jueves, 3 de septiembre de 2026

Evangelio: Año de Gracia de Dios.

Evangelio: Año de Gracia de Dios

 

Se necesita atención. Se necesita delicadeza. Se necesita esa vigilancia interior que no nace del miedo, sino del amor por lo que es santo.

 

El Evangelio no es una palabra cualquiera que se consuma a toda prisa, que se utilice como tema de discusión, que se exponga al ruido del mundo como se expone una mercancía en la plaza.

 

El Evangelio es semilla, fuego, espada, levadura.

 

Antes de ser anunciado con la boca, debe ser acogido en la carne; antes de convertirse en palabra dirigida a los demás, debe convertirse en aliento, juicio, mirada, elección.

 

Por eso, el camino de asimilación del Evangelio no puede ser violento ni superficial. No se entra en la mentalidad de Jesús como se cambia de opinión sobre un hecho de actualidad.

 

Se trata de renacer en el pensamiento. Se trata de aprender otra forma de ver el mundo, de habitar el tiempo, de interpretar las heridas de la historia y las promesas de la vida.

 

El Evangelio no se limita a añadir alguna idea religiosa a una existencia ya construida: viene a trastocar los cimientos, a purificar las intenciones, a liberar el corazón de las idolatrías que el mundo llama normalidad.

 

Cuando Jesús dice que no hay que dar lo santo a los perros ni arrojar las perlas delante de los cerdos, pronuncia una palabra dura, casi chocante, pero cargada de verdad.

 

No es desprecio hacia el hombre, no es una condena despectiva hacia quien no comprende. Es discernimiento.

 

Es protección. Es la sabiduría de quien sabe que algunas verdades, si se entregan a un corazón que no está dispuesto a acogerlas, son pisoteadas; y, tras ser pisoteadas, se convierten en motivo de agresión contra quien las ha ofrecido.

 

La palabra evangélica no es frágil, sino sagrada.

 

No teme la contradicción, pero no debe ser profanada por la vanidad. No necesita defenderse con la fuerza, pero pide hombres capaces de llevarla con pureza.

 

Quien no ha emprendido el camino de la conversión del pensamiento, no puede comprender hasta el fondo la lógica del Reino.

 

Porque el Evangelio piensa al contrario que el mundo: quien pierde encuentra, quien se humilla es exaltado, quien perdona vence, quien sirve reina, quien muere por amor vive de verdad.

 

Y he aquí el punto profético de nuestro tiempo: el mundo tolera muchas palabras, pero no soporta la verdad cuando esta se encarna.

 

Soporta el Evangelio como adorno, como memoria cultural, como sentimiento inofensivo; pero se rebela cuando el Evangelio se convierte en criterio, en denuncia, en libertad.

 

Cuando la verdad evangélica desenmascara la hipocresía, el poder se irrita.

 

Cuando revela la mentira que se esconde tras las palabras seductoras, la mentira se vuelve violenta.

 

Cuando libera al hombre del miedo, todos los mercaderes del miedo se sienten amenazados.

 

Por eso no todo debe decirse de inmediato, no todo debe entregarse en todas partes, no todos los lugares están preparados para recibir lo que es santo.

 

La prudencia evangélica no es cobardía; es fidelidad a la misión.

 

El silencio, a veces, no es una renuncia a la verdad, sino su seno.

 

Hay palabras que deben madurar en el desierto antes de convertirse en anuncio.

 

Hay verdades que deben atravesar la soledad antes de poder ser pronunciadas sin soberbia.

 

Hay perlas que deben guardarse hasta que se encuentre un corazón capaz de reconocer su valor.

 

Asimilar el Evangelio significa, pues, dejar que Él nos juzgue a nosotros antes que a nadie.

 

No podemos denunciar las mentiras del mundo si no hemos permitido que la Palabra desenmascare las nuestras.

 

No podemos hablar de libertad si seguimos siendo prisioneros de la necesidad de aprobación y de la religión de los hombres.

 

No podemos anunciar la luz si guardamos compromisos con las tinieblas.

 

El profeta no es aquel que grita más fuerte, sino aquel que ha sido herido por la verdad y, precisamente por eso, ya no puede venderla.

 

El camino, pues, continúa.

 

Continúa con confianza, incluso cuando el mundo se ríe. Continúa en silencio, incluso cuando todos exigen palabras inmediatas. Continúa en la búsqueda de un pensamiento auténtico y profundo, libre de las mentiras dominantes, libre de consignas, libre de las seducciones de las apariencias.

 

Quien pertenece al Evangelio no debe tener prisa por convencer a todos; más bien debe volverse verdadero.

 

Porque solo lo que es verdadero resiste. Solo lo que es puro atraviesa el fuego. Solo lo que nace de Dios no es devorado por el tiempo.

 

Llegará un día en que las palabras que grita el mundo caerán como polvo, y solo quedarán las palabras guardadas en el corazón de los pequeños.

 

Llegará un día en que las mentiras bien vestidas serán desnudadas, y aparecerá la verdad desnuda, mansa, invencible.

 

Hasta entonces, no malgastemos las perlas.

 

No profanemos lo que es santo.

 

Caminemos con ojos limpios y corazón vigilante, dejando que el Evangelio se convierta en nosotros no solo en pensamiento, sino en carne; no solo en doctrina, sino en vida; no solo en palabra, sino en profecía.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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