Aprendiendo de los lirios del campo y de los gorriones del cielo…
A esta hora de la tarde, cuando la ciudad baja la voz y las ventanas iluminadas parecen ojos suspendidos en la oscuridad, se hace más evidente lo que durante el día permanece oculto bajo el ruido de las apariencias: no es cierto que la riqueza dé felicidad.
Se ve, si se tiene el valor de mirar bien, en el
rostro de quienes poseen mucho. A menudo hay una inquietud sutil en sus
miradas, un temblor que no proviene de la carencia, sino del exceso; no de la
pobreza, sino de ese hambre que crece precisamente mientras se la sacia.
El rico no es necesariamente aquel que tiene, sino
aquel que ya no es capaz de dejar de desear.
Desde fuera, la vida de los ricos puede parecer una
constelación de luces: casas grandes, viajes, ropa, coches, habitaciones llenas
de objetos y mesas puestas como si fueran decorados. Todo parece hablar de
abundancia, seguridad, victoria.
Pero la tarde, que es maestra de la verdad, despoja a
las cosas de su esplendor teatral y las devuelve a su desnudez.
Las luces se apagan, los salones se quedan vacíos, los
espejos ya no aplauden. Entonces queda el hombre, queda la mujer, queda el
corazón frente a sí mismo. Y a menudo ese corazón no encuentra paz.
Porque la riqueza, cuando se vuelve absoluta, no
sacia: domina. Se introduce lentamente en el alma, como una sombra que al
principio parece protección y luego se convierte en prisión.
Quien se pone en el camino de la voluntad de poder acaba identificando su ser con lo que posee. Ya no dice: «yo soy»; dice, sin darse cuenta: «yo poseo».
Ya no busca el sentido, sino el control. Ya no escucha
el silencio, sino el cálculo. Y, llegado un punto, la materia se come a la
conciencia: la ocupa, la llena, la devora, hasta no dejar espacio para
preguntas más profundas, porque el rico, si lo escuchas bien, solo habla de
dinero.
Es entonces cuando la vida interior se empobrece
incluso en medio de la abundancia. Uno puede estar rodeado de cosas y sentir
frío. Puede dormir sobre sábanas preciosas y permanecer despierto hasta el
amanecer.
Se dice que los ricos no duermen: no porque les falte
una cama, sino porque les falta el descanso. Deben contar, prever, defender,
aumentar. Ganancias, pérdidas, rentas, inversiones, poder: el lenguaje de sus
noches no está hecho de palabras, sino de números. Y los números, cuando
sustituyen a las palabras, no consuelan a nadie.
Así, el insomnio se convierte en el símbolo de una
esclavitud invisible. No hay cadenas en las muñecas, y sin embargo el alma está
atada. No hay muros, y sin embargo la libertad está lejos.
La persona que razona únicamente a partir de lo que
tiene acaba entregándose a las cosas, y las cosas no tienen piedad: exigen
atención, cuidado, defensa, acumulación. Cada posesión genera el deseo de otra
posesión; cada conquista abre una nueva carencia. Es un hambre sin pan, una sed
sin agua, una persecución que agota las piernas y vacía la mirada.
Por eso, cuando uno se acerca de verdad a quien
aparenta tenerlo todo, puede descubrir una tristeza oculta tras el orden de las
cosas. La mirada es fija, pensativa, cansada; el rostro carga con el peso de
aquello que no se consigue dejar atrás.
La felicidad exhibida se convierte casi en una máscara
necesaria, un escaparate que hay que mantener iluminado para que nadie sospeche
de la oscuridad que hay en su interior. Pero la tarde conoce el secreto de los
escaparates: detrás del cristal, a menudo, no hay vida, sino exposición.
Cuando la materia se come a la conciencia, la vida se encoge. No termina biológicamente, pero pierde aliento, pierde altura, pierde misterio. Porque es el espíritu el que da vida a la vida; es la vida interior la que da sentido a la material.
Las cosas necesitan un lugar, y ese lugar no puede ser
el trono. Deben servir, no gobernar. Deben acompañar, no poseer.
El hombre y la mujer solo se vuelven verdaderamente
libres cuando aprenden a dominar la materia, no con desprecio, sino con orden;
no huyendo del mundo, sino impidiendo que el mundo invada todo el espacio del
alma.
Por eso, el tiempo dedicado al silencio, a la
meditación, a la lectura, a la oración o a la contemplación no es tiempo
sustraído a la vida: es el tiempo que la salva. En el silencio se aprende a
distinguir lo que agobia de lo que nutre, lo que brilla de lo que ilumina.
Quien cultiva la interioridad desde la juventud
construye en su interior una morada que ninguna pérdida puede destruir. Puede
tener poco y sentirse rico; puede atravesar la noche sin que esta lo engulla;
puede mirar las cosas sin arrodillarse ante ellas.
Los mayores tesoros, de hecho, no residen en el poder ni en la acumulación, sino en aquello que no se puede comprar sin perderlo: el amor auténtico de una relación verdadera, la confianza recibida, una sonrisa nacida del bien realizado, la caricia dada a un niño que llora, la mano tendida a quien no puede devolver nada.
Son riquezas que no hacen ruido, no llenan las
cuentas, no aumentan el prestigio y, sin embargo, abren el corazón. En ellas
hay una felicidad humilde, nocturna, profunda: una luz que no deslumbra, sino
que acompaña.
Quizá la verdadera felicidad se parezca precisamente a
una lámpara encendida en la noche: no pretende poseer el cielo, no desafía a
las estrellas, no quiere ser vista desde lejos. Simplemente ilumina el pequeño
espacio que se le ha confiado.
Quien vive así no necesita mostrar su abundancia,
porque lleva dentro una paz que no pide aplausos.
Y mientras otros permanecen despiertos contando lo que
aún les falta, el alma espiritual descansa, porque ha descubierto que el
sentido de la vida no es tener más, sino ser más: más libre, más amorosa, más
auténtica.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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