Mi personal Emaús - San Lucas 24, 13-35 -
Me preguntas adónde voy; estoy quieto, estoy a punto de responder, pero no es cierto, me digo que no es cierto, siento que no es cierto, el movimiento es inexorable, ahora es incluso más dulce, voy hacia mí mismo, le digo, y mientras camino, el Viviente camina a mi lado, camina dentro de mí, delante, encima, debajo… por todas partes. Y relato la compañía de su presencia; este es mi Emaús que no pasa.
Incluso cuando estoy quieto todo se mueve, estoy volviendo a casa, digo, y
por fin estamos juntos, y por fin soy fiel a la vida que me fue puesta en las
manos hace tantos años.
Creía que huía de la cruz y simplemente estaba
empezando a volver a casa, siempre he confundido el manantial con la
desembocadura, ahora solo soy una desembocadura entre sus brazos. Siempre estoy
en Emaús.
No, no estoy solo, nunca estoy solo, la amiga llora de
cariño por un pedazo de vida, la madre ha perdido a su hijo, el amigo decide
por sí mismo y comunica el cambio, alguien busca que le escuchen, yo no siempre
puedo, no siempre lo consigo,…, pero nunca estoy solo, y todo habla de Él,
siempre hablamos de Él incluso cuando parece que el encuentro se llena de otra
cosa. Ya lo he dicho muchas veces, me parece siempre visible Su rostro.
A veces los ojos me duelen al menos tanto como los
pies, hinchados, rotos y cortados, cerrados por demasiados pasos en falso o por
simple costumbre, ojos miopes y con vista cansada.
Para verlo tengo que esperar a que haya pasado, a veces, como si necesitara la sombra, o quisiera volver a atrapar un destello de belleza que, captado en el presente, sin duda me habría incinerado de asombro.
A veces, en cambio, necesito agarrarlo enseguida,
conozco el riesgo de unos ojos demasiado abiertos ante el misterio, lo deseo y
lo busco, solo que ahora a menudo los ojos lloran, se derriten, el corazón no
aguanta el impacto de una vida multiplicada. ¿Se puede morir por exceso de
amor?
Como geógrafos, los ojos cartografían nuevos
territorios; me habría conformado con menos vida; así, el corazón corre el
riesgo de romperse, el amor de embriagarme; tengo miedo de enamorarme demasiado
del presente, de lo que veo, de cómo Él se asoma y aparece.
El ciento por uno se me ha dado con creces. De su
abundancia yo también he recibido gracia tras gracia. Me habría conformado con
menos, mientras mi Emaús graba la Escritura en la gramática de los sucesos de
la cotidianidad.
Algunos días aún me veo reflejado en los rostros
tristes de quienes creían creer, trazo sincera comprensión entre las arrugas de
quienes deambulan perdidos y con esfuerzo intentan coser los desgarros de
acontecimientos dolorosos y tristes.
En el fondo amo los pies firmes y los rostros tristes
que saben contar sus propios extravíos, sin protegerse; amo los rostros tristes
porque ahora sé que Él ya está ahí caminando al lado y escuchando. Y yo no
tengo más que creerlo. Y ahora lo creo incluso antes de entenderlo.
Él ya está; antes de que lo notemos, Él está. He aquí
que, en mi Emaús, he aprendido a apartarme; con curiosidad me pregunto dónde
estará sentado mientras el dolor se exprime en las noticias, dónde, inmóvil y
conmovido, desde qué lado de la mesa está acariciando este dolor inconsolable,
desde qué rincón del mundo está llorando de compasión.
Y así, mientras florecen preguntas, oraciones o
quejas… trato de respirar su presencia. Y doy gracias, solo doy gracias,
incluso por cada sueño roto y por las lágrimas y por la vida que viene tal y
como quiere venir.
En mi Emaús sucede que aún me sorprende cómo es
posible sentirlo ya presente… cuando me dejo abrazar y cedo. Sé que la cabeza
se empeña en explicar y opone todo tipo de resistencia, sé bien que alguien
todavía se engaña creyendo que creer es comprender como si la fe fuera un don
solo para algunos. Para los locos, para quienes pierden la cabeza o la rompen,
o la olvidan.
En mi Emaús, la Escritura siempre se encarna y revela y muestra, despliega los corazones, sopla en las nubes de los acontecimientos; en mi siempre presente Emaús, la Escritura me devuelve a mí mismo, ya no hay lugar para interpretaciones ideológicas.
En mi Emaús, la Palabra siempre habla a un solo
corazón, de uno en uno, y lo besa con los besos de Su boca. Señor, bésalo, le
digo; aunque mi corazón no entienda, bésalo; aunque tiene miedo, bésalo; mi corazón,
tantas veces necio, al final se desatará.
En mi Emaús, las cosas serias suceden a la mesa, allí
donde el deseo implora y las manos finalmente aprenden a recibir.
En mi Emaús suele ser de noche, para que nadie vea, y
lo invisible siempre tiene derecho de asilo; en mi Emaús uno puede sumergirse
entre las estrellas y seguir volviendo a casa, junto a quien ama, y mirándole a
los ojos sentir que Él está ahí, discreto y misterioso, siempre sorprendente,
que ya está ahí con nosotros.
Y dar gracias por este amor resucitado multiplicado
por cien.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario