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lunes, 24 de agosto de 2026

The Chosen.

The Chosen 

Esta serie me ha impresionado, y sin duda para mejor de lo que había imaginado. Pero, ¿cómo puede una serie de televisión hablar de Jesús sin caer en lo banal? Las cifras y el impacto de The Chosen ya dan una primera idea del éxito. 

Nacida casi como una apuesta, financiada íntegramente por los seguidores a través del crowdfunding (se recaudaron más de 100 millones de dólares) y distribuida gratuitamente online, la producción estadounidense se ha convertido en un auténtico fenómeno mundial, capaz de cautivar tanto a creyentes como a no creyentes. 

El secreto de su éxito, episodio tras episodio, me ha parecido evidente: en lugar de limitarse a escenificar los episodios evangélicos, The Chosen intenta imaginar lo que los Evangelios no cuentan. ¿Cómo vivían los apóstoles antes de conocer a Jesús? ¿Cuáles eran sus miedos, sus fracasos, sus esperanzas? Y, sobre todo: ¿qué tipo de hombre era Jesús en la vida cotidiana? 

La respuesta de la serie sorprende. El Jesús interpretado por Jonathan Roumie no es una figura distante y solemne, sino una presencia viva: se ríe con los niños, bromea con los amigos, trabaja la madera, escucha a quienes sufren. Su humanidad no resta importancia a su grandeza; al contrario, la hace más cercana al espectador. Y quizá esta sea la elección más acertada de la serie. 

También los Apóstoles dejan de ser simples nombres leídos en los Evangelios y se convierten en personas de carne y hueso, con defectos, celos, entusiasmos y dudas. Mateo, Nicodemo y María Magdalena adquieren una profundidad psicológica poco habitual en las representaciones cinematográficas tradicionales de la vida de Jesús, y el espectador acaba así caminando junto a ellos, compartiendo sus preguntas incluso antes que sus certezas. 

Desde el punto de vista narrativo, la fórmula funciona: el ritmo pausado de la serie permite profundizar en los personajes y las situaciones con un cuidado imposible de lograr en una película de dos horas. Algunas escenas resultan especialmente intensas y son capaces de transmitir con gran fuerza el valor humano de los relatos evangélicos. 

Pero precisamente aquí surge también el debate. 

Los autores, procedentes en su mayor parte del ámbito cristiano evangélico (aunque cuentan con el apoyo de asesores católicos y judíos), declaran desde el principio que The Chosen es una obra de ficción: no pretende sustituir a los Evangelios. 

Las escenas y los diálogos inventados tienen como objetivo dar rostro y profundidad a los personajes, sin alterar la esencia del mensaje evangélico. La intención es ayudar al espectador a sumergirse en la narración, no a reescribirla. 

Este enfoque recuerda, en ciertos aspectos, una antigua tradición de la espiritualidad cristiana. En sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola invita a quien reza a imaginar lugares, personas, gestos y palabras de los relatos evangélicos —la compositio loci— para involucrar no solo la inteligencia, sino también los sentidos y el corazón. 

También Santa Teresa de Ávila recomendaba contemplar la humanidad de Cristo como vía privilegiada para crecer en la fe. 

Desde esta perspectiva, The Chosen utiliza el lenguaje del cine para favorecer una experiencia contemplativa, más que para ofrecer una reconstrucción histórica. 

Por supuesto, este enfoque no pone a todos de acuerdo. A mí, por ejemplo, me han llamado la atención algunas decisiones y libertades narrativas que corren el riesgo de alterar la percepción del Jesús histórico: el papel de Juan el Bautista se ve notablemente reducido, algunos episodios resultan poco verosímiles desde el punto de vista histórico y la serie mezcla sin distinción elementos procedentes de los cuatro Evangelios, nivelando diferencias teológicas que los estudiosos consideran fundamentales. 

Pero creo que es necesario distinguir entre el lenguaje de la ficción y el de la exégesis bíblica. 

Una serie de televisión no puede sustituir al estudio de los Evangelios ni al trabajo de los historiadores; sin embargo, puede desempeñar otra función: suscitar preguntas, despertar la curiosidad e invitar a profundizar. 

Y quizá sea precisamente este el motivo de su gran éxito. 

Algunos espectadores cuentan que han vuelto a leer el Evangelio tras ver la serie, deseosos de comparar el relato televisivo con el texto bíblico. Si esto ocurre, The Chosen probablemente alcanza su objetivo más auténtico: no ofrecer la última palabra sobre Jesús, sino acompañar al espectador hasta el umbral del Evangelio. 

