Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -
Jesús establece en el Evangelio una equivalencia muy fuerte: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a quien me ha enviado». (Mt 10, 40)
Jesús quiere que el testimonio de los Doce —y hoy, el
de todos nosotros— sea la forma en que Él mismo continúe su misión. Es una
responsabilidad inmensa para los discípulos y una señal de la confianza que el
Señor tiene en sus hijos, siempre y a pesar de todo.
La Presencia de Dios debe pasar necesariamente también
a través de personas concretas que sean, ante todo, acogedoras.
Y es que el Evangelio atestigua que quien acoge a los
discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y
reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo
acoge: «Quien acoge a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa del
profeta, y quien acoge a un justo por ser justo, recibirá la recompensa del
justo» (Mt 10, 41).
Acoger al otro es siempre fecundo porque nos obliga a
«disminuirnos», a reducirnos, a hacer sitio, en primer lugar, obviamente, al
Otro y luego al otro.
En el centro de toda la experiencia cristiana se
impone la dimensión de la acogida, tal y como se lee en la Carta a los Hebreos:
«No
olvidéis la hospitalidad; algunos, al practicarla, han acogido a ángeles sin
saberlo» (Hb 13, 2).
Pero la acogida del mensajero no puede prescindir de
la acogida de personas de carne y hueso, con su historia, sus esfuerzos y sus
alegrías, sus necesidades que exigen poner en práctica gestos, atenciones,
cuidados, discernimiento, escucha y observación para poder llegar al otro y
conmoverlo.
Y ésta exige disponibilidad al cambio, a la apertura,
un verdadero trabajo de conversión personal, pero sobre todo la acogida de la
diversidad y la alteridad, que debe transformarse en fraternidad.
Acoger al otro implica, ante todo, sentir —aunque solo
sea por intuición— lo que el otro siente, y requiere suspender el juicio para
acercarnos con los pies en la tierra a la vida de quienes encontramos.
Y comprendemos que todo esto forma parte de la radicalidad cristiana. Porque todo esto es dar la vida: dar vida a los demás entregando la propia vida. Tantas veces pienso que es necesario «descalzarse para entrar en el otro» (cf. Éxodo 3, 5):
«¡No
te acerques! Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar en el que estás
es tierra santa».
¡Quitarse las sandalias equivale a ser libre, a ser
uno mismo, ante los hombres y ante Dios! En cambio, al ponernos las sandalias,
nos separamos. Es cierto, somos mucho más fuertes y seguros con las sandalias
puestas, podemos correr y huir… pero no disfrutamos del contacto con el suelo
(con los demás) y, poco a poco, por desgracia, nos volvemos insensibles.
El corazón de mi hermano es un lugar sagrado, un lugar
al que solo Dios puede entrar, y esto exige necesariamente respeto y atención
al camino que Dios le está haciendo recorrer, del que yo no sé absolutamente
nada, pero del que soy y debo convertirme sin duda en responsable y guardián.
Cuánta indiferencia, juicio e intolerancia hay, en
cambio, en nuestras relaciones.
Al repasar como en una repetición nuestras
interacciones interpersonales, a menudo descubrimos que nuestra forma de
relacionarnos con los demás se parece mucho a la de un elefante en una
cristalería, sin tener la delicadeza de quitarnos las sandalias.
El Evangelio es una persona, Jesucristo, y a las personas
hay que acogerlas y darles cobijo, a todas.
Y es que Jesús nos ofrece una responsabilidad y una
oportunidad: entrar en una relación de plena comunión con Él únicamente a
través de los hermanos.
Nos corresponde a nosotros abrir de par en par el
corazón y la mente para dejarnos interpelar y, sin duda, transformar por
aquello que siempre es acogido en Su corazón.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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