Colores de
resurrección
La Pascua habla de resurrección, que es el corazón de todo el mensaje evangélico. Y uno descubre que muchos signos de resurrección los vamos recibiendo precisamente de manera inadvertida. Gestos, miradas, silencios, palabras… transmiten resurrección.
El Evangelio dice que es posible otra forma de vivir.
A través de Jesús de Nazaret, Dios ha respondido al deseo de felicidad que
existe en cada ser humano. El verdadero discípulo de Jesús es el que nos hace
tocar con las manos el sentido y la novedad de las bienaventuranzas.
Bienaventurados los pobres de espíritu.
Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los mansos. Bienaventurados los
que tienen hambre y sed de justicia. Bienaventurados los misericordiosos.
Bienaventurados los de corazón puro. Bienaventurados los que trabajan por la
paz. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia.
Jesús encarnó y testificó las bienaventuranzas. Por
eso fue resucitado a una vida bella, buena y bienaventurada. Y el Resucitado
nos transmitiste que cada uno de nosotros está llamado a realizar, en su vida,
un pequeño anticipo de resurrección, es decir, d Reino de Dios.
Vivir la fe con coherencia implica el valor de decir
verdades incómodas. En estos días, Jesús también habría gritado con fuerza
contra los mercaderes de la muerte, porque implorar la paz y el desarme no es
ingenuidad; la única verdadera ingenuidad es creer que la guerra salva; la
única verdadera locura es pensar que se puede seguir incendiando el mundo sin
arder con él.
La resurrección de Jesús nos hace comprende que la
tecnocracia, ahora imperante, oculta la verdad sobre la condición humana,
reduce al hombre a un instrumento funcional de un sistema, donde solo cuenta el
bienestar material y el éxito personal, donde se exalta el individualismo más
desenfrenado y se elimina la fragilidad sustancial del hombre. La búsqueda del
propio bienestar se convierte en un sustituto de la felicidad plena, a la que,
en cambio, el hombre aspira.
Cuando pensamos en la resurrección, siempre nos
sentimos desconcertados. Y es Jesús resucitado el que nos muestra que ya se
puede experimentar en nuestra frágil existencia, porque Dios quiere la
felicidad del hombre, ya aquí en la tierra. Y creer en la resurrección de Jesús
es creer que también nosotros estamos involucrados en ella.
La resurrección de Jesús hace que comprendamos mejor lo que significa «Resurrección» en nuestra vida. Es la transfiguración de todo lo que somos: nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras decepciones pueden transformarse en perlas; nuestras energías inexpresadas pueden transformarse en ternura, en relación, en compartir.
El anuncio de que el Reino de Dios está cerca
significa que la felicidad está al alcance de la mano, aquí mismo, en nuestra
vida. Y el sentido de estas palabras lo hemos comprendido gracias al
Resucitado. Porque Él no solo has explicado el Evangelio, sino que lo ha
«habitado» y ha sabido hacerlo «hermoso» para cualquiera.
La resurrección de Jesús expresa el valor, la audacia,
la serenidad, la confianza,…, de que todo ya está de alguna manera resucitado y
transfigurado. Nos transmite el sentido vivo de la encarnación, el perfume de
la vida: el perfume de la vida que no muere.
Creo que Simone Weil quien decía aquello de que «no por cómo hablas, sino por cómo vives, me
doy cuenta de si has permanecido en el Señor». Y la resurrección nos abre
la puerta para comprender que todo el testimonio de vida y toda la fuerza
profética de Jesús nacían de una profunda intimidad con la Buena Noticia y con
las Bienaventuranzas.
Su fe, es decir, su experiencia de amor, vivida en el
cada encuentro, se traducía en un amor sin límites por el prójimo, en un
extraordinario compromiso por la gracia, en un anuncio apasionado de la «Buena
Nueva».
Toda su vida es un mensaje de resurrección que nos
ayudará a iluminar nuestra Pascua. ¡Porque sentimos, en lo más profundo de
nuestro ser, que no nos será posible seguir viviendo y pensando como si Él no
hubiera resucitado!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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