No, no todo yo moriré
Polvo serán, mas polvo enamorado: Es el último verso de un famoso soneto de Francisco de Quevedo titulado Amor constante más allá de la muerte.
Pertenece a esa parte de la obra de Quevedo que la
tradición filológica ha clasificado como poesía «amorosa», junto a la poesía
«grave» —o religiosa o moral— y a la poesía «festiva», es decir, vinculada a
ocasiones privadas, amistosas o públicas —lo que hoy llamaríamos civiles—, casi
todos estos últimos versos teñidos de un fuerte espíritu satírico.
La agilidad, nunca desprovista de rigor métrico ni de
una hábil tensión oratoria y a la vez corrosiva, con la que se pasa de una
forma a otra, de un tono a otro, es propia de una poética como la de Quevedo, un
gran clásico del Siglo de Oro español. Contemporáneo de Baltasar
Gracián, Calderón de la Barca, Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora,
Lope de Vega, Tirso de Molina...
Este soneto amoroso ha tenido gran éxito y ha sido traducido en numerosas ocasiones a diversos idiomas.
Podrá cerrar mis ojos la última
sombra que me lleve el día blanco,
y podrá desatar esta alma mía
ahora a su ansioso y lisonjero anhelo;
pero no dejará la memoria en la otra orilla
donde ardía,
mi llama sabe nadar en el agua fría
y perder el respeto a la ley severa.
Alma a quien todo un dios ha sido prisión,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han ardido gloriosamente,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Los ecos poéticos se unen a las resonancias de esa
salmodia bíblica que, en múltiples variaciones, ha modulado el tema de la vanitas y de la meditatio mortis, una corriente
a la que el propio Quevedo dio relieve al titular varios de sus poemas Salmo.
Y, sin embargo, en esta, pero también en otras
composiciones amorosas y no solo amorosas, Quevedo ha querido separar la
meditación sobre la caducidad de esa gélida nada sobre la que se abría cierta
tradición del Eclesiastés
bíblico.
Para el poeta, la representación del paso extremo, de
la separación del mundo terrenal, no se desarrolla en la oposición entre la luz
de la vida y la nada de la muerte, sino entre un cuerpo que se apaga y un
sentir que sobrevive.
Y, sin embargo, el non omnis moriar, «no todo moriré», de la tradición
humanista no se entrega a los consuelos de la fama, sino a la certeza de que el
amor tiene un residuo inagotable, algo que sobrevive y no se destruye; en
definitiva, tiene un poder que desafía a la muerte no en el terreno puramente
biológico, sino en el terreno del sentir, del que el amor es compendio y
cúspide.
Un sentimiento que flota más allá de la singularidad
corporal que lo posee, resiste más allá del paso definitivo, más allá de la
sombra extrema que sustrae al ser vivo de la luz de la vida.
El último verso del soneto, «polvo serán, mas polvo enamorado», tiene la fuerza evocadora de un epígrafe, y se dirige al lector con el destello de una despedida teatral y, al mismo tiempo, con la elegancia escultural y barroca de un dicho que recoge en su final el salto inesperado del pensamiento hacia la paradoja o hacia lo imposible.
El amor, que es la vida del deseo, trasciende las
propias leyes de la vida física, porque su sentir va más allá del mundo cerrado
de la singularidad corporal.
El triunfo barroco de la vanitas, del contemptus
mundi, que ha cubierto con emblemas luminosos, floridos y
resplandecientes la trampa del vacío, encomendando al arte la tarea de dialogar
con la consumición de lo visible, pero al mismo tiempo de oponer a esa
consumición lo «maravilloso» terrenal, ese triunfo tiene, en este soneto de
Quevedo, una variante particular: es la propia desaparición la que sigue
habitada por lo sensible; el pulvis
es no es un presagio de la nada, porque en el polvo sobrevive el amor.
El soneto puede leerse, pues, como una variación
poética del antiguo emblema Amor
vincit omnia, el amor lo vence todo, pero en este
caso se trata de una variación que la forma poética modula como persistencia
del sentir, como animación de las mismas figuras que expresan la ausencia
absoluta de vida, es decir, la ceniza y el polvo.
El soneto también podría leerse como una prolongación
más de un «triunfo» despojado, sin
embargo, del aura humanista que confía la supervivencia a la fama, y empujado,
en cambio, hacia la física de lo sensible, hacia un desafío extremo, aquel que
opone a la muerte la vida invencible del sentir, a la sombra, que quita la luz,
el amor que, en la lengua de la poesía, sigue mostrándose con toda su vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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