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lunes, 20 de octubre de 2025

La justicia del Reino.

La justicia del Reino 

Cuando se habla de «presbíteros pedófilos», se abordan al menos dos tipos de problemas que deben mantenerse estrictamente separados: 

1.- el delito de pedofilia cometido por algunos seres humanos; 

2.- y la vida de las comunidades eclesiales en las que se han cometido estos delitos, y tal vez aún se cometen. 

El primer aspecto se refiere a los presbíteros pedófilos en cuanto «pedófilos» y, como tal, tiene ante todo una repercusión jurídica, más concretamente penal, que consiste en defender a los hijos de quienes cometen tales monstruosidades, sin distinción alguna en cuanto a la identidad de los culpables, ya sean obispos, presbíteros, religiosos, monjas, laicos. 

Un pedófilo es también un delincuente que debe ser aislado y castigado. 

También pertenece al primer aspecto del problema la vertiente antropológica y psicológica que aborda la cuestión de cómo es posible una aberración tan desconcertante, a la que, por lo que yo sé, solo los seres humanos, entre todos los seres vivos, pueden llegar: comprender la causa de un mal es el primer paso fundamental para erradicarlo. 

Este primer orden de problemas concierne a la sociedad en su conjunto, creyentes y no creyentes, sobre todo a la luz de la terrible verdad de que la mayor parte de los actos de pedofilia se producen dentro del hogar y/o en el ámbito más estrictamente familiar. 

El segundo orden de problemas surge del hecho de que los pedófilos en cuestión son «presbíteros» y, desde esta perspectiva, los problemas conciernen en particular a la conciencia creyente. 

Estoy convencido de que todo depende de aclarar qué significa creer en Dios. Me refiero a creer realmente, no como una especie de condición previa de la mente para formar parte de una gran asociación humana como es (también) la Iglesia católica, con su buena porción de poder e intereses en el mundo. 

Me refiero a creer como algo vital, existencialmente decisivo, me atrevería a decir que apremiante. ¿Qué significa creer de esta manera en el Dios vivo? 

Creo que esa fe en Dios equivale a creer en la justicia como dimensión suprema del ser. Justicia y verdad. Ante la historia, con su inextricable mezcla de bien y mal, la verdadera fe sabe que el bien es la realidad definitiva, última, absoluta y, como tal, juzga la historia y a quienes la viven. 

El Cristo juez de Miguel Ángel que preside la Capilla Sixtina levanta su brazo no solo al final, sino también en cada momento de la historia. 

Y si hay una cualidad que caracteriza al Dios bíblico, es la rectitud y la justicia, porque «Él ama la rectitud y la justicia» (Salmo 32,5) y «la rectitud y la justicia son la base de su trono» (Salmo 88,15). 

No creo que sea casualidad que, entre las ocho bienaventuranzas de Jesús, solo la justicia se repita dos veces como causa de bienaventuranza: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia», «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia». 

De ello se deduce que ejercer la justicia es la primera característica fundamental del verdadero creyente, porque tal ejercicio equivale a honrar el primer mandamiento, ya que «no tendrás otros dioses delante de mí» no es más que el soporte teórico de la práctica «no te comportarás de otra manera que no sea con justicia». 

Y no de manera táctica, astuta, prudente, diplomática (estrategias muy utilizadas en los palacios del poder de todos los tiempos), sino única y simplemente de manera justa. 

La justicia se representa mejor con la imagen de la balanza. Hoy en día, en un plato se encuentran las vidas de miles de niños en todo el mundo irreversiblemente devastadas en un triple nivel: físico, psicológico y espiritual. 

¿Qué está dispuesta a poner la Iglesia católica en el otro plato para que la balanza esté en equilibrio y represente así mejor la justicia, humana y divina al mismo tiempo? 

No creo que tengan ningún peso las declaraciones que claman animadversión, conspiración, ataques, …, ejerciendo la misma táctica desorientadora que suelen utilizar los poderosos de la política. 

Más bien hay que mirar de frente la terrible verdad y sacar las consecuencias que se imponen. 

Vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué ponéis en el plato de la balanza, Pastores de la Iglesia, cuando en el otro lado están la inocencia y la confianza de vidas jóvenes que nunca volverán a ser como antes? 

No se trata de defenderse ante los hombres como cualquier asociación humana sino que se trata de responder ante Dios. 

Sabiendo, además, que el mundo entero nos mira y que, según cómo respondamos buscando la justicia y la verdad, o no, se medirá la autenticidad de nuestra fe. Y que de la autenticidad de nuestra fe en esta terrible coyuntura dependerá en gran parte el destino del cristianismo en Occidente. 

Una de las peculiaridades de este escándalo no radica, de hecho, en la pedofilia, ni siquiera en el hecho de que los pedófilos en cuestión sean presbíteros, sino más bien en el hecho de que en no pocas ocasiones los Pastores sabían de estos crímenes y, para no debilitar el poder de la estructura política de la Iglesia en el mundo, guardaron silencio y lo encubrieron. 

