No hagas daño
El 27 de enero de 1945, el mundo tomó conciencia del profundo y oscuro mal de los campos de concentración.
Una página terrible de la historia de la humanidad que
estamos llamados a transmitir para que algo así no vuelva a suceder jamás... bajo
ninguna forma.
No basta con narrar a las nuevas generaciones esta
espantosa manifestación del mal. Es necesario preguntarse seriamente si es
posible ir más allá del mal.
Filósofos, estudiosos, teólogos, literatos,
científicos, hombres y mujeres de cultura, tras la Segunda Guerra Mundial, se
preguntaron cómo, después de Auschwitz, se podía hablar del bien, de la
humanidad, de Dios, de la religión y del futuro.
Uno siempre queda desconcertado cuando piensa en
aquella frase que figuraba en la hebilla del cinturón de los soldados nazis. «Dios
está con nosotros» (Gott mit uns). Era una frase que aparecía en
relieve.
Y, en medio de mi desconcierto, quiero pensar que
precisamente esto es la negación de todo lo que yo he creído aprender sobre la
religión y sobre Dios hasta ese momento.
No es posible que el Dios tan invocado por mujeres y hombres acabe caricaturizado como en el cinturón de los nazis.
Por desgracia, la instrumentalización de la religión y
del nombre de Dios no es un tema inusual en la historia de la humanidad.
La Europa de las largas y agotadoras guerras de
religión ha ido adquiriendo poco a poco una laicidad plural, continuamente
puesta en peligro por extremismos nostálgicos o por posturas intelectuales
alejadas de la realidad cotidiana que vive la gente.
Dios ha vuelto con fuerza a la escena política cuando,
el día de su toma de posesión, el presidente de lo MAGA interpretó el resultado
del atentado que sufrió como una señal divina inscrita en la historia, no solo
para salvarlo a él, sino para elevar con prepotencia a los Estados Unidos de
América por encima de todas las demás naciones.
Como revelan los conflictos difundidos por los medios
de comunicación, lo divino se utiliza ahora para justificar un sistema
cultural, ahora para conquistar territorios y sumir en la miseria y la muerte a
miles de personas.
Todo esto, creo, muestra lo absurdo de asociar el
nombre de Dios a las guerras, al exterminio, a la muerte, a las divisiones y a
las opresiones, en lugar de al amor, a la comunión y al bien de toda la humanidad.
La práctica y la realidad de la deshumanización no solamente no son ajenas a nuestra época sino que es como la mano del mal que mece la cuna…
Mientras las imágenes del niño sirio de tres años Alan
Kurdi siguen conmoviendo nuestra conciencia años después, las grandes potencias
mundiales, fomentan una cultura de las formas de odio y de violencia, de alta o
baja intensidad.
Además, en todo Occidente, las corrientes políticas
nacionalistas aumentan sus filas a través de discursos en los que se deduce que
una parte de la humanidad —a menudo exigua y alimentada por culturas en flagrante necrosis— se considera prioritaria respecto al resto (American first, primero los españoles, etc.).
¿No será que vivimos en un clima de pleno egoísmo en Europa, y quienes nos preocupamos nos sentimos completamente impotentes?
Por
ejemplo, hablamos de invasión de migrantes y nos sentimos víctimas de la
invasión… ¿pero nos damos cuenta del engaño que nos quieren hacer creer con tamaña mentira?
Ante los retos de la contemporaneidad hay que recordar
el pasado tanto para interpretar el presente como para iniciar procesos de
cambio cultural y político.
De hecho, es inútil decir que no podemos cambiar el
mundo. Lo importante es hacer, hacer sin parar. Contribuir a cambiar, a lo largo
de la vida, aunque solo sea a cinco personas, tiene sentido, porque la
supervivencia de todos debe tener sentido.
Del mal más sombrío sigue surgiendo una importante
lección basada en la humanidad y en el sentido de esta última. Por eso hacer
memoria es un paso necesario paso para construir el futuro y, por tanto, para
ir más allá del mal.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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