Un Extraño que enciende la Vida - San Lucas 24, 13-35 -
A los corazones tibios, a quienes fingen enamorarse, a quienes hablan del Señor con jerga de burócrata clerical y religiosa, a quienes guardan en el corazón la sed de poder, a quienes no saben llorar, a quienes no saben alegrarse, a quienes no se enfadan, a quienes siempre tienen el control, a quienes lo explican todo, a quienes no se conmueven, a quienes quieren enseñarme cómo debo responder al dolor, a todos vosotros, de corazón apagado,…, por favor, no me habléis de Dios.
«Era
necesario que Cristo pasara por estos sufrimientos para entrar en su gloria»,
¿quién puede soportar el peso de esta frase?
«Corazones
lentos», dice Jesús a los dos discípulos. Corazones lentos, de esa
lentitud que nos envuelve y nos oprime la garganta cuando el dolor decide
clavarse en nuestra carne. Y, sin embargo, en ese sufrimiento está Su
presencia. En todo sufrimiento. Hay que pasar por ahí. Y no una vez para
siempre. No como un incidente de camino.
Por favor, dejemos de decir que nos olvidaremos de este dolor.
Porque yo no quiero olvidarlo. Al contrario, quiero convertirlo en memoria.
¿Pero entendemos que lo único que podemos decir de Él es su presencia en el
corazón del dolor?
Haced esto en memoria mía. Y no está hablando del paraíso, sino de carne y pan y vino y sangre. Memoria de la cruz, memoria del amor. Memoria de una Última Cena en la que el amor y la muerte nunca estuvieron tan cerca. Memoria de cuando Él estaba con nosotros y no lo reconocimos. Memoria de cuando Él está con nosotros, conmigo, ahora, y yo quiero huir.
Los dos de Emaús no lo reconocen en Emaús, lo
reconocen en la memoria de la Última Cena. Donde solamente quien ama de verdad
entiende.
Y luego un relato, al principio de todo un gran
relato. Uno de esos que dan ganas de escuchar millones de veces. Es uno de los
tres de mis relatos preferidos de los Evangelios.
Todo empieza siempre con una historia que contar, con
una historia que me cuenta. Es más, si leemos bien este relato, todo empieza
con alguien que escucha. Porque, ante todo, Jesús, como siempre, pregunta y
escucha. «¿De qué habláis entre
vosotros por el camino?».
No sé muy bien qué nos deparará el futuro, ni siquiera me apasiona demasiado el destino de la Iglesia, de la Congregación,…, ya ha comenzado hace tiempo a no interesarme lo más mínimo…
Creo, en cambio, que el Resucitado camina con nosotros
habitando las preguntas de las personas que tienen ganas de escuchar, de
escuchar de verdad. Es decir, de dejarse fecundar por las palabras del otro, de
aquellos que tienen ganas de confiar en el otro y de cambiar de punto de vista
gracias al otro.
Habrá una buena parte de la Iglesia que seguirá
queriendo explicar a cada persona cómo debe comportarse para heredar el Reino,
y habrá alguien que simplemente escuchará con interés las dificultades de la
gente.
No sé cómo será el futuro, pero me gustaría pensar en
una comunidad como un espacio en el que, juntos, sentados unos junto a otros,
intentaremos, en silencio, escuchar…
¿Qué son estas conversaciones que estáis teniendo?
Somos nosotros. Y estamos confundidos mientras seguimos caminando... con este
Extraño que habla encendiendo Vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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