No estoy exagerando. Recuerdo, por poner un solo ejemplo, que en su momento fue Monseñor Stephan Ackermann, Obispo de Tréveris y responsable de la Conferencia Episcopal Alemana para la cuestión de los abusos, quien habló de «encubrimiento» y «ocultación». Durante décadas enteras, no pocos Pastores han preferido la honorabilidad de la estructura política de la Iglesia a la justicia hacia las víctimas y, por lo tanto, hacia Dios. 

Lamentablemente, las declaraciones de algunos apologistas celosos parecen estar en línea con la política de los años pasados, caracterizada por el encubrimiento y la ocultación. Una vez más, no se preocupan por estar a la altura de la justicia divina y de las almas de las víctimas sino por la honorabilidad de la estructura de la Iglesia. 

Los apologistas celosos actúan como si la Iglesia tuviera algo que perder por seguir simplemente las palabras de Jesús en el Evangelio: «Es inevitable que se produzcan escándalos, pero ¡ay de aquel por quien se producen! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños». 

Quieren salvar a la Iglesia, pero no comprenden que es precisamente su actitud la que la aleja cada vez más de la sed de justicia que impregna nuestro tiempo, y olvidan aquello de «Buscad el Reino de Dios y su justicia». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de octubre de 2025

Las raíces del clericalismo son también doctrinales.

Las raíces del clericalismo son también doctrinales 

En el documento conciliar «Dei Verbum» (n.º 8) se afirma que «la Iglesia transmite todo lo que vive y todo lo que es».

 

En su Carta al Pueblo de Dios de agosto de 2018, el Papa Francisco escribía que «cada vez que hemos intentado suplantar, silenciar, ignorar o reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios, hemos construido comunidades, programas, opciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida».

 

Preguntémonos qué ha sucedido en los aproximadamente dieciséis siglos en los que la Iglesia ha sufrido el clericalismo. Tomemos el ejemplo de la doctrina.

 

El clero estableció los dogmas y otras definiciones doctrinales que están presentes en el Catecismo. No se permitió ninguna contribución por parte de las mujeres y los hombres laicos. No era posible hacerlo porque el clero se reservó la potestad magisterial. No se reconoció ninguna autoridad doctrinal a las mujeres y los hombres laicos.

 

La doctrina resultó ser la expresión no de todo el Cuerpo de Cristo, sino solo de una de sus componentes, la clerical.

 

El resultado de unos dieciséis siglos de tradición doctrinal es una Iglesia con rostro clerical. Lo que hay que creer es una doctrina de impronta clerical. La propia Biblia ha sido leída, estudiada e interpretada por el clero, sin ninguna ayuda de los laicos. Cada doctrina se ha basado en un texto de las Escrituras leído, estudiado e interpretado por el clero.

 

¿Qué se ha transmitido entonces?

 

Se ha transmitido un Evangelio para uso y consumo del clero. Incluso con la mejor de las intenciones, es inevitable que el punto de vista clerical haya sido predominante, hasta el punto de distorsionar considerablemente una interpretación correcta de los textos bíblicos.

 

Y sobre esta interpretación parcial se ha construido la doctrina. La doctrina transmitida hasta nuestros días. Una doctrina inmutable e irreformable, a la que se debe una obediencia total.

 

Hasta no hace tanto en el tiempo, los teólogos no podían objetar nada. La teología era una sierva del magisterio jerárquico, sin sentido crítico, sin desviación de la ortodoxia doctrinal.


Luego, algo cambió ligeramente y hoy los teólogos y teólogas tienen una mayor autonomía con respecto a la autoridad vaticana. Hoy en día, la ciencia bíblica avanza sin estar sujeta a las rígidas reglas de la exégesis tradicional. Y poco a poco está surgiendo un nuevo punto de vista.

 

También las mujeres y los hombres laicos leen, estudian e interpretan la Biblia. Y surgen nuevas perspectivas teológicas, menos condicionadas por la hegemonía clerical.

 

Sin embargo, la doctrina oficial es impermeable a las nuevas reflexiones y sigue siendo fuertemente clerical. Ahí es donde reside la raíz última del clericalismo. Es una raíz doctrinal. Consiste en la doctrina que el clero ha elaborado sin la contribución de las mujeres y los hombres laicos.

 

Y aquí es donde se impone una estrategia clara para combatir el clericalismo. Es necesario considerar la dimensión estructural del clericalismo. Hay que secar sus raíces doctrinales. Lo que hay que creer debe reformularse y reelaborarse con la contribución activa de todos, en primer lugar de las mujeres y los hombres laicos.

 

La autoridad doctrinal de los fieles no puede seguir siendo mortificada. Esos «programas», esas «opciones teológicas», esa «espiritualidad» y esas «estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva sin vida», a las que se refiere el Papa Francisco, deben cambiar.

 

Solo así se combatirá seriamente el clericalismo y solo así la Iglesia transmitirá «todo lo que vive y todo lo que es». Una reforma así requiere valentía y no tolera las palabras bonitas.

 

Si realmente queremos vivir una fe encarnada en la historia, debemos abrazar la dimensión de laicidad que era propia de Jesús y de las primeras comunidades cristianas, donde no existía el clero.

 

El clericalismo se combate teniendo el valor de ir a la raíz del problema. El sistema de poder basado en lo sagrado se combate con una perspectiva cultural laica, genuinamente y evangélicamente laica.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 20 de septiembre de 2025

Sin concesiones a la justicia: el camino hacia una Iglesia creíble.

Sin concesiones a la justicia: el camino hacia una Iglesia creíble 

El difícil trabajo tiene que comenzar necesariamente por ahí. De hecho, es ahí donde las demás acciones de la Iglesia católica en el mundo encuentran hoy su criterio de verificación: en el valor y la determinación con que se aborda la cuestión de los abusos sexuales del clero católico. 

Una Iglesia que está en la calle, en medio de la Babel del mundo, tiene como condición esencial una limpieza transparente en su propia casa. La cosa se explica por sí sola, porque si la Iglesia no respeta los derechos humanos, no puede predicar el Evangelio. 

Una Iglesia que quiera llegar al corazón de todos no puede sino ser creíble para todos, y para ser creíble no hay otro camino que poner orden, limpieza, justicia y, si es necesario, rigor en su interior. 

Alguien de la Iglesia decía que hay que «escuchar las preguntas de todos, escuchar de verdad y dejarse herir por las preguntas». Es una expresión muy bonita: dejarse «herir» por las preguntas. Pero, ¿cómo se deja uno herir por la pregunta de un padre que pregunta cómo ha sido posible que su hijo o su hija haya sido violado de la manera más vil y cobarde por aquel a quien lo había confiado con confianza y esperanza, creyendo en su hábito y en su misión? 

La Iglesia debe asumir verdaderamente esas heridas, comprometiéndose sin concesiones con la justicia, como estableció en 2019 el Papa Francisco con el motu proprio Vos estis lux mundi, que sanciona la obligación moral y jurídica de denunciar los abusos contra menores y personas vulnerables. 

Pero hay otra cosa que hay que destacar: ¿cuántos son los ministros ordenados y los religiosos que se manchan con estos delitos, traicionando de la manera más vergonzosa su misión? 

Es verdad, las cifras oscilan, pero sea cual sea su entidad real, se trata en cualquier caso de una minoría (que, por otra parte, cometería aproximadamente una minoría de los delitos de pedofilia en nuestro país). 

Sin embargo, la cuestión es que esta minoría desacredita ampliamente el trabajo y la misión de muchos presbíteros y religiosos honestos, algunos de los cuales pueden considerarse más que honestos, diría que heroicos, por no decir santos, como tengo la suerte y el honor de conocer y de disfrutar de su amistad. Y es también para salvaguardar el honor de todos ellos que la acción de la Iglesia debe ser severa y sin concesiones hacia los culpables. 

En resumen, creo que el frente es triple: 

1) judicial: consiste en llevar a los culpables ante la justicia; 

2) terapéutico y reparador: consiste en hacer justicia a las víctimas ayudándolas en la medida de lo posible a reparar las profundas heridas psíquicas y espirituales; 

3) formativo y pedagógico: consiste en establecer una formación y un estado de vida de los ministros ordenados y religiosos que los proteja en la medida de lo posible de caer en estos abismos. 

Los abusos sexuales del clero y de los religiosos podrían ser un punto más del fin de la Iglesia católica, la caída libre de su credibilidad como madre y maestra, educadora durante siglos de las generaciones jóvenes. 

Para que la Iglesia se salve y sobreviva a este gigantesco tsunami de alcance mundial, es necesario que se considere menos importante que las víctimas y menos importante que la justicia. 

Y que comience a considerarse menos importante en general, una estructura de servicio y no de poder, orientada no a su propio bien, sino a un bien mayor, que es el bien del mundo. 

Los abusos sexuales del clero y de los religiosos son un peligro mortal al que se enfrenta la Iglesia, pero, como escribió el poeta del romanticismo alemán Friedrich Hölderlin, «donde hay peligro, también crece lo que salva». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 17 de agosto de 2025

Abuso en la Iglesia: algunos pocos apuntes de reflexión.

Abuso en la Iglesia: algunos pocos apuntes de reflexión 

Los abusos de poder, de conciencia y espirituales representan en la Iglesia una herida profunda no solo para las personas que los sufren, sino también para las comunidades y las instituciones en las que se producen

Se trata de dinámicas complejas que se entrelazan con la confianza, el papel de la autoridad y la vulnerabilidad humana; a menudo ocurren en ámbitos en los que las relaciones deberían ser un espacio de crecimiento y protección. 

Comprender estos fenómenos significa ir más allá de las apariencias, captando las raíces sistémicas que los hacen posibles y las consecuencias devastadoras que producen en la vida de las víctimas, tanto a nivel personal como espiritual. 

El abuso consiste en una forma distorsionada de ejercer el poder, de manipular la confianza de la que se goza y de instrumentalizar la relación personal. El desequilibrio de poder dentro de una relación asimétrica implica una violación de los límites de la persona, de su vida, de su dignidad y de su libertad. 

El abuso se produce principalmente en un contexto sistémico que crea los supuestos que lo favorecen, lo permiten, lo encubren y lo niegan, y es capaz de silenciar a las personas involucradas. 

a.- La relación de confianza. Un elemento clave para comprender cualquier forma de abuso es la confianza depositada en una persona o en una comunidad

Es precisamente en el seno de una relación de confianza donde la persona se expone, haciéndose más vulnerable. La persona se abre y se confía a su guía buscando un referente, que considera fiable y seguro por su función, para encontrar alivio, consuelo, consejo y orientación. 

b.- La vulnerabilidad. Existe, por tanto, una vulnerabilidad potencial en todos los ámbitos y relaciones pastorales y eclesiales

Por lo tanto, hay que reconocer que no solo los menores o las personas con deficiencias físicas, cognitivas o psicológicas corren el riesgo de sufrir abusos. 

c.- La manipulación. En la dinámica del abuso es fundamental la manipulación de las personas vulnerables que, a través de un proceso lento y sutil, son empujadas a confiar únicamente en una sola persona, a entregarse, a contarse, a confiarse, a depender cada vez más de quien las controla, incluso en las pequeñas decisiones que afectan a su vida

Esta dinámica es aún más grave cuando quien abusa de su poder es un presbítero, un guía espiritual o un responsable de la comunidad, ya que el poder, cuando se asocia con la referencia a lo divino, puede convertirse en absoluto. El abusador puede ser una sola persona, una pareja, un grupo reducido o toda una comunidad. 

El abuso de poder y autoridad se produce en el marco de una relación asimétrica a través de un uso incorrecto, distorsionado y abusivo del papel y/o la función por parte de la persona que se encuentra en una posición superior. 

La persona que abusa persigue un fin indebido, ilícito o inmoral que, cuando se reconoce como tal, se revela sustancialmente contrario al bien de la persona o de la comunidad. El abuso puede tener la intención de explotar, dañar o penalizar a la persona o al grupo (intelectual, espiritual, sexual, económica, materialmente, etc.) con el fin de gratificar y/u obtener ventajas indebidas. 

Esto no excluye que, en apariencia, el abusador pueda parecer un benefactor, ocultando sus verdaderas intenciones tras una fachada pública muy atractiva. El abusador ejerce un control progresivo sobre la vida de los demás, tiende a invadir la esfera de la intimidad, impone sus ideas sobre la elección del camino espiritual, el estado de vida y la posición que se debe ocupar en la Iglesia y en la sociedad. 

El abuso de conciencia toca ese lugar sagrado «donde el hombre está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo» (cf. Gaudium et Spes, 16). El abuso se produce cuando una persona, que a menudo desempeña un papel de autoridad, con su poder manipula y entra progresivamente en la esfera de la conciencia de otra persona —la víctima— para condicionarla y reducir hasta anular su libertad de juicio y de elección. 

El abusador se insinúa en las convicciones de la persona poniéndolas en duda, desestructurándolas y conformándolas a su propia interpretación de la realidad. Quien abusa hiere la sensibilidad moral de la víctima imponiéndose como único depositario del concepto de lo correcto y lo incorrecto, del bien y del mal, confundiendo la conciencia moral del interlocutor, a veces incluso sustituyéndola. 

El abuso espiritual es una forma particular de abuso de conciencia que se concreta en la violación de la dignidad, la libertad y la integridad de la persona en su autodeterminación religiosa y espiritual. 

Este abuso es el más invasivo de la intimidad de la persona porque se lleva a cabo en referencia a la relación con Dios, con la vida de fe y espiritual, a través de un ejercicio distorsionado del poder y la autoridad personal, religiosa e institucional. Este tipo de abuso afecta a personas que buscan acompañamiento, discernimiento o apoyo pastoral, con el objetivo de someter su autonomía decisoria sin respetar su fisonomía espiritual. 

El abuso espiritual se caracteriza por una secuencia de actos intencionados y manipuladores perpetrados en nombre de Dios y se configura como una forma de violencia ejercida por un líder espiritual y por varias personas (guías espirituales, profesores, catequistas, educadores, agentes pastorales...) o por una comunidad (movimiento, asociación...), ya sea hacia un individuo, hacia un grupo o hacia toda una comunidad. 

El abuso en el contexto eclesial es siempre espiritual. Aunque no se traduce necesariamente en abuso sexual, a menudo lo precede, ya que tanto el papel de la autoridad como la motivación y la justificación del acto se refieren a la vida de fe y espiritual, a los textos sagrados y a Dios. 

El abuso espiritual se caracteriza por la manipulación, el chantaje emocional, la mentira, la explotación, la restricción y el control de la libertad individual o colectiva en relación con la vivencia de la fe, la relación con Dios y la práctica religiosa. 

Se manifiesta a través de un proceso de «lavado de cerebro» que afecta a cuestiones doctrinales importantes: visiones teológicas heterodoxas, interpretaciones fundamentalistas de los textos sagrados, concepciones distorsionadas de la autoridad, la obediencia, la penitencia, las prácticas devocionales y disciplinarias que hacen a las personas más vulnerables también a otras formas de abuso, obstaculizando o incluso impidiendo el encuentro con Dios. 

Las personas concienzudas y comprometidas, deseosas de crecer en la vida espiritual, están potencialmente expuestas al abuso espiritual en el momento en que se viola su conciencia y su autodeterminación. 

