El Misterio que nos acoge y en el que habitamos
Al atardecer, cuando la luz se retira lentamente de las cosas y el mundo parece contener la respiración, comprendemos que no se entra en el Misterio con pasos ruidosos, como si se cruzara el umbral de cualquier taberna o de una cueva de ladrones.
El Misterio no es un lugar que se pueda profanar con curiosidad apresurada, ni un objeto que se pueda poseer con palabras grandilocuentes.
Exige prudencia, atención, silencio; sobre todo, exige una gran humildad.
Solo quien acepta despojarse de sus certezas, dejar en el umbral la arrogancia del saber y la ilusión del control, puede empezar a vislumbrar algo de su discreta presencia.
De hecho, hay un camino que recorrer, compuesto no por gestos espectaculares, sino por decisiones cotidianas, a menudo pequeñas y ocultas.
Es un camino impulsado por el deseo íntimo de conocerse a uno mismo, de descender a las profundidades de la vida interior, de escapar de la banalidad y de la superficialidad que consumen los días sin revelar su sentido.
Cada elección sincera, cada renuncia a las apariencias, cada acto de escucha se convierte entonces en una piedra colocada en el camino. No se avanza por conquista, sino por fidelidad; no por impaciencia, sino por disponibilidad.
El Misterio, de hecho, se niega al enfoque banal. Se sustrae de quien lo nombra sin estremecimiento, de quien habla de Él sin haber atravesado jamás el desierto de su propia alma, de quien lo reduce a tema de conversación o a adorno cultural.
Cuánta gente habla del Misterio sin que sus palabras nazcan de un camino personal, de una herida curada, de una pregunta guardada a lo largo del tiempo.
Pero el significado profundo del Misterio no se aprende en los libros de la escuela ni solo en las aulas de una facultad: se intuye caminando, eligiendo, cayendo y levantándose, dejándose educar por la vida cuando esta se convierte en maestra severa y luminosa.
El Misterio se regala, no se conquista. Es como la última luz del día que no podemos retener entre las manos, sino solo acoger en los ojos.
Todo lo que podemos hacer es trabajar en nuestro interior, liberar espacio, despejar la habitación interior de lo que la abarrota, para que, cuando el Misterio nos visite, pueda encontrar un hogar acogedor.
Prepararse para el Misterio significa volverse hospitalario: aprender el silencio, purificar el deseo, educar la mirada para reconocer lo que no grita y, sin embargo, sostiene todo.
El riesgo, siempre presente, es el de un encuentro fallido. Una vida distraída, demasiado ocupada persiguiendo lo que pasa, acaba por no darse cuenta de lo esencial que llama suavemente a la puerta.
A menudo nos consumimos en preocupaciones inútiles, en ambiciones frágiles, en ruidos que parecen llenar el tiempo y, en cambio, lo vacían.
Y así, el Misterio pasa junto a nosotros como el sol que desaparece tras el horizonte: no porque se haya negado definitivamente, sino porque nuestros ojos estaban en otra parte.
Por eso hay que velar, custodiar el corazón, aprender a enfrentarnos a la vida con respeto. Solo entonces, en el crepúsculo de nuestras certezas, tal vez podamos reconocer que el Misterio no está lejos: solo espera una casa libre, humilde y silenciosa en la que poder habitar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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