Mostrando entradas con la etiqueta Domingo de Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Domingo de Pascua. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de septiembre de 2026

¡Él está vivo!

¡Él está vivo!

Aquel que fue colgado en la cruz no es una sombra que se desvanece en el viento, ni un recuerdo desvanecido en los corazones de los temerosos.

 

¡Él está vivo!

 

No lo busquéis entre los fantasmas de la mente ni en las abstracciones de los eruditos.

 

Los Evangelios proclaman con fuerza el realismo de la carne: Él se deja tocar, Él parte el pan, Él mastica la comida ante los ojos asombrados de los suyos.

 

¿Por qué esta insistencia? Porque el Misterio quiere que sepáis que la Muerte ha sido derrotada en su propio terreno: el de la materia, de los huesos, de la sangre.

 

Aquel Hombre que caminaba humildemente por las calles de Palestina, que sanaba los cuerpos y levantaba las almas, que hablaba de una justicia que los poderosos temen y de una misericordia que los religiosos de la época no podían contener, precisamente Él, el Crucificado, ahora se sienta a la mesa con los suyos.

 

Es la prueba suprema: el mal y el poder que matan no tienen la última palabra. El amor que se entrega gratuitamente, que se hace el último entre los últimos, es invencible. La muerte no puede nada contra quien vive haciendo el bien.

 

Pero escuchad aún más profundamente, pues el Misterio nos revela nuestra propia naturaleza: la insistencia en la Resurrección de la carne no es solo para Él, es para nosotros. No somos espíritus prisioneros de un caparazón, sino una unidad indisoluble. Nuestro cuerpo no es un vestido que se pueda tirar, sino parte de nuestra identidad eterna.


Ese cuerpo que el tiempo consumirá y que la tierra parecerá devorar, no está destinado a la nada. Aquel que, al principio de los tiempos, extrajo la luz de las tinieblas y la creación del vacío, realizará el milagro final. El Misterio transformará las cenizas en gloria. Como fue al principio, así será al final: la nada se someterá a la voluntad de la vida.

 

Preparémonos, pues: no seremos sombras, sino personas completas. La Resurrección no es una idea, es un abrazo físico que espera a toda la humanidad en el Día que no conoce ocaso.

 

Escuchemos, pues, el grito que sacude los palacios del poder y las catedrales de piedra: si la carne del Crucificado ha resucitado, ¡entonces toda carne que sufre es sagrada y todo cuerpo humillado clama por la vida ante el Misterio! La resurrección no es un refugio para el alma, sino una revolución para la tierra. He aquí las consecuencias sociales de este fuego.

 

Aquel que ha resucitado es el mismo al que el poder religioso condenó y el poder político traspasó. Si Dios ha dado la razón al Asesinado y no a los asesinos, entonces todo sistema que aplasta al hombre en nombre de una ley o de un beneficio ya está juzgado y condenado.

 

La Resurrección proclama que la Justicia del Misterio no habita en los tribunales de los poderosos, sino que camina sobre las piernas de quienes comparten desinteresadamente.

 

Si el cuerpo de Jesús, cuerpo de un pobre, de un exiliado, de un condenado, se ha convertido en cuerpo de Gloria, entonces no existe carne humana que pueda ser descartada. El cuerpo de quien tiene hambre, de quien es extranjero, de quien yace en los márgenes, no es un problema social, sino el lugar de la presencia del Resucitado. Quien pisotea al pobre, pisotea la carne de Dios.

 

La resurrección exige un compartir radical: no se puede adorar al Resucitado en el cielo y permitir que su carne pase hambre en la tierra.


El mensaje profético rompe las cadenas del miedo. Si la muerte no tiene la última palabra, el tirano pierde su única herramienta de chantaje.

 

Quienes viven por el bien, luchan por la paz y aman sin medida, saben ahora que son invencibles. Una comunidad que cree en la Resurrección de la carne es una comunidad que no se doblega, que denuncia la injusticia y que construye mundos nuevos, porque sabe que la nada del poder se transformará en la realidad del Reino.

 

Puesto que toda la creación espera la transformación, nuestro cuidado por el mundo no es un deber burocrático, sino un acto de amor profético. Si la materia está destinada a la gloria, cada árbol, cada agua y cada criatura forman parte de un designio que el Misterio llevará a buen término. No somos dueños, sino guardianes de una belleza eterna.

