Vino nuevo en odres nuevos
Hay una hora de la noche en la que todo parece callarse, y precisamente entonces lo que habita en lo más profundo comienza a hablar.
Las luces se atenúan, los ruidos se desvanecen, las
palabras pronunciadas durante el día pierden su peso aparente, y solo queda una
pregunta esencial: ¿en qué me estoy convirtiendo?
Es en este espacio silencioso, frágil y verdadero
donde la propuesta de Jesús se presenta no como un adorno religioso que añadir
a la vida, sino como un principio nuevo, capaz de cuestionar la forma misma de
nuestra manera de pensar, desear, elegir y amar.
Desde el momento en que una persona se adhiere a la
propuesta de Jesús, no entra en un territorio ya consumado, ni recibe una
respuesta mágica que la sustraiga del esfuerzo de la historia. Comienza, más
bien, un camino lento, progresivo y constante: un trabajo interior que se
asemeja a la noche que prepara el amanecer sin poder forzarlo.
El cambio evangélico no se produce con violencia, no
borra lo humano, no exige resultados inmediatos.
Por el contrario, se adentra en los recovecos de la
mentalidad, allí donde se han sedimentado antiguos miedos, instintos de
defensa, hábitos de dominio y formas de juzgar a los demás y a uno mismo.
Es imposible comprender la novedad del Evangelio sin aceptar ser transformados. No basta con admirar a Jesús, citar sus palabras, defender su nombre o conservar sus imágenes.
Su propuesta exige cambiar de perspectiva, porque se
encuentra en las antípodas del estilo de vida cotidiano modelado según el
instinto de supervivencia. Este instinto, cuando se convierte en cultura,
genera relaciones de desigualdad: enseña a imponerse, a competir, a defenderse
del otro como si fuera una amenaza, a medir el valor de las personas según la
fuerza, el éxito, la utilidad y el mérito reconocido por los más fuertes.
En la noche de la conciencia, sin embargo, estas
lógicas revelan su pobreza.
La agresividad, incluso cuando se la denomina
determinación, deja tras de sí heridas.
La meritocracia, cuando se convierte en criterio
absoluto, olvida los distintos puntos de partida, las fragilidades heredadas,
las exclusiones invisibles.
La desigualdad, cuando se justifica como orden natural
de las cosas, apaga lentamente la fraternidad.
El Evangelio interviene precisamente aquí, como una luz discreta que no ciega, sino que revela: nos recuerda que nadie ha nacido para ser un desecho, nadie puede reducirse a su propia productividad, nadie puede ser medido únicamente por lo que posee o realiza.
La propuesta de Jesús nos lleva de vuelta al origen:
todos somos hijos e hijas de ese Misterio de bondad y justicia que cada uno, de
alguna manera, percibe en su interior.
Antes que cualquier papel, antes que cualquier
pertenencia, antes que cualquier diferencia social, cultural o religiosa,
existe una dignidad común que nos precede.
Hemos nacido para amar, para vivir en armonía y en
paz, para compartir lo que tenemos, para ponernos al servicio de nuestros
hermanos y hermanas más débiles.
Hemos nacido no para defender privilegios, sino para
custodiar la vida; no para multiplicar enemigos, sino para abrir caminos de
reconciliación; no para habitar el mundo como propietarios asustados, sino como
custodios responsables.
Pero esta verdad, tan sencilla como el pan y tan
profunda como la oscuridad que precede al amanecer, cuesta que encuentre un
hogar en nosotros.
Siglos y milenios de culturas basadas en la fuerza, en la jerarquía, en el miedo al otro y en la acumulación han moldeado nuestro imaginario. Nos han enseñado que la paz es debilidad, que el perdón es ingenuidad, que el servicio es inferioridad, que la no violencia es imposible.
Por eso, acoger el Evangelio no es solo un acto de devoción:
es una lucha espiritual y cultural, un éxodo, un desmantelamiento paciente de
lo que hemos asimilado desde los primeros días de la infancia.
