Emaús como parábola - San Lucas 24, 13-35 -
Reconocer. No «creer» ni «ver». La fe es un acto de «reconocimiento».
No es fácil.
No puedes mostrar nada más que el pasado. Heridas
incluidas. Jesús no abre ventanas al paraíso, Jesús deja que la luz ilumine el
pasado a través de las heridas.
En el fondo, habría sido más sencillo creer en un
Resucitado al que buscar en otra parte. «Todo
irá bien», nos repetimos, pero la fe no funciona así; la fe es
reconocer su presencia, su paso por el camino de los hombres. Un camino casi
siempre arduo. Y, sin embargo, recorrido. Él es Aquel que ha atravesado y sigue
atravesando mi historia. Sin resolverla.
La fe no es lanzar el corazón más allá del obstáculo, esperar en el paraíso. La fe es un acto de valentía. Y de memoria. Volver a empezar, reincorporarse a la vida y descubrir que Él ha pasado por ahí.
Aunque no lo imagináramos así. Aunque no lo queramos así, aunque sintamos que ese rostro de Jesús sufriente y apasionado por los hombres no nos llevará lejos. Aunque sea hacer memoria de un fracaso. Aunque, cuando Él estaba allí, nosotros huimos.
Porque lo divino no es en absoluto consolador. Y
soportar Su rostro es también terrible. Por favor, dejemos de hablarme del amor
como de algo que hace la vida fácil. Todos sabemos que a menudo huimos del
amor, porque el amor nos expone y da miedo.
«Entonces se
les abrieron los ojos», me vienen a la mente Adán y Eva, se les
abrieron los ojos y descubrieron que estaban desnudos. Y el paraíso se cierra.
He aquí, creo que la fe es exactamente esto. Descubrir que estamos desnudos. Y
que Dios también está desnudo.
Dejemos de cubrir ese cuerpo expuesto en la cruz con vestimentas de todo tipo para ocultar el escándalo. Dejemos que sean los soldados quienes pongan el manto a Jesús, para burlarse de Él. Quien lo reduce a ser un rey poderoso según nuestra lógica, quien usa la religión para el poder, se burla de Jesús y se burla de sí mismo.
La fe son ojos que se abren al drama de la desnudez.
Creer es como hacer el amor, hay que estar desnudo y expuesto. Y estar
dispuesto al dolor. De la entrega. Total.
Reconocerlo en ese gesto del pan partido y en esa
bendición derramada sobre corazones asustados y traidores. Reconocerlo gracias
a un corazón que vuelve a latir, que «arde
en el pecho», un fuego, único gesto digno de confianza.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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