Ordenar la vida - San Mateo 10, 37-42 -
La propuesta que Jesús hizo a los suyos tenía precisamente como objetivo liberarnos de esa tentación que tiende a dejar fuera a alguien en nombre de la exclusividad y la absolutización.
Y es que, cuando Jesús pronunció estas palabras, el
contexto era aquel en el que todo se decidía según las reglas del clan
familiar, que establecía vínculos y derechos de primogenitura.
En una época como la nuestra, en la que parece
prevalecer una especie de analfabetismo emocional porque todo está mediado por
la tecnología, las palabras de Jesús hasta pueden sonarnos como una invitación
a dialogar con los propios sentimientos y a saber gestionarlos.
En nombre de la verdad del amor, lo que Jesús propone
es liberarse de todo aquello que ahoga las relaciones que no son dignas de un
hombre libre.
Es para amar de verdad por lo que ya el antiguo autor
había establecido: «por eso dejarán
el hombre a su padre y a su madre».
¿Qué fruto podría dar, de hecho, una relación vivida
como la prolongación del hogar paterno sin aceptar el reto inherente a la
aventura propia de quien está llamado a construir su propia familia?
El padre y la madre pueden ser, a veces, incluso los
criterios que nos guían hasta el punto de determinar nuestras elecciones y
condicionar nuestros pasos.
¿Es justo que un joven sacrifique su talento único y
singular para no decepcionar las expectativas de los suyos?
¿Qué fruto podría dar una relación basada únicamente
en la posesividad o en el chantaje emocional, sin reconocer ya aquello a lo que
el otro está llamado?
También María y José tuvieron que aprender que aquel hijo era mucho más de lo que habían comprendido y compartido hasta aquel día: «¿No sabéis que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» ¿Cuáles son los asuntos del Padre de los que cada hijo debe ocuparse?
Los hijos que están por encima de todo no siempre son
los carnales: también pueden ser objetivos que alcanzar, resultados que
perseguir. ¿Qué fruto podría dar una relación en la que se te ve como un niño
eterno, incapaz de autonomía y de responsabilidad?
¿Se ha perdido alguna vocación —y no me refiero propiamente
a la vocación presbiteral, misionera, religiosa…— solo porque un hijo ha
sentido la presión psicológica de su entorno, que no le ha devuelto el sentido
de aquello a lo que estaba llamado?
«No dejarse guiar por mí», nos repite
hoy Jesús a cada uno de nosotros, significa tomar un camino sin salida.
¿Qué quería decir cuando hablaba de «tomar
la propia cruz»? Porque la cruz no son las enfermedades ni los
quebraderos de cabeza de la vida.
No es casualidad que todas las veces que en el Evangelio se habla de la cruz, no se hable de «aceptar la cruz», sino de «tomarla».
Significa tener en cuenta que, al vivir como Jesús
pide, hay que contar con la oposición, el rechazo, la burla y la calumnia.
Cargar con la cruz significa asumir las consecuencias de vivir siguiendo los
pasos del Señor.
Perder la vida significa reconocer que, sin la muerte
de algunos aspectos de nosotros mismos, no será posible acceder a una nueva
conciencia. Y quien no acepte hacerlo no hará más que escoger su propia vida
que, sin embargo, ya se le ha escapado…
Jesús, por tanto, no entra en nuestra vida para
empobrecer los afectos, sino para purificarlos; no nos pide que amemos menos,
sino que amemos mejor. Dios no es el rival de nuestros vínculos, sino la fuente
que los devuelve a su verdad.
Cuando un afecto se vuelve absoluto, deja de ser amor
y se convierte en posesión, miedo, dependencia.
Por eso el Evangelio nos pide que dejemos que Jesús
ordene nuestro corazón: para que el padre no se convierta en amo, la madre en
un refugio del que no salir jamás, el hijo en una proyección de nuestros
sueños, y el amado en una propiedad que hay que retener.
Tomar la cruz significa también aceptar esta
purificación: amar sin atrapar, cuidar sin poseer, acompañar sin sustituir,
dejar ir sin dejar de querer.
Quien pierde la vida por Jesús no la desperdicia:
pierde lo que lo mantenía prisionero y recibe una nueva libertad.
Y entonces comprende que el Señor no pide que elijamos
entre Dios y los afectos, sino que elijamos a Dios para que cada afecto sea
salvado de la mentira de la posesión y devuelto a la verdad del amor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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