lunes, 31 de agosto de 2026

La dureza y rigidez del corazón.

La dureza y rigidez del corazón


Hay una dureza de corazón que no surge de un día para otro. No llega de repente como una tormenta de verano, sino que se va acumulando poco a poco, como polvo fino sobre las cosas que llevan demasiado tiempo sin moverse.

 

Es una dureza que va tomando forma con el tiempo, en el interior de la conciencia, cuando el hombre o la mujer dejan de escuchar y empiezan únicamente a defenderse; cuando ya no miran la vida que se les presenta, sino que prefieren refugiarse tras fórmulas prefabricadas, juicios ya escritos, preceptos aprendidos y que nunca han sido verdaderamente impregnados de compasión.

 

Entonces ocurre que el precepto, en lugar de ser una luz que ilumina el camino, se convierte en un muro. Lo que debería ayudar a discernir, a orientar, a custodiar la vida, acaba imponiéndose sobre la propia realidad.

 

Y cuando los preceptos se construyen lejos de la carne concreta de la existencia, a partir de ideas abstractas, de esquemas prefabricados, de intereses personales o comunitarios enmascarados como verdades universales, ya no liberan: aprisionan.

 

No abren caminos: cierran puertas. No acompañan al hombre ni a la mujer en el esfuerzo de vivir: los miden desde la distancia, como si la vida pudiera entenderse sin inclinarse sobre ella.

 

La realidad, sin embargo, nunca es tan pobre como nuestros conceptos. Es más amplia, más inquieta, más herida y más luminosa. Trae consigo rostros, historias, lágrimas, contradicciones, expectativas, caídas, esperanzas recién encendidas.

 

Por eso, cuando se pretende imponer desde arriba una norma sin ponerse en camino con lo que la realidad manifiesta e indica, surge la rigidez.



Uno se encierra en sí mismo, confunde su propia idea con el mundo entero, confunde su propia seguridad con la fidelidad, su propio miedo con la prudencia, su propia inmovilidad con la virtud.

 

La rigidez moral es una de las heridas más profundas que pueden surgir incluso en el seno de una vida religiosa, cuando esta se separa de la realidad y ya no acepta dejarse cuestionar por ella.

 

Entonces se forman dos mundos opuestos: por un lado, el mundo de los religiosos y las religiosas, con sus ideas ordenadas, sus definiciones claras, su moral aparentemente intocable; por otro, el mundo de las personas que viven en el tejido cotidiano de los días, donde todo es más complejo, más frágil, más expuesto.

 

En medio, a menudo, no hay diálogo, sino distancia; no hay escucha, sino recelo; no hay misericordia, sino juicio.

 

La dureza del corazón es el signo más evidente de un encuentro fallido. Es la huella de una escucha que no se ha producido, de una palabra del otro que se ha quedado fuera del umbral, de una vida contemplada sin dejarse conmover.

 

El corazón se endurece cuando renuncia al riesgo de la relación, cuando prefiere la fría claridad de la distancia al cálido esfuerzo de la cercanía. Se endurece cuando ya no quiere aprender, cuando no se deja sorprender, cuando piensa que todo lo que es verdad debe coincidir ya con lo que ha establecido de una vez por todas.



En esta dureza hay también mucha pereza.

 

Es más fácil sentarse en la cátedra de los justos y juzgar sin piedad las situaciones de la vida, que casi nunca se presentan puras, sencillas, lineales. Es más fácil sentirse bien porque se ha cumplido el deber de moralista, porque se ha pronunciado una sentencia conforme a leyes consideradas justas, que dejarse inquietar por la historia concreta de una persona. Es más fácil decir lo que se debería hacer que acompañar a quien ya no sabe por dónde empezar de nuevo. Es más fácil condenar una herida que curarla.

 

Y, sin embargo, la realidad, con el tiempo, reclama su espacio. No acepta que la enjaulen, que la reduzcan al silencio, que la ahoguen dentro de categorías demasiado estrechas.

 

La realidad sigue hablando, incluso cuando nadie quiere escucharla.

 

Habla en los cuerpos cansados, en los hogares habitados por el cansancio, en las relaciones rotas, en los deseos confusos, en las soledades ocultas, en las alegrías sencillas, en los fracasos que piden una segunda oportunidad. Habla como el amanecer: no hace ruido, pero poco a poco obliga a la noche a retroceder.

 

La realidad se manifiesta siempre en el tiempo presente y, precisamente por eso, no puede ser poseída de una vez por todas. Su dimensión más profunda es la pluralidad: tantas son las situaciones de la vida, tantas las formas en que la existencia se nos ofrece y pide ser comprendida.

 

No interviene solo la razón humana, con sus criterios y sus deducciones, sino también los sentimientos, las pasiones, la memoria, el cuerpo y la creación que nos rodea.



Nos hablan las plantas, los animales, las piedras, las estrellas, el sol; nos habla la tierra cuando gime, el agua cuando escasea, el viento cuando atraviesa las cosas y nos recuerda que nada está realmente inmóvil.

 

Querer encorsetar toda esta complejidad dentro del pequeño perímetro de un concepto elaborado por nuestra pequeña mente es señal de una gran presunción. Es como pretender recoger el mar en un cuenco, o detener el amanecer con las manos.

 

De esta presunción surgen tensiones, desgarros, exclusiones. Nace una palabra religiosa que, en lugar de consolar, hiere; en lugar de señalar un camino, cierra el horizonte; en lugar de generar vida, produce miedo.

 

Escuchar la realidad significa, pues, tomarse en serio los acontecimientos cotidianos. Significa no dejarlos pasar como cosas insignificantes, sino acogerlos, meditarlos, guardarlos, haciendo que nada se pierda.

 

Cada encuentro, cada pregunta, cada contradicción puede convertirse en un umbral. Cada fragmento de vida puede contener una llamada, una luz, una palabra aún no comprendida.

 

La conciencia se suaviza cuando acepta permanecer a la escucha, cuando no tiene prisa por sacar conclusiones, cuando sabe que la verdad no se impone como una piedra, sino que crece como una semilla.



Esta es, tal vez, la ley más profunda del amor: no perder nada, no excluir a nadie, no confundir nunca la fidelidad con la dureza.

 

El amor desea abrazarlo todo y a todos como una gran madre. No porque todo sea igual, no porque todo deba justificarse, sino porque todo debe poder contemplarse a la luz de una misericordia mayor que el juicio.

 

El amor no elimina el discernimiento, lo purifica; no borra la verdad, la hace habitable; no renuncia a la justicia, sino que la libera de la crueldad.

 

Cuando la conciencia vuelve a escuchar, algo en ella se abre como la tierra ante el primer resplandor de la mañana. La dureza ya no tiene la última palabra. El corazón comprende que la realidad no es una amenaza que hay que dominar, sino una revelación que hay que acoger; no un caos que hay que reprimir, sino un misterio que hay que acompañar.

 

Y entonces también la vida religiosa recupera su aliento original: no situarse por encima de la realidad para juzgarla, sino dentro de ella para servirla; no hablar antes de haber escuchado, sino escuchar hasta que la palabra que nazca sea capaz de custodiar, sanar y generar esperanza.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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