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jueves, 11 de junio de 2026

La Basílica de la Sagrada Familia: Hacer visible lo invisible.

La Basílica de la Sagrada Familia: Hacer visible lo invisible

Un siglo después de su muerte, acaecida el 10 de junio de 1926, Antoni Gaudí, el artista que se dedicó con generosa entrega a la construcción del Templo de la Sagrada Familia durante los últimos doce años de su vida, aunque desde otra dimensión, vio cómo Barcelona «alzaba la mirada»  y, a su modo, también levantó los ojos al cielo, durante la Misa solemne presidida por el Papa León XIV, quien consagró la Torre de Jesucristo, culminación de una obra grandiosa como es la Sagrada Familia, icono indiscutible de la ciudad de Barcelona y, se puede decir, del mundo.

 

El Papa bendijo la Torre de Jesucristo, recién terminada y que ha convertido la Basílica en la más alta del mundo. Su Torre de 80 metros de altura alberga en su interior la Sala del Transepto, conectada a través de varios puentes con la Torre de la Virgen María y con las cuatro Torres de los Evangelistas.

 

«Alzad la mirada» significa literalmente levantar la vista o elevar la mirada. Pero en el contexto de la Sagrada Familia, va mucho más allá y tiene un profundo significado simbólico y espiritual.

 

La Basílica de Antoni Gaudí está diseñada expresamente para invitar a mirar hacia arriba: sus altas torres, la luz que se filtra por las vidrieras, las formas orgánicas que se elevan como un bosque de piedra y la cruz que culmina en la más alta Torre de Jesucristo guían la mirada del espectador hacia el cielo.

 

Antonio Gaudí quería que este gesto físico - levantar la cabeza - correspondiera a una acción interior: elevar el espíritu, acercarse a Dios y contemplar lo divino. La Iglesia se convierte así en un recorrido que desde la tierra (el mundo material) conduce hacia lo alto (el cielo y lo sagrado), transformando la visita al Templo en una experiencia del todo mística.

 

'Alzar la mirada' es, por tanto, una invitación a trascender lo cotidiano, a buscar la belleza y la grandeza de lo divino a través del arte de la arquitectura, aquella que imaginó y creó aquel «arquitecto de Dios» que repetía: «Para hacer bien las cosas, primero se necesita amor y solo después la técnica».

 

Alzar la mirada ha sido también el lema del viaje apostólico del Papa León XIV y se convierte en una llamada a un Occidente en crisis para que salga de una materialidad poshumanista, transhumanista,…, y recupere una espiritualidad que languidece.


El Papa celebró la Misa ante miles de fieles. Y visitó la cripta y la tumba del Venerable Antonio Gaudí, el corazón más profundo de la Basílica. Fuera de la cripta, una niña ciega - Valentina - le explicó la estructura de la Torre de Jesús a través de una maqueta accesible al tacto. 


El elogio al genio no podría ser mayor: «Como arquitecto ardiente de fe, el Venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con la intención de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos propuso una peregrinación espiritual que conduce al encuentro con Cristo». 

 

Esta Basílica fue consagrada por el Papa Benedicto XVI en noviembre de 2010. En aquella fecha, durante una solemne celebración eucarística, el Papa Benedicto XVI dedicó la Iglesia de Antoni Gaudí al culto religioso y la elevó al rango de Basílica Menor. Fue un acontecimiento histórico.

 

La Sagrada Familia, en construcción desde 1882, pudo así ser utilizada oficialmente para las funciones litúrgicas, aunque las obras no estuvieran del todo terminadas.

 

En 2010, al consagrarla, el Papa Benedicto XVI definió la Basílica como un «diálogo entre la fe y la arquitectura», y a Antonio Gaudí como «arquitecto genial y cristiano coherente», recordando sus palabras: «Una iglesia es lo único digno de representar el sentir de un pueblo, pues la religión es lo más elevado en el hombre».

 

El Papa Juan Pablo II, al visitar la Basílica, dijo: «Este Templo de la Sagrada Familia es una obra aún sin terminar, pero recibe solidez desde un principio, recuerda y resume otra construcción hecha con piedras vivas: la familia cristiana, célula humana esencial, donde nacen y crecen sin cesar la fe y el amor» y deseó que la familia sea siempre «entre vosotros una auténtica “Iglesia doméstica”, lugar consagrado al diálogo con Dios Padre, escuela para seguir a Cristo, por los caminos indicados en el Evangelio, fermento de convivencia y de virtudes sociales en estrecha comunión con el Espíritu que habita en vuestras almas».


