sábado, 16 de mayo de 2026

Hacerse compañero de camino.

Hacerse compañero de camino

Me imagino que quienes se encuentran fuera o al margen de la Iglesia observan el mensaje cristiano y emiten un veredicto de indiferencia, a veces de rechazo, ante una forma de estar en el mundo que perciben como arqueología del pasado, algo irrelevante, algo autorreferencial...

 

Imagino que para la Iglesia hasta se trata más de un tema de relación que un tema de lenguaje o de contenidos, es decir, de cómo acercarse al otro, de qué lugar se le reconoce, de si se le considera sujeto u objeto…

 

El Evangelio, si se toma en serio, ofrece algo mucho más radical que cualquier estrategia comunicativa.

 

La escena de Emaús es un paradigma completo y vale la pena releerla con atención.

 

El Resucitado alcanza a los dos discípulos mientras caminan; no los espera en el Templo, no les pide que regresen al cenáculo, ni pronuncia un sermón moral sobre su huida de Jerusalén.

 

Les pregunta: «¿De qué habláis?»

 

Y escucha.

 

Se adentra en su dolor y en su interpretación de los acontecimientos antes de ofrecer su respuesta.

 

Solo después, cuando hay un espacio de confianza mutua, abre paulatinamente el corazón y la mente a las Escrituras.

 

No impone nada: se dispone a marcharse y ellos lo retienen. La maduración de la fe tiene lugar en ellos, no les viene impuesta desde fuera.



Esta secuencia —llegar al otro donde está, escuchar sin condiciones previas, compartir la propia visión sin exigirla, celebrar juntos y dejar libre la maduración— no es una técnica pastoral.

 

Es una estructura relacional muy precisa en la que el otro es un sujeto, no un destinatario, es decir, alguien que ya posee su propia interpretación de la existencia que merece ser escuchada antes incluso de ser corregida o completada.

 

Sobre todo es el Espíritu el que siempre nos precede, independientemente de que frecuente o no una comunidad cristiana, de se practique o no, de…

 

Y aquí entra una cuestión estructural.

 

La Iglesia sigue siendo, en la inmensa mayoría de sus formas concretas de existir, una Iglesia organizada por funciones: el párroco que celebra, el catequista que instruye, el asesor que orienta, el Obispo que decide, y así sucesivamente.

 

Cada rol tiene su título, su grado, su competencia reconocida por la institución.

 

El laico, en este esquema, es el destinatario final de una cadena de servicios eclesiásticos, más que el sujeto principal de la misión.

 

Mientras la estructura siga siendo esta, el paradigma de Emaús se convierte inevitablemente en otra técnica pastoral: el sacerdote más empático, el grupo más acogedor, la liturgia más participativa…

 

Formas nuevas, tal vez solamente recalentadas, para un esquema viejo.


Llegados a este punto, uno hasta imaginaría que el cambio que se necesitaría fuera de otro orden: pasar de una Iglesia organizada por funciones a una Iglesia organizada por servicios, donde el término «servicio» pudiera entenderse en sentido evangélico, no burocrático.

 

No una suma de prestaciones dispensadas por especialistas en lo sagrado, sino una comunidad en la que cada uno contribuye según el carisma recibido en el bautismo y en la que la autoridad sigue a la competencia efectiva y al servicio real, no al grado jerárquico.

 

En esta Iglesia, el presbítero, ni es considerado ni se considera a sí mismo el centro del que todo parte sino que desempeña uno de los servicios que la comunidad expresa y de los que necesita: el centro es la comunidad cristiana.

 

Esto lo cambia todo en la relación con quien está fuera de la comunidad cristiana.

 

No porque se encuentre un lenguaje más eficaz o un contenido más creíble, sino porque cambia el sujeto que se encuentra con el otro.

 

La institución que extiende sus servicios hacia el exterior desaparece para dar paso a una comunidad de bautizados que vive en el mundo, lo habita, comparte sus preguntas, asume sus respuestas y entra en diálogo, y lleva a esa vida común una fe que no pide ser importada, sino reconocida allí donde ésta, vive, trabaja,…

 

Emaús, en el fondo, no es una historia de evangelización exitosa. Es una historia de reconocimiento: dos personas que, al caminar junto a un desconocido, encuentran al Resucitado re-conociéndolo de una manera nueva y sorprendente.

 

El Resucitado no lleva la fe a los discípulos de Emaús sino que la despierta. Puede hacerlo porque no se presenta como autoridad, sino como compañero de camino.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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