 

¡Ay de vosotros, pues, si cerráis los ojos ante el hermano que sucumbe! La Resurrección nos llama no a la resignación, sino a la acción valiente. El Cielo ya ha comenzado aquí, en nuestras manos que se abren y en nuestros pies que recorren los caminos de la justicia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Volvamos a la carne del Resucitado.

Volvamos a la carne del Resucitado

Tantas veces vagamos por las brumas de la duda y las abstracciones del espíritu.

 

No se nos ha anunciado un mito, ni se nos ha entregado una vaga sombra entre las sombras.

 

El Verbo se hizo Carne, y esa Carne traspasada, humillada, depuesta, no quedó presa de la tumba.

 

El Nuevo Testamento clama hoy a vuestros corazones una verdad que sacude los cimientos de la historia:

 

¡Jesús ha resucitado con su cuerpo!

 

No lo busquemos entre los fantasmas de nuestra imaginación; no lo releguemos a las teologías descoloridas de quienes temen a la materia.

 

Él está aquí, con la solidez de quien ha vencido el frío de la muerte.

 

¡Contemplemos la paradoja divina, la locura del Misterio que confunde a los sabios de este mundo!

 

En un mundo que exaltaba al fuerte y silenciaba al pequeño, Él eligió la nada para proclamar el Todo.


Las mujeres, cuyas voces se consideraban débiles como las de los niños, testigos sin valor según la ley de los hombres, fueron las primeras en ser colmadas de Luz.

 

¿Por qué precisamente ellas?

 

Porque el Señor de la Vida quiso que el acontecimiento más extraordinario de la historia se apoyara en el testimonio de quienes no contaban para nada.

 

Este es el sello de la veracidad: Dios no buscó la validación de los poderosos, sino la pureza de quienes saben acoger lo Increíble.

 

¡Inclínate también tú, oh humanidad incrédula!

 

Mira a esas mujeres que se acercan al Resucitado.

 

No ven una visión etérea; abrazan Sus pies.

 

¿Sientes el calor de esa piel, la solidez de ese encuentro?

 

Es un realismo brutal y glorioso que disipa toda fantasía.


¡Cristo está vivo y lo hemos tocado!

 

No hay mentira que se sostenga, no hay asalto del enemigo que pueda hacer mella en la roca de una experiencia sensible.

 

¿Qué hay más auténtico que el cuerpo que se encuentra con el Cuerpo?

 

¿Qué hay más verdadero que un amor que se deja abrazar para decir: «Soy yo mismo, no temáis»?

 

Las mujeres no cedieron.

 

Defendieron esa verdad frente al asedio del fango y del silencio impuesto por los palacios.

 

Guardaron en sus ojos la imagen de aquel Crucificado que ahora se yergue, vivo, ante ellas.

 

¡Despertemos!

 

No permitamos que nuestra fe se convierta en una idea.

 

Volvamos a la carne del Resucitado.

 

Volvamos a ese abrazo a sus pies que transforma el dolor en danza y la muerte en un umbral ya franqueado.

 

La Resurrección no es un recuerdo: es el impacto de la realidad que aún hoy quiere tocar nuestra vida.

 

Él está vivo.

 

¡Tocadlo y vedlo!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de julio de 2026

Plegaria al ritmo de María Magdalena.

Plegaria al ritmo de María Magdalena

Cuando aún estaba oscuro, como cuando se pescaba la vida en las orillas de un lago, como cuando se amaba sin poder llamar Eterno a aquello que siempre se escapaba. 

Cuando aún estaba oscuro, como cuando Él hablaba y nosotros creíamos entender, y creíamos creer, y seguíamos, en cambio, obstinados y ciegos, perdiéndonos en nosotros mismos. 

Cuando aún estaba oscuro y querían matarlo y nosotros ni siquiera imaginábamos que éramos sus cómplices y no sus compañeros. 

Cuando aún estaba oscuro como en los ojos del ciego, como las manos áridas, como las palabras mudas, como las parálisis, como la mujer acusada, como el joven que se marchó, como el hijo que se quedó fuera de la casa, como Lázaro tras la piedra de un sepulcro… y nosotros, inconscientes de ser testigos de la vida resucitada tanto en el perdón como en la curación. Siempre es milagrosa primavera la vida que renace a la luz. 

