martes, 9 de junio de 2026

La arquitectura de Dios.

La arquitectura de Dios

¿Quién fue Antoni Gaudí? ¿Qué significó para el mundo de la arquitectura, para Barcelona, para el cristianismo, para el mundo entero?

 

Un genio, sin lugar a dudas, un genio. Alguien que supo, desde el principio, trabajar y diseñar no para algo, sino para Alguien. Su arte siempre fue un medio, un instrumento para dar testimonio al mundo de la verdadera Belleza, aquello por lo que vale la pena vivir. Un testigo, pues, de la grandeza del Ser, un hombre, un gran arquitecto.

 

En una ceremonia de espléndida liturgia y en un espacio único, el Papa Benedicto XVI, allá por el 7 de noviembre de 2010, consagró el Templo de la Sagrada Familia para mayor honor y gloria de la Sagrada Familia, un esfuerzo incalculable de la inteligencia humana.

 

Ésta es la homilía del Papa Benedicto XVI: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20101107_barcelona.html.


El Papa había explicado que apreciaba al gran artista porque supo mostrar al mundo el rostro de Dios explicando que Dios es la verdadera medida del hombre. Y había recordado una frase del propio Antonio Gaudí: Una iglesia es lo único digno de representar el sentir de un pueblo, pues la religión es lo más elevado en el hombre. Al consagrar la Sagrada Familia, Benecito XVI añadió: Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia.

 

En su homilía, el Papa recordó el alma y el artífice de este proyecto: Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano coherente, cuya antorcha de la fe ardió hasta el final de su vida, vivida con dignidad y absoluta austeridad. Antonio Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre, que el secreto de la verdadera originalidad consiste, como él decía, en volver al origen, que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios, fue capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que conduce al hombre al encuentro con Aquel que es la verdad y la belleza misma.

 

Antonio Gaudí, dijo el Papa en su homilía, llevó a cabo lo que hoy es una de las tareas más importantes: superar la división entre la conciencia humana y la conciencia cristiana, entre la existencia en este mundo temporal y la apertura a la vida eterna, entre la belleza de las cosas y Dios como Belleza.

 

Porque la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brotan el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y nos arranca del egoísmo.


El escultor Etsuro Sotoo, colaborador de Antonio Gaudí en la realización de la Sagrada Familia de Barcelona, narra su relación con el arte, la experiencia de su conversión y, sobre todo, su amistad con Gaudí, punto de referencia para su trabajo, pero en particular para su conversión: «Comprendí que no debía mirar a Gaudí, sino mirar hacia donde él miraba».

 

A él se le considera el pilar del modernismo catalán, y sin embargo limitar a una personalidad así a un movimiento resulta, como mínimo, reduccionista: Antonio Gaudí comparte sus temas e ideologías, pero sus obras son únicas en su género y no pueden compararse con otras similares.

 

El postulado en el que se basa la poética del arquitecto es el de dar a luz obras que tengan sus raíces, sólidas como cimientos, en las formas naturales y en la creación divina.

 

Nada mejor que el juicio que Antonio Gaudí hizo de sí mismo para explicar este concepto: «Yo no tengo fantasía, tengo imaginación». Por lo tanto, sus obras no son conceptos ideales surgidos de la mente, sino que se inspiran en lo existente y en la naturaleza, a la que amaba con profundo fervor.


Los materiales se modelan dando la impresión de no tener que someterse a las leyes físicas, adoptando formas suaves, sinuosas y dinámicas, como si hubieran sido moldeadas directamente por las manos del arquitecto.

 

Por este motivo, Le Corbusier lo definirá como «modelador de la piedra, del ladrillo y del hierro», ya que «la línea recta es la línea de los hombres, la curva, la línea de Dios», decía Antonio Gaudí. Y demostró ser perfectamente capaz de dar a todo una forma divina.

 

Seguramente nos sorprende la decisión de construir a una escala tan desmesurada la Sagrada Familia, que, de hecho, presenta numerosas analogías con la obra de una catedral gótica. Y no solamente por la duración casi infinita de las obras.

 

Esa infinitud tiene más que ver con la imaginación creadora de un hombre fuerte y profundamente espiritual. El artista es ese otro místico de lo divino y sacerdote de lo sagrado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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