La inauguración de la nueva Torre por parte del Papa León XIV constituye un puente con los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 

Y esta inauguración encaja a su modo en el de la encíclica Magnifica Humanitas.

 

La cruz de cuatro brazos situada en lo alto de la Torre de Jesús está concebida para proyectar haces de luz a su alrededor, «sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido», dice el Papa León XIV, y la cita es acertada.

 

Antonio Gaudí conocía bien el Prólogo del Evangelio de Juan y consideraba la luz el material más precioso; la arquitectura misma es, ante todo, el esfuerzo por dar orden a la luz, como entre las naves de la Sagrada Familia.

 

Por eso el Papa León XIV ha evocado las palabras del Papa Benedicto XVI: la Basílica del arquitecto catalán como «signo visible del Dios invisible», y la ha definido como «una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz», una tradición que continúa: «En su sabiduría, la Iglesia renueva así la ‘Biblia pauperum’ de las antiguas catedrales. En este Templo de imágenes resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son canales eminentes de evangelización».

 

También por eso, en la Misa celebrada cien años después de la muerte de Antonio Gaudí, antes de bendecir en el exterior la Torre más alta recién terminada, el Papa León XIV no ha dejado de resumir lo que había explicado el lunes en el Congreso de los Diputados de Madrid para reiterar lo esencial: «No podemos creer en Jesús y hacer la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente antes incluso de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria».

 

En la Basílica, «signo de unidad y concordia», el Papa León XIV llega a citar una frase de Jesús recogida por el Evangelista Juan: «Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». Palabras que «no son en absoluto amenazas, ni un chantaje», sino «una invitación a la salvación»: «Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor».


 

La obra de Antonio Gaudí es «mucho más que un monumento», señala: «Sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a buen término».

 

Y ya al atardecer, el Papa León XIV salió de la Iglesia para bendecir desde el exterior la Torre de Jesucristo: «Esta Cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo».

 

Uno sabe que hay lugares que se visitan. Y sabe también que hay lugares que invitan a la reflexión. La Sagrada Familia pertenece a esta segunda categoría.

 

No, no es simplemente una Basílica ni el monumento más famoso de Catalunya (casi cinco millones de visitantes en 2025, una media de 14 000 al día) y, tal vez, ni siquiera la obra maestra absoluta de Antoni Gaudí.

 

Es el retorno de algo antiguo y poderoso: una profesión de fe construida en piedra, un Evangelio traducido a la arquitectura, que hoy se erige como una pregunta vertical dirigida al hombre contemporáneo.

 

Desde sus orígenes, la Sagrada Familia ha sido definida como un «Templo expiatorio». Esto significa que su construcción nunca se ha beneficiado de fondos estatales o eclesiales oficiales, sino que siempre se ha basado exclusivamente en donaciones privadas de los fieles y, en la era moderna, en las entradas de los visitantes procedentes de todos los rincones del planeta.

 

Este detalle no es puramente económico, sino que encierra el núcleo íntimo de su espiritualidad: es una obra del pueblo, una obra colectiva y transgeneracional que une a los artesanos del pasado con los ingenieros del presente.


Cuando a sus contemporáneos el tiempo de realización ya les parecía absurdamente largo y dilatado, Antonio Gaudí solía responder con una broma: «Mi cliente no tiene prisa». El «cliente», naturalmente, era Dios.

 

Esta total ausencia de urgencia ha permitido que la Basílica se desarrolle como un auténtico organismo vivo, creciendo lentamente, bloque de piedra a bloque, al igual que las antiguas Catedrales medievales, integrando las antiguas técnicas manuales con los más modernos programas de diseño y modelado geométrico.

 

Seguramente para comprenderla de verdad haya que mirarla con los ojos de su autor.

 

Antoni Gaudí no diseñó un monumento para celebrar su propio genio, sino un Templo destinado a hacer visible lo invisible.

 

El padre del modernismo catalán tenía treinta y un años cuando, en 1883, asumió la dirección de un proyecto iniciado por otros. Desde aquel momento, la Basílica se convirtió en su obsesión, el compendio de toda una vida dedicada a traducir en formas construidas los misterios de la fe.

 

Durante cuarenta y tres años trabajó en esta obra, y en los últimos doce se dedicó a ella de forma exclusiva, viviendo como un asceta en la propia obra, durmiendo en una habitación junto a sus maquetas de yeso.