Cuando aún estaba oscuro, como también después de su Resurrección, en los abismos de la enfermedad, en los temores del abandono, en la duda de que el cadáver solo hubiera sido robado, en los amores convertidos en odio, en el esfuerzo de ceder a un asombro excesivo, en los malentendidos entre nosotros, los discípulos, en las interpretaciones contradictorias de su recuerdo, en los escándalos de la Iglesia, en la insignificancia que nos atraviesa en tantos días del presente, en el miedo a que la muerte, al final, devore el amor. 

Cuando aún estaba oscuro… y hay tanta oscuridad que nos está ahogando la visión… y cegando la esperanza… 

Por eso nos empeñamos en celebrar la memoria de los destellos de lo Eterno, nos aferramos con fuerza a las fracturas milagrosas que hacen que el pasado esté atravesado por rayos de Luz, por esa conciencia límpida y fugaz de que cada ser es una manifestación vacilante de lo divino, por cuando nos han hecho sentir amados, por cuando nos han perdonado, por quienes nos agradecen lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. En esto creemos. Y nos consolamos. 

Por cuando desciende la oscuridad y nosotros, a un paso de la noche, envueltos en lágrimas, le pedimos al Padre que salve y transfigure cada fragmento de amor, ese poco que hemos reconocido y consagrado con gestos. 

Por cuando en la oscuridad rezamos para que haya un lugar también para nosotros en el paraíso. 

Por cuando sentimos ser una oración muda compartida por los hermanos, y por cuando sentimos que juntos esperamos una tierra donde todo será finalmente claro y puro, luminoso y resucitado, recordado, entregado al corazón del Eterno, transfigurado en Luz. 

Por cuando rezamos por no ser olvidados, por cuando te rogamos que nos hagas reencontrar el Amor que nos ha mantenido con vida, y te suplicamos que nunca más se vaya. 

Por cuando también nosotros logremos decir «…y no sabemos dónde lo han puesto». Y no queda más que volver a buscar. 

Por cuando no sabíamos que estaba naciendo fuera de Jerusalén, por cuando lo perdieron en el Templo, por cuando huía del poder, por cuando cruzaba a la otra orilla, por cuando se refugiaba en el seno de la noche en oración, por el Monte de los Olivos, por su estar siempre en Otro Lugar. 

Por el miedo de quien dice haberlo comprendido, por la traición de quien se cree capaz de explicarlo o comprimir la bella, la novedad, la Vida, en un canon, en un dogma, en un sacramento, en un catecismo, en una teología, por quien sigue siendo discípulo pero en su corazón implora que tenga piedad, que ni siquiera él conoce el lugar, y que es solo un pobre caminante y peregrino que sigue buscando mientras dice que cree. 

Ni yo sé con certeza dónde lo han puesto, pero creo que está guardado en lugares misterioso, secretos…  y accesibles solo al amor. 

Corrían los dos juntos, y el hecho de no estar solos ya es un indicio de buena humanidad. 

Por cuando la fe entra en la carne y nos transforma en niños sin miedo a parecer ridículos, y corremos, torpes y enamorados, y corremos el riesgo de caer y el aliento nos oprime la garganta, y somos los mismos niños que corrían tras un balón, tras un amor, tras un sueño. El corazón hinchado que no deja de latir y se conmueve. 

Por cuando corre el pensamiento, corre la nostalgia, corre la esperanza de que no haya sido todo en vano, por cuando corre la urgencia de ver, de tocar, de volver a abrazar, aunque fuera un sepulcro vacío, aunque fuera la absurda esperanza de haber estado vivos y haber sido testigos. 

Por cuando nos atrevemos a creer que incluso la muerte se convertirá en una sonrisa, en abrirse paso, como se abrió el mar, entre tantas dudas. Que sea barrido por fin el temor de que Tú te hayas ido y nos hayas abandonado dejándonos solos en esta orilla. 

Por los lienzos tendidos y doblados, por ese mínimo rastro de orden en un mundo que parecía devastado y reducido al caos, por los clavos que no vencieron, por la madera que no prevaleció, por el desgarro en el velo del Templo que transformó, sin que lo supiéramos, nuestra existencia en una explosión de Vida. 

Por el desgarro fecundo de tu herida abierta, por el ardor de la carne que no deja de amar ni siquiera aunque esté traspasada, ni siquiera como cadáver, por el perfume esparcido, por el frasco de nardo que se hizo añicos como la piedra que sellaba una aparente derrota. 

