Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -
La fiesta del 1 de enero está dedicada a María, Madre de Dios, pero los temas teológicos que contiene son diversos: no solo la maternidad divina de María, sino también la circuncisión y la imposición del nombre a Jesús. Estos temas se sintetizan en la encarnación en Jesús de la bendición de Dios, y entre los frutos de la bendición se encuentra la paz (Nm 6,22-27).
Mientras celebran la maternidad divina de María, las lecturas encuentran en la paternidad de Dios hacia Israel (Nm 6,22-27), hacia Jesús (Lc 2,16-21) y hacia los cristianos (Gál 4,4-7) un elemento de unidad. La bendición, que en la familia judía es normalmente obra paterna, se remonta en última instancia a Dios Padre y llega a los hijos de Israel a través de mediadores humanos como los padres de familia y los sacerdotes (Nm 6,27); el nombre impuesto al niño proviene del cielo, de lo alto, es decir, de Dios Padre (Lc 2,21); el Espíritu del Hijo derramado en el corazón de los creyentes suscita en ellos la invocación «Abbà, Padre» (Gál 4,6).
Jesús, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley», circuncidado al octavo día y llamado con el nombre de «Jesús», es el cumplimiento de la bendición de Dios a la humanidad, es la bendición hecha persona. La plenitud de la bendición se manifiesta en el fruto bendito del seno de María, la bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,43). La protección, la gracia y la paz en las que consiste la bendición asumen el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret.
Su nombre indica la voluntad de salvación de Dios: «El Señor salva». El desdibujarse de los rasgos del rostro en una sonrisa llena de benevolencia se manifiesta en el rostro de Jesucristo, sobre el que resplandece la gloria de Dios. Jesús es la sonrisa de Dios a la humanidad.
El tema unitario de las lecturas es también el de la presencia de Dios. Presencia que la bendición sacerdotal establece en el pueblo; presencia manifestada en el rostro y en el nombre de Jesús; presencia que se hace interior al creyente gracias a la efusión del Espíritu y que lo guía a la filiación divina. La maternidad de María es el acontecimiento que permite la manifestación de la presencia bendita de Dios a los hombres.
La liturgia celebra la circuncisión de Jesús. Una memoria importante porque recuerda la perenne judaísmo de Jesús: la circuncisión graba la señal de pertenencia al pueblo de Israel y de entrada en la alianza en el espacio corporal, en la carne. Así, el instrumento de la generación de reproducirse, el órgano del encuentro sexual con la mujer, queda marcado por esta herida.
También el bautismo cristiano como signo de la iniciación a la vida cristiana y de pertenencia a la comunidad cristiana (y el lugar donde se pronuncia el nombre del recién nacido ante Dios y la comunidad cristiana), es como imagen de la circuncisión de Cristo:
«En Cristo habéis sido circuncidados, pero no con una circuncisión hecha por mano humana, mediante el despojo de vuestro cuerpo carnal, sino con la verdadera circuncisión de Cristo. Con él habéis sido sepultados en el bautismo...» (Col 2,11-12).
«Le pusieron por nombre Jesús, como había sido llamado por el ángel» (Lc 2,16).
En el nombre está la llamada: su nombre es su vocación, su singularidad, su tarea, su responsabilidad. El nombre «Jesús», el nombre de aquel que ha sido engendrado por el Espíritu Santo, es el nombre que viene de Dios y no de los hombres, de lo alto y no de lo bajo. Y por eso es el único nombre en el que hay salvación (cf. Hch 4,12).
Nosotros, cristianos, hemos sido bautizados en el nombre de Jesús. En Cristo, nuestro nombre ya no es memoria del pasado, sino camino hacia el futuro, no es repetición de lo ya visto y sufrido, sino novedad de vida.
En el pasaje del Evangelio se subraya la actividad interior de María: el lugar del corazón es la interioridad como espacio de elaboración del sentido, de acogida de lo real y de maduración de las elecciones y las decisiones.
María, que reflexiona y medita «en su corazón» (Lc 2,19) sobre los acontecimientos que suceden y que guarda en su interior palabras que despiertan asombro, cultiva y elabora en sí misma el sentido de tales acontecimientos, lo concibe, lo lleva en su seno como llevó en su seno al hijo, le da progresivamente forma, esperando dar a luz, o mejor, ser engendrada a ese sentido que la toma como Madre del Señor.
Lucas habla de un cumplimiento de días (cf. Lc 2,21) y Pablo de la «plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). La bendición sacerdotal expresa la benévola acción cotidiana de Dios hacia el hombre: una acción que se reconoce en las pequeñas cosas de cada día, en el devenir del transcurso de los días y del futuro de los acontecimientos.
La actividad interior y espiritual de memoria y reflexión de María es lugar de comprensión y tiempo de discernimiento de la bendición divina en lo cotidiano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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