Más que un sustituto de la Palabra, The Chosen trata de ser una puerta de entrada, una puerta que, al cruzarla con discernimiento y espíritu crítico, puede transformar un simple visionado de una película en un encuentro con la historia y la vida humana de Jesús de Nazaret y, para muchos, tal vez, en el inicio de un camino de búsqueda y de fe. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Palladio, una armonía de inspiración matemática - Karl Jenkins -.

Palladio, una armonía de inspiración matemática - Karl Jenkins - 

Aparte de la partitura en sí, el nombre Palladio ha suscitado un amplio debate sobre sus orígenes. En pocas palabras, hace referencia a la figura del arquitecto veneciano Andrea Palladio (1508-1580). Se trata de un concerto grosso para orquesta de cuerda escrito en 1995, y Karl Jenkins dice lo siguiente sobre la obra: 

«Palladio se inspiró en el arquitecto italiano del siglo XVI Andrea Palladio, cuya obra encarna la celebración renacentista de la armonía y el orden. Dos de los rasgos distintivos de Palladio son la armonía matemática y los elementos arquitectónicos tomados de la Antigüedad clásica, una filosofía que, en mi opinión, refleja mi propio enfoque de la composición. 

El primer movimiento lo adapté y utilicé para el anuncio de televisión de «Shadows» de A Diamond is Forever, para una campaña mundial. El movimiento central lo he reorquestado desde entonces para dos voces femeninas y orquesta de cuerda, tal y como se puede escuchar en Cantus Insolitus, de mi obra Songs of Sanctuary». 

Vamos con una presentación somera de esta obra. 

El primer movimiento recurre a la unidad, con el tema principal interpretado al unísono por toda la orquesta de cuerda. 

Este pequeño núcleo de material melódico y movimiento se retoma y se desarrolla a lo largo de los tres movimientos, aunque de forma más evidente en el primero. La forma en que Karl Jenkins ha compuesto esto recuerda a compositores como Antonio Vivaldi, y el primer movimiento se inspira claramente en su famosa serie de conciertos: Las cuatro estaciones. 

La celebración de este sonido barroco se aprecia a lo largo de los tres movimientos. Hay mucho juego de luces y sombras en todo el conjunto, y la comunicación entre los instrumentos desempeña aquí un papel clave. 

Tras comenzar al unísono, empiezan a surgir las partes solistas, que se alternan entre las indicaciones de «solo» y «tutti», creando dramatismo y suspense. Karl Jenkins también utiliza la dinámica para generar tensión, lo que refuerza esta idea de música dramática. 

El segundo movimiento, marcado como «largo», comienza con una figura pulsante que se desplaza cromáticamente. 

De nuevo, el conjunto toca al unísono hasta que el violín solista emerge con la figura melódica principal. El acompañamiento que ofrecen las partes graves no se desvía de los ritmos pulsantes iniciales. 

A diferencia del primer movimiento, el segundo es muy lento y solemne, lo que crea una atmósfera muy diferente. El violín solista canta por encima del acompañamiento, resaltando algunas melodías realmente desgarradoras. 

Una vez más, la elección de la dinámica por parte de Karl Jenkins contribuye enormemente al desarrollo de la música: el acompañamiento va creciendo al ritmo de la intensidad del solista para luego desvanecerse rápidamente, creando quizá la visión de la nada. 

El movimiento final es rápido y hace hincapié en la importancia del timbre al principio, con una mezcla de partes en pizzicato y arco. 

La idea melódica alegre y descarada se repite, recorriendo de forma constante diferentes armonías durante más de dos minutos. Esta idea se desarrolla hacia un estilo de interpretación menos áspero, que recuerda mucho al primer movimiento. El conjunto es el solista de este movimiento, y todo se toca al unísono, creando un potente muro de sonido. 

Al estar esta partitura inspirada en Andrea Palladio, la armonía y las estructuras son rígidas y muy matemáticas. A la armonía matemática se unen los elementos arquitectónicos tomados de la Antigüedad clásica. 

Disfruta de estas melodías cautivadoras y de su majestuosa orquestación. En todo ello se evoca una sensación de grandiosidad y belleza arquitectónica. Las armonías épicas y los ritmos contundentes crean una atmósfera cautivadora y evocadora, que transporta al oyente a un viaje emocional e inspirador. 

Entre las muchas versiones te dejo ésta que dura apenas 16 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=pbvIMn1bQWA&list=RDpbvIMn1bQWA&start_radio=1

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 28 de junio de 2026

My way - A mi manera -.

My way - A mi manera -

Te invito a escuchar esta interpretación de Frank Sinatra con subtítulos en castellano: https://www.youtube.com/watch?v=JN9xkgnZi4M 

Y ahora que el final se acerca, me enfrento al último telón… Amigo mío, lo diré claramente: te cuento cuál es mi situación, de la que estoy seguro. 

