lunes, 31 de agosto de 2026

La presencia incómoda de Jesús.

La presencia incómoda de Jesús

La presencia de Jesús entre el pueblo de Israel debió de resultar realmente incómoda, casi insoportable.

 

No incómoda como lo es un enemigo declarado, contra el que uno puede defenderse sin vacilar; sino incómoda como lo es una luz encendida en plena noche, cuando los ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y esta había acabado por parecer algo natural.

 

Jesús entraba en las sinagogas, lugares de memoria y de escucha, y allí, donde desde hacía siglos se repetían palabras antiguas con acentos ya fijos, abría una rendija inesperada.

 

No destruía la Escritura: la liberaba. No abolía la Palabra: la devolvía a su fuente.

 

Eso era lo que lo hacía peligroso.


No se limitaba a proponer una nueva doctrina, junto a las demás; no añadía una escuela a las escuelas, ni una voz al coro de los intérpretes.

 

Jesús hacía algo más radical: mostraba que lo que se llamaba fidelidad podía haberse convertido en traición, que lo que se defendía como tradición podía haberse alejado del origen, que la obediencia podía transformarse en esclavitud cuando perdía el contacto con la misericordia.

 

Su palabra no era un adorno religioso, sino una hoja afilada, capaz de separar el nombre de Dios de las máscaras que los hombres le habían impuesto.

 

Cada vez que Jesús hablaba, se perturbaba la noche interior de la religión.

 

Las palabras escuchadas tantas veces volvían a arder.

 

Los textos sagrados, domesticados por interpretaciones útiles al poder, recuperaban su aliento originario.


Y era inevitable que este proceso pusiera en evidencia a los líderes religiosos. No porque Jesús buscara el enfrentamiento por el mero gusto de la polémica, sino porque la verdad, cuando se acerca, revela lo que está torcido.

 

Su enseñanza daba a entender que la tergiversación no era un incidente marginal, sino una herida profunda, y que los guardianes de la Ley, precisamente mientras pretendían protegerla, podían haber oscurecido su esencia.

 

Por eso Jesús no se quedaba quieto. Recorría ciudades y pueblos, entraba en las sinagogas, enseñaba el Evangelio del Reino y sanaba toda enfermedad y dolencia.

 

Su ir y venir no era agitación, sino urgencia. Quería llegar al mayor número posible de judíos practicantes, hombres y mujeres que amaban el Misterio, pero que a menudo lo habían recibido a través de una imagen pesada, severa y deformada.

 

A ellos Jesús les anunciaba la gran novedad: el Misterio no coincide con la religión que oprime, no se identifica con el peso impuesto sobre los hombros de los pequeños, no habita en las normas cuando estas se vuelven más importantes que el ser humano.


La novedad del Reino, en realidad, era un retorno al origen.

 

Jesús no inventaba a otro Dios: devolvía el rostro del Padre.

 

No fundaba una religión más refinada: liberaba al hombre y a la mujer de la religión como sistema de miedo, de control, de mérito y de exclusión.

 

En Él, la Escritura volvía a ser promesa, aliento, camino, consuelo. Volvía a ser palabra dirigida a los pobres, a los enfermos, a los excluidos, a aquellos a quienes se les había convencido de que no eran dignos de acercarse. El Evangelio no descendía desde lo alto como un decreto, sino que se posaba sobre las heridas como un bálsamo.

 

Las curaciones, entonces, no eran solo prodigios destinados a asombrar. Eran el cuerpo visible de su palabra. Jesús sanaba para que su anuncio no quedara suspendido en el aire como una idea hermosa pero abstracta.

 

El ciego que ve, el cojo que camina, el leproso al que se toca, el pecador que es acogido: todo ello decía que el Misterio no está del lado de la distancia, sino del encuentro; no del lado de la condena, sino de la vida que recomenzaba.

 

Cada curación era una parábola hecha carne, una brecha en el muro construido por la religión de los hombres.


Hay una enfermedad que puede curarse: la religión.

 

No la fe, ni el deseo del Misterio, ni la sed de sentido que habita en el corazón humano en sus momentos más oscuros.

 

La enfermedad es la religión cuando se convierte en un aparato, cuando transforma el Misterio en un vigilante, cuando mide la pureza en lugar de generar compasión, cuando utiliza la Escritura para cerrar puertas en lugar de abrir caminos.

 

Está enferma la religión que habla del Misterio pero no deja respirar al hombre; que defiende lo sagrado pero no se da cuenta del herido; que multiplica las prescripciones y olvida la misericordia.

 

Solo el Evangelio anunciado por Jesús puede curar en profundidad esta herida. No porque sustituya una religión por otra, sino porque lleva al hombre ante el origen: ante un Misterio que no pide víctimas, sino hijos; que no exige máscaras, sino verdad; que no se complace en el miedo, sino en la libertad.

 

El Evangelio es el bálsamo que desciende lentamente por las grietas del alma, allí donde la religión ha dejado sentimientos de culpa, exclusiones, imágenes duras del Misterio, noches sin consuelo.


Quizá por eso Jesús resultaba tan incómodo: porque no permitía que la noche se hiciera pasar por luz.

 

Pasaba entre la gente como una presencia inquieta y misericordiosa, capaz de quitar el velo a las palabras sagradas y devolverlas a su amanecer. Y quienes habían construido su poder sobre la sombra no podían soportar esa luz. 


Pero para los enfermos, para los cansados, para los excluidos, para quienes habían sido heridos precisamente en nombre del Misterio, esa misma luz no era una amenaza: era sanación.

 

Era el Reino que comenzaba. Era el origen que volvía a hablar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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