Se necesita valor para adentrarse en los rincones más
oscuros del propio corazón y reconocer las estructuras internas que nos
mantienen prisioneros: la necesidad de tener razón, el miedo a perder terreno,
la tentación de sentirnos superiores, la costumbre de juzgar a quienes no lo consiguen,
el deseo de seguridad construido sobre la exclusión de alguien.
Este proceso de desmantelamiento no es una destrucción
estéril, sino una liberación. Es como abrir las ventanas de una casa que ha
permanecido cerrada durante demasiado tiempo: al principio entra aire frío, se
levanta polvo, se descubren grietas; luego, poco a poco, la casa vuelve a
respirar.
No es casualidad que Jesús exprese este camino con la
imagen del vino nuevo en odres nuevos.
En los relatos evangélicos, esta expresión indica que
la novedad que Él trae no puede contenerse en formas antiguas sin desgarrarlas.
El vino nuevo fermenta, se mueve, presiona, vive: necesita recipientes capaces
de dilatarse.
Así es el Evangelio.
No puede verterse en mentalidades rígidas, en
corazones endurecidos, en estructuras construidas para conservar privilegios.
Si se reduce a un parche sobre un vestido raído, el desgarro se agrava. Si se
le encierra en odres viejos, se pierden tanto el vino como los odres.
Convertirse en odres nuevos significa, pues, dejarse
capacitar para la novedad.
Significa aceptar que el Evangelio no se limite a
confirmar lo que ya somos, sino que nos lleve más allá.
Significa pasar de la supervivencia a la comunión, de
la posesión al compartir, de la competencia al cuidado, del miedo a la
confianza, de la violencia a la paz.
Es un paso nocturno, porque a menudo ocurre sin alboroto, en el secreto de las decisiones cotidianas: cuando renunciamos a una palabra que hiere, cuando elegimos escuchar a quienes no tienen voz, cuando compartimos en lugar de retener, cuando reconocemos en lo frágil no una carga, sino una revelación.
La noche no es solo el lugar de la oscuridad: es también el seno de las transformaciones invisibles.
La semilla germina en la oscuridad de la tierra, la
respiración se hace más profunda durante el sueño, las estrellas aparecen
cuando el sol se retira.
Así obra en nosotros el camino evangélico: no siempre
lo vemos, no siempre sabemos nombrarlo, pero algo se mueve.
Una dureza se resquebraja, un miedo pierde fuerza, un
gesto de paz se hace posible. Y entonces comprendemos que la conversión no es
un deber impuesto desde fuera, sino el retorno a nuestra verdad más originaria:
hemos sido creados para amar.
Acoger a Jesús, pues, significa dejarse educar por esta luz nocturna que no humilla, sino que libera; que no condena, sino que llama; que no impone desde arriba, sino que despierta desde lo más profundo.
El mundo nuevo no nace de hombres y mujeres perfectos,
sino de personas dispuestas a dejarse transformar.
Nace de quienes aceptan no ser ya un odre viejo,
endurecido por el miedo y la costumbre, sino piel nueva, elástica, abierta a la
fermentación del amor.
Nace de quienes creen que la paz no es un sueño
ingenuo, sino el proyecto inscrito en la creación; que la justicia no es una
utopía lejana, sino una responsabilidad cotidiana; que la fraternidad no es un
sentimiento ocasional, sino la verdadera forma de lo humano.
Y cuando la noche parece larga, cuando las culturas de
la violencia parecen invencibles y el corazón vuelve a buscar refugio en los
viejos mecanismos de defensa, el Evangelio sigue susurrando su promesa: el vino
nuevo no ha dejado de fermentar.
La novedad de Dios sigue obrando, silenciosa y
obstinada, en la historia y en nuestro interior. Solo pide odres nuevos: mentes
desarmadas, manos abiertas, corazones capaces de acoger la justicia sin miedo.
Entonces, incluso la noche se convierte en espera, y
la espera se convierte en camino hacia un amanecer.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF






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