Así comienza lo que parece un intercambio epistolar entre amigos. Melancólico, a ratos trágico, un grito de despedida y quizás de resignación. 

Para explicar el nacimiento de esta canción, debemos pasar por tres «madres».


La parte musical de «My Way» fue compuesta a mediados de los años 60 por un tal Jacque Revaux, compositor francés. Su título era «For Me». La letra no era su punto fuerte, ya que estaba escrita en un inglés simplista y con temas de poca profundidad.

 

Como era de esperar, no gustó a las discográficas y quedó archivada.

 

En ese momento, en 1967, «For Me» llegó a manos de Claude François, un cantante de moda en aquella época que, junto con un letrista, la adaptó con otra letra.

 

El título cambió de «For Me» a «Comme d’Habitude».

 

La nueva letra se centraba en su amor perdido y en la vida rutinaria y sin sentido de un hombre.

 

Se publicó en 1967 como sencillo y alcanzó el número uno en las listas francesas.

 

Durante unas vacaciones en Francia, un cantante canadiense, naturalizado estadounidense, Paul Anka, escuchó en la radio «Comme d’Habitude».

 

Intuyó el potencial que encerraba la riqueza de la melodía; llamó por teléfono al editor de la canción y compró los derechos por ¡solo un dólar!

 

De vuelta en Estados Unidos, intentó escribir una letra mejor, pero, falto de inspiración, la dejó en un cajón, a la espera de tiempos mejores.



A finales de los años 60, Frank Sinatra, atravesaba un bache: los nuevos sonidos del pop y el rock estaban dejando obsoleto su estilo.

 

Durante una cena con su amigo Paul Anke, se desahogó largo y tendido sobre esta situación y sobre su estado de ánimo.

 

Nada más llegar a casa, Paul Anke acó su canción francesa y escribió la letra de «My Way», narrando la historia de un hombre que reflexiona sobre sus éxitos y sus errores, pero que no tiene remordimientos ni reniega de nada, porque siempre se ha mantenido fiel a sus propios deseos.

 

Frank Sinatra no quedó convencido de inmediato, pero grabó la canción en Los Ángeles el 30 de diciembre de 1968.

 

Publicada a principios de 1969, «My Way» alcanzó el puesto 27 en las listas. Una acogida tibia y poco prometedora.

 

Sin embargo, con el paso del tiempo, el sencillo fue recibiendo cada vez más elogios hasta convertirse en un auténtico éxito.

 

Mientras tanto, los responsables discográficos de Paul Anka se enfurecieron y le obligaron a grabar también su propia versión de la canción.

 

A partir de ese momento comenzó una larga serie de versiones que aún hoy no ha llegado a su fin.

 

Desde entonces, muchos artistas se han atrevido con «My Way». La primera versión de «My Way» es de la cantante galesa Dorothy Squires y data de 1970, cuando la versión original aún estaba en las listas de éxitos.

 

Otros artistas han sido: Aretha Franklin, Tom Jones, Celine Dion, Elvis Presley, hasta Robbie Williams, Michael Bublé y Shakira.

 

La versión más alejada del original, aunque no por ello menos fascinante, es la de Sid Vicious, bajista de los «Sex Pistols». La transformó en una canción punk que, a pesar de lo aparentemente absurdo, ¡logró tener sentido!


En cambio, el protagonista de esta canción, seguramente es Frank Sinatra. 

Y ahora, el fin está cerca,
y así, encaro el telón final.
Mi amigo, lo diré claro,
te expondré mi caso, del cual estoy seguro.

He vivido una vida que está llena,
he recorrido todas y cada una de las carreteras.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Podemos pensar por ejemplo que se trata de un anciano que se enfrenta a la muerte. De una persona que se enfrenta a una decepción y vive la rutina de siempre. Una persona que ha tenido una vida agitada y a menudo incomprendida, con un rico bagaje de experiencias y que pide la comprensión de quien le escucha. Una vida extrema, tal vez, pero una vida en la que todas las decisiones se han tomado de forma consciente. 

Remordimientos, he tenido algunos,
pero de nuevo, muy pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tuve que hacer,
y lo vi todo sin exenciones.

Planifiqué cada senda trazada,
cada paso cuidadoso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Quizá trivial pero auténtico. Alguien que ha vivido la vida al máximo, que ha tomado todas las decisiones con firmeza, que ha exprimido la vida hasta la médula, admite haber cometido errores y tener remordimientos. Es como decir: si te equivocas es normal, yo también me equivoco, pero al final los éxitos han compensado con creces las decepciones. Muy refinado cuando dice: «Hice lo que tenía que hacer». Muchas decisiones no son compartidas, otras incluso pueden hacer daño a las personas que nos rodean. Pues bien, eso también significa ser hombre: saber tomar incluso las decisiones difíciles. 