Por los lienzos depositados, por el cuidado invisible de quien pone orden en nuestras historias desordenadas y dice, con palabras resucitadas, que no ha sido en vano nuestro amar, nuestro sufrir, nuestro dudar, nuestro correr contra toda esperanza. 

Por quien vio y creyó sin haber comprendido aún la Escritura. Por cuando Él nos miraba sin condenarnos, por cuando Él creía a pesar de nuestra insignificancia. 

Por quien supo posar sus ojos sobre nosotros logrando ver esplendores mucho antes de un posible amanecer. 

Por quien conservó el amor, por quien no nos olvidó, por quien, en el brillo de sus ojos, siguó creyendo en nuestra resurrección, por quien veía en nosotros lo que nosotros aún no imaginábamos ser. 

Por eso te rogamos, Señor, que resurjan nuestros ojos, que sepamos reconocer las señales de tu paso, que podamos hacer memoria de ellas, que podamos resurgir una vez más en los ojos de quien nos ama, por las personas que encontraremos, para que sepamos entrar juntos en nuestros sepulcros y, tomándonos de la mano, indefensos y postrados, logremos volver a buscar a quien, con paciencia maternal, ha colocado definitivamente el sudario de nuestro extravío y, acariciándonos con ternura de Amigo, mezclará el calor de sus lágrimas con las nuestras. 

Y por quien, Jardinero de la Amistad, nos llamará a cada uno por nuestro nombre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 6 de abril de 2026

Colores de resurrección.

Colores de resurrección


La Pascua habla de resurrección, que es el corazón de todo el mensaje evangélico. Y uno descubre que muchos signos de resurrección los vamos recibiendo precisamente de manera inadvertida. Gestos, miradas, silencios, palabras… transmiten resurrección.

 

El Evangelio dice que es posible otra forma de vivir. A través de Jesús de Nazaret, Dios ha respondido al deseo de felicidad que existe en cada ser humano. El verdadero discípulo de Jesús es el que nos hace tocar con las manos el sentido y la novedad de las bienaventuranzas.

 

Bienaventurados los pobres de espíritu. Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los mansos. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Bienaventurados los misericordiosos. Bienaventurados los de corazón puro. Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia.

 

Jesús encarnó y testificó las bienaventuranzas. Por eso fue resucitado a una vida bella, buena y bienaventurada. Y el Resucitado nos transmitiste que cada uno de nosotros está llamado a realizar, en su vida, un pequeño anticipo de resurrección, es decir, d Reino de Dios.

 

Vivir la fe con coherencia implica el valor de decir verdades incómodas. En estos días, Jesús también habría gritado con fuerza contra los mercaderes de la muerte, porque implorar la paz y el desarme no es ingenuidad; la única verdadera ingenuidad es creer que la guerra salva; la única verdadera locura es pensar que se puede seguir incendiando el mundo sin arder con él.

 

La resurrección de Jesús nos hace comprende que la tecnocracia, ahora imperante, oculta la verdad sobre la condición humana, reduce al hombre a un instrumento funcional de un sistema, donde solo cuenta el bienestar material y el éxito personal, donde se exalta el individualismo más desenfrenado y se elimina la fragilidad sustancial del hombre. La búsqueda del propio bienestar se convierte en un sustituto de la felicidad plena, a la que, en cambio, el hombre aspira.

 

Cuando pensamos en la resurrección, siempre nos sentimos desconcertados. Y es Jesús resucitado el que nos muestra que ya se puede experimentar en nuestra frágil existencia, porque Dios quiere la felicidad del hombre, ya aquí en la tierra. Y creer en la resurrección de Jesús es creer que también nosotros estamos involucrados en ella.


La resurrección de Jesús hace que comprendamos mejor lo que significa «Resurrección» en nuestra vida. Es la transfiguración de todo lo que somos: nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras decepciones pueden transformarse en perlas; nuestras energías inexpresadas pueden transformarse en ternura, en relación, en compartir.

 

El anuncio de que el Reino de Dios está cerca significa que la felicidad está al alcance de la mano, aquí mismo, en nuestra vida. Y el sentido de estas palabras lo hemos comprendido gracias al Resucitado. Porque Él no solo has explicado el Evangelio, sino que lo ha «habitado» y ha sabido hacerlo «hermoso» para cualquiera.