Las personas que carecen de sentido crítico o que son más vulnerables e indefensas debido a pérdidas, abandonos, crisis o conflictos, fracasos o enfermedades que están atravesando, corren un riesgo aún mayor

Estas personas se convierten en víctimas cuando quienes tienen alguna autoridad sobre ellas se aprovechan de su deseo de crecer espiritualmente, seduciendo y manipulando su interioridad y condicionando su juicio y sus elecciones. 

El abuso espiritual, que es siempre también expresión de abuso de poder y de conciencia, se manifiesta en el ámbito pastoral, en el acompañamiento espiritual o dentro de comunidades religiosas, provoca heridas existenciales profundas. 

Entre las consecuencias más graves se manifiestan, a nivel psicosomático y psicosocial, la baja o anulación de la autoestima, la inducción a la dependencia, la desorientación, la depresión, la manía y el desprecio por el cuerpo. Además, se asocian reacciones emocionales como el miedo, la ansiedad, el sentimiento de culpa, el abandono, el aislamiento, la confusión sobre la propia identidad, la exaltación de la propia imagen, la desconfianza en uno mismo, en los demás, en la vida y en el futuro. 

Las consecuencias del abuso pueden desembocar en la ruptura de las relaciones familiares, el distanciamiento del grupo de referencia, el abandono de la formación o del empleo y la explotación económica. Las consecuencias adicionales en la vida de fe y espiritual pueden ser devastadoras: temor a una condena perpetua, distorsión de la imagen de Dios y de la fe, dudas sobre la pertenencia a la Iglesia y un fuerte sentimiento de malestar y repugnancia hacia los presbíteros, los rituales y los símbolos religiosos, hasta llegar al abandono de la fe. 

El abusador tiene una forma característica de relacionarse y de gestionar su autoridad: 

a.- Figuras «carismáticas». Las personas abusivas, a pesar de presentarse como figuras «carismáticas» que a menudo se autoproclaman autoridades espirituales con «dones» especiales, son muy hábiles en la manipulación y el dominio a través de actitudes elitistas. 

Tienen una gran capacidad para atraer y hacerse admirar, reivindican «competencias especiales», crean grupos y rituales exclusivos, proponen conceptos de autenticidad radical y original, a menudo en oposición a la realidad eclesial, que es criticada o menospreciada. 

En realidad, son personas gravemente inmaduras a nivel psicoafectivo y social, con rasgos de personalidad narcisista, paranoica o antisocial. 

b.- Sustituir a Dios. En particular, el abuso espiritual implica la interposición del abusador entre lo divino y el individuo. El abusador, amenazando con consecuencias espirituales negativas y anulando progresivamente el espacio vital de la libertad interior, induce a creer que sus consejos representan la voluntad de Dios. 

El abusador, en virtud de su autoridad, decide sobre la pertenencia o no al grupo; discrimina a los miembros entre los elegidos y los que permanecen al margen de la comunidad; establece arbitrariamente las prácticas de vida, los tiempos de oración y las modalidades de seguimiento; determina un código de lenguaje interno al grupo y niega la posibilidad de una formación personal. 

Este liderazgo patológico llega incluso a traspasar los límites de la confesión y la conciencia, hasta controlar las formas de arrepentimiento 

El abuso no puede entenderse ni realizarse solo entre dos personas, sino que normalmente tiene lugar en un contexto comunitario, institucional y social. Los elementos característicos del contexto influyen en favorecer o impedir que se produzcan abusos. 

En este sentido, se puede hablar de «contexto sistémico» de los abusos: 

a.- ¿Qué se entiende por «sistema»? El concepto de «sistema», entendido en sentido eclesial, comprende la misión, las normas y las estructuras necesarias para realizar el mandato original de la Iglesia y garantizar su continuidad. 

Todos los elementos del sistema pueden, si se utilizan de manera distorsionada, contribuir directa o indirectamente a cometer, favorecer y encubrir abusos en su seno, a pesar de lo que se afirma en el mensaje cristiano con la consiguiente exigencia de una conducta moral coherente y transparente. 

Por ejemplo, en una comunidad local o provincial puede difundirse la idea de que obedecer a Dios significa obedecer al Superior en todo, ya que él es el mediador exclusivo de la voluntad de Dios. 

En tal «sistema», todos los miembros podrían verse inducidos a percibir como normal el hecho de que el líder decida por sí solo todas las cuestiones, que no proporcione información importante y que nadie pueda cuestionar lo que dice; al mismo tiempo, tal sistema tenderá a deslegitimar y aislar a quienes intenten ejercer un espíritu crítico. 

b.- ¿Qué es el verdadero escándalo? A menudo, la salvaguarda y la defensa de la imagen de la Iglesia y de la autoridad sagrada del clero se han considerado más importantes que reconocer en la persona herida al prójimo a quien hay que apoyar con justicia y caridad (cf. Lc 10, 25-37; Mt 25, 31-46). 

c.- Responsabilidad y omisiones. Es esencial una visión sistémica para comprender la responsabilidad del individuo, de la comunidad y de la propia Iglesia. Quien abusa logra cometer el delito y a menudo queda impune cuando el sistema funciona de manera distorsionada, ofreciendo una cobertura dentro de la cual el abusador opera sin ser molestado gracias a la complicidad de superiores eclesiásticos (obispos, miembros de la curia, superiores, responsables, personas social y económicamente influyentes). 