 

Antonio Gaudí no concibió la Sagrada Familia como un edificio estático, sino como un bosque petrificado que seguiría creciendo incluso después de su muerte. Sabía que nunca la vería terminada y esta conciencia lo liberó de las ataduras del tiempo, permitiéndole diseñar para la eternidad.


Cada centímetro de la Basílica cuenta una historia. 


Las tres fachadas —de la Natividad, de la Pasión y de la Gloria— constituyen un Evangelio esculpido, accesible incluso para quienes no saben leer.

 

La fachada de la Natividad, la única terminada en vida de Antonio Gaudí, rebosa vida: tortugas marinas y terrestres sostienen las columnas, ángeles músicos celebran el nacimiento de Jesús, toda la naturaleza participa en la alegría de la encarnación. Es un himno a la creación, una enciclopedia de la flora y la fauna traducida al lenguaje sagrado.

 

La fachada de la Pasión, realizada por el escultor Josep Maria Subirachs siguiendo las indicaciones de Antonio Gaudí, habla otro lenguaje: formas cuadradas, rostros cincelados, geometrías desnudas que gritan el dolor de la crucifixión. El contraste es intencionado, necesario.

 

El nacimiento y la muerte, la alegría y el sacrificio deben dialogar a través de la piedra. Antonio Gaudí y Josep Maria Subirachs demuestran así que el arte sacro no es una oleografía consoladora o tranquilizadora, sino un cuerpo vivo que no teme chocar contra la aspereza y el drama del presente, la única forma de resultar auténtico y creíble a los ojos del hombre moderno.

 

La fachada de la Gloria, actualmente en fase de finalización, será la más imponente: celebra el triunfo final, la resurrección, la vida eterna. Queda el Agnus Dei destinado precisamente a la Torre de Jesucristo, la gran Torre central. El propio Antonio Gaudí había dejado escrito en sus proyectos que en el centro de la espectacular cruz de cuatro brazos en lo alto de la aguja principal debía encontrarse el Cordero Divino.

 

La inclusión de este Cordero de Dios no es un simple añadido decorativo, sino la prueba de una necesaria y audaz paciencia a la hora de reconciliar la fe con los lenguajes artísticos contemporáneos. Utilizando materiales industriales y conceptuales de nuestra época —la estructura de acero, el uso de colas, luces UV y LED para proyectar los versículos del Nuevo Testamento—, se quiere mostrar que los materiales de la modernidad pueden hacerse transparencia de lo invisible, transformando el punto más alto de la Basílica en una rendija de luz viva dentro de la historia y del mundo seculares.


Uno tiene la sensación de que el verdadero milagro de la Sagrada Familia se produce en el interior.

 

Al entrar en la nave central se tiene la impresión de encontrarse en un bosque. Las columnas se elevan como troncos de árbol y se abren en ramificaciones que sostienen las bóvedas. No es un artificio estético. Es una elección profundamente espiritual. Para Antonio Gaudí, la naturaleza era el primer libro de la revelación.

 

Observar la creación significaba contemplar la inteligencia del Creador. Por eso rechazó las formas artificiales y buscó en las estructuras naturales las leyes de la arquitectura. La Basílica no imita a la naturaleza: asume su lenguaje. Y el resultado es extraordinario. La piedra pierde su pesadez y parece cobrar vida. El espacio no oprime, sino que acoge. El edificio no se impone al que lo visita: lo guía.

 

Y en esta experiencia, la luz asume un papel decisivo. En la tradición cristiana, la luz ha sido desde siempre símbolo de la presencia divina.

 

Y Antonio Gaudí la transforma en un material arquitectónico. Los inmensos vitrales de colores no tienen una función ornamental, sino teológica. Durante el día, el sol atraviesa los cristales y transfigura continuamente el interior de la Basílica. Los azules y verdes de la mañana evocan el nacimiento y la esperanza; los rojos y naranjas del atardecer recuerdan la Pasión y el sacrificio. La luz entra desde el exterior y transforma la materia sin destruirla.


Todo se convierte en una imagen, muy poderosa, de la gracia.

 

La piedra sigue siendo piedra, pero se vuelve capaz de reflejar algo que va más allá. Y hace aflorar el núcleo más profundo de la obra de Antonio Gaudí. La fe cristiana no huye del mundo material, no escapa de la historia, la transfigura. La materia no es una prisión de la que hay que escapar, sino el lugar donde el misterio se hace visible.