Sí, hubo momentos, estoy seguro de que lo sabes,
cuando mordí más de lo que podía masticar.
Pero a través de todo eso, cuando hubo duda,
me lo tomé todo y lo escupí.
Me enfrenté a todo y me mantuve erguido,
y lo hice a mi manera.
 

Amé, me reí y lloré,
tuve mi parte de pérdidas.
Y ahora, mientras las lágrimas se secan,
encuentro todo esto tan divertido.
 

Pensar que hice todo eso,
y puedo decir, sin pena ni timidez:
Oh, no, yo no, lo hice a mi manera.
 

Me he metido en líos demasiado grandes pero me he mantenido en pie y he seguido mi camino. Todo lo que me ha llegado —risas, llantos, amor, victorias y derrotas— lo he acogido con gusto, porque forma parte del camino de la vida. Y estoy orgulloso de poder decir en voz alta que todo esto lo he elegido yo. 

Independientemente de nuestros modelos y nuestras elecciones, a todos nos llega el día en que sufrimos y el día en que somos felices. Esto es normal y es un destino del que no podemos escapar. Lo importante es que todo esto sea fruto de nuestras elecciones, de nuestro camino, y no de dejarnos llevar por la corriente. 

¿Qué es un hombre, qué tiene?
Si no se tiene a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir lo que realmente siente
y no las palabras de alguien que se arrodilla.
La historia muestra que recibí los golpes.
Y lo hice a mi manera.

Al fin y al cabo, ¿qué es un hombre? Solo él mismo y nada más. Por eso es más importante poder vivir la propia vida con valentía, tomar decisiones y llevarlas hasta el final, en lugar de ser complaciente con la sociedad y conformarse con lo que nos ofrece que al final es todo.

Y uno casi parece ver, mientras Frank Sinatra canta, al Clint Eastwood triste, desencantado, pero aún capaz de pasiones, de «Gran Torino» o a aquellos héroes solitarios y melancólicos que «hacen lo correcto porque es lo correcto y no porque convenga». 

Y aquí tienes otra versión en vivo de Frank Sinatra y ya hacia el final de su carrera: https://www.youtube.com/watch?v=JXbZ7vS010E 

Cada uno… a su manera. No pudo ser de otra manera. Y esa es la manera correcta que cada uno supo y pudo hacer. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No, no todo yo moriré.

No, no todo yo moriré

Polvo serán, mas polvo enamorado: Es el último verso de un famoso soneto de Francisco de Quevedo titulado Amor constante más allá de la muerte.

 

Pertenece a esa parte de la obra de Quevedo que la tradición filológica ha clasificado como poesía «amorosa», junto a la poesía «grave» —o religiosa o moral— y a la poesía «festiva», es decir, vinculada a ocasiones privadas, amistosas o públicas —lo que hoy llamaríamos civiles—, casi todos estos últimos versos teñidos de un fuerte espíritu satírico.

 

La agilidad, nunca desprovista de rigor métrico ni de una hábil tensión oratoria y a la vez corrosiva, con la que se pasa de una forma a otra, de un tono a otro, es propia de una poética como la de Quevedo, un gran clásico del Siglo de Oro español. Contemporáneo de Baltasar Gracián, Calderón de la Barca, Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora, Lope de Vega, Tirso de Molina...


Este soneto amoroso ha tenido gran éxito y ha sido traducido en numerosas ocasiones a diversos idiomas.

 

Podrá cerrar mis ojos la última

sombra que me lleve el día blanco,

y podrá desatar esta alma mía

ahora a su ansioso y lisonjero anhelo;

pero no dejará la memoria en la otra orilla

donde ardía,

mi llama sabe nadar en el agua fría

y perder el respeto a la ley severa.

 

Alma a quien todo un dios ha sido prisión,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han ardido gloriosamente,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrán sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

Los ecos poéticos se unen a las resonancias de esa salmodia bíblica que, en múltiples variaciones, ha modulado el tema de la vanitas y de la meditatio mortis, una corriente a la que el propio Quevedo dio relieve al titular varios de sus poemas Salmo.

 

Y, sin embargo, en esta, pero también en otras composiciones amorosas y no solo amorosas, Quevedo ha querido separar la meditación sobre la caducidad de esa gélida nada sobre la que se abría cierta tradición del Eclesiastés bíblico.

 

Para el poeta, la representación del paso extremo, de la separación del mundo terrenal, no se desarrolla en la oposición entre la luz de la vida y la nada de la muerte, sino entre un cuerpo que se apaga y un sentir que sobrevive.