Cuando utilizan su poder e influencia de manera distorsionada, pueden llegar a defender, no sin ventajas, al acusado, testificando a favor de su buena reputación y su conducta íntegra. La persona víctima, por el contrario, puede no ser escuchada o ser inducida al silencio con amenazas o mediante compensaciones económicas. 

d.- «Sacralización» de una persona. Dentro de sistemas piramidales y cerrados, en los que la concentración del poder se centra en una sola persona, los abusadores actúan de manera arbitraria. 

En algunas realidades se llega a la sacralización de una persona que desempeña el papel de liderazgo a través de algunas concepciones teológicas erróneas o incompletas para justificar la práctica de la autoridad. Se trata de sistemas caracterizados por ideologías autoritarias y/o permisivas, que involucran a los seguidores ejerciendo una fuerte presión sobre el individuo o sobre todo el grupo. 

e.- Centralización del poder. A menudo se aplica una estrategia de privilegios y excepciones para los miembros elegidos, y de castigos y chantajes para los que no obedecen. 

El líder impone la confidencialidad a todos los miembros de su grupo, manteniendo una comunicación condicionada, controlada y limitada, tanto dentro como fuera de la comunidad, imponiendo un pensamiento único y un lenguaje estereotipado. Se desalienta o prohíbe el contacto con personas o grupos que no son del agrado del líder espiritual, a menudo incluso prohibiendo reunirse con personas que han abandonado la comunidad. 

Cabe señalar que cuanto más cerrado es un sistema y se basa en la acumulación de todo tipo de poder, más se encuentra uno ante un contexto de alto riesgo de abuso. 

f.- Ausencia de una cultura del error. El sistema en el que se producen abusos de forma sistemática tiende a crear una subcultura teológica, espiritual y pastoral ambivalente, que por un lado proclama altos valores ideales y, por otro, tiende a minimizar y normalizar cualquier escándalo. 

En otras palabras, falta la aplicación de una cultura del error, que lleve a afrontar los propios errores de manera adecuada a nivel personal e institucional. 

g.- Espectadores y cultura del silencio. Por último, hay que considerar un elemento adicional del análisis sistémico: los espectadores, aquellos que sabían, que vieron, que oyeron. 

Por diversas razones, han preferido callar o han hablado y no han sido escuchados ni tomados en serio. De este modo, se crea en el sistema una cultura del silencio y de la negación colectiva de lo que no puede admitirse ni concebirse como verdadero. 

En esta cultura se desarrollan actitudes que, interiorizadas, actúan de manera inconsciente y se manifiestan en formas de indiferencia, en una distorsión de la percepción y del juicio, limitando así la posibilidad de actuar ante los abusos de manera responsable y valiente, tanto en sentido evangélico como civil.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

 

 

 

viernes, 21 de marzo de 2025

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero…

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero… 

Una Iglesia clerical atraerá vocaciones clericales de presbíteros, de religiosos, de laicos. Una Iglesia sinodal atraerá vocaciones en sintonía con un estilo sinodal, hecho de apertura y de discernimiento de su presente. 

Es un pensamiento que encuentro en sintonía con lo que pienso sobre el tema del clericalismo y, también, sobre los seminarios como lugares actualmente destinados a la tarea de formar a los futuros presbíteros. Y trato de explicar mi punto de vista. 

El clericalismo es una raíz enferma del ministerio ordenado presbiteral. Y entiendo por clericalismo fundamentalmente la condición de separación que aísla al clero del Pueblo de Dios y lo configura en una esfera de sacralidad, la condición de superioridad que eleva al clero por encima del Pueblo de Dios, la condición de monopolio que asigna al clero casi todos los carismas-ministerios. Y digo raíz enferma también porque supone una pérdida del carácter eminentemente laical y secular del cristianismo de los Evangelios y, por ende, de la Iglesia. 

Habrá quienes esperan que la formación de los futuros presbíteros resuelva casi todos los problemas relacionados con la figura del presbítero. En esta visión, el seminarista será un buen presbítero en el futuro si la formación, con todos y cada uno de sus recursos, habrá sido una formación adecuada, buena, óptima… 

Mi experiencia me dice que las cosas suelen ser un poco más matizadas y, ciertamente, complejas de lo que he pretendido describir, pero al final los deseos que se esconden detrás de los debates eclesiales sobre el presbítero llegan muy a menudo a esta conclusión. 

En realidad, creo que la formación del seminario es importante y cuenta aquello que cuenta… No menos. Tampoco más. De hecho, no podemos atribuir las quejas sobre el ministerio del presbítero exclusivamente al seminario (como si se tratara de una especie de pecado original). 