 

La resurrección de Jesús expresa el valor, la audacia, la serenidad, la confianza,…, de que todo ya está de alguna manera resucitado y transfigurado. Nos transmite el sentido vivo de la encarnación, el perfume de la vida: el perfume de la vida que no muere.

 

Creo que Simone Weil quien decía aquello de que «no por cómo hablas, sino por cómo vives, me doy cuenta de si has permanecido en el Señor». Y la resurrección nos abre la puerta para comprender que todo el testimonio de vida y toda la fuerza profética de Jesús nacían de una profunda intimidad con la Buena Noticia y con las Bienaventuranzas.

 

Su fe, es decir, su experiencia de amor, vivida en el cada encuentro, se traducía en un amor sin límites por el prójimo, en un extraordinario compromiso por la gracia, en un anuncio apasionado de la «Buena Nueva».

 

Toda su vida es un mensaje de resurrección que nos ayudará a iluminar nuestra Pascua. ¡Porque sentimos, en lo más profundo de nuestro ser, que no nos será posible seguir viviendo y pensando como si Él no hubiera resucitado!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Señor de la Vida nos precede en nuestra Galilea de cada día.

El Señor de la Vida nos precede en nuestra Galilea de cada día

En el Evangelio de la Resurrección de Jesús hay una frase sobre la que me gustaría detenerme:

 

«Entonces Jesús dijo a las mujeres: “No temáis; id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán”» (Mateo 28, 10).

 

Jesús parece querer decir: allí, no aquí, me verán, porque la «exclusiva» de aquí les ha tocado a unas pocas testigos, es decir, a las mujeres que habían ido al sepulcro para llorar a Jesús y se encontraron, en cambio, ante una novedad impactante.

 

Además, porque el «allí, en Galilea» significa que ver y reconocer al Resucitado indica cualquier parte del mundo, incluso las más recónditas, se entrelaza con las tramas de la historia y de la vida cotidiana, va de la mano de esos gérmenes de esperanza que florecen cuando el hombre «piensa y actúa de forma positiva», cuando se orienta hacia el bien, cuando…


 

En este punto, sin embargo, surge una pregunta:

 

«¿dónde se puede ver hoy al Resucitado?», ¿dónde se le reconoce en las tierras maltratadas, ensangrentadas y devastadas por la guerra (Ucrania, Palestina, Irán, Líbano, por citar algunas…), dónde se le ve en la violencia contra las mujeres, en los disturbios sociales, en los negocios ilícitos, en la degradación del medio ambiente…?

 

Dan ganas de decir: «Aquí no está el Resucitado, hay que buscarlo en otra parte», pero también debemos ser conscientes de que nada ni nadie puede detener la Pascua: ni siquiera los guardias o los «comandantes de la historia» puestos a custodiar los sepulcros creados por ellos mismos, con sus acciones.

 

Porque Alguien ya ha cambiado la historia, ha cambiado su perspectiva, ha hecho florecer esa esperanza que parecía perdida con la lápida y se puede acoger con alegría un anuncio - «¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado como había dicho» (Lucas 24, 5-6) - que solo asusta a los hombres sin fe.

 

Pero entonces, ¿cuántos creen verdaderamente en el Resucitado? ¿Cuántos, incluso entre aquellos que estos días han llenado las iglesias para los ritos del Triduo Pascual, perciben en los acontecimientos actuales la victoria de Cristo sobre la muerte, como percibimos en el aire el regreso de la primavera? ¿No es que nuestra civilización, nuestra cultura, nuestras tradiciones… se han convertido en «el lugar donde lo habían puesto» (Jesús muerto en la cruz) porque ya no nos dice nada, porque, como afirmaban los discípulos de Emaús, «esperábamos que fuera Él quien liberara a Israel…»?


 

Entonces, ¿dónde se puede ver al Resucitado?

 

En todas partes: dondequiera que el hombre plante y construya su tienda de humanidad, cumpla su jornada de trabajo y contribuya a la realización de la creación, oriente su corazón hacia el bien, viva el mandamiento del amor,…, porque Él ya ha superado la oscuridad de la muerte y se puede razonablemente pensar, esperar obtener y cultivar el bien, incluso de las situaciones más trágicas.

 

Él nos precede: este es el mensaje de la Pascua y allí donde nos precede lo vemos como el Señor de la vida, el Dios de la luz, el Bien Supremo



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 5 de abril de 2026

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -.

