura el bienestar y riqueza para el mundo entero?
Los
signos de un clima cambiante (como la de las crisis, catástrofes, desastres
financieros por ejemplo) recurrentes insinúan la duda de que una larga fase
histórica está amenazada y corre el peligro de disminuir y desaparecer… pero ¿cómo
distinguir a tiempo el maleficio habitual del profeta clarividente?
Parece
que hay señales, ahora son las que han ocurrido en España, y que están bien
fundadas, de que son indicios de una catástrofe que ya ha comenzado. No
reconocida, a veces negada, por miedo o costumbre, pero no menos real.
Perceptible desde el sentimiento generalizado de que no puede haber otras
formas de vivir y de estar en el mundo, otros futuros, otros horizontes.
No sé si
estamos a tiempo de comprender lo que estamos aprendiendo y lo que aprenderemos
de la catástrofe en curso, y qué enfoques pueden acompañarnos mejor en ella,
ayudándonos a adoptar una actitud resiliente y productiva. Cómo iniciar un
trabajo personal y social, cultural y político, para aceptar lo que está
pasando y aprender a verlo y vivirlo de manera plena, consciente y compartida.
Una
pedagogía de las catástrofes y de desastres quizá hasta sea necesaria a modo de
intento de supervivencia para orientarnos en la profunda crisis en curso, una
pequeña cartilla para rastrear sus palabras clave, una mirada al futuro para
intentar ver más allá y empezar a imaginar el después y lo nuevo.
El tema
del cambio climático es paradigmático de cómo la humanidad no enfrenta una
catástrofe.
Durante
mucho tiempo el problema fue ignorado, ridiculizado y considerado más o menos
una obsesión por algunos científicos visionarios. Posteriormente, ante una
cantidad impresionante de datos y artículos científicos sustancialmente
coincidentes, los titulares se inclinaron hacia el alarmismo y el
sensacionalismo.
Incluso
hoy conviven, por un lado, el negacionismo, a veces obtuso hasta el punto de
resultar cómico, y, por otro, la exageración, en la que los peligros para el
clima del planeta se muestran por el temor a perturbaciones a muy corto plazo,
mayores de las que la ciencia puede realmente predecir.
La
alternancia de títulos como ‘El clima se ha vuelto loco’, ‘Temperaturas y mares
fuera de control’, con otros ‘El efecto invernadero es un engaño’, ‘El cuento
de la Tierra más caliente’, hace que quienes leen artículos se desinteresen en
comprender más, como si fuera una diatriba para especialistas.
Los
peligros reales del cambio climático no cumplen con los requisitos del
catastrofismo periodístico. No se prevén las gigantescas oleadas de películas
de Hollywood, ni los escenarios de destrucción total y generalizada. Ya se
están produciendo muchos impactos, pero los más graves se refieren a las
próximas décadas, en los que casi todos los lectores o espectadores ya no
estaremos presentes en el planeta. Se trata de proyecciones que, por tanto,
tienen poco atractivo, son mucho menos interesantes que las previsiones
meteorológicas previstas para el fin de semana. El problema climático desde una
perspectiva centenaria, como inicio de procesos (el derretimiento de los
casquetes polares, la subida del nivel del mar, las Danas,…) que son peligrosos
porque son imparables una vez iniciados, tiene mucho menos interés que las hambrunas,
las inundaciones y desastres de los próximos años.
Quizás se
deba a una necesidad inconsciente de equilibrar la falta de previsión que los
riesgos inmediatos se exasperen, más de lo que realmente justifican los
informes científicos.
La
catástrofe climática no es, por tanto, la que describen los medios de
comunicación, los titulares que describen un mundo que "termina
muriendo", con "costas y litorales sumergidos por todas partes",
la "corriente del Golfo que corre el riesgo de volverse loca", y un larguísimo
y variopinto etcétera de titulares.
Pero ¿qué
es una catástrofe climática?
¿Cuánta
tierra debe quedar sumergida para calificar la subida del nivel del mar como
"catastrófica"? ¿Son suficientes las llanuras de Bangladesh, donde
viven millones de personas desfavorecidas, o son más importantes las Maldivas,
repletas de centros turísticos y un destino para los occidentales ricos? ¿Y
realmente hay que sumergirlos o la intrusión de agua salada en los acuíferos
subterráneos ya es una catástrofe? ¿O no es ya una catástrofe tener que
defendernos de una probable llegada del mar a territorios donde viven decenas
de millones de personas? O, ¿qué magnitud debe tener un aumento de la
temperatura atmosférica para que sea catastrófico? ¿Cuantos grados? ¿Qué tan rápido
puede ocurrir este aumento de temperaturas? ¿Es catastrófica la pérdida del 50%
de la extensión y del 80% del volumen del hielo marino del Ártico, que se ha
producido en los últimos treinta años?
Los
sistemas naturales siempre se han adaptado a los cambios de temperatura. Pero
fueron variaciones lentas, que se produjeron a lo largo de decenas de miles de
años. Los actuales, sin embargo, no tienen parangón en cuanto a velocidad y por
ello los sistemas naturales luchan por adaptarse. La acción combinada de las
variaciones climáticas y la pérdida de biodiversidad ligada a la antropización
del territorio pone a prueba numerosos sistemas ecológicos y ha llevado a
ecólogos y biólogos a hablar del riesgo de una "sexta gran
extinción".
En la
larga historia del planeta Tierra se han producido cinco grandes extinciones,
la más reciente de las cuales tuvo lugar hace 65 millones de años, cuando en un
corto período de tiempo (un instante geológico compuesto por miles de años)
perecieron los grandes dinosaurios. Fueron catástrofes inimaginables y en al
menos un caso, la llamada extinción del Pérmico, la vida corrió el riesgo de
desaparecer de la faz de la tierra: el 95 por ciento de todas las especies
vivas fueron aniquiladas. El motivo de las grandes extinciones del pasado sigue
siendo objeto de debate, ya que las causas (meteoritos, volcanes,…) no son
fáciles de identificar. El espectacular aumento de las tasas de extinción
actuales está, por el contrario, documentado y vinculado con gran rigor a las
causas, discutidas en numerosas revistas científicas. Las responsabilidades de
los siete mil millones de humanos no solamente son evidentes… sino lo
siguiente.
Cuanto
más tiempo pasa, más aumenta el riesgo de sufrir daños importantes. Y es por
eso que en revistas científicas autorizadas y generalmente serias leemos
artículos que están muy preocupados, si no asustados, por el futuro del
planeta; o discusiones sobre si el método científico, con su meticulosa cautela
en la definición correcta de las incertidumbres sobre escenarios futuros, no
conduce en última instancia a una reticencia fundamental, una prudencia de la
que uno podría lamentarse mañana.
Sí,
eminencia Cardenal Omella. También se podría pensar, e incluso formular, que
esta situación incluso es susceptible de una perspectiva “estructural”. Es
necesario, ahora, centrarse en la gestión eficiente de las emergencias. Pero, a
la larga, no hay que limitarse a ello. Y seguramente ha sido necesario un
enfoque más estructural de este tipo de situaciones. Enfoque que, presumiblemente,
hasta puede ser más premuroso y necesario ante la perspectiva de un cambio
climático donde los efectos extremos de un cambio climático no solamente van a
ser más frecuentes sino más habituales y normales.
Y, por
supuesto, siempre la condición humana ha sido, es y seguirá siendo frágil ante
una Dana, un cáncer terminal o una guerra. Por poner un ejemplo. Obvio,
demasiado obvio.
P. Joseba
Kamiruaga Mieza CMF
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