domingo, 28 de junio de 2026

No, no todo yo moriré.

No, no todo yo moriré

Polvo serán, mas polvo enamorado: Es el último verso de un famoso soneto de Francisco de Quevedo titulado Amor constante más allá de la muerte.

 

Pertenece a esa parte de la obra de Quevedo que la tradición filológica ha clasificado como poesía «amorosa», junto a la poesía «grave» —o religiosa o moral— y a la poesía «festiva», es decir, vinculada a ocasiones privadas, amistosas o públicas —lo que hoy llamaríamos civiles—, casi todos estos últimos versos teñidos de un fuerte espíritu satírico.

 

La agilidad, nunca desprovista de rigor métrico ni de una hábil tensión oratoria y a la vez corrosiva, con la que se pasa de una forma a otra, de un tono a otro, es propia de una poética como la de Quevedo, un gran clásico del Siglo de Oro español. Contemporáneo de Baltasar Gracián, Calderón de la Barca, Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora, Lope de Vega, Tirso de Molina...


Este soneto amoroso ha tenido gran éxito y ha sido traducido en numerosas ocasiones a diversos idiomas.

 

Podrá cerrar mis ojos la última

sombra que me lleve el día blanco,

y podrá desatar esta alma mía

ahora a su ansioso y lisonjero anhelo;

pero no dejará la memoria en la otra orilla

donde ardía,

mi llama sabe nadar en el agua fría

y perder el respeto a la ley severa.

 

Alma a quien todo un dios ha sido prisión,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han ardido gloriosamente,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrán sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

Los ecos poéticos se unen a las resonancias de esa salmodia bíblica que, en múltiples variaciones, ha modulado el tema de la vanitas y de la meditatio mortis, una corriente a la que el propio Quevedo dio relieve al titular varios de sus poemas Salmo.

 

Y, sin embargo, en esta, pero también en otras composiciones amorosas y no solo amorosas, Quevedo ha querido separar la meditación sobre la caducidad de esa gélida nada sobre la que se abría cierta tradición del Eclesiastés bíblico.

 

Para el poeta, la representación del paso extremo, de la separación del mundo terrenal, no se desarrolla en la oposición entre la luz de la vida y la nada de la muerte, sino entre un cuerpo que se apaga y un sentir que sobrevive.

 

Y, sin embargo, el non omnis moriar, «no todo moriré», de la tradición humanista no se entrega a los consuelos de la fama, sino a la certeza de que el amor tiene un residuo inagotable, algo que sobrevive y no se destruye; en definitiva, tiene un poder que desafía a la muerte no en el terreno puramente biológico, sino en el terreno del sentir, del que el amor es compendio y cúspide.

 

Un sentimiento que flota más allá de la singularidad corporal que lo posee, resiste más allá del paso definitivo, más allá de la sombra extrema que sustrae al ser vivo de la luz de la vida.


El último verso del soneto, «polvo serán, mas polvo enamorado», tiene la fuerza evocadora de un epígrafe, y se dirige al lector con el destello de una despedida teatral y, al mismo tiempo, con la elegancia escultural y barroca de un dicho que recoge en su final el salto inesperado del pensamiento hacia la paradoja o hacia lo imposible.

 

El amor, que es la vida del deseo, trasciende las propias leyes de la vida física, porque su sentir va más allá del mundo cerrado de la singularidad corporal.

 

El triunfo barroco de la vanitas, del contemptus mundi, que ha cubierto con emblemas luminosos, floridos y resplandecientes la trampa del vacío, encomendando al arte la tarea de dialogar con la consumición de lo visible, pero al mismo tiempo de oponer a esa consumición lo «maravilloso» terrenal, ese triunfo tiene, en este soneto de Quevedo, una variante particular: es la propia desaparición la que sigue habitada por lo sensible; el pulvis es no es un presagio de la nada, porque en el polvo sobrevive el amor.

 

El soneto puede leerse, pues, como una variación poética del antiguo emblema Amor vincit omnia, el amor lo vence todo, pero en este caso se trata de una variación que la forma poética modula como persistencia del sentir, como animación de las mismas figuras que expresan la ausencia absoluta de vida, es decir, la ceniza y el polvo.

 

El soneto también podría leerse como una prolongación más de  un «triunfo» despojado, sin embargo, del aura humanista que confía la supervivencia a la fama, y empujado, en cambio, hacia la física de lo sensible, hacia un desafío extremo, aquel que opone a la muerte la vida invencible del sentir, a la sombra, que quita la luz, el amor que, en la lengua de la poesía, sigue mostrándose con toda su vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

My way - A mi manera -.

My way   - A mi manera - Te invito a escuchar esta interpretación de Frank Sinatra con subtítulos en castellano: https://www.youtube.com/wat...