Mientras vamos de camino…
Es en el atardecer, o tal vez en la noche, cuando ciertas palabras cobran peso.
Cuando el ruido del día se desvanece y las cosas
parecen volver a su verdad más desnuda, entonces también el corazón de los
discípulos y las discípulas puede reconocer lo que ha sucedido.
No se trata de un entusiasmo superficial, fruto de una
emoción pasajera, sino de una alegría profunda, casi silenciosa, que arde en su
interior como una lámpara encendida en la oscuridad.
Se han encontrado con el Resucitado. Y, a partir de
ese encuentro, ya no pueden dar marcha atrás.
El Evangelio nos ofrece un dato decisivo: tras la
resurrección, Jesús se manifiesta a los discípulos y a las discípulas.
No aparece como un espectáculo ofrecido
indistintamente a todos, no se impone como una evidencia clamorosa ante el
mundo. Se deja encontrar por aquellos que han aceptado seguirle, por quienes
han caminado con Él, por quienes han escuchado su palabra, por quienes han
dejado que esa palabra calara lentamente en su vida.
Al Resucitado no lo reconoce cualquier mirada, sino una mirada educada por el seguimiento.
Solo quien se ha puesto en camino puede percibir la
presencia de Aquel que sigue caminando. Solo quien ha renunciado a otras voces,
a otras promesas, a otras seducciones, puede distinguir en la noche la voz del
Señor.
El discipulado es esta larga educación del oído y del
corazón: aprender a escuchar, interiorizar, custodiar, vivir.
No basta con haber oído una palabra; hay que dejarse
habitar por ella. No basta con haber seguido a Jesús durante un trecho; hay que
permitir que su manera de amar se convierta en criterio, aliento, forma de
existencia.
Por eso, el Resucitado se manifiesta en el seno de una
historia de relación.
Él no es una idea que consuela, ni el recuerdo
conmovedor de un maestro desaparecido. Es el Viviente que se da a conocer a
quien ha aprendido a amarlo.
Así nace la fe pascual: no como una posesión, sino
como un reconocimiento; no como una conquista, sino como un don que sorprende a
quien ya se había dejado guiar.
En el rostro del Resucitado, los discípulos vuelven a encontrar la verdad de todo lo que habían escuchado, pero ahora esa verdad resplandece con una luz nueva, más fuerte que el miedo, más profunda que la muerte.
Detrás de la sencilla e inmensa expresión: «¡Hemos
visto
al Señor!», se esconde toda la alegría de quienes han atravesado la
noche y han descubierto que la noche no ha tenido la última palabra.
Hay el asombro de quienes aún llevan consigo el
recuerdo de la pérdida, de la huida, de la fragilidad, pero ahora sienten cómo
se abre una herida luminosa en la oscuridad.
La resurrección no borra la historia vivida, no
elimina los miedos, no olvida las lágrimas; las atraviesa y las transfigura. Es
precisamente de ahí, de esa zona herida de la existencia, de donde nace un testimonio
verdadero.
La alegría de los discípulos y las discípulas no es
una euforia superficial.
Es la alegría austera y ardiente de quienes han
experimentado el Misterio revelado en Jesús. Es una alegría que no necesita
gritar para ser fuerte, porque nace de la verdad de un encuentro. Precisamente
por eso se convierte en anuncio.
Quien ha visto al Señor no puede guardar esa luz para sí mismo. El testimonio no nace de un deber externo, sino de una plenitud que busca la comunión, de una vida que ha recibido sentido y desea compartirlo.
Y de todo ello surge otro rasgo valioso: el anuncio de
la alegría tiene lugar en el seno de relaciones de amistad.
Son discípulos y discípulas que se buscan, se hablan,
se cuentan lo que han vivido. Antes incluso de convertirse en predicación
pública, el Evangelio pasa a través de la confianza de rostros conocidos, a
través de la confianza de quienes comparten el mismo camino.
Hay un primer anuncio que nace entre amigos y amigas,
en el seno discreto de relaciones marcadas por la escucha, por la memoria
común, por la esperanza guardada juntos.
En este compartir, la fe cobra vigor. La alegría de
uno sostiene la debilidad del otro; la palabra recibida de una discípula
reaviva la espera de un discípulo; la experiencia narrada por un amigo impide
que la noche se cierre definitivamente.
Así, el Evangelio vuelve a circular, no como teoría, sino como vida que pasa de corazón a corazón.
El anuncio pascual refuerza las decisiones tomadas,
confirma el camino emprendido, devuelve sentido al seguimiento que la cruz
parecía haber desmentido.
Quizá este sea precisamente el secreto de la noche
pascual: en la oscuridad no todo está perdido.
Hay palabras que esperan ser comprendidas, promesas
que parecían enterradas y, sin embargo, aún respiran, amistades que se
convierten en lugar de revelación.
El Resucitado sigue manifestándose a quienes siguen
siendo discípulos, a quienes no dejan de escuchar, a quienes aceptan dejarse
convertir por la palabra del Señor.
Y así, también nosotros, en la noche de nuestras
incertidumbres, podemos aprender a reconocer su presencia y a decir, con
alegría humilde y verdadera: hemos visto al Señor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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