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -

Ruptura. Deformación. Desfiguración. Esto es la Pasión. Esta es la revelación definitiva de nuestro Dios. 

La historia de Jesús de Nazaret se cumple en un Dios que se revela partido, con el rostro desfigurado. Y esto no se explica. 

Como tantas crisis, tantas preguntas, tantas inquietudes de nuestra vida. 

La Pasión no se explica: no es justificable, no está predeterminada, no estaba predestinada. 

Despojémonos de esas imágenes con las que intentamos salvar a un Dios a nuestra imagen y semejanza dejando de lado al hombre. 

No estaba todo escrito. Jesús no sabía cómo acabaría todo. Pero se entregó con confianza a los acontecimientos. 

La Cruz es un acontecimiento. Es el acontecimiento de un hombre que elige amar por el único camino que en ese momento parecía viable. 

Es un acontecimiento, y todo lo que lo cubre nos recuerda que no podemos acostumbrarnos a ella, no podemos embellecerla y convertirla en una forma políticamente correcta y educada. 

A menudo nos preocupamos por dar una forma a Dios. Quizás ideal, perfecta, fija. Dejando bien claros los límites que no se pueden traspasar. 

Pero Dios se desforma, se rompe. Dios se cuenta como una Pasión que atraviesa la realidad y las contradicciones de la vida, hasta el extremo, hasta el final. 

A Dios no le preocupa mantener una forma, sino re-crearla y tomarla continuamente en la historia, en la realidad, de las vidas por las que se deja tocar. Como un amor que no retrocede. 

Nosotros lo hemos sacralizado, es decir, separado. 

Pero todo lo sagrado que podemos encontrar en este mundo está aquí, en un cuerpo quebrantado y roto. 

Y en lo que resiste. En una Pasión que resiste en una vida deformada. 

Contemplar la cruz de este Crucificado no nos hace ver más a Dios: paradójicamente, nos hace ver menos. 

Es una verdadera re-velación, porque se cubre un imaginario y se abre una búsqueda. 

La de un Dios que ocurre, que pasa, que abre pasos, que hace Pascua. Que se revela y sorprende continuamente en las vidas reales. Y de modo tan inaudito como insospechado. 

Y esto no se explica, sino que se encuentra. 

No se explica, permanece abatido y herido. Incluso hasta después de la resurrección, las heridas de la historia permanecen. 

Porque a Dios no le interesa ser una forma perfecta frente a nosotros, desfigurados. 

Dios no permanece intacto, es decir, sin ser tocado. Es radicalmente tocado, en las horas de la Pasión. 

Y hay toques de amor, toques que hieren, toques dolorosos, toques violentos, toques de agresividad, toques de pasión, toques de traición, … 

Y Él se deja tocar para que podamos resucitar. 

No existe el ideal… el Viernes Santo nos echa en cara que no existe el Dios ideal. Sino la realidad de quien asume un estilo arriesgado y la realidad de las historias que se levantan de nuevo. 

Es necesario mirar la cruz de este Crucificado, reencontrarla como acontecimiento, no como forma fija. 

Abrir los ojos a cómo Dios está sucediendo fuera de forma y de nuestras formas. 

Recibir este impulso, esta invitación a encontrar la Presencia, al Resucitado, fuera de forma y de nuestras formas. 

Esto es lo que significa celebrar la Pascua de Resurrección de este Crucificado. 

Podemos soñar hoy con una Iglesia que se deje tocar de verdad (¡y preguntarnos qué significa dejarse tocar de verdad, incluso partirse y romperse!). 

Podemos reencontrar la Iglesia como vocación de este lugar, de este camino. 

Podemos apostar por su ser como resonancia de un Jesús que se deja tocar para curar y sanar. 

De un Jesús que descubre y cuenta a Dios a través de su historia, y de las historias de quienes lo tocan. 

Y nosotros tocamos la cruz de este Crucificado. Y lo hacemos para dejarnos tocar por el Resucitado. 

Y para dejarnos alcanzar por la vida nueva, que llega en silencio, solamente a través de una herida... resucitada. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 4 de abril de 2026

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 -.

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 - 

El tiempo de Pascua nos invita a detenernos ante el misterio de la resurrección. Para el cristiano, como nos recuerda San Pablo, la verdad de la resurrección de Cristo es una verdad fundamental, en el sentido más inmediato. Es la verdad que está en los cimientos: sin la resurrección de Cristo, toda nuestra fe es vana (1 Cor 15,14). 