Por esta razón no creo que haya que debatir tanto como creo que se hace sobre el valor o no de la formación en los seminarios. Por supuesto, se trata de debates importantes, probablemente necesarios, pero tanto en cuanto, es decir, teniendo en cuenta que la realidad de la formación/seminarios es sólo un aspecto de un problema mucho más profundo que lo precede, lo acompaña y le sucede. 

Lo podría formular con una expresión un tanto cruda, pero que ayuda a transmitir la idea: "dime qué presbítero y (antes aún o mejor aún) qué Iglesia quieres, y te diré qué formación/seminario tendrás". 

No creo, es una opinión por supuesto, que los seminaristas ciertamente tomen sus modelos eclesiológicos y ministeriales de las aulas de teología, tampoco de la “burbuja” o “invernadero” del seminario, sino que los toman de su vida y experiencia de la Iglesia. 

Dicho con otras palabras, los seminaristas no toman como modelo de ministerio ordenado presbiteral,   y más generalmente de la Iglesia, tanto el que se propone en los programas de formación del seminario, como el que viven concretamente en sus parroquias y diócesis. Y, exactamente, ¿qué o cuáles son estos modelos? Sobre este punto deberíamos reflexionar más… 

El reto, sigo creyendo, debe pues ser tomado en su amplitud y complejidad, sin limitarlo a lo que puede convertirse, según los casos, en el chivo expiatorio o en la clave de solución de todos los problemas: es decir, la formación en los seminarios. 

Con todas las limitaciones y dificultades, existen también seminarios (y por tanto programas de formación) que se plantean el acompañamiento de los candidatos al presbiterado tratando de contrastar o al menos problematizar la figura del presbítero tal como ha sido percibida y vivida en el régimen de cristiandad. 

Si en el presente y en el futuro se revisan, se agrupan, se cierran los seminarios, pero sin una reforma previa del ministerio presbiteral a gran escala (poder, celibato, visión sacral, etc.), corremos el riesgo de tener seminaristas y futuros presbíteros no menos clericales,… de lo que podemos tener hoy. 

O, si se prefiere, si no afrontamos una revisión profunda del ministerio ordenado presbiteral, seguramente tendremos estructuras formativas más afinadas y (al menos en teoría) más relacionadas con la vida cotidiana, pero la pre-comprensión con la que los seminaristas asumirán la vida presbiteral seguirá siendo fundamentalmente clerical. En una palabra, siempre tendremos los mismos problemas. 

Reforma de los seminarios… tal vez… sí… pero… a la vez, por lo menos a la vez, replanteamiento y reforma de la configuración concreta y real del ministerio ordenado presbiteral. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 11 de febrero de 2025

El clericalismo como estructura de pecado.

El clericalismo como estructura de pecado 

En mi opinión, hay dos pasos a seguir después de que el clericalismo haya sido finalmente aclarado por el Papa Francisco. Lo digo entre paréntesis: hay quien señala que el Papa Benedicto XVI utilizó el término sólo una vez durante su pontificado mientras que el Papa Francisco lo ha utilizado en muchas y diversas ocasiones. 

El primer paso es ampliar el significado del término y entender que el clericalismo no es reducible al mero «pecado» de un individuo que abusa de su autoridad, sino que tiene una dimensión estructural: el clericalismo a lo largo de los siglos se ha convertido en un sistema y ha condicionado la doctrina, las normas canónicas, la liturgia e incluso la espiritualidad. 

Es necesario, por tanto, tener una visión sistémica: el clericalismo como pecado de las estructuras eclesiales. De hecho, y como decía en su momento el Papa Francisco en su Carta al Pueblo de Dios del 20 de agosto de 2018: 'cada vez que hemos intentado suplantar, silenciar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios hemos construido comunidades, programas, opciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva sin vida'. Las estructuras deterioradas por el clericalismo deben ser reformadas para evitar que fomenten más clericalismo. 

El segundo paso es difundir la conciencia y la percepción del clericalismo en las Iglesias Locales. Es evidente que esta conciencia es muy escasa. No es un tema que se incluya en la agenda de las diócesis y parroquias. Y si no se ponen en marcha iniciativas, la percepción del clericalismo no se producirá o se producirá de manera distorsionada y deficiente. 

Obispos y párrocos deben, por tanto, hacerse cargo del grave problema y comenzar a hacer un examen crítico y autocrítico. Esto significa someter a escrutinio la gestión de la autoridad eclesial e identificar los aspectos críticos de una «actitud, como el clericalismo, que no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que también tiende a menospreciar e infravalorar la gracia bautismal que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestro pueblo» (Papa Francisco op.cit). Sólo así el «santo Pueblo de Dios» dejará de ser discriminado y tiranizado (el clericalismo es «arrogancia y tiranía» decía el Papa Francisco el 12 de diciembre de 2016). Y se empezarán a remover los obstáculos para la reforma eclesial. 

Hay reflexiones oportunas sobre las causas y el contexto clericalista en el que maduran los abusos de poder, los abusos de conciencia y los abusos sexuales. La autoridad, en efecto, puede ejercerse y vivirse de modo que haga crecer a las personas y promueva así proyectos y programas acordes con la misión evangélica y los valores cristianos, o siguiendo y realizando los propios intereses en detrimento de su finalidad original. 