 

Y, sin embargo, el non omnis moriar, «no todo moriré», de la tradición humanista no se entrega a los consuelos de la fama, sino a la certeza de que el amor tiene un residuo inagotable, algo que sobrevive y no se destruye; en definitiva, tiene un poder que desafía a la muerte no en el terreno puramente biológico, sino en el terreno del sentir, del que el amor es compendio y cúspide.

 

Un sentimiento que flota más allá de la singularidad corporal que lo posee, resiste más allá del paso definitivo, más allá de la sombra extrema que sustrae al ser vivo de la luz de la vida.


El último verso del soneto, «polvo serán, mas polvo enamorado», tiene la fuerza evocadora de un epígrafe, y se dirige al lector con el destello de una despedida teatral y, al mismo tiempo, con la elegancia escultural y barroca de un dicho que recoge en su final el salto inesperado del pensamiento hacia la paradoja o hacia lo imposible.

 

El amor, que es la vida del deseo, trasciende las propias leyes de la vida física, porque su sentir va más allá del mundo cerrado de la singularidad corporal.

 

El triunfo barroco de la vanitas, del contemptus mundi, que ha cubierto con emblemas luminosos, floridos y resplandecientes la trampa del vacío, encomendando al arte la tarea de dialogar con la consumición de lo visible, pero al mismo tiempo de oponer a esa consumición lo «maravilloso» terrenal, ese triunfo tiene, en este soneto de Quevedo, una variante particular: es la propia desaparición la que sigue habitada por lo sensible; el pulvis es no es un presagio de la nada, porque en el polvo sobrevive el amor.

 

El soneto puede leerse, pues, como una variación poética del antiguo emblema Amor vincit omnia, el amor lo vence todo, pero en este caso se trata de una variación que la forma poética modula como persistencia del sentir, como animación de las mismas figuras que expresan la ausencia absoluta de vida, es decir, la ceniza y el polvo.

 

El soneto también podría leerse como una prolongación más de  un «triunfo» despojado, sin embargo, del aura humanista que confía la supervivencia a la fama, y empujado, en cambio, hacia la física de lo sensible, hacia un desafío extremo, aquel que opone a la muerte la vida invencible del sentir, a la sombra, que quita la luz, el amor que, en la lengua de la poesía, sigue mostrándose con toda su vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 11 de junio de 2026

La Basílica de la Sagrada Familia: Hacer visible lo invisible.

La Basílica de la Sagrada Familia: Hacer visible lo invisible

Un siglo después de su muerte, acaecida el 10 de junio de 1926, Antoni Gaudí, el artista que se dedicó con generosa entrega a la construcción del Templo de la Sagrada Familia durante los últimos doce años de su vida, aunque desde otra dimensión, vio cómo Barcelona «alzaba la mirada»  y, a su modo, también levantó los ojos al cielo, durante la Misa solemne presidida por el Papa León XIV, quien consagró la Torre de Jesucristo, culminación de una obra grandiosa como es la Sagrada Familia, icono indiscutible de la ciudad de Barcelona y, se puede decir, del mundo.

 

El Papa bendijo la Torre de Jesucristo, recién terminada y que ha convertido la Basílica en la más alta del mundo. Su Torre de 80 metros de altura alberga en su interior la Sala del Transepto, conectada a través de varios puentes con la Torre de la Virgen María y con las cuatro Torres de los Evangelistas.

 

«Alzad la mirada» significa literalmente levantar la vista o elevar la mirada. Pero en el contexto de la Sagrada Familia, va mucho más allá y tiene un profundo significado simbólico y espiritual.

 

La Basílica de Antoni Gaudí está diseñada expresamente para invitar a mirar hacia arriba: sus altas torres, la luz que se filtra por las vidrieras, las formas orgánicas que se elevan como un bosque de piedra y la cruz que culmina en la más alta Torre de Jesucristo guían la mirada del espectador hacia el cielo.

 

Antonio Gaudí quería que este gesto físico - levantar la cabeza - correspondiera a una acción interior: elevar el espíritu, acercarse a Dios y contemplar lo divino. La Iglesia se convierte así en un recorrido que desde la tierra (el mundo material) conduce hacia lo alto (el cielo y lo sagrado), transformando la visita al Templo en una experiencia del todo mística.

 

'Alzar la mirada' es, por tanto, una invitación a trascender lo cotidiano, a buscar la belleza y la grandeza de lo divino a través del arte de la arquitectura, aquella que imaginó y creó aquel «arquitecto de Dios» que repetía: «Para hacer bien las cosas, primero se necesita amor y solo después la técnica».