Me gustaría detenerme en el primer momento después de la resurrección en el Evangelio según San Juan (20,1-9). 

Al entrar en oración, es bueno expresar también la gracia que se pide: aquí podemos rezar por el don de discernimiento, don del Espíritu, para saber captar las huellas del Señor. 

Te invito, pues, a leer con calma el pasaje, que encontrarás hacia el final del Evangelio según Juan (20,1-9). 

Solamente ofrezco algunas subrayados y comentarios, para aclarar y profundizar el sentido del texto. 

[1] El primer día de la semana. La referencia es al Domingo de Resurrección. Sin embargo, es útil recordar que la referencia al primer día, en el contexto judío, es también una referencia al comienzo de la creación. La resurrección de Jesús ofrece un nuevo comienzo, una nueva creación. 

… vio la piedra… Este relato de Juan es muy sobrio. Nada de visiones (las habrá, pero más adelante), nada de ángeles, nada de terremotos. La señal es simple, casi decepcionante: la piedra removida, una tumba vacía. 

[2] El otro discípulo, al que Jesús amaba. El texto, como en otras partes del Evangelio, lo deja deliberadamente en el anonimato. En muchos aspectos es el evangelista, el testigo del relato. Pero esta elección literaria es deliberada: al igual que con el discípulo en el relato de Emaús, aquí se invita al lector a entrar en ese papel. El discípulo amado por Jesús eres tú, soy yo. 

[4] Corrió más rápido que Pedro… pero no entró. Pedro es más lento, pero el discípulo amado lo espera. Hay una delicadeza del discípulo amado en esta espera. El entusiasmo del discípulo joven espera la sabiduría del anciano, y la respeta. Quizás, también podemos leer cómo la Iglesia carismática/apasionada sabe esperar a la Iglesia jerárquica/institucional, porque es necesario que entren juntos en el sepulcro vacío. 

Se inclinó y vio los lienzos allí depositados. Es interesante reflexionar sobre lo que vio. Pedro y el otro discípulo no ven más que el sepulcro vacío y las vestiduras funerarias. 

[8] Vio y creyó. Me fascina este detalle: el discípulo cree al ver la tumba vacía. El signo de la ausencia se convierte en el signo del paso del Señor. Él no ve la resurrección, yo todavía no veo al Señor, solo ve sus huellas. Para quien no discierne estas huellas, para quien no ve con los ojos de la fe, la tumba vacía es solo una tumba vacía. Para el discípulo amado, no. 

[9] Aún no habían comprendido la Escritura. La señal de la tumba vacía se convierte en la clave de lectura de las Escrituras y conduce a la fe. 

En este punto te invito a releer el pasaje, con los subrayados sugeridos. Luego, se puede pasar a reflexionar sobre estas y otras preguntas, como te indica la oración:

a.- Se nos enseña a leer las señales, a saber, a ver e interpretar en las pequeñas señales una realidad más grande. ¿No indican acaso, y por poner un ejemplo, las huellas de un animal su paso? Pero las huellas del Señor en nuestra existencia, ¿sabemos leerlas o estamos ciegos? De ahí surge la pregunta: ¿cuánto aplicamos esto en nuestra vida de fe? ¿Somos exploradores también en la vida de fe o somos ignorantes en este campo? 

b.- ¿Cuáles son las huellas del paso del Señor en mi vida? ¿Dónde está en mi vida que Dios me invita a leer la tumba vacía? ¿Dónde puedo discernir la presencia del Señor? 

c.- ¿Dónde puedo decir, con los discípulos de Emaús, ‘¿no ardía nuestro corazón’? Intento identificar al menos uno de estos momentos en mi vida. 

Deja que, poco a poco, esta reflexión se convierta en oración. ¿Qué le pediría a Jesús? ¿Me considero una persona con discernimiento? ¿Sé leer las señales del paso del Señor? 

De nuevo puedo pedir la gracia: el don del Espíritu, que también conlleva el discernimiento. 

Lleva todo esto a la conversación con el Señor, como un amigo habla con un amigo. Sin prisas. 

Por último, detente en la presencia del Señor. Disfrutando también de ese silencio interior, dejando que la oración se convierta cada vez más en una oración del corazón. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...