¿Qué quiero decir cuando digo que creo en Dios?
Es verdad. Me acompaña en el fondo una pregunta radical: ¿en qué Dios creo yo? O mejor dicho: ¿en qué imagen de Dios creo?
Porque siempre estamos en una tensión continua entre
la imagen de Dios que es una proyección de nosotros mismos, de nuestros miedos,
de nuestras aspiraciones, de nuestros deseos, y el relato que el Evangelio nos
entrega de Dios.
La revelación de Dios del que, ciertamente para mí, es
el mejor intérprete del misterio divino, las palabras, los silencios, los
gestos,…, la persona de Jesús de Nazaret son para nosotros una descripción del
Padre, que quiere ser conocido por el hombre y la mujer de ayer y de hoy. Que
quiere entrar en relación con nosotros.
¿Creemos en un Dios que es relación, que quiere estar
en relación?
Porque una cosa es decirlo, y otra muy distinta es
vivirlo. Una cosa es decir que el Evangelio es el relato del Padre, y otra muy
distinta es vivirlo.
Sabiendo que todo nuestro conocimiento es siempre imperfecto y está siempre en movimiento: ¿quién puede decir que tiene un conocimiento completo de Dios?
Y ésta es la gran parábola de nuestra vida de fe.
Porque conocer a Dios sin llegar a conocerlo realmente debería enseñarnos
humildad y prudencia cada vez que tenemos la certeza de saber qué piensa y cómo
actúa Dios.
¿Estamos realmente tan seguros al trazar retratos de
Dios o, por el contrario, es mucho más cristiano estar en un camino, en un
seguimiento nunca agotado, nunca definitivo, siempre relacionalmente abierto a
las sorpresas?
Sí, sorpresas que pueden ser de alegría y, también, de
decepción.
Porque, si somos honestos, seguramente tenemos en la
memoria algún episodio en el que Dios nos ha sorprendido con alegría, algún
episodio (quizás muchos) en el que no lo hemos entendido, otros en los que
quizás nos ha decepcionado.
No deberíamos tener miedo de admitir también la decepción: si Dios está en relación con nosotros, toda relación conoce el momento de la decepción, de los dolores del parto, el momento de las expectativas que hay que recalibrar.
Y esto, en la fe, puede hacer mucho bien, porque nos
ayuda a no dar nunca por sentado nuestro conocimiento de Dios. Nos estimula a
dar un paso más.
Sí creo en un Dios presente en toda su evidencia. Y también
creo que deja espacio a un Dios presente en la penumbra, presente y al mismo
tiempo ausente: porque éste es el tiempo de la fe, que es tiempo de búsqueda,
de nuevos comienzos, de certezas cuestionadas e inseguridades aceptadas.
Hay una apertura
de la fe que exige nuestra partida, siempre; que pide nuestra disponibilidad
para cuestionarnos a nosotros mismos, para cuestionar lo que creemos saber
sobre Dios, porque allí es donde Él puede revelarse.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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