 

Alzar la mirada ha sido también el lema del viaje apostólico del Papa León XIV y se convierte en una llamada a un Occidente en crisis para que salga de una materialidad poshumanista, transhumanista,…, y recupere una espiritualidad que languidece.


El Papa celebró la Misa ante miles de fieles. Y visitó la cripta y la tumba del Venerable Antonio Gaudí, el corazón más profundo de la Basílica. Fuera de la cripta, una niña ciega - Valentina - le explicó la estructura de la Torre de Jesús a través de una maqueta accesible al tacto. 


El elogio al genio no podría ser mayor: «Como arquitecto ardiente de fe, el Venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con la intención de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos propuso una peregrinación espiritual que conduce al encuentro con Cristo». 

 

Esta Basílica fue consagrada por el Papa Benedicto XVI en noviembre de 2010. En aquella fecha, durante una solemne celebración eucarística, el Papa Benedicto XVI dedicó la Iglesia de Antoni Gaudí al culto religioso y la elevó al rango de Basílica Menor. Fue un acontecimiento histórico.

 

La Sagrada Familia, en construcción desde 1882, pudo así ser utilizada oficialmente para las funciones litúrgicas, aunque las obras no estuvieran del todo terminadas.

 

En 2010, al consagrarla, el Papa Benedicto XVI definió la Basílica como un «diálogo entre la fe y la arquitectura», y a Antonio Gaudí como «arquitecto genial y cristiano coherente», recordando sus palabras: «Una iglesia es lo único digno de representar el sentir de un pueblo, pues la religión es lo más elevado en el hombre».

 

El Papa Juan Pablo II, al visitar la Basílica, dijo: «Este Templo de la Sagrada Familia es una obra aún sin terminar, pero recibe solidez desde un principio, recuerda y resume otra construcción hecha con piedras vivas: la familia cristiana, célula humana esencial, donde nacen y crecen sin cesar la fe y el amor» y deseó que la familia sea siempre «entre vosotros una auténtica “Iglesia doméstica”, lugar consagrado al diálogo con Dios Padre, escuela para seguir a Cristo, por los caminos indicados en el Evangelio, fermento de convivencia y de virtudes sociales en estrecha comunión con el Espíritu que habita en vuestras almas».


La inauguración de la nueva Torre por parte del Papa León XIV constituye un puente con los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 

Y esta inauguración encaja a su modo en el de la encíclica Magnifica Humanitas.

 

La cruz de cuatro brazos situada en lo alto de la Torre de Jesús está concebida para proyectar haces de luz a su alrededor, «sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido», dice el Papa León XIV, y la cita es acertada.

 

Antonio Gaudí conocía bien el Prólogo del Evangelio de Juan y consideraba la luz el material más precioso; la arquitectura misma es, ante todo, el esfuerzo por dar orden a la luz, como entre las naves de la Sagrada Familia.

 

Por eso el Papa León XIV ha evocado las palabras del Papa Benedicto XVI: la Basílica del arquitecto catalán como «signo visible del Dios invisible», y la ha definido como «una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz», una tradición que continúa: «En su sabiduría, la Iglesia renueva así la ‘Biblia pauperum’ de las antiguas catedrales. En este Templo de imágenes resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son canales eminentes de evangelización».

 

También por eso, en la Misa celebrada cien años después de la muerte de Antonio Gaudí, antes de bendecir en el exterior la Torre más alta recién terminada, el Papa León XIV no ha dejado de resumir lo que había explicado el lunes en el Congreso de los Diputados de Madrid para reiterar lo esencial: «No podemos creer en Jesús y hacer la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente antes incluso de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria».

 

En la Basílica, «signo de unidad y concordia», el Papa León XIV llega a citar una frase de Jesús recogida por el Evangelista Juan: «Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». Palabras que «no son en absoluto amenazas, ni un chantaje», sino «una invitación a la salvación»: «Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor».


 

La obra de Antonio Gaudí es «mucho más que un monumento», señala: «Sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a buen término».

 

Y ya al atardecer, el Papa León XIV salió de la Iglesia para bendecir desde el exterior la Torre de Jesucristo: «Esta Cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo».

 

Uno sabe que hay lugares que se visitan. Y sabe también que hay lugares que invitan a la reflexión. La Sagrada Familia pertenece a esta segunda categoría.

 

No, no es simplemente una Basílica ni el monumento más famoso de Catalunya (casi cinco millones de visitantes en 2025, una media de 14 000 al día) y, tal vez, ni siquiera la obra maestra absoluta de Antoni Gaudí.

 

Es el retorno de algo antiguo y poderoso: una profesión de fe construida en piedra, un Evangelio traducido a la arquitectura, que hoy se erige como una pregunta vertical dirigida al hombre contemporáneo.