 

Por eso la Sagrada Familia sigue hablando incluso a quienes no creen. Porque más allá del lenguaje religioso guarda una pregunta universal: ¿existe algo que supere al hombre? ¿Existe una belleza que no se agota en sí misma, sino que remite a una realidad más grande?

 

Antonio Gaudí responde con las piedras, con la luz, con el espacio. Responde construyendo una gigantesca brújula vertical en un mundo a menudo encerrado en el horizonte de lo inmediato.

 

Y lo hace con una idea poderosa: lo que se realiza en la Sagrada Familia es la paradoja de un espacio sagrado que no se aísla del mundo por miedo, sino que se ofrece como una plaza abierta.

 

Los millones de visitantes que entran participan, a menudo inconscientemente, en una liturgia colectiva, transformando la Basílica en el edificio-símbolo de una fe que sabe estar fraternalmente en el mundo y dialogar con cualquiera que cruce su umbral.


Han pasado más de 100 años desde que se colocó la primera piedra de este monumento, lo cual resulta verdaderamente singular en una época en la que bastan unos pocos años para levantar rascacielos altísimos.

 

En la era de la modernidad hiper-tecnológica, de la sociedad mecanizada y de la eficiencia robotizada, la Sagrada Familia desafía las neurosis de nuestro tiempo con su imperturbable lentitud. Bien lo sabía su autor, quien concibió el grandioso proyecto con plena conciencia de que no vería su final antes de concluir su andadura terrenal.

 

«Nuestra Sagrada Familia crecerá lentamente. Se necesitarán décadas y décadas, tal vez siglos; yo moriré y aún no estará terminada; habrá otros que la construyan después de mí».

 

«Se necesitará mucho tiempo para completar mi iglesia, nuestra iglesia, la Sagrada Familia, como ha ocurrido siempre con todas las grandes obras, con todas las grandes catedrales».

 

«La Iglesia crece poco a poco, pero es normal que las cosas destinadas a durar mucho tiempo tengan pausas e interrupciones. Los robles centenarios tardan años y años en crecer».

 

Esta obra maestra no es la manifestación de un ego de artista sino un legado a toda la humanidad, llamada a unirse para contribuir a la construcción de una nueva humanidad.

 

Porque la Iglesia, repetía Antonio Gaudí, es el único edificio capaz y digno de representar a un pueblo: es más, es la máxima expresión de los pueblos de buena voluntad, como reza el Evangelio, el símbolo mismo de esa humanidad tenaz y trabajadora que elige construir en lugar de destruir.

 

Y, de hecho, si lo pensamos bien, la Sagrada Familia ha resistido todo: la construcción del edificio, piedra a piedra, nunca se ha interrumpido. Un sacramento tanto de esa humanidad que se va edificando en el tiempo como de esa salvación que sigue construyendo la historia y el mundo.

 

Me gusta pensar que esta Sagrada Familia aún incompleta es ese símbolo de que todo se va completando en el tiempo hasta llegar a la plenitud (cf. Efesios 1, 23). 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 9 de junio de 2026

La arquitectura de Dios.

La arquitectura de Dios

¿Quién fue Antoni Gaudí? ¿Qué significó para el mundo de la arquitectura, para Barcelona, para el cristianismo, para el mundo entero?

 

Un genio, sin lugar a dudas, un genio. Alguien que supo, desde el principio, trabajar y diseñar no para algo, sino para Alguien. Su arte siempre fue un medio, un instrumento para dar testimonio al mundo de la verdadera Belleza, aquello por lo que vale la pena vivir. Un testigo, pues, de la grandeza del Ser, un hombre, un gran arquitecto.

 

En una ceremonia de espléndida liturgia y en un espacio único, el Papa Benedicto XVI, allá por el 7 de noviembre de 2010, consagró el Templo de la Sagrada Familia para mayor honor y gloria de la Sagrada Familia, un esfuerzo incalculable de la inteligencia humana.

 

Ésta es la homilía del Papa Benedicto XVI: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20101107_barcelona.html.


El Papa había explicado que apreciaba al gran artista porque supo mostrar al mundo el rostro de Dios explicando que Dios es la verdadera medida del hombre. Y había recordado una frase del propio Antonio Gaudí: Una iglesia es lo único digno de representar el sentir de un pueblo, pues la religión es lo más elevado en el hombre. Al consagrar la Sagrada Familia, Benecito XVI añadió: Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia.

 

En su homilía, el Papa recordó el alma y el artífice de este proyecto: Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano coherente, cuya antorcha de la fe ardió hasta el final de su vida, vivida con dignidad y absoluta austeridad. Antonio Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre, que el secreto de la verdadera originalidad consiste, como él decía, en volver al origen, que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios, fue capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que conduce al hombre al encuentro con Aquel que es la verdad y la belleza misma.

