No temas, yo estoy contigo - Isaías 41, 10 -
En la vida personal uno pasa por momentos de desafío.
Cuando recibimos una mala noticia, una de las
reacciones más espontáneas es preguntarnos: «¿Por qué precisamente a mí?»,
o decirnos: «No es justo».
Son preguntas profundamente humanas.
Ante el dolor, la enfermedad, la pérdida o el fracaso,
a menudo nos sentimos desorientados y tentados a pensar que todo carece de
sentido.
Para algunos, el sufrimiento se convierte incluso en
un motivo para dudar de Dios: «Si Dios existiera, no habría todo este dolor
en el mundo»; «Si Dios existiera, no me haría esto».
Sin embargo, la Biblia nunca nos presenta a un Dios que prometa una vida fácil.
De hecho, en la Biblia Dios no nos promete una vida sin dolor. Nos promete «solo» acompañarnos.
Dios no nos promete que siempre gozaremos de buena
salud.
No nos garantiza que nuestros seres queridos nunca
sufrirán. No nos vende la ilusión de poder distanciarnos del dolor, de alcanzar
la apatía dichosa. No nos promete que cumpliremos fácilmente todos nuestros
sueños ni que nos libraremos de las pruebas de la vida. Nada de todo esto se
encuentra en las Escrituras.
Pero sí hay una promesa infinitamente más hermosa que recorre toda la Biblia: Dios estará con nosotros.
En el Salmo 91, David describe al Señor como su
refugio y su fortaleza.
En los Evangelios vemos a Jesús presente en la barca
durante la tormenta; los discípulos están aterrorizados por las olas, pero su
presencia lo cambia todo. La tormenta no desaparece de inmediato; lo que cambia
es la certeza de que no están solos.
La fe no consiste en creer que no sucederán cosas
terribles. Consiste en saber que, pase lo que pase, Dios no nos abandonará.
Dios es fiel. Es constante.
Es el único punto firme en un mundo que cambia
continuamente. Las circunstancias cambian, la salud puede fallar, los proyectos
pueden fracasar, pero su amor permanece.
Por eso la fe puede convertirse en una fuente de
consuelo en los momentos más difíciles.
No porque haga que el dolor sea menos real, ni porque
nos adormezca la conciencia con una dulce mentira, sino porque nos recuerda
que, en medio del dolor, podemos encontrar su paz y su gracia.
Porque nos recuerda que existe un ancla capaz de
mantenernos firmes cuando todo parece derrumbarse.
El Creador de la Vida, el origen de los átomos y de las galaxias, es una fuente de amor: he aquí el gran consuelo de la fe, que nos permite atravesar el dolor con gracia y esperanza.
Dios no desea nuestro sufrimiento y no se complace en
castigar a sus hijos. El dolor forma parte de la condición humana, de un mundo
marcado por la fragilidad.
Pero precisamente allí, en el lugar de nuestra herida,
Dios sale a nuestro encuentro y nos dice: «No temas. Yo estoy contigo».
El amor no borra el dolor,
pero impide que este tenga la última palabra. El amor nos permite estar heridos sin caer en la desesperación, llorar
sin perder por completo la esperanza, enfadarnos sin odiar.
En su designio de gracia, incluso el dolor tiene su
belleza, porque nos abre el corazón al sufrimiento tantas veces ajeno, tantas
veces propio.
Sufrimos, sí. Pero su presencia - tantas veces como misteriosa
compañía que parece ausente – acompaña: «No temas. Yo estoy contigo».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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