Evangelio: Año de Gracia de Dios
Se necesita atención. Se necesita delicadeza. Se
necesita esa vigilancia interior que no nace del miedo, sino del amor por lo
que es santo.
El Evangelio no es una palabra cualquiera que se
consuma a toda prisa, que se utilice como tema de discusión, que se exponga al
ruido del mundo como se expone una mercancía en la plaza.
El Evangelio es semilla, fuego, espada, levadura.
Antes de ser anunciado con la boca, debe ser acogido
en la carne; antes de convertirse en palabra dirigida a los demás, debe
convertirse en aliento, juicio, mirada, elección.
Por eso, el camino de asimilación del Evangelio no
puede ser violento ni superficial. No se entra en la mentalidad de Jesús como
se cambia de opinión sobre un hecho de actualidad.
Se trata de renacer en el pensamiento. Se trata de
aprender otra forma de ver el mundo, de habitar el tiempo, de interpretar las
heridas de la historia y las promesas de la vida.
El Evangelio no se limita a añadir alguna idea
religiosa a una existencia ya construida: viene a trastocar los cimientos, a
purificar las intenciones, a liberar el corazón de las idolatrías que el mundo
llama normalidad.
Cuando Jesús dice que no hay que dar lo santo a los
perros ni arrojar las perlas delante de los cerdos, pronuncia una
palabra dura, casi chocante, pero cargada de verdad.
No es desprecio hacia el hombre, no es una condena
despectiva hacia quien no comprende. Es discernimiento.
Es protección. Es la sabiduría de quien sabe que
algunas verdades, si se entregan a un corazón que no está dispuesto a
acogerlas, son pisoteadas; y, tras ser pisoteadas, se convierten en motivo de
agresión contra quien las ha ofrecido.
La palabra evangélica no es frágil, sino sagrada.
No teme la contradicción, pero no debe ser profanada
por la vanidad. No necesita defenderse con la fuerza, pero pide hombres capaces
de llevarla con pureza.
Quien no ha emprendido el camino de la conversión del
pensamiento, no puede comprender hasta el fondo la lógica del Reino.
Porque el Evangelio piensa al contrario que el mundo:
quien pierde encuentra, quien se humilla es exaltado, quien perdona vence,
quien sirve reina, quien muere por amor vive de verdad.
Y he aquí el punto profético de nuestro tiempo: el
mundo tolera muchas palabras, pero no soporta la verdad cuando esta se encarna.
Soporta el Evangelio como adorno, como memoria
cultural, como sentimiento inofensivo; pero se rebela cuando el Evangelio se
convierte en criterio, en denuncia, en libertad.
Cuando la verdad evangélica desenmascara la
hipocresía, el poder se irrita.
Cuando revela la mentira que se esconde tras las
palabras seductoras, la mentira se vuelve violenta.
Cuando libera al hombre del miedo, todos los
mercaderes del miedo se sienten amenazados.
Por eso no todo debe decirse de inmediato, no todo
debe entregarse en todas partes, no todos los lugares están preparados para
recibir lo que es santo.
La prudencia evangélica no es cobardía; es fidelidad a
la misión.
El silencio, a veces, no es una renuncia a la verdad,
sino su seno.
Hay palabras que deben madurar en el desierto antes de
convertirse en anuncio.
Hay verdades que deben atravesar la soledad antes de
poder ser pronunciadas sin soberbia.
Hay perlas que deben guardarse hasta que se encuentre
un corazón capaz de reconocer su valor.
Asimilar el Evangelio significa, pues, dejar que Él
nos juzgue a nosotros antes que a nadie.
No podemos denunciar las mentiras del mundo si no
hemos permitido que la Palabra desenmascare las nuestras.
No podemos hablar de libertad si seguimos siendo
prisioneros de la necesidad de aprobación y de la religión de los hombres.
No podemos anunciar la luz si guardamos compromisos
con las tinieblas.
El profeta no es aquel que grita más fuerte, sino
aquel que ha sido herido por la verdad y, precisamente por eso, ya no puede
venderla.
El camino, pues, continúa.
Continúa con confianza, incluso cuando el mundo se
ríe. Continúa en silencio, incluso cuando todos exigen palabras inmediatas.
Continúa en la búsqueda de un pensamiento auténtico y profundo, libre de las
mentiras dominantes, libre de consignas, libre de las seducciones de las
apariencias.
Quien pertenece al Evangelio no debe tener prisa por convencer
a todos; más bien debe volverse verdadero.
Porque solo lo que es verdadero resiste. Solo lo que
es puro atraviesa el fuego. Solo lo que nace de Dios no es devorado por el
tiempo.
Llegará un día en que las palabras que grita el mundo
caerán como polvo, y solo quedarán las palabras guardadas en el corazón de los
pequeños.
Llegará un día en que las mentiras bien vestidas serán
desnudadas, y aparecerá la verdad desnuda, mansa, invencible.
Hasta entonces, no malgastemos las perlas.
No profanemos lo que es santo.
Caminemos con ojos limpios y corazón vigilante,
dejando que el Evangelio se convierta en nosotros no solo en pensamiento, sino
en carne; no solo en doctrina, sino en vida; no solo en palabra, sino en
profecía.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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