 

Antonio Gaudí, dijo el Papa en su homilía, llevó a cabo lo que hoy es una de las tareas más importantes: superar la división entre la conciencia humana y la conciencia cristiana, entre la existencia en este mundo temporal y la apertura a la vida eterna, entre la belleza de las cosas y Dios como Belleza.

 

Porque la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brotan el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y nos arranca del egoísmo.


El escultor Etsuro Sotoo, colaborador de Antonio Gaudí en la realización de la Sagrada Familia de Barcelona, narra su relación con el arte, la experiencia de su conversión y, sobre todo, su amistad con Gaudí, punto de referencia para su trabajo, pero en particular para su conversión: «Comprendí que no debía mirar a Gaudí, sino mirar hacia donde él miraba».

 

A él se le considera el pilar del modernismo catalán, y sin embargo limitar a una personalidad así a un movimiento resulta, como mínimo, reduccionista: Antonio Gaudí comparte sus temas e ideologías, pero sus obras son únicas en su género y no pueden compararse con otras similares.

 

El postulado en el que se basa la poética del arquitecto es el de dar a luz obras que tengan sus raíces, sólidas como cimientos, en las formas naturales y en la creación divina.

 

Nada mejor que el juicio que Antonio Gaudí hizo de sí mismo para explicar este concepto: «Yo no tengo fantasía, tengo imaginación». Por lo tanto, sus obras no son conceptos ideales surgidos de la mente, sino que se inspiran en lo existente y en la naturaleza, a la que amaba con profundo fervor.


Los materiales se modelan dando la impresión de no tener que someterse a las leyes físicas, adoptando formas suaves, sinuosas y dinámicas, como si hubieran sido moldeadas directamente por las manos del arquitecto.

 

Por este motivo, Le Corbusier lo definirá como «modelador de la piedra, del ladrillo y del hierro», ya que «la línea recta es la línea de los hombres, la curva, la línea de Dios», decía Antonio Gaudí. Y demostró ser perfectamente capaz de dar a todo una forma divina.

 

Seguramente nos sorprende la decisión de construir a una escala tan desmesurada la Sagrada Familia, que, de hecho, presenta numerosas analogías con la obra de una catedral gótica. Y no solamente por la duración casi infinita de las obras.

 

Esa infinitud tiene más que ver con la imaginación creadora de un hombre fuerte y profundamente espiritual. El artista es ese otro místico de lo divino y sacerdote de lo sagrado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de abril de 2026

El verano de la mano de Antonio Vivaldi.

El verano de la mano de Antonio Vivaldi


 

Miremos donde miremos, nos vemos inundados de anuncios, escaparates, vallas publicitarias y canciones, todos con un único mensaje: el verano ha llegado. Nosotros también celebraremos la llegada de la bella estación junto al Maestro Antonio Vivaldi: escucharemos, de hecho, el Concierto en sol menor para violín, cuerdas y continuo «El verano» de Las cuatro estaciones.

 

Abro un paréntesis. Solamente para recordar que la famosa colección Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi consta de cuatro conciertos solistas para violín: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Estos sirven de introducción a la que quizá sea la obra más famosa del gran maestro veneciano, titulada «Il cimento dell’armonia e dell’invenzione», compuesta en 1725 y formada por 12 conciertos. Esta colección no solo refleja los gustos de la época, sino que aporta una gran innovación: todos son conciertos de tipo solista.

 

En Las cuatro estaciones Antonio Vivaldi acentúa el contraste agónico entre los movimientos alegres iniciales y finales, y los movimientos lentos centrales, muy profundos y expresivos, en los que el violín solista entrelaza su voz predominante con la de la orquesta, que actúa como masa sonora.

 

En cada partitura, se recurre a un violín solista, un cuarteto de cuerda compuesto por un primer violín, un segundo violín, una viola y un violonchelo, y un bajo continuo que puede interpretarse, a elección, con un clavicémbalo o un órgano.

 

Otra innovación introducida por el Maestro es la denominada «música programática», es decir, composiciones de carácter descriptivo. Son imágenes sonoras las que Antonio Vivaldi representa en su colección dedicada a las estaciones, imágenes sugeridas por un soneto descriptivo que acompaña a cada concierto. Hasta aquí el paréntesis.


