También el otro me ayuda a crecer
Hay pensamientos que solo surgen por la noche, cuando el ruido del día se va apagando poco a poco y las cosas, sumidas en el silencio, parecen revelar su verdadero rostro.
Es entonces cuando comprendemos, quizá con mayor
lucidez, que vivir no significa simplemente dejar pasar las horas, realizar
gestos o defender nuestro espacio, sino asumir cada día la responsabilidad
hacia quienes caminan a nuestro lado.
No somos islas perdidas en el oscuro mar de la
existencia.
Incluso cuando nos parece que nos bastamos a nosotros
mismos, incluso cuando nos encerramos en nuestras habitaciones interiores y
bajamos las luces para que no nos molesten, la vida sigue recordándonos que
estamos vinculados a los demás.
Vivimos juntos, respiramos en el seno de un entramado
de relaciones, y esta pertenencia conlleva una llamada silenciosa pero
exigente: cuidarnos mutuamente.
Caminamos en la misma noche, a menudo con pasos
vacilantes. A veces uno ve mejor, otras veces es el otro quien percibe un
peligro, un desvío, una herida que por nosotros mismos no logramos reconocer.
Por eso, cuando alguien se equivoca, es importante
hacérselo notar. No para juzgar, no para humillar, no para sentirnos más
justos, sino porque el amor auténtico no permanece indiferente ante lo que
puede herir, apagar o alejar de la verdad.
Pero llamar la atención a un hermano o una hermana no es un gesto sencillo. Requiere una delicadeza similar a la de quien entra en una habitación a oscuras con una pequeña lámpara en las manos: hay que tener cuidado de no deslumbrar, de no dañar los ojos de quien lleva tiempo acostumbrado a la penumbra.
Se necesita paciencia, saber escuchar y respetar los
tiempos propios de cada uno.
No todos están preparados para acoger una palabra de
corrección; no todos logran reconocer de inmediato en la mirada del otro una
oportunidad de crecimiento.
Por eso, incluso cuando se tiene razón, a veces es más
sensato esperar el momento oportuno, la rendija adecuada, ese instante en el
que el corazón del otro pueda abrirse sin sentirse asaltado.
Las relaciones humanas, de hecho, no se improvisan.
Hay que cultivarlas cada día, como luces encendidas a lo largo de un camino
que, de otro modo, se volvería intransitable.
Solo en el seno de relaciones cuidadas con atención,
sinceridad y ternura es posible recibir una palabra difícil sin sentirla como
una condena. Solo allí donde hay confianza, la llamada puede convertirse en un
regalo, y no en una herida; en una orientación, y no en una imposición.
Es la dimensión comunitaria de la vida la que nos
ayuda a descubrir quiénes somos.
Nuestra identidad no nace solo en el secreto de nuestros pensamientos, sino también en la mirada de los hermanos y hermanas que se cruzan con nosotros, nos observan, nos hablan, nos interrogan.
Necesitamos la mirada del otro y de la otra para
crecer humanamente, porque nadie se ve a sí mismo por completo. Hay aspectos
luminosos que ignoramos y que los demás nos ayudan a reconocer; pero también
hay zonas de sombra, puntos oscuros, pliegues ocultos que piden ser iluminados.
Aprender a vivir con serenidad la llamada de atención
y la corrección significa haber comprendido que la vida es relación y que la
relación exige humildad.
Significa aceptar que el otro pueda ver en nosotros
algo que no queremos mirar. Significa no huir cuando una palabra nos alcanza en
nuestro punto más frágil, sino quedarnos, respirar, dejar que la agitación se
asiente, preguntándonos si en esa palabra no hay una pequeña verdad capaz de
abrir una brecha.
En el camino de la vida con los demás aprendemos a no
encerrarnos en nosotros mismos, a no pensar que podemos resolverlo todo solos,
a no convertir la soledad en una fortaleza.
Descubrimos, en cambio, que lo bello de la vida nos
llega precisamente a través de las personas con las que nos cruzamos por el
camino: a través de quienes nos sostienen cuando vacilamos, de quienes nos
contradicen cuando nos perdemos, de quienes nos aman lo suficiente como para no
dejarnos prisioneros de nuestras ilusiones.
Quizá rechazamos los comentarios negativos de quienes nos rodean porque, en el fondo, tenemos miedo de nosotros mismos.
Nos asusta lo que podríamos descubrir si realmente
aceptáramos mirarnos por dentro. Nos da miedo el trabajo interior que
tendríamos que emprender, también porque no estamos acostumbrados a la vida
interior. A menudo nos quedamos en el umbral, prefiriendo la luz artificial de
las distracciones a la oscuridad fecunda del silencio.
Sin embargo, si al menos una vez en la vida tuviéramos
el valor de adentrarnos en nuestro interior, con determinación y confianza,
superando el miedo inicial a encontrarnos con la oscuridad de nuestras
profundidades, descubriríamos que esa oscuridad no es solo una amenaza.
Es también un lugar de espera, un seno de
transformación, un espacio en el que algo puede nacer.
Tras la oscuridad, si no huimos, aparece una luz
diferente: no una luz violenta, sino discreta; no una respuesta inmediata, sino
un Misterio que nos envuelve y nos llama.
Quizá esta sea la luz más verdadera: aquella que nace
cuando aceptamos ser mirados, corregidos, amados y acompañados.
Una luz que no borra las sombras, sino que nos enseña
a atravesarlas. Una luz que nos hace más auténticos, más humanos, más capaces
de caminar juntos.
Porque nadie se salva por sí solo, nadie crece por sí
solo, nadie llega a ser plenamente sí mismo sin el rostro, la palabra y la
presencia de los demás.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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