 

Desde sus orígenes, la Sagrada Familia ha sido definida como un «Templo expiatorio». Esto significa que su construcción nunca se ha beneficiado de fondos estatales o eclesiales oficiales, sino que siempre se ha basado exclusivamente en donaciones privadas de los fieles y, en la era moderna, en las entradas de los visitantes procedentes de todos los rincones del planeta.

 

Este detalle no es puramente económico, sino que encierra el núcleo íntimo de su espiritualidad: es una obra del pueblo, una obra colectiva y transgeneracional que une a los artesanos del pasado con los ingenieros del presente.


Cuando a sus contemporáneos el tiempo de realización ya les parecía absurdamente largo y dilatado, Antonio Gaudí solía responder con una broma: «Mi cliente no tiene prisa». El «cliente», naturalmente, era Dios.

 

Esta total ausencia de urgencia ha permitido que la Basílica se desarrolle como un auténtico organismo vivo, creciendo lentamente, bloque de piedra a bloque, al igual que las antiguas Catedrales medievales, integrando las antiguas técnicas manuales con los más modernos programas de diseño y modelado geométrico.

 

Seguramente para comprenderla de verdad haya que mirarla con los ojos de su autor.

 

Antoni Gaudí no diseñó un monumento para celebrar su propio genio, sino un Templo destinado a hacer visible lo invisible.

 

El padre del modernismo catalán tenía treinta y un años cuando, en 1883, asumió la dirección de un proyecto iniciado por otros. Desde aquel momento, la Basílica se convirtió en su obsesión, el compendio de toda una vida dedicada a traducir en formas construidas los misterios de la fe.

 

Durante cuarenta y tres años trabajó en esta obra, y en los últimos doce se dedicó a ella de forma exclusiva, viviendo como un asceta en la propia obra, durmiendo en una habitación junto a sus maquetas de yeso.

 

Antonio Gaudí no concibió la Sagrada Familia como un edificio estático, sino como un bosque petrificado que seguiría creciendo incluso después de su muerte. Sabía que nunca la vería terminada y esta conciencia lo liberó de las ataduras del tiempo, permitiéndole diseñar para la eternidad.


Cada centímetro de la Basílica cuenta una historia. 


Las tres fachadas —de la Natividad, de la Pasión y de la Gloria— constituyen un Evangelio esculpido, accesible incluso para quienes no saben leer.

 

La fachada de la Natividad, la única terminada en vida de Antonio Gaudí, rebosa vida: tortugas marinas y terrestres sostienen las columnas, ángeles músicos celebran el nacimiento de Jesús, toda la naturaleza participa en la alegría de la encarnación. Es un himno a la creación, una enciclopedia de la flora y la fauna traducida al lenguaje sagrado.

 

La fachada de la Pasión, realizada por el escultor Josep Maria Subirachs siguiendo las indicaciones de Antonio Gaudí, habla otro lenguaje: formas cuadradas, rostros cincelados, geometrías desnudas que gritan el dolor de la crucifixión. El contraste es intencionado, necesario.

 

El nacimiento y la muerte, la alegría y el sacrificio deben dialogar a través de la piedra. Antonio Gaudí y Josep Maria Subirachs demuestran así que el arte sacro no es una oleografía consoladora o tranquilizadora, sino un cuerpo vivo que no teme chocar contra la aspereza y el drama del presente, la única forma de resultar auténtico y creíble a los ojos del hombre moderno.

 

La fachada de la Gloria, actualmente en fase de finalización, será la más imponente: celebra el triunfo final, la resurrección, la vida eterna. Queda el Agnus Dei destinado precisamente a la Torre de Jesucristo, la gran Torre central. El propio Antonio Gaudí había dejado escrito en sus proyectos que en el centro de la espectacular cruz de cuatro brazos en lo alto de la aguja principal debía encontrarse el Cordero Divino.

 

La inclusión de este Cordero de Dios no es un simple añadido decorativo, sino la prueba de una necesaria y audaz paciencia a la hora de reconciliar la fe con los lenguajes artísticos contemporáneos. Utilizando materiales industriales y conceptuales de nuestra época —la estructura de acero, el uso de colas, luces UV y LED para proyectar los versículos del Nuevo Testamento—, se quiere mostrar que los materiales de la modernidad pueden hacerse transparencia de lo invisible, transformando el punto más alto de la Basílica en una rendija de luz viva dentro de la historia y del mundo seculares.


Uno tiene la sensación de que el verdadero milagro de la Sagrada Familia se produce en el interior.