También el Verano, al igual que los demás, se basa en un soneto: 

Allegro non molto

Bajo dura estación por el Sol encendida
languidece el hombre, languidece el rebaño, y arde el pino;
suelta el cuco la voz, y cuando la entienden
cantan la torcaz y el jilguero.
El Céfiro dulce sopla, pero en disputa
se mueve Bóreas de improviso a su lado;
y llora el zagal, porque suspendida
teme a la fiera borrasca, y su destino.
 

Adagio

Roba a sus miembros laxos el reposo
el miedo al relámpago, y los fieros truenos
¡y de las moscas, y moscones, el tropel furioso!
 

Presto

¡Ah, que son sus temores verdaderos!
Truena y fulmina el cielo y el granizo
trunca las cabezas de las espigas y los granos altera.
 

Tal vez el Verano sea el único concierto del ciclo que refleje con eficacia la carga explosiva de la estación; además, puede considerarse en su conjunto, sin distinción entre los distintos movimientos. La descripción fluye ininterrumpida y crea un clímax ascendente que culmina en el famosísimo último movimiento. Pero no nos adelantemos.


El verano —«Languidez por el calor»—, como reza el subtítulo del primer movimiento de la partitura en sol menor, se abre con un Allegro non molto. En esta composición, de forma aún más eficaz que en las demás, el verano se plasma de una manera, como mínimo, palpable. 


El oyente tiene la oportunidad de sentir en carne propia el bochorno opresivo de los meses de verano a través de las notas iniciales de los profundos violonchelos, las pausas significativas y los agudos violines que se alternan, se persiguen, se encuentran y se entrelazan. Un preludio musical rico y, sobre todo, eficaz a la hora de plasmar el calor veraniego.

 

Tras esta aparente calma se esconde, sin embargo, una tormenta que se gesta en el horizonte. El pastor se encuentra, pues, exhausto por este calor asfixiante, que se vuelve aún más insoportable por la imposibilidad de encontrar un poco de sombra donde descansar y agua en la cantimplora para saciar su sed. 


Al igual que él, la naturaleza que lo rodea yace indefensa bajo los rayos cegadores del sol abrasador. Al levantar la vista al cielo, grandes nubes grises se acercan amenazantes, hasta el punto de oscurecer el sol, y él no sabe si alegrarse o entristecerse por la inminente tormenta, ya que las tormentas de verano no son agradables y, a veces, no traen consigo un gran frescor. Decide, pues, volver a casa.

 

En el siguiente Adagio —«Miedo a los relámpagos y a los truenos»— la inquietud va en aumento. El pastor, agotado, encuentra un árbol cuya sombra le ofrece un respiro momentáneo. Se tumba para intentar descansar, pero se ve continuamente molestado por moscas y mosquitos, lo que queda bien reflejado en el motivo insistente de los violines. 


Un trueno lejano lo hace sobresaltarse, pero, sin alarmarse demasiado, sigue descansando. Al segundo trueno le sigue una serie de retumbos que, gracias a la maestría de la masa orquestal, anuncian la llegada cada vez más inminente de la tormenta. El pastor, cuyo estado de ánimo cada vez más intimidado representa el primer violín, no tiene tiempo de pensar qué hacer antes de quedar atrapado por la fuerte lluvia torrencial que se desata.

 

En el tercer movimiento, Presto, – «Tiempo impetuoso de verano» – la estructura compositiva se basa en un tema inicial interpretado por toda la orquesta que reaparece periódicamente, alternándose con el violín solista, el cual, en este tercer movimiento, se presta a grandes muestras de virtuosismo técnico y tímbrico, alcanzando grandes picos de dramatismo. 


La tormenta ya ha estallado, privando al pobre pastor de un refugio seguro. Al igual que él, toda la naturaleza a su alrededor se ve devastada por los grandes torrentes de agua que desestabilizan el terreno y arrancan las hojas de los árboles. La tormenta es la protagonista indiscutible del movimiento, que hace alarde de todo su poder, contra el cual ni siquiera el hombre puede hacer nada. Ahora está a merced de los elementos y solo puede esperar salir vivo de allí.


En El verano de Antonio Vivaldi, la progresión de los estados meteorológicos y, por tanto, emocionales, que pasan de la «Languidez por el calor» al «Temor a los relámpagos y los truenos» hasta el «Tiempo impetuoso de verano», lleva al oyente a vivir sensaciones absolutamente envolventes y exaltantes, gracias a una escritura musical que evoca imágenes casi visibles.

