miércoles, 14 de enero de 2026

El Oboe de Gabriel.

El Oboe de Gabriel

¿Cuál es el sentido de la vida? Tal vez una pregunta sencilla, pero que se me ha vuelto apremiante con el paso de los años.

 

Cuánto mejor sería el mundo si cada uno fuera siempre como se le describe el día de su funeral. Ya los antiguos latinos afirmaban que «de los muertos solo se habla bien». Aunque seguramente algunos hasta serán hoy más mordaces diciendo aquello de: «Eres más mentiroso que una lápida».

 

«El fin» lleva a preguntarse cuál es «el objetivo», el sentido, el porqué, la intención de cada una de nuestras acciones. El final marca la meta. El fin indica la culminación. 


Quién sabe si el «Dios de los vivos» nos permita imaginar qué harían nuestros muertos, si pudieran volver atrás, ahora que han visto «cómo están las cosas», para hacernos comprender lo importante que es el fin que subyace a cada una de nuestras acciones, porque incluso el movimiento de un dedo puede cambiar la realidad.

 

Y una curiosa anécdota lo demuestra.


Durante el rodaje de la película «La misión» (1986), el maestro Ennio Morricone propuso al director Rolad Joffé siete partituras para la banda sonora de la escena central en la que el misionero jesuita, Padre Gabriel, atraviesa el bosque confiando al oboe, en el lenguaje universal de la música, en lugar de a las palabras, el primer anuncio de la armonía del Evangelio a los indígenas.

 

Sin embargo, ninguna de las piezas satisfacía al director de la película. Volviendo a componer, revisando la escena varias veces para inspirarse en la naturaleza, los colores y las sensaciones, el compositor observó el movimiento casual de los dedos del actor Jeremy Irons e intentó reproducirlo. El actor no sabía de música ni sabía tocar el oboe, solo había cuidado la intensidad de los gestos para su papel.

 

Y el maestro logró transformar el movimiento de un dedo, que incluso parecía falso, en «El Oboe de Gabriel», una de las melodías más famosas e intensas, porque logró ir más allá de las apariencias, llegó al alma divina oculta, al toque divino que da vida a todas las cosas. El objetivo del actor que encarnaba a aquel jesuita era dar lo mejor de sí mismo… aunque no supiera tocar ese instrumento.

 

Esa elección de calidad en su estilo de presentarse y proponerse fue capaz de generar una música especial que se convirtió en Evangelio de vida, lenguaje de comunión, armonía de hijos de la resurrección. Todo cambiaría si captáramos el poder de cada gesto. Y también nosotros descubriríamos muchos pequeños milagros cotidianos,…, pábilos vacilantes...

 

Aquella película, aquella increíble escena en medio del bosque y... aquella música… me han inspirado. Sí, aquella música que cada vez que se escucha una queda hipnotizado, tanto porque por fin uno pude poner algún nombre a la belleza del misterio, como por aquella extraordinaria fuerza comunicativa que desprendía.

 

Ésta es la escena de la película a la que me refiero: https://www.youtube.com/watch?v=P13rZWwIXmM

 

Jeremy Irons, en el papel del jesuita Padre Gabriel, inmerso y asustado en la selva tropical sudamericana, saca su oboe de un estuche gastado y, tímidamente, comienza a hacerlo sonar. Poco a poco, de entre el denso follaje comienzan a salir hombres indígenas, una tribu en estado salvaje. Armados con lanzas, rodean al misionero, asombrados e intrigados por ese sonido. Lo miran con recelo.

 

Pero entonces uno de ellos le arranca violentamente el oboe de las manos al jesuita, lo rompe y lo lanza al río con la ira y la desconfianza de quien no puede abrir su corazón, o simplemente le tiene miedo.

 

El Padre Gabriel no reacciona. Toda la tribu lo observa, escudriña su provocación. Tras un momento de vacilación, un indio se adelanta, recupera el instrumento, lo trata de recomponer… sin éxito y se lo devuelve silenciosamente al extranjero.

 

Y aquella música queda para siempre en la película… moldeando, uniendo, creando el encuentro, la amistad y un destino compartido… hasta el final.

 

La desconfianza recelosa se desvanece. La distancia preventiva se disipa. El poder de la música acerca mundos muy lejanos, culturas y creencias tan distantes. La música llega antes que cualquier palabra o gesto, derriba muros y siempre habla de libertad.


Ennio Morricone lo sabía bien, lo vivió en su persona siempre discreta, humilde, tímida. Su música hablaba de él, de su refinada creatividad, de su increíble talento, de aquella mística espiritual tan profunda.

 

Esa pieza tocada en medio del bosque, tan conmovedora y emotiva, cargada de inquietud y paz al mismo tiempo, es como si hablara suavemente junto con el rugido de la cascada y el canto de los pájaros tropicales.

 

Esa música es como si susurrara la existencia de Dios, para que la sientas, para que entre en lo más profundo, para que se funda con la creación. Es una polifonía de música étnica y litúrgica, una melodía que se convierte en poesía musical.

 

Esa música es realmente una melodía mística.

 

«El Oboe de Gabriel» es una de sus obras maestras. Hoy doy las gracias al maestro Ennio Morricone por todas las veces que me ha emocionado, conmovido y cautivado con esta breve pieza, por haberme apasionado y, a menudo, ayudado a rezar.

 

Esa pieza de belleza sigue teniendo para mí también hoy un valor diferente: verdadera emoción y gratitud.

 

Sí, se trata de uno de los temas más famosos de la historia del cine, que forma parte de la banda sonora de la película La Misión de Roland Joffè de 1986; toda la banda sonora de la película obtuvo numerosas nominaciones como mejor banda sonora, entre ellas una a los premios Óscar, y varios premios en la misma categoría, entre los que destaca el Globo de Oro.

 

La característica de «El Oboe de Gabriel» es su capacidad para transmitir la esencia del personaje principal.

 

Es una melodía interpretada en varias ocasiones a lo largo de la película y, en su desarrollo, recoge la herencia de una tradición posrenacentista, vinculada, en concreto, a la época del siglo XVIII en la que se ambienta la película.

 

Sin embargo, el hecho de que un elemento interno de la historia se asuma como parte integrante abstrae la melodía de la contingencia del momento, traduciéndola en un valor metafórico.

 

Así el «El Oboe de Gabriel» se convierte en un reflejo del personaje, del mundo de ideas que lo acaricia, su encarnación espiritual y ética, y difícilmente se podría imaginar un desarrollo más adecuado de la melodía.

 

En su avance absorto y soñador, este tema musical prefigura ese ideal sentimiento de comunión que impulsará al misionero jesuita a seguir creyendo en una evangelización libre de oportunismos, solidarizándose con los guaraníes, negándose a tomar las armas y uniendo a ellos para siempre su destino.


A este tema de carácter meditativo se unen el ostinato coral de los indígenas («Vida, vida nuestra»), único en 3/8, y un contrapunto a cuatro voces que desarrolla el texto latino «Conspectus Tuus», en el que se funden referencias al estilo del maestro Giovanni Pierluigi da Palestrina y soluciones típicamente cinematográficas, como el amplio aliento de los arcos, que sustrae al coro del rigor formal del estilo «a capella».

 

A partir del rosario de notas del tema étnico, el maestro Ennio Morricone ha extraído una melodía adicional, marcada por el ritmo persuasivo de las flautas de madera y capaz de acompañar los momentos más reflexivos de la película.

 

Cuando se contempla y se escucha al Padre Gabriel tocando el oboe entre los indios, podemos observar un efecto muy particular que la música crea en el transcurso de las imágenes.

 

El director Rolad Joffé toma una decisión precisa, la de dejar de subrayar su punto de vista, su visión de las cosas, y enfocar la lente de aumento en el protagonista, en sus sensaciones, en sus emociones.

 

Ya no es el director quien nos habla, sino que lo deja todo en manos del Padre Gabriel para permitir al espectador identificarse con él y captar lo que el misionero jesuita está sintiendo realmente en ese momento.

 

Y todo ello gracias al poder de la música, que abandona su función de banda sonora clásica y representa el alma del protagonista, quien, gracias a la música de su oboe, consigue acercarse amistosamente a la tribu de los indios guaraníes para unir a ellos el destino de su vida.

 

Bueno, te dejo, pues, con el ejercicio de tu audición… y de tu emoción al escuchar esta melodía sublime: https://www.youtube.com/watch?v=s7w-IeNR9ko&list=RDaz7L-VffHBo&index=5



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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