 

Al entrar en la nave central se tiene la impresión de encontrarse en un bosque. Las columnas se elevan como troncos de árbol y se abren en ramificaciones que sostienen las bóvedas. No es un artificio estético. Es una elección profundamente espiritual. Para Antonio Gaudí, la naturaleza era el primer libro de la revelación.

 

Observar la creación significaba contemplar la inteligencia del Creador. Por eso rechazó las formas artificiales y buscó en las estructuras naturales las leyes de la arquitectura. La Basílica no imita a la naturaleza: asume su lenguaje. Y el resultado es extraordinario. La piedra pierde su pesadez y parece cobrar vida. El espacio no oprime, sino que acoge. El edificio no se impone al que lo visita: lo guía.

 

Y en esta experiencia, la luz asume un papel decisivo. En la tradición cristiana, la luz ha sido desde siempre símbolo de la presencia divina.

 

Y Antonio Gaudí la transforma en un material arquitectónico. Los inmensos vitrales de colores no tienen una función ornamental, sino teológica. Durante el día, el sol atraviesa los cristales y transfigura continuamente el interior de la Basílica. Los azules y verdes de la mañana evocan el nacimiento y la esperanza; los rojos y naranjas del atardecer recuerdan la Pasión y el sacrificio. La luz entra desde el exterior y transforma la materia sin destruirla.


Todo se convierte en una imagen, muy poderosa, de la gracia.

 

La piedra sigue siendo piedra, pero se vuelve capaz de reflejar algo que va más allá. Y hace aflorar el núcleo más profundo de la obra de Antonio Gaudí. La fe cristiana no huye del mundo material, no escapa de la historia, la transfigura. La materia no es una prisión de la que hay que escapar, sino el lugar donde el misterio se hace visible.

 

Por eso la Sagrada Familia sigue hablando incluso a quienes no creen. Porque más allá del lenguaje religioso guarda una pregunta universal: ¿existe algo que supere al hombre? ¿Existe una belleza que no se agota en sí misma, sino que remite a una realidad más grande?

 

Antonio Gaudí responde con las piedras, con la luz, con el espacio. Responde construyendo una gigantesca brújula vertical en un mundo a menudo encerrado en el horizonte de lo inmediato.

 

Y lo hace con una idea poderosa: lo que se realiza en la Sagrada Familia es la paradoja de un espacio sagrado que no se aísla del mundo por miedo, sino que se ofrece como una plaza abierta.

 

Los millones de visitantes que entran participan, a menudo inconscientemente, en una liturgia colectiva, transformando la Basílica en el edificio-símbolo de una fe que sabe estar fraternalmente en el mundo y dialogar con cualquiera que cruce su umbral.


Han pasado más de 100 años desde que se colocó la primera piedra de este monumento, lo cual resulta verdaderamente singular en una época en la que bastan unos pocos años para levantar rascacielos altísimos.

 

En la era de la modernidad hiper-tecnológica, de la sociedad mecanizada y de la eficiencia robotizada, la Sagrada Familia desafía las neurosis de nuestro tiempo con su imperturbable lentitud. Bien lo sabía su autor, quien concibió el grandioso proyecto con plena conciencia de que no vería su final antes de concluir su andadura terrenal.

 

«Nuestra Sagrada Familia crecerá lentamente. Se necesitarán décadas y décadas, tal vez siglos; yo moriré y aún no estará terminada; habrá otros que la construyan después de mí».

 

«Se necesitará mucho tiempo para completar mi iglesia, nuestra iglesia, la Sagrada Familia, como ha ocurrido siempre con todas las grandes obras, con todas las grandes catedrales».

 

«La Iglesia crece poco a poco, pero es normal que las cosas destinadas a durar mucho tiempo tengan pausas e interrupciones. Los robles centenarios tardan años y años en crecer».

 

Esta obra maestra no es la manifestación de un ego de artista sino un legado a toda la humanidad, llamada a unirse para contribuir a la construcción de una nueva humanidad.

 

Porque la Iglesia, repetía Antonio Gaudí, es el único edificio capaz y digno de representar a un pueblo: es más, es la máxima expresión de los pueblos de buena voluntad, como reza el Evangelio, el símbolo mismo de esa humanidad tenaz y trabajadora que elige construir en lugar de destruir.

 

Y, de hecho, si lo pensamos bien, la Sagrada Familia ha resistido todo: la construcción del edificio, piedra a piedra, nunca se ha interrumpido. Un sacramento tanto de esa humanidad que se va edificando en el tiempo como de esa salvación que sigue construyendo la historia y el mundo.

 

Me gusta pensar que esta Sagrada Familia aún incompleta es ese símbolo de que todo se va completando en el tiempo hasta llegar a la plenitud (cf. Efesios 1, 23). 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...