Una acentuación excesiva y distorsionada del sacerdocio ministerial, que difiere esencialmente, y no sólo en grado, del sacerdocio común de los fieles, corre el riesgo de traducirse en función y ejercicio de poder del ministro ordenado, presbítero o sacerdote, sobre los laicos. 

Del mismo modo que una visión instrumental de la ordenación ministerial, que acaba subrayando de nuevo la especial configuración del presbítero/sacerdote con Cristo, puede inducir a una actitud de separación y superioridad (que más o menos inconscientemente tenderá luego a compensar un sentimiento de inferioridad). 

Las personas que han sido víctimas de abusos por parte de un clérigo o religioso son testigos del proceso de mistificación que subyace al abuso de poder, de conciencia y de sexualidad: lo que se perpetró contra ellas fue a menudo motivado y justificado como expresión de la función presbiteral/sacerdotal, como expresión incluso de un amor privilegiado que procede directamente de Dios o del propio Jesús. 

El presbítero/sacerdote colocado en un pedestal, ya sea por una visión teológica distorsionada o por una forma de sumisión y veneración extremas por parte de los fieles, se encuentra en una posición inexpugnable. Sería hora de que estas y otras reflexiones similares empezaran a circular por nuestras comunidades… también de nuestras Iglesias Locales. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 21 de enero de 2025

Clericalismo y abuso de poder y de conciencias.

Clericalismo y abuso de poder y de conciencias 

"Una cosa lo entendí muy claramente: este drama de abusos, sobre todo cuando es de grandes proporciones y causa gran escándalo -pensemos en el caso de Chile y aquí en Irlanda o en Estados Unidos- tiene detrás situaciones de Iglesia marcadas por el elitismo y el clericalismo, la incapacidad de estar cerca del pueblo de Dios, el elitismo y el clericalismo alientan toda forma de abuso. Y el abuso sexual no es el primero. El primero es el abuso de poder y de conciencia. Les pido ayuda con esto. ¡Coraje! ¡Sed valientes! Realmente no podía creer las historias que vi que estaban bien documentadas. Las escuché aquí en la otra habitación y quedé profundamente conmovido. Esta es una misión especial para vosotros: limpiar, cambiar conciencias, no tener miedo de llamar las cosas por su nombre". Así comenzaba el papa Francisco su encuentro privado con 63 jesuitas irlandeses el 25 de agosto de 2018 en la Nunciatura Apostólica de Dublín (Irlanda). 

El Papa respondía a algunas preguntas de los jesuitas presentes. Por ejemplo, lo hacía de esta manera: “Debemos denunciar los casos de los que tengamos conocimiento. Y el abuso sexual es consecuencia del abuso de poder y de conciencia, como dije antes. El abuso de poder existe: ¿quién de nosotros no conoce a un obispo autoritario? Siempre ha habido superiores religiosos u obispos autoritarios en la Iglesia. Y el autoritarismo es clericalismo. A veces se confunde enviar a una misión de manera autorizada y decidida con autoritarismo. Pero son dos cosas diferentes. Necesitamos superar el autoritarismo y redescubrir la obediencia de ser enviados a una misión”. 

Elitismo, clericalismo, autoritarismo: son palabras importantes que marcan una discontinuidad evidente con respecto a los antiguos sistemas de pensamiento en los que, por ejemplo, y cuando estalló el escándalo de Boston denunciando la gravedad de los abusos sexuales, se subrayaba sin embargo la necesidad de contextualizarlos, especialmente en tiempos que se producían y se siguen produciendo abusos sexuales, y no sexuales, en muchas y diversas formas. 

Aquí el debate era muy diferente. El Papa Francisco intentaba sanar el problema eclesial en el ámbito católico indicando las causas internas de una concepción errónea que puede conducir a un abuso de poder y de conciencia, centrándose por tanto en la autoridad y el autoritarismo. Ésta es una forma anómala de entender la autoridad en la Iglesia -muy presente en los casos en los que se han producido conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia- como el clericalismo. El clericalismo, favorecido tanto por los propios sacerdotes como por los laicos, ayuda a perpetuar no pocos males. Decir no al abuso en el ámbito eclesial podría significar también decir no contundentemente a cualquier forma de clericalismo. Y esta ‘conversión’ en la Iglesia católica es uno de sus verdaderos y enormes desafíos. Y el Papa no ha tenido ni tiene miedo de llamar a las cosas por su nombre. 

Acabo ya. El libro 'Cae el velo del silencio' -Editorial San Pablo, 2022- de Salvatore Cernuzio -periodista del periódico oficial del Vaticano L'Osservatore Romano-, recoge 11 testimonios de abusos y maltratos de todo tipo a monjas o exmonjas de distintas edades y lugares del mundo. 

Ya desde su prólogo se nos "invita a mirar a la cara a la realidad", "a decir la verdad" y a buscar "posibles caminos para acompañar a las personas que sufren en la vida religiosa o que la han abandonado y deben reconstruirse". A la Iglesia católica le toca adoptar aquellas medidas también para prevenir esa manera diabólica en la que a veces se ha entendido y se sigue ejerciendo la autoridad en su seno.  

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...