La presencia incómoda de Jesús
La presencia de Jesús entre el pueblo de Israel debió de resultar realmente incómoda, casi insoportable.
No incómoda como lo es un enemigo declarado, contra el
que uno puede defenderse sin vacilar; sino incómoda como lo es una luz
encendida en plena noche, cuando los ojos se habían acostumbrado a la oscuridad
y esta había acabado por parecer algo natural.
Jesús entraba en las sinagogas, lugares de memoria y
de escucha, y allí, donde desde hacía siglos se repetían palabras antiguas con
acentos ya fijos, abría una rendija inesperada.
No destruía la Escritura: la liberaba. No abolía la
Palabra: la devolvía a su fuente.
Eso era lo que lo hacía peligroso.
No se limitaba a proponer una nueva doctrina, junto a las demás; no añadía una escuela a las escuelas, ni una voz al coro de los intérpretes.
Jesús hacía algo más radical: mostraba que lo que se
llamaba fidelidad podía haberse convertido en traición, que lo que se defendía
como tradición podía haberse alejado del origen, que la obediencia podía
transformarse en esclavitud cuando perdía el contacto con la misericordia.
Su palabra no era un adorno religioso, sino una hoja
afilada, capaz de separar el nombre de Dios de las máscaras que los hombres le
habían impuesto.
Cada vez que Jesús hablaba, se perturbaba la noche interior
de la religión.
Las palabras escuchadas tantas veces volvían a arder.
Los textos sagrados, domesticados por interpretaciones
útiles al poder, recuperaban su aliento originario.
Y era inevitable que este proceso pusiera en evidencia a los líderes religiosos. No porque Jesús buscara el enfrentamiento por el mero gusto de la polémica, sino porque la verdad, cuando se acerca, revela lo que está torcido.
Su enseñanza daba a entender que la tergiversación no
era un incidente marginal, sino una herida profunda, y que los guardianes de la
Ley, precisamente mientras pretendían protegerla, podían haber oscurecido su
esencia.
Por eso Jesús no se quedaba quieto. Recorría ciudades
y pueblos, entraba en las sinagogas, enseñaba el Evangelio del Reino y sanaba
toda enfermedad y dolencia.
Su ir y venir no era agitación, sino urgencia. Quería
llegar al mayor número posible de judíos practicantes, hombres y mujeres que
amaban el Misterio, pero que a menudo lo habían recibido a través de una imagen
pesada, severa y deformada.
A ellos Jesús les anunciaba la gran novedad: el
Misterio no coincide con la religión que oprime, no se identifica con el peso
impuesto sobre los hombros de los pequeños, no habita en las normas cuando
estas se vuelven más importantes que el ser humano.
La novedad del Reino, en realidad, era un retorno al origen.
Jesús no inventaba a otro Dios: devolvía el rostro del
Padre.
No fundaba una religión más refinada: liberaba al
hombre y a la mujer de la religión como sistema de miedo, de control, de mérito
y de exclusión.
En Él, la Escritura volvía a ser promesa, aliento,
camino, consuelo. Volvía a ser palabra dirigida a los pobres, a los enfermos, a
los excluidos, a aquellos a quienes se les había convencido de que no eran
dignos de acercarse. El Evangelio no descendía desde lo alto como un decreto,
sino que se posaba sobre las heridas como un bálsamo.
Las curaciones, entonces, no eran solo prodigios
destinados a asombrar. Eran el cuerpo visible de su palabra. Jesús sanaba para
que su anuncio no quedara suspendido en el aire como una idea hermosa pero
abstracta.
El ciego que ve, el cojo que camina, el leproso al que
se toca, el pecador que es acogido: todo ello decía que el Misterio no está del
lado de la distancia, sino del encuentro; no del lado de la condena, sino de la
vida que recomenzaba.
Cada curación era una parábola hecha carne, una brecha
en el muro construido por la religión de los hombres.
Hay una enfermedad que puede curarse: la religión.
No la fe, ni el deseo del Misterio, ni la sed de
sentido que habita en el corazón humano en sus momentos más oscuros.
La enfermedad es la religión cuando se convierte en un
aparato, cuando transforma el Misterio en un vigilante, cuando mide la pureza
en lugar de generar compasión, cuando utiliza la Escritura para cerrar puertas
en lugar de abrir caminos.
Está enferma la religión que habla del Misterio pero
no deja respirar al hombre; que defiende lo sagrado pero no se da cuenta del
herido; que multiplica las prescripciones y olvida la misericordia.
Solo el Evangelio anunciado por Jesús puede curar en
profundidad esta herida. No porque sustituya una religión por otra, sino porque
lleva al hombre ante el origen: ante un Misterio que no pide víctimas, sino
hijos; que no exige máscaras, sino verdad; que no se complace en el miedo, sino
en la libertad.
El Evangelio es el bálsamo que desciende lentamente
por las grietas del alma, allí donde la religión ha dejado sentimientos de
culpa, exclusiones, imágenes duras del Misterio, noches sin consuelo.
Quizá por eso Jesús resultaba tan incómodo: porque no permitía que la noche se hiciera pasar por luz.
Pasaba entre la gente como una presencia inquieta y misericordiosa, capaz de quitar el velo a las palabras sagradas y devolverlas a su amanecer. Y quienes habían construido su poder sobre la sombra no podían soportar esa luz.
Pero para los enfermos, para los cansados, para los
excluidos, para quienes habían sido heridos precisamente en nombre del
Misterio, esa misma luz no era una amenaza: era sanación.
Era el Reino que comenzaba. Era el origen que volvía a
hablar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario