Hacerse compañero de camino
Me imagino que quienes se encuentran fuera o al margen de la Iglesia observan el mensaje cristiano y emiten un veredicto de indiferencia, a veces de rechazo, ante una forma de estar en el mundo que perciben como arqueología del pasado, algo irrelevante, algo autorreferencial...
Imagino que para la Iglesia hasta se trata más de un
tema de relación que un tema de lenguaje o de contenidos, es decir, de cómo
acercarse al otro, de qué lugar se le reconoce, de si se le considera sujeto u
objeto…
El Evangelio, si se toma en serio, ofrece algo mucho
más radical que cualquier estrategia comunicativa.
La escena de Emaús es un paradigma completo y vale la
pena releerla con atención.
El Resucitado alcanza a los dos discípulos mientras
caminan; no los espera en el Templo, no les pide que regresen al cenáculo, ni
pronuncia un sermón moral sobre su huida de Jerusalén.
Les pregunta: «¿De qué habláis?»
Y escucha.
Se adentra en su dolor y en su interpretación de los
acontecimientos antes de ofrecer su respuesta.
Solo después, cuando hay un espacio de confianza
mutua, abre paulatinamente el corazón y la mente a las Escrituras.
No impone nada: se dispone a marcharse y ellos lo
retienen. La maduración de la fe tiene lugar en ellos, no les viene impuesta
desde fuera.
Es una estructura relacional muy precisa en la que el
otro es un sujeto, no un destinatario, es decir, alguien que ya posee su propia
interpretación de la existencia que merece ser escuchada antes incluso de ser
corregida o completada.
Sobre todo es el Espíritu el que siempre nos precede,
independientemente de que frecuente o no una comunidad cristiana, de se practique
o no, de…
Y aquí entra una cuestión estructural.
La Iglesia sigue siendo, en la inmensa mayoría de sus
formas concretas de existir, una Iglesia organizada por funciones: el párroco
que celebra, el catequista que instruye, el asesor que orienta, el Obispo que
decide, y así sucesivamente.
Cada rol tiene su título, su grado, su competencia
reconocida por la institución.
El laico, en este esquema, es el destinatario final de
una cadena de servicios eclesiásticos, más que el sujeto principal de la
misión.
Mientras la estructura siga siendo esta, el paradigma
de Emaús se convierte inevitablemente en otra técnica pastoral: el sacerdote
más empático, el grupo más acogedor, la liturgia más participativa…
Formas nuevas, tal vez solamente recalentadas, para un
esquema viejo.
Llegados a este punto, uno hasta imaginaría que el cambio que se necesitaría fuera de otro orden: pasar de una Iglesia organizada por funciones a una Iglesia organizada por servicios, donde el término «servicio» pudiera entenderse en sentido evangélico, no burocrático.
No una suma de prestaciones dispensadas por
especialistas en lo sagrado, sino una comunidad en la que cada uno contribuye
según el carisma recibido en el bautismo y en la que la autoridad sigue a la
competencia efectiva y al servicio real, no al grado jerárquico.
En esta Iglesia, el presbítero, ni es considerado ni
se considera a sí mismo el centro del que todo parte sino que desempeña uno de
los servicios que la comunidad expresa y de los que necesita: el centro es la
comunidad cristiana.
Esto lo cambia todo en la relación con quien está
fuera de la comunidad cristiana.
No porque se encuentre un lenguaje más eficaz o un
contenido más creíble, sino porque cambia el sujeto que se encuentra con el
otro.
La institución que extiende sus servicios hacia el
exterior desaparece para dar paso a una comunidad de bautizados que vive en el
mundo, lo habita, comparte sus preguntas, asume sus respuestas y entra en
diálogo, y lleva a esa vida común una fe que no pide ser importada, sino
reconocida allí donde ésta, vive, trabaja,…
Emaús, en el fondo, no es una historia de
evangelización exitosa. Es una historia de reconocimiento: dos personas que, al
caminar junto a un desconocido, encuentran al Resucitado re-conociéndolo de una
manera nueva y sorprendente.
El Resucitado no lleva la fe a los discípulos de Emaús
sino que la despierta. Puede hacerlo porque no se presenta como autoridad, sino
como compañero de camino.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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