 

Bueno, como siempre, y llegados a este punto, lo más importante es tu ejercicio de audición. Aquí te dejo el link con una de las versiones que a mí más me gustan: https://youtu.be/RvDt_KtOzbc?is=0M1ZzzzLHfuEcZfs 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de abril de 2026

Wolfgang Amadeus Mozart - la más absoluta de las bellezas… la voz de Dios -.

Wolfgang Amadeus Mozart - la más absoluta de las bellezas… la voz de Dios -

Comienzo esta reflexión con una escena de la famosa película Amadeus de Milos Forman: https://www.youtube.com/watch?v=HQvresNPdYM. 

Todos, ya sea de forma profunda, superficial, distraída o inconsciente, hemos escuchado al menos una vez en nuestra vida la música de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Muchos conocerán algunos fragmentos célebres de sus obras más famosas. En definitiva, Mozart, guste o no, está en nuestro ADN musical. Si es así, se debe a la belleza cristalina y la universalidad de su música, a la lírica, al color, a las armonías, al gusto melódico, a la perfección de las formas, que representan uno de los momentos más elevados de la historia de la música. 

Sin embargo, no todo el mundo tiene tiempo, curiosidad o ganas de conocer su música con mayor atención, prefiriendo permanecer encerrados en sus cómodos y seguros recintos. 

Y es una verdadera lástima, porque acercarse a la escucha de Mozart puede deparar agradables sorpresas, sobre todo para aquellos que consideran que la «música clásica» es relajante. Sinceramente, siempre he pensado que esto es un lugar común, por no decir una auténtica tontería. 

La música clásica es infinitamente variada en su capacidad de generar una multitud de emociones diferentes. Puede ser tranquilizadora, tan bien como estimulante o desgarradora; no puede ser definida por un solo adjetivo; es más, a menudo los adjetivos no bastan o incluso no sirven, situación esta última muy frecuente al escuchar a Mozart. 

Un ejemplo de ello es este concierto, que representa uno de los momentos emocionalmente más variados del corpus de las obras del compositor de Salzburgo. 

Perteneciente a la plena madurez artística del compositor, fue compuesto en 1791 a partir de un boceto esbozado cuatro años antes y terminado apenas dos meses antes de su muerte. 

Al igual que otras obras que incluían un instrumento solista, esta composición nació con un destinatario concreto, a saber, el clarinetista Anton Stadler (1753-1812), con quien Mozart estaba unido tanto por una profunda amistad como por su pertenencia común a la masonería. 

Dividida en tres partes - Allegro, Adagio, Rondó Allegro -, la obra se abre con la ejecución por parte de la orquesta de un tema ágil y delicadísimo, que se desarrolla hasta convertirse en un auténtico seno que acoge la parte solista del clarinete, el cual, retomando el módulo temático de apertura, se envuelve en torno a la orquesta, aligerada para la ocasión por los oboes. La fluidez melódica y el equilibrio de la orquestación confieren a esta composición, desde sus primeros compases, una nitidez y un pulido especiales. 

Esta relación entre la orquesta y el clarinete solista es un excelente ejemplo de perfección: un diálogo que no podría ser diferente, entre alegres contrapuntos, virtuosismos extremos y una expresividad siempre intensa y vital, brillante como el nácar, en un crescendo emocional continuo. Un equilibrio perfecto. 

Por decirlo con las palabras de Antonio Salieri en la mencionada y famosa película Amadeus de Milos Forman: cambias una nota y empeora sensiblemente; cambias una frase y la estructura se desploma (https://www.youtube.com/watch?v=N_lheg0YmxQ). 

El elegante tema de apertura del Allegro presenta un desarrollo sinuoso que se elabora de inmediato mediante un refinado trabajo contrapuntístico: dicho tema se desplaza de los graves a los agudos, dotando al Concierto de ese carácter ondulante que lo caracteriza. 

La medida en que este desarrollo sinuoso subraya las peculiaridades del clarinete nos la revelan los temas expuestos por el solista, todos ellos basados en el encanto tímbrico que el instrumento crea al desplazarse de los graves a los agudos y viceversa, además de en la capacidad magnética de mantener fijo un solo sonido. 

Pronto nos damos cuenta de que la función del contrapunto no es la de hacer más complejo el tejido sonoro, sino la de subrayar la suave flexibilidad del conjunto: lo vemos en el breve desarrollo central, donde se combinan el primer y el segundo tema, y donde Mozart no pierde ocasión de elaborar en profundidad algunos fragmentos temáticos. 

Es posible que no nos demos cuenta de este segundo proceso al escucharlo, pero acabamos siguiendo el recorrido trazado por el autor, captando sus conexiones a nivel inconsciente. 

Por esta razón, el material, aunque nunca lo hayamos escuchado, nos resulta ya familiar, como si perteneciera al universo sonoro anterior. La transición modulante que conduce a la reanudación de la sección inicial tiene un fuerte poder de sugestión: el compositor es un maestro a la hora de armonizar fragmentos temáticos y la necesidad de guiar las partes hacia la reaparición del material inicial. 

En este artificio de la espontaneidad reside la perfección formal del último Mozart: todo se mueve como si no pudiera ser de otra manera, sin fisuras ni forzamientos en el desarrollo del tejido sonoro. 

En el Adagio se percibe un contraste con la luz purísima del primer movimiento. Un tema dulce, que evoca la penumbra del amanecer, es introducido delicadamente por el clarinete, para encontrar posteriormente el apoyo y la lírica de las cuerdas. Intenso, poético, sublime, un encanto para el alma. 

Este segundo movimiento se abre con un tema principal, expuesto por el clarinete y repetido por la orquesta, tan intenso y ensoñador que parece dirigirse hacia nosotros como si comprendiera, con el deseo de consolarnos, las inquietudes y las dificultades de la vida, transportándonos a un universo transparente y sereno. 

La aspiración mozartiana a la serenidad y la luz va más allá de lo religioso, descubre y transmite una sacralidad de la que es difícil no dejarse envolver. La pieza sublima, hasta convertirla en pura esencia, libre de toda contingencia mundana, una plástica melodía cristalina sobre la que flota una esperanzada confianza, junto con la voluntad de destilar el sonido en un lirismo concentrado. 

En la parte central, el clarinete se eleva por encima de las intervenciones orquestales, dando lugar a un juego de plenitudes y vacíos que parece imitar la respiración, recordándonos cuán orgánica y vital es la naturaleza de la música. 

Al escuchar el Rondó Allegro final, en cambio, se respira una pura ligereza en el tema esbozado por el solista. Este se ve respaldado en su desarrollo por la desbordante vitalidad de las cuerdas, que también en esta ocasión se unen con naturalidad al desarrollo del clarinete, que regala escalofríos, destellos de luz, etéreas pinceladas de color. Una música infinitamente bella, un soplo vital que se te mete bajo la piel para entrar en pleno contacto con el alma. 

Un tema hasta coqueto y juguetón abre este movimiento, en cuyas secciones a Mozart le gusta desarrollar, más que fragmentos, auténticas joyas temáticas reconocibles. Este material recorre las inmensas extensiones de la melancolía, oscilando entre el modo mayor y el menor, cambiando de aspecto gracias a un cromatismo que moldea cada motivo secundario haciéndolo acariciante y convincente. 

Entre juegos de ecos, imitaciones truncadas en favor de suaves descensos, intervalos inusuales y amplios del solista, nos encaminamos hacia el último episodio que anticipa la repetición y el cierre. 

No se me ocurre nada más que decir al recordar este concierto. Quizá solo me apetezca subrayar una especie de desconcierto al pensar que, apenas dos meses después de su composición, Mozart moriría, acabando en una fosa común, tal y como preveían los funerales de tercera clase para la gente de su rango. 

De modo que hoy ni siquiera es posible acudir a su tumba para darle las gracias. Pero se puede hacer regalándose esta música que, desde hace muchos años, suena tan nítida y viva como siempre, permaneciendo la mejor celebración posible de su paso por esta tierra. 

Con este Concierto, Mozart vuelve a la riqueza temática que caracterizaba las creaciones de su juventud, al placer de hacer que cada momento instrumental hable como si fuera una escena, como si tuviera personajes a su disposición. Y lo hace pocos meses antes de su muerte. 

El resultado es una composición de increíble frescura y vitalidad, a pesar de que, para Mozart, aquel no era precisamente uno de sus mejores momentos existenciales. Sombras de una extraña melancolía, casi como si fuera la interiorización de una amenaza, caracterizaron sus últimos meses. 

Pero la historia ha borrado los tristes efectos de esos momentos, dejándonos, entre las muchas maravillas mozartianas, este espléndido Concierto para Clarinete en La mayor K 622. 

Te dejo esta audición para que disfrutes de una música ciertamente divina ¿o la voz de Dios porque es la más absoluta belleza? https://www.youtube.com/watch?v=wmazkpZUJ44. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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