La lógica del Templo
Las piedras soberbias, los tejados dorados que
reflejan la luz del sol pero ocultan la oscuridad del corazón, no son la morada
del Altísimo. El Templo no es la morada del Misterio, sino el monumento de la religión
de los hombres: una fortaleza construida no para acercar al Creador a su
criatura, sino para medir la distancia, para trazar límites, para rechazar.
He aquí la gran mentira que los señores de lo sagrado
susurran en las salas del poder: que lo Absoluto se compra con la sangre de los
sacrificios, que el Perdón es una mercancía custodiada por manos consagradas,
que el acceso a la Vida es un privilegio para unos pocos justos.
Esta es la religión de los hombres, una jaula dorada
diseñada para alejar a los hijos del Padre y mantener a las multitudes
sometidas, encorvadas bajo la sombra del temor, para que unos pocos puedan
dominar a muchos.
¡Pero una voz clama en el desierto y sacude los
cimientos del atrio!
Jesús de Nazaret ha venido y no ha traído una nueva
Ley que añadir a nuestros pergaminos amarillentos. Ha venido a arrancar de raíz
la planta venenosa de nuestra religiosidad.
Nos hemos amparado en preceptos imposibles, hemos
atado cargas insostenibles a los hombros de la gente pobre, convirtiendo la existencia
en un tribunal perpetuo. Hemos sembrado la culpa para cosechar obediencia; hemos
alimentado el terror y el miedo para asegurarnos el control.
Pero Su aliento hace temblar nuestras instituciones.
Su Evangelio es exactamente lo contrario de nuestro imperio del terror.
¡Contemplemos el Misterio que Él viene a manifestar, aquellos
que habíais sido excluidos!
No es un camino para iniciados, ni una escalada para
los autoproclamados puros, sino un camino llano, un sendero de igualdad y de
profunda misericordia.
Es el camino de los pobres, de los descartados, de los
últimos de la tierra, que hoy caminan con la cabeza erguida.
Ya no hay barreras, ya no hay patios para los paganos
ni recintos para los impuros. En su carne, Dios se hace cercano, borra la distancia
y abraza a la humanidad sin pedir peajes ni rituales de purificación.
Esta es la afrenta suprema. Este es el delito
imperdonable a los ojos de los guardianes del Templo.
Cuando Él volcó las mesas de los cambistas y expulsó a
los vendedores, no realizó un simple gesto de reforma: pronunció la sentencia
de muerte del sistema sacrificial. Rompió el monopolio de la gracia.
Los señores del Templo comprendieron la amenaza: si el
hombre es libre en el amor del Padre, su poder se desvanece como la niebla de
la mañana.
Por eso lo llevaron al Gólgota. La cruz no es un
incidente de la historia, ni un trágico malentendido. La cruz es el precio de
Su negativa a doblegarse ante la religión de los hombres.
Es la señal clarísima, grabada en la madera y en la
sangre, de una ruptura radical e irreversible: por un lado, la religión que
mata para defenderse a sí misma; por otro, el Evangelio que muere para dar
vida.
El Templo ha crucificado a la Verdad, pero
precisamente en ese sacrificio el Templo ha caído para siempre. El Evangelio ha
resucitado, y ninguna piedra podrá volver a aprisionarlo jamás.
Recordemos que Jesús no viene a bendecir el poder
religioso, sino a desenmascararlo e inaugurar un camino de misericordia,
libertad e igualdad para los más desfavorecidos.
El Templo, en su forma histórica y simbólica, no es
simplemente un edificio de piedra: es el monumento erigido por la religión de
los hombres, la poderosa construcción de un sistema que pretende hablar en
nombre de Dios mientras que, en realidad, lo oculta tras un muro de ritos,
prohibiciones, jerarquías y miedos.
Allí donde debería resonar la libertad de los hijos,
se oye, en cambio, el lenguaje del dominio; allí donde debería brillar la
misericordia, se acumulan cargas insoportables sobre los hombros de los pequeños.
El Templo se convierte así en el signo de una fe
secuestrada por el poder, administrada por guardianes que no abren las puertas
del Cielo, sino que las vigilan para decidir quién puede entrar y quién debe
quedarse fuera.
Es contra esta religión contra la que Jesús se levanta
con la fuerza de los profetas.
Él no viene a restaurar el Templo, ni a purificarlo
para devolvérselo a sus administradores: viene a declarar su fin como lugar de
control sobre el hombre.
Jesús desenmascara el corazón enfermo de toda religión
construida para someter: una religión que no genera vida, sino dependencia; que
no anuncia la cercanía de Dios, sino su lejanía; que no sana las conciencias,
sino que las hiere con el veneno de la culpa.
Cuando la fe se reduce a un código, a una actuación, al miedo a equivocarse, ya no estamos ante el rostro del Padre, sino ante la caricatura de un poder sacralizado.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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