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miércoles, 7 de enero de 2026

De pie en la vida.

De pie en la vida 

El cambio de año es solo una ilusión del calendario, nada más, una frontera ficticia, convencional; pero es la ocasión para hacer balance, fijarse metas, medirse con el tiempo que pasa. Y quizá prometer algo a alguien… 

Un primer compromiso personal y universal puede ser éste: ser un hombre vertical. ¿Qué es un hombre vertical? 

Simplemente un hombre que se mantiene erguido, de pie, quizá entra las ruinas de… o tal vez entre muchos tumbados, arrodillados, …, o boca abajo. Estar de pie significa mantener una compostura, un estilo, una dignidad. Restablecer una jerarquía de prioridades y principios en la vida. Y mantener una coherencia libre. Sin pretensiones de superhombre, sin arrogancia de raza elegida. Porque conozco mis límites y mis debilidades, pero considero que la coherencia, el respeto por uno mismo, y por los demás, y por tanto el sentido del honor, no son negociables. 

El hombre vertical ama aún más, por encima de todo, la verdad. Amar la verdad significa dar testimonio de lo verdadero, sin pretender poseer la verdad. Porque la verdad es más grande que nosotros y que nuestra mente, no la poseemos, sino que somos poseídos por ella; y nunca la conocemos en su totalidad, sino solo por uno o varios aspectos. 

La poliédrica verdad… Solo Dios conoce la verdad en su totalidad. Lo que importa, por tanto, no es la pretensión de conocer la verdad, que sería vanidosa y arrogante pretensión, sino la búsqueda de lo verdadero y el amor por lo verdadero. Podemos equivocarnos, pero si decimos o hacemos, lo decimos o hacemos porque lo consideramos verdadero. 

En consecuencia, hay que estar dispuestos a soportar las reacciones y las represalias, los mordiscos de los perros, los insultos de los cortesanos, las representaciones de los títeres, pero no serán suficientes para detenernos o hacernos callar. Ponemos todo nuestro ser en lo que decimos, todo menos la pretensión de tener la verdad en el bolsillo; también podemos equivocarnos. 

Me gustaría que este fuera el compromiso para el año que viene; pero se entiende que no es una promesa ligada a un año, porque se vincula, y nos vincula, a toda una vida. Si nos encontramos con los poderosos, tendremos poco que dar, pero nada que pedir. Esta es nuestra libertad y nuestra verdadera riqueza. 

Pero «hombre vertical» no significa solo eso. Significa no agotar la propia vida y la propia mirada en clave horizontal y, por tanto, en la relación con los demás hombres y con la sociedad; significa mirar hacia arriba, tender hacia el cielo, comprender que el destino, la gracia, la providencia, lo divino no te esperan a la vuelta de la esquina o bajo una trampilla, sino que descienden desde lo alto y te llevan de vuelta a lo alto. 

La dimensión vertical es la visión de la trascendencia y el anhelo de elevarse hacia el cielo. En realidad, el hombre vertical más completo es aquel que no solo vive de pie, sino que cultiva el pensamiento vertical. No solo las piernas lo mantienen de pie, sino también la cabeza. 

En cuanto a mantener la posición erguida y considerar al hombre y al pensamiento verticales, me gustaría que se sumara otro compromiso para el futuro: cerrar el círculo de la vida, hasta que el final coincida con el principio, volver al principio, en todos los sentidos. 

La tarea de una vida es cerrar el círculo, completar el camino, volver al lugar donde comenzó nuestra aventura terrenal. No importa la duración de la vida, sino su plenitud, es decir, la capacidad de cerrar el círculo y la tensión para hacerlo. 

Pensamiento vertical y vida circular: me gustaría que este fuera el sentido y la brújula de nuestra vida, la tensión ideal y moral, y que todo lo demás se incluyera en este doble propósito: el pensamiento vertical es nuestro padre, la vida circular es nuestra madre. 

Pero todo esto tiene sentido si no son solo palabras, sino actos consecuentes, comportamientos, actitudes que afectan concretamente a nuestra vida, tienen repercusiones precisas en nuestras elecciones cotidianas y producen transformaciones en nosotros y a nuestro alrededor. 

Hay que saber traducirlos a la vida cotidiana, aprender el arte del círculo y de la recta. Eso, creo, es esencial. En los propósitos para el nuevo año no hay lugar para la política; no vale la pena enredarse en ese sotobosque rancio. Tiempo perdido que arrastra al fango y a la telaraña. 

¿Y con respecto al tiempo y al mundo, qué compromisos asumir? Dar vida, cada uno en su ámbito y según sus posibilidades. Es decir, plantar árboles, generar vidas, obras, iniciar, fundar, construir, trabajar. Amar. Empezando por los que están cerca. Es la verdadera respuesta a la acedia y al malestar, difundidos y concentrados. 

Por eso, el cambio de año no es para mí ese rito de fin de año de euforia prescrita y de fiesta del calendario. Tampoco la ocasión alegre para una distracción general de la vida real. Yo creo que es la ocasión para retomar las riendas de nuestra vida, pensarla, orientarla hacia las cosas que están en nuestro poder y que son nuestra meta. Lo otro está a merced de la «fortuna» y de otros nombres más adecuados que indican todo lo que nos ha tocado en suerte y que no podemos determinar nosotros mismo. 

La mitad de nuestra vida está iluminada, la otra mitad está en la sombra. Nos corresponde elegir y decidir en el hemisferio de lo que podemos elegir y decidir. Y no sabría decir si nos corresponde decidir en la parte iluminada o en la oscura. Seguramente tenemos que dejar al misterio la mitad que no nos compete... Pero es bello, es justo, es necesario intentar guiar la mitad que está en nuestras manos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 2 de enero de 2026

Eterno es su amor por nosotros.

Eterno es su amor por nosotros

Estamos en los primeros días de este nuevo año.

 

Al igual que el pueblo de Israel después de haber obtenido una victoria o haber escapado de un peligro, nos encontramos aventurándonos en el año que tenemos delante, no con la actitud de quienes marcan los días porque están deseando que todo pase, sino con el corazón de quienes reconocen en todo un signo del amor providencial de Dios.

 

En el salmo 136, cuando Israel reconsidera su historia desde la creación hasta el exilio en Babilonia y el don de la tierra, el pueblo reconoce un único hilo conductor: la misericordia de Dios.

 

Por eso, cada vez que evoca lo que el Señor ha hecho, Israel reconoce: eterna es su misericordia. Porque, como comentará san Juan Crisóstomo: «La providencia de Dios nunca falla. Dios es siempre bueno; no lo es a intervalos».

 

Dios no conoce vacíos de memoria ni afectos intermitentes o por una temporada y en determinadas condiciones. Su amor es eterno.

 

Todo en nosotros es signo de la misericordia de Dios: estamos hechos de misericordia. ¿No deberíamos reconocer que el hombre es una pasión de amor por parte de Dios?

 

Es hermosa la imagen de un Dios que, por amor, nos sigue paso a paso…

 

Los pasos de Dios hacia el hombre son desde la eternidad: Dios no tiene otro objetivo que el corazón del hombre, el hombre que soy yo, el hombre que somos cada uno de nosotros. 

Pasos que nunca retroceden, que nunca traicionan una parada y, si eso ocurriera, sería solo porque el hombre ha ordenado a esos pasos que se detengan ante su propia libertad.

 

Se ha dignado hacernos el regalo de la existencia, llamando a cada uno por su nombre,

eterno es su amor por nosotros.

 

Nos ha hecho el regalo de la inteligencia, nos ha dado la mente y el corazón para que podamos conocer el bien y la verdad tal y como brillan a sus ojos y tener la capacidad de seguirlos,

eterno es su amor por nosotros.

 

Nos ha dado ojos y manos para que podamos reconocer los signos de su presencia y ser su prolongación entre los hombres, ejerciendo atención y cuidado hacia todos,

eterno es su amor por nosotros.

 

Nos ha llamado a tejer relaciones de amor y lazos de amistad que se conviertan en signo de cómo Él nos ama a cada uno de nosotros,

eterno es su amor por nosotros.

 

Ha hecho que la tierra nos proporcione sustento y que nuestro ingenio encuentre nuevos caminos para liberar las inmensas energías del cosmos,

eterno es su amor por nosotros.

 

Cuando, habitados por la sospecha de que Dios era un celoso guardián de sus prerrogativas divinas, cedimos al encanto de la rebelión, Él no encontró nada mejor que envolvernos una vez más en ternura,

eterno es su amor por nosotros.

 

Nos ha dado a su Hijo, y al acogerlo, todos podemos participar de su naturaleza divina y ser reconocidos y considerados hijos iguales a Él.

eterno es su amor por nosotros.

 

Ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo, por medio del cual podemos recuperar cada día más la semejanza del Hijo, a cuya imagen hemos sido creados.

eterno es su amor por nosotros.

 

Nos ha dado como regalo a su Madre, confiándonos a ella como hijos a los que velar ahora y en la hora de nuestra muerte.

eterno es su amor por nosotros.

 

Nos ha integrado en la gran familia de su pueblo, donde experimentamos la gracia de ser familia de Dios y el apoyo para emprender de nuevo los caminos del Evangelio.

eterno es su amor por nosotros.

.

Ha permitido que, bajo el espejismo de la libertad, viviéramos experiencias vacilantes, pero sin ceder nunca al mal, ha esperado nuestro regreso haciendo naufragar en su abrazo misericordioso las palabras dictadas por nuestro arrepentimiento,

eterno es su amor por nosotros.

 

Ha depositado en nuestro corazón un deseo insaciable de Él y una profunda nostalgia del lugar donde mora, que no hay otro origen en el que reconocernos, otra compañía de la que sentirnos verdaderamente amados, otra meta hacia la que caminar,

eterno es su amor por nosotros.

 

Su amor siempre nos precede, su gracia siempre nos acompaña, su anticipación nos renueva recordándonos que nunca podemos cambiar la dignidad del hijo por la del esclavo,

eterno es su amor por nosotros.

 

Y solo porque Él nos perdona se nos concede la gracia del arrepentimiento,

eterno es su amor por nosotros.

 

A quienes viven la alegría y la conciencia de pertenecerle, les ha concedido entrar en la experiencia apremiante de la prueba y en la dramática experiencia de la muerte, sin maldecir nunca, sino reconociendo aún que nada puede arrancarnos de su mano,

eterno es su amor por nosotros.


Nos ha moldeado con misericordia y expresamos plenamente nuestra identidad y nuestra vocación solo cuando, como Él, también nosotros nos volvemos misericordiosos,

eterno es su amor por nosotros.

 

Verdaderamente, Señor, nos amas con amor eterno.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 1 de enero de 2026

Mantener el equilibrio mientras estamos en movimiento - meditación contemplativa -.

Mantener el equilibrio mientras estamos en movimiento

Tenemos un nuevo año por delante. 

Quizás creemos que es solo el resultado de una cronología convencional en la que todo pasa y se nos escapa inexorablemente. 

Sin embargo, el misterio de la Encarnación nos dice que el paso del tiempo no es solo la deuda que pagamos al Kronos que todo lo devora. 

Es más bien el lecho en el que Dios redime todas las cosas. 

¿Cómo será este nuevo año? No pocos temores, tal vez incluso inconfesables, atraviesan nuestro corazón. ¿Seremos capaces de estar a la altura del don que se nos ha concedido una vez más? 

Por supuesto, reconocemos que es un don, pero tal vez nos cuesta interpretarlo como una historia sagrada, basada, más que en la fragilidad del hombre, en la fidelidad de Dios a sus promesas. 

Precisamente el don de cada nuevo día y de cada nuevo año nos recuerda que hay una esperanza que resiste a todas las dificultades, hay un vínculo que nada puede romper. 

¿Cómo vivir entonces el tiempo? 

Conjugando al menos dos actitudes: la disponibilidad para ponerse en camino con determinación, y la capacidad de custodiar con cuidado y pasión. 

Parecen dos actitudes opuestas, pero en realidad son complementarias. 

Por eso, nuestros pasos en el nuevo año se cruzan con personas —los pastores— que inesperadamente se convierten en protagonistas de un hecho que nunca les habían contado. 

Ante nosotros se presenta la posibilidad de ser como ellos, hombres capaces de abrir el corazón a otra palabra, pronunciada en la oscuridad y el frío de una noche, una palabra que nos pide que nos pongamos en camino. 

¿Para ver qué? 

Una señal que tiene algo de paradójico: un niño que pide ser alimentado y cuidado, colocado en el pesebre, se convierte en el alimento que sostiene su camino y el nuestro. 

Las noches, nuestras noches, pueden ser atravesadas si sabemos sacar fuerza de la presencia de un Dios humilde: su presencia es compañía en nuestra oscuridad y su palabra redime silencios que, de otro modo, correrían el riesgo de ser insoportables. 

Al igual que los animales saben que en el pesebre siempre es posible encontrar alimento, así también los hombres: de ese niño colocado en ese lugar tan singular que es el pesebre, viene el anuncio de que él siempre está disponible y accesible si solo aceptas el esfuerzo de ponerte en camino. 

No se trata de llegar a él quién sabe dónde: ese lugar está al alcance de la mano de quien conoce los pastos. 

Pienso en cuál puede ser mi pesebre, algo que tiene que ver con mi vida, seguramente cotidiana, en este momento. 

Me gusta pensar que, al igual que la mañana de Pascua cambiará de aspecto al hacerse presente ante los suyos (ante los dos de Emaús como caminante, ante María Magdalena como horticultor), lo mismo ocurrirá en Navidad. 

Precisamente esa ubicación tan única nos recuerda que alejarnos de nuestra fragilidad no es el camino para encontrar a Dios. Dios ha elegido esa condición que nosotros, como personas, más rehusamos. 

¿De qué huyo? 

Ahí debo acelerar mis pasos. Aquí comienza esa mirada desde abajo que acompañará toda la existencia terrenal del Hijo de Dios hasta llegar a la noche del lavatorio de los pies, cuando de nuevo se invertirán los papeles. 

Precisamente aquellos a quienes su condición social obligaba casi a una experiencia de mutismo, se vuelven capaces de no guardar para sí lo que ha iluminado con nueva luz lo que parecía una noche como tantas otras. 

Pobres son los signos que Dios esparce a lo largo de los giros de nuestra historia, pero ¡cuán fecundos y prometedores si se reconocen y se acogen! 

No te dejes asustar por la desproporción: Dios siempre actúa así. 

A los pastores se les había anunciado al Salvador, al Cristo, al Señor, y encuentran a un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.

Junto a los pastores, María en actitud de custodia. 

Custodiar es propio de quien sabe que es depositario de un bien precioso que merece atención. Custodiar un bien significa convertirlo en motivo de referencia continua. 

María cuida no solo al niño, sino también todo lo que se dice de él. 

Las palabras y los sentimientos deben guardarse juntos en el corazón, es decir, en el lugar por excelencia donde maduran y se toman las decisiones. 

El discernimiento sobre lo que hay que hacer, de hecho, se lleva a cabo precisamente reuniendo palabras y sentimientos, escrutando todo. 

De María necesitamos aprender el arte de la buena memoria para mantener siempre vivo todo lo bueno que el Señor representa para nosotros. 

Al reunir los fragmentos preciosos de nuestra existencia y las indicaciones que nos llegan de la Palabra de Dios, surgirá también para nosotros un camino de gracia, iluminado por la luz del Señor. 

Tú, Señor, nos has elegido para estar en un extraño equilibrio. 

Un equilibrio que no puede establecerse ni mantenerse si no es en movimiento, si no es en impulso. 

Un poco como una bicicleta... que diría Madeleine Delbrêl. 

Este puede ser nuestro deseo para el año que comenzamos: mantener el equilibrio - el arte de custodiar - aceptando el movimiento. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -.

Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -

La fiesta del 1 de enero está dedicada a María, Madre de Dios, pero los temas teológicos que contiene son diversos: no solo la maternidad divina de María, sino también la circuncisión y la imposición del nombre a Jesús. Estos temas se sintetizan en la encarnación en Jesús de la bendición de Dios, y entre los frutos de la bendición se encuentra la paz (Nm 6,22-27).

 

Mientras celebran la maternidad divina de María, las lecturas encuentran en la paternidad de Dios hacia Israel (Nm 6,22-27), hacia Jesús (Lc 2,16-21) y hacia los cristianos (Gál 4,4-7) un elemento de unidad. La bendición, que en la familia judía es normalmente obra paterna, se remonta en última instancia a Dios Padre y llega a los hijos de Israel a través de mediadores humanos como los padres de familia y los sacerdotes (Nm 6,27); el nombre impuesto al niño proviene del cielo, de lo alto, es decir, de Dios Padre (Lc 2,21); el Espíritu del Hijo derramado en el corazón de los creyentes suscita en ellos la invocación «Abbà, Padre» (Gál 4,6).

 

Jesús, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley», circuncidado al octavo día y llamado con el nombre de «Jesús», es el cumplimiento de la bendición de Dios a la humanidad, es la bendición hecha persona. La plenitud de la bendición se manifiesta en el fruto bendito del seno de María, la bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,43). La protección, la gracia y la paz en las que consiste la bendición asumen el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret.

 

Su nombre indica la voluntad de salvación de Dios: «El Señor salva». El desdibujarse de los rasgos del rostro en una sonrisa llena de benevolencia se manifiesta en el rostro de Jesucristo, sobre el que resplandece la gloria de Dios. Jesús es la sonrisa de Dios a la humanidad.

 

El tema unitario de las lecturas es también el de la presencia de Dios. Presencia que la bendición sacerdotal establece en el pueblo; presencia manifestada en el rostro y en el nombre de Jesús; presencia que se hace interior al creyente gracias a la efusión del Espíritu y que lo guía a la filiación divina. La maternidad de María es el acontecimiento que permite la manifestación de la presencia bendita de Dios a los hombres.


La liturgia celebra la circuncisión de Jesús. Una memoria importante porque recuerda la perenne judaísmo de Jesús: la circuncisión graba la señal de pertenencia al pueblo de Israel y de entrada en la alianza en el espacio corporal, en la carne. Así, el instrumento de la generación de reproducirse, el órgano del encuentro sexual con la mujer, queda marcado por esta herida.

 

También el bautismo cristiano como signo de la iniciación a la vida cristiana y de pertenencia a la comunidad cristiana (y el lugar donde se pronuncia el nombre del recién nacido ante Dios y la comunidad cristiana), es como imagen de la circuncisión de Cristo:

 

«En Cristo habéis sido circuncidados, pero no con una circuncisión hecha por mano humana, mediante el despojo de vuestro cuerpo carnal, sino con la verdadera circuncisión de Cristo. Con él habéis sido sepultados en el bautismo...» (Col 2,11-12).

 

«Le pusieron por nombre Jesús, como había sido llamado por el ángel» (Lc 2,16).

 

En el nombre está la llamada: su nombre es su vocación, su singularidad, su tarea, su responsabilidad. El nombre «Jesús», el nombre de aquel que ha sido engendrado por el Espíritu Santo, es el nombre que viene de Dios y no de los hombres, de lo alto y no de lo bajo. Y por eso es el único nombre en el que hay salvación (cf. Hch 4,12).

 

Nosotros, cristianos, hemos sido bautizados en el nombre de Jesús. En Cristo, nuestro nombre ya no es memoria del pasado, sino camino hacia el futuro, no es repetición de lo ya visto y sufrido, sino novedad de vida.

 

En el pasaje del Evangelio se subraya la actividad interior de María: el lugar del corazón es la interioridad como espacio de elaboración del sentido, de acogida de lo real y de maduración de las elecciones y las decisiones.

 

María, que reflexiona y medita «en su corazón» (Lc 2,19) sobre los acontecimientos que suceden y que guarda en su interior palabras que despiertan asombro, cultiva y elabora en sí misma el sentido de tales acontecimientos, lo concibe, lo lleva en su seno como llevó en su seno al hijo, le da progresivamente forma, esperando dar a luz, o mejor, ser engendrada a ese sentido que la toma como Madre del Señor.

 

Lucas habla de un cumplimiento de días (cf. Lc 2,21) y Pablo de la «plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). La bendición sacerdotal expresa la benévola acción cotidiana de Dios hacia el hombre: una acción que se reconoce en las pequeñas cosas de cada día, en el devenir del transcurso de los días y del futuro de los acontecimientos.

 

La actividad interior y espiritual de memoria y reflexión de María es lugar de comprensión y tiempo de discernimiento de la bendición divina en lo cotidiano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La esperanza del año nuevo.

La esperanza del año nuevo

Comienza un nuevo año. 

Levantamos la vista y nos encontramos con horizontes cargados de grandes nubes que amenazan tormenta. 

¿Qué hacer? 

¿Rendirnos, huir, desesperarnos? 

La tentación existe, pero algo nos dice que debemos dejar de lado las quejas y los murmullos si queremos empezar el nuevo año con buen pie. 

¿Queremos empezar con una palabra en desuso e impopular? 

Una palabra desacreditada porque aparentemente es suave y frágil. Pero que también tiene un corazón de hierro. 

La palabra esperanza. 

Que a algunos les provoca una sonrisa burlona, a otros un bostezo de aburrimiento. 

Pero también hay que reconocer que sin esperanza la realidad se embalsama como si fuera un cadáver. 

Sin esperanza nos convertimos en un cuerpo con el cerebro plano. 

Pero, ¿es eso realmente lo que queremos? 

Sin esperanza es imposible encontrar lo inesperado. 

De hecho, esperar no significa cruzarse de brazos y esperar que caiga el maná del cielo, sino arremangarse y ponerse manos a la obra. 

Aun sabiendo que la esperanza está llena de riesgos. 

La esperanza es el riego de los riesgos. 

La esperanza es algo con alas que se instala en el espíritu y canta sin palabras y nunca se detiene. 

Cuando la vida no está llena de esperanza, alguien la llenará de miedo. 

¡Feliz Año 2026!

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 22 de diciembre de 2025

Feliz Año Nuevo.

Feliz Año Nuevo 

Uno de los regalos más hermosos que el cristianismo ha aportado al mundo es el tiempo lineal. 

En otras culturas el tiempo es cíclico, es decir, todo está destinado a repetirse siempre de la misma manera, no hay nada nuevo bajo el sol y las estaciones se suceden inmutables. 

Desde esta perspectiva, no puede producirse ningún cambio real, ninguna redención, ninguna salvación es posible. La vida, el mundo, el hombre son lo que son y están destinados a serlo para siempre, los posibles cambios son, como mucho, variaciones sobre el mismo tema. El aburrimiento existencial es la consecuencia inevitable de esta forma de ver las cosas y hay hermosas páginas literarias que lo cuentan. 

Si el tiempo tiene un fin, entonces también tiene un objetivo, una orientación, un sentido, que San Juan nos revela como la entrada en la Novedad de Dios, que dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Dios no hace cosas nuevas, sino que renueva las viejas, es decir, las hace pasar por la muerte y la resurrección, convirtiéndolas así en pascuales. 

En el vocabulario de San Juan, nuevo es casi sinónimo de resucitado. ¿Qué significará vivir en una familia resucitada, en una ciudad resucitada, en un mundo resucitado? Este es el fin del tiempo, en el doble sentido que tiene en griego la palabra ‘telos’, que significa tanto ‘término’ como ‘cumplimiento’. 

No pocos viven como si su tiempo fuera infinito, como si siempre hubiera una segunda oportunidad, una ocasión para remediarlo. Incluso el mito de la alternancia de las reencarnaciones acaba asumiendo este valor. 

Pero, dado que el tiempo tiene un fin y un objetivo, las oportunidades que se nos ofrecen no son infinitas y, por lo tanto, la vida debe tomarse muy en serio, porque cada oportunidad que nos ofrece es irrepetible. Cada instante se convierte así en único e irrepetible y se carga de un valor infinito. Vive cada día como si fuera el último - reza la sabiduría cristiana - porque en el presente y solo en el presente se juegan todas tus posibilidades. 

¿Qué tiene que ver todo esto con los fuegos artificiales de Año Nuevo? Tiene mucho que ver, porque esta noche habrá dos fiestas: una para aquellos que intentarán exorcizar la angustia de un tiempo que se repite siempre idéntico a sí mismo, o de los años que se escapan, y otra para aquellos que celebrarán la llegada del Día. 

La explosión de los fuegos artificiales contiene una plegaria muda y, en muchos casos, inconsciente. De hecho, esperar que el mañana sea mejor significa, en última instancia, admitir que está fuera de nuestro alcance, que dependemos de Otro, que muchos llamarán azar pero que para algunos de nosotros sigue siendo la Providencia del Padre, que nos guía hacia un final que no es solo un final, sino una culminación. 

El Año Nuevo me suele parecer una especie de sacramento del tiempo que pasa. Es un día en el que es fácil dedicarse a hacer balance, preguntarse cómo ha pasado el tiempo y cómo será el tiempo que viene. 

¿Nos encuentra mejores en este punto de inflexión? ¿Nos encuentra crecidos en el amor? ¿Nos encuentra aún capaces de amar, aún capaces de frecuentar nuestro corazón? Porque, al fin y al cabo, es en esto en lo que se mide la vida: en la capacidad de amar, no en la eficiencia y mucho menos en el éxito de nuestras iniciativas, y por lo tanto es en esto en lo que tiene sentido hacer un balance. ¿Y qué esperar del futuro? 

Me suelo decir a mí mismo que sin Jesús el tiempo que pasa es una cadena que nos ata a la desesperación: ¿qué otra cosa podríamos esperar razonablemente sino estar un año más cerca de nuestra muerte? 

Por supuesto, mientras tanto podemos contentarnos a nosotros mismos con pequeñas alegrías transitorias, que de todos modos tienen valor, entendámonos bien, porque cada fragmento de consuelo lo tiene: las alegrías de la familia, la amistad de los amigos, los éxitos y las gratificaciones personales que la vida a veces da y a veces quita... pero sin Jesús, ¿qué valor tiene? 

Dentro de unos meses, en la noche de Pascua, la Iglesia cantará ‘no nos habría servido de nada nacer si Él no nos hubiera redimido’, y esta frase puede aplicarse perfectamente a toda nuestra vida: no hay ganancia alguna en la amistad, en el amor o en el éxito sin ese encuentro con Jesús que proyecta todo esto en la eternidad y nos convierte así en dueños y no en esclavos del tiempo. 

La Liturgia cristiana vincula el Año Nuevo con María, Madre de Dios y, por tanto, Madre de nuestra esperanza. 

Si Jesús quiso nacer como un niño en lugar de llegar al mundo como un hombre hecho y derecho - como ocurre, por ejemplo, en los mitos griegos -, es porque no quiso darnos soluciones ya preparadas, sino ofrecernos el tesoro más preciado: la esperanza. 

Porque cada niño que nace es un signo de esperanza. Cada niño que nace nos dice que Dios no se ha cansado del mundo, nos dice que hay una luz al final del camino, nos dice que todo siempre puede volver a empezar. 

Os deseo a todos un Feliz Año Nuevo. 

Un año que no sea fácil… pero sí lleno de esperanza. Un año en el que nuestro corazón sea más fuerte que cualquier adversidad. Un año en el que siempre sepamos encontrar tiempo para escuchar a un amigo, en el que podamos añadir momentos de belleza a nuestra agenda, en el que nada pueda empañar nuestros deseos, en el que… 

Os deseo un año en el que podamos volver a beber de la fuente del corazón. 

La esperanza es el gran secreto que hace que todo esto sea posible, el recurso secreto que nos hace más fuertes que cualquier cosa, porque la esperanza es Jesús, el Hijo de María, el Pantocrátor - es decir, literalmente, el que lo tiene todo en sus manos -, que desde el seno de su Madre nos bendice. 

¡María, Madre de nuestra esperanza, ruega por nosotros! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


sábado, 20 de diciembre de 2025

Mi plegaria al comienzo del Año Nuevo.

Mi plegaria al comienzo del Año Nuevo
Ahora, Señor,
déjanos intentar de nuevo
ser justos,
no oponer resistencia 
a la llegada de tu gracia 
que en todo fluye.
 
Ahora, Señor, déjanos
que aprendamos la devoción al Misterio,
que perfumes nuestros días con silencio,
que transformes lo ordinario en salmo.
 
Que se expanda en nosotros tu presencia,
que ardamos de deseo 
cada momento nuestro
y que sepamos sumergirnos 
en el hambre de amor de los que nos rodean.
 
Ahora déjanos, Señor,
intentar liberarnos
de los miedos,
de las ansiedades de perfección,
de los delirios de dignidades y grandezas,
danos la verdad de quien descubre que solo necesita
amar y ser amado.
 
Ahora déjanos, Señor,
que sigamos siendo hijos, hermanos, prójimos
y que no tengamos miedo de respirar
tu Espíritu Santo.
Que seamos verdaderamente tuyos,
y sepamos ver lo invisible,
y en los brotes los sueños ya cumplidos,
Dios en un niño,
el Infinito en el fragmento,
la resurrección que respira en cada muerte.
 
Ahora déjanos, Señor,
que seamos siervos solo de tu Gracia,
que nuestros ojos ya no necesiten
ver milagros,
porque ya te tenemos
con nosotros,
entre nosotros,
en nosotros.
 
Ahora déjanos, Señor,
seguir aprendiendo a confiar
porque todo está salvado,
transfigurado,
porque en tu nacimiento todo nace
y nada se pierde.
 
Ahora, Señor, acompáñanos,
en esta año que comienza,
ahora que te tenemos entre nuestros brazos
para seguir creciendo en gracia y sabiduría contigo y en Ti.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 24 de septiembre de 2025

¡Feliz Año Nuevo!

¡Feliz Año Nuevo!

Siempre hay algo mágico y encantador al comienzo del año, la humanidad siempre lo ha percibido y por eso ha configurado ese extraordinario rito de paso que son el último y el primer día del año, la noche más ruidosa y la mañana más silenciosa de todas, una combinación de estruendo y silencio que no tiene parangón en el resto del año y que involucra a todos los seres humanos, sea cual sea su estrato social o nivel cultural.

 

¿Qué sentido tiene todo esto?

 

Es la poesía de empezar de nuevo, de tener a nuestra disposición un tiempo completamente nuevo en el que podemos ser diferentes, mejores, quizás incluso más buenos.

 

La fe y la religión no tienen nada que ver, se trata de algo que viene antes, que es más profundo, más primigenio, y que tiene que ver con nuestra relación con el tiempo.

 

El tiempo: ese misterio del ser que, como decía Giordano Bruno, «todo quita y todo da». «Todo quita»: un año ha pasado y no volverá, se ha ido donde han ido todos los demás, a ese abismo sin fondo que llamamos pasado. «Lo da todo»: un año intacto ante nosotros con su extensión de días y sus promesas, en ese túnel que tal vez tenga una luz al final, tal vez no, al que llamamos futuro.

 

Pero, ¿cómo relacionarnos con esta extensión de días con sus promesas, que es el tiempo de vida que nos queda por vivir y que no sabemos cuánto durará?

 

Creo que la mayoría se plantea preguntas sino única sí fundamentalmente desde una perspectiva material, por no decir materialista: es decir, esperan la suerte (el billete ganador), el éxito, un acontecimiento que llegue a su existencia y la transforme.

 

No es incorrecto, es muy humano, pero se trata de preguntas que expresan una visión limitada, funcional a la dimensión horizontal e individual de la existencia.

 

Todo se configura de manera muy diferente cuando la pregunta sobre la vida adquiere un alcance más amplio: no se espera simplemente algo que mejore la vida, sino que se espera en la vida en su totalidad: que tenga un sentido, una perspectiva, un fin, además de un final.

 

En esta perspectiva, todo se dispone planteando a la vida, como mirándola a los ojos, una pregunta radical: Vida, ¿qué eres? ¿Por qué existes? ¿De dónde vienes? ¿A dónde me llevas? ¿Qué será de mí, de nosotros, de todo?

 

La respuesta, obviamente, nunca la sabremos, la vida no es una señora educada que responde a las preguntas, ni siquiera a las cartas. No, la vida es una Sibila, una antigua divinidad que emite respuestas ambiguas y que requieren la inversión de energía personal para poder interpretarlas.

 

La vida no es un fenómeno atribuible al tranquilizador campo de la física clásica, sino que pertenece más bien a la dimensión más fundamental y extraña de la física cuántica. Y por eso, para revelar algo de su sabor, requiere que el sujeto se pronuncie, se exponga y, por así decirlo, crea en ella. A esta declaración, exposición o fe del sujeto hacia la vida podemos llamarla esperanza.

 

A principios de año, cuando la extensión de los días del año pasado ha desaparecido, quemada en la última noche como un muñeco que representara el año viejo, y cuando la extensión de los días del año nuevo se presenta intacta en la mente, es posible esperar o desesperar.

 

No es una cuestión de inteligencia o lógica, porque la inteligencia y la lógica, aplicadas a la existencia, proporcionan al mismo tiempo razones para esperar y razones para desesperar, y si nos fiamos únicamente de ellas, nos vemos abocados inevitablemente a la antinomia.

 

Por eso Immanuel Kant escribió un día que hay tres preguntas en torno a las cuales gira el pensamiento: «¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar?».

 

Para captar algo del sentido del tiempo y de nuestra aparición en él en este experimento existencial que es la vida, no basta con la dimensión cognitiva (pregunta kantiana n.º 1), ni basta con la dimensión ética (pregunta n.º 2): es necesario poner en juego la dimensión implícita en la tercera pregunta.

 

Esta pregunta se refiere a lo que es lícito esperar y, obviamente, se puede responder de dos maneras: nada o algo.

 

Si se responde nada, la esperanza se desvanece y se cae en su contrario, la desesperación. Si se responde algo, la esperanza se activa y entrega a quien la cultiva su don particular, el que proviene de su propio nombre, que en latín es «spes» y que proviene de «pes», pie, como escribió hace muchos siglos San Isidoro de Sevilla y como atestigua hoy la filología, que deriva el término esperanza de la raíz indoeuropea «-spa», que significa «tender a», exactamente la misma disposición que entra en juego al caminar.

 

Se suele considerar que la esperanza es una actitud típicamente, o incluso exclusivamente, cristiana, pero no es así en absoluto.

 

Es cierto que para el cristianismo la esperanza es muy importante, ya que es una de las tres llamadas «virtudes teologales» (fe, esperanza, amor), pero también es cierto que la esperanza pertenece a la vida humana como tal. Así lo atestiguan todas las grandes civilizaciones.

 

Para los antiguos romanos, la esperanza era una divinidad, la diosa Spes, que se celebraba el 1 de agosto. Heráclito escribió que «si uno no tiene esperanza, no podrá encontrar lo inesperable, porque es difícil de encontrar e inaccesible». Aristóteles definió la esperanza como «el sueño del hombre despierto». Ernst Bloch, pensador de tendencia marxista, escribió que «lo importante es aprender a esperar», que «la labor de la esperanza no es renunciar porque desea tener éxito en lugar de fracasar» y que «el efecto de la esperanza se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos». 

 

Creo que no hay esperanza más hermosa que esta: que hay algo en nosotros que el tiempo no puede quitar.

 

¡ F e l i z      A ñ o      N u e v o !


 
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...