¿Qué te mueve?
Hay una hora del día en la que todo parece detenerse: el sol desciende lentamente, la luz se vuelve más suave, las sombras se alargan y cada cosa parece preguntarse en silencio qué rumbo tomar.
Es la hora del atardecer, pero también es la hora de la
conciencia.
En ese momento, si nos detenemos a escuchar de verdad,
podemos sentir en nuestro interior una pregunta esencial: ¿qué nos mueve? ¿Qué nos arranca
de la silla, nos hace levantarnos del sofá de la rutina, nos empuja a buscar a
alguien, a avisar, a construir, a partir?
La respuesta tiene un nombre sencillo y decisivo: motivación.
Es como una luz interior que señala un camino cuando todo a nuestro alrededor
parece confuso.
Sin motivación, la vida corre el riesgo de convertirse
en una habitación cerrada, un sofá cómodo pero estéril, un tiempo que
transcurre sin dejar huella.
¿Cuántas personas permanecen sentadas en el sofá de la
vida, consumiendo días preciosos sin rumbo, sin deseo, sin un porqué capaz de
dar forma a las horas?
No siempre falta la fuerza; a menudo falta el sentido.
No siempre falta el tiempo; a menudo falta una razón para emplearlo bien.
Por eso, la adolescencia y la juventud son etapas
fundamentales. Son como el cielo resplandeciente del atardecer: aún no es de
noche, ya no es pleno día, pero albergan colores intensos, preguntas decisivas,
promesas aún por cumplir.
Es en este momento cuando la persona debería aprender
a buscar las motivaciones que orientarán su existencia.
No motivaciones superficiales, basadas únicamente en
aplausos, aprobación o éxito inmediato, sino motivaciones profundas, capaces de
resistir el cansancio e iluminar incluso los momentos de incertidumbre.
Estar motivado significa haber comprendido un aspecto
importante de la vida y haber decidido trabajar en ello. Significa intuir que
existe algo por lo que vale la pena levantarse, esforzarse, aprender,
corregirse, volver a empezar.
La motivación no es un impulso ciego: es una energía
orientada. Va de la mano del deseo, ese impulso profundo que nos lleva hacia el
otro y hacia los demás, más allá de los límites del egoísmo y la inmovilidad.
El deseo abre la ventana; la motivación nos hace salir
de casa.
Pero la motivación necesita ser alimentada. No vive
solo de sueños lejanos, ni de palabras pronunciadas con entusiasmo y luego
olvidadas. Se alimenta de los objetivos alcanzados, de las actividades
realizadas, de los pasos concretos que se dan día tras día.
Cada meta alcanzada, por pequeña que sea, es como un rayo que permanece en el cielo tras la puesta de sol: confirma que el camino no ha sido en vano, que el esfuerzo ha dado forma, que el deseo puede convertirse en historia.
Por este motivo, la motivación necesita sobre todo dos
aspectos.
El primero es la consecución de los objetivos que nos
hemos marcado: porque una motivación que nunca se traduce en acción corre el
riesgo de agotarse como una promesa incumplida.
El segundo es la reflexión sobre el camino recorrido:
porque actuar sin detenerse a comprender significa correr sin saber adónde se
va.
Está motivada aquella persona que observa sus propios
pasos, que revisa las decisiones tomadas, que reconoce los errores sin dejarse
abatir por ellos, que cambia de rumbo cuando es necesario y sigue buscando el
centro de su objetivo.
La reflexión, pues, no es una pausa inútil. Es como
sentarse un momento frente al sol que se pone para comprender el día que
acabamos de vivir. Quien reflexiona no se detiene para rendirse, sino para dar
sentido al camino, para hacerlo más auténtico, más coherente, más humano.
Una vida motivada no es una carrera frenética hacia resultados siempre nuevos; es un movimiento inteligente, capaz de unir deseo y responsabilidad, ímpetu y discernimiento, sueño y disciplina.
Las personas motivadas suelen ser personas serenas, no
porque no conozcan el esfuerzo, sino porque viven una vida llena de
significado. Sus significados no permanecen inmóviles: se renuevan con el paso
del tiempo, con las decisiones tomadas, con lo que se construye en coherencia
con el punto de partida.
La serenidad surge cuando se percibe que los propios
días no están dispersos, sino reunidos en torno a un sentido; cuando los
esfuerzos, incluso los ocultos, forman parte de un objetivo mayor.
Por eso, las personas motivadas están siempre en
movimiento. No se dejan apagar por el aburrimiento, ni aprisionar por la
comodidad estéril. Si se detienen, lo hacen para escuchar el camino recorrido,
para purificarlo, para relanzarlo mejor. Son como el sol al atardecer: parece
que se pone, pero en realidad prepara un nuevo día.
Así, la motivación, incluso cuando atraviesa la tarde
del cansancio, ya guarda en su interior el amanecer de un nuevo comienzo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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