sábado, 27 de junio de 2026

Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -

Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -

Jesús establece en el Evangelio una equivalencia muy fuerte: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a quien me ha enviado». (Mt 10, 40)

 

Jesús quiere que el testimonio de los Doce —y hoy, el de todos nosotros— sea la forma en que Él mismo continúe su misión. Es una responsabilidad inmensa para los discípulos y una señal de la confianza que el Señor tiene en sus hijos, siempre y a pesar de todo.

 

La Presencia de Dios debe pasar necesariamente también a través de personas concretas que sean, ante todo, acogedoras.

 

Y es que el Evangelio atestigua que quien acoge a los discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo acoge: «Quien acoge a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa del profeta, y quien acoge a un justo por ser justo, recibirá la recompensa del justo» (Mt 10, 41).

 

Acoger al otro es siempre fecundo porque nos obliga a «disminuirnos», a reducirnos, a hacer sitio, en primer lugar, obviamente, al Otro y luego al otro.

 

En el centro de toda la experiencia cristiana se impone la dimensión de la acogida, tal y como se lee en la Carta a los Hebreos: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, al practicarla, han acogido a ángeles sin saberlo» (Hb 13, 2).

 

Pero la acogida del mensajero no puede prescindir de la acogida de personas de carne y hueso, con su historia, sus esfuerzos y sus alegrías, sus necesidades que exigen poner en práctica gestos, atenciones, cuidados, discernimiento, escucha y observación para poder llegar al otro y conmoverlo.

 

Y ésta exige disponibilidad al cambio, a la apertura, un verdadero trabajo de conversión personal, pero sobre todo la acogida de la diversidad y la alteridad, que debe transformarse en fraternidad.

 

Acoger al otro implica, ante todo, sentir —aunque solo sea por intuición— lo que el otro siente, y requiere suspender el juicio para acercarnos con los pies en la tierra a la vida de quienes encontramos.


Y comprendemos que todo esto forma parte de la radicalidad cristiana. Porque todo esto es dar la vida: dar vida a los demás entregando la propia vida. Tantas veces pienso que es necesario «descalzarse para entrar en el otro» (cf. Éxodo 3, 5):

 

«¡No te acerques! Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar en el que estás es tierra santa».

 

¡Quitarse las sandalias equivale a ser libre, a ser uno mismo, ante los hombres y ante Dios! En cambio, al ponernos las sandalias, nos separamos. Es cierto, somos mucho más fuertes y seguros con las sandalias puestas, podemos correr y huir… pero no disfrutamos del contacto con el suelo (con los demás) y, poco a poco, por desgracia, nos volvemos insensibles.

 

El corazón de mi hermano es un lugar sagrado, un lugar al que solo Dios puede entrar, y esto exige necesariamente respeto y atención al camino que Dios le está haciendo recorrer, del que yo no sé absolutamente nada, pero del que soy y debo convertirme sin duda en responsable y guardián.

 

Cuánta indiferencia, juicio e intolerancia hay, en cambio, en nuestras relaciones.

 

Al repasar como en una repetición nuestras interacciones interpersonales, a menudo descubrimos que nuestra forma de relacionarnos con los demás se parece mucho a la de un elefante en una cristalería, sin tener la delicadeza de quitarnos las sandalias.

 

El Evangelio es una persona, Jesucristo, y a las personas hay que acogerlas y darles cobijo, a todas.

 

Y es que Jesús nos ofrece una responsabilidad y una oportunidad: entrar en una relación de plena comunión con Él únicamente a través de los hermanos.

 

Nos corresponde a nosotros abrir de par en par el corazón y la mente para dejarnos interpelar y, sin duda, transformar por aquello que